CAPÍTULO VEINTICUATRO
HIGIENIZACIÓN DE LA TIERRA. PROFILAXIS DE LA LEY DIVINA DE JUSTICIA

¿Os acostaríais vosotros, en el lecho donde murió un leproso apestado? ¿Os vestiríais de gala para entrar en un lodazal? ¿Os pondríais traje blanco para estar y vivir en una carbonera? Así os saluda en amor el más viejo, el Anciano 24.

¿Qué otra cosa es la tierra en estos momentos, que el lecho donde ha expirado un enfermo apestado de todas las llagas más asquerosas de las pasiones? Y no es el hombre ese cadáver, ni el alma del hombre y menos puede ser el espíritu; porqué el cuerpo del hombre es una figura real que imaginiza al Creador su Padre; y cada cuerpo, una vez que ha sido es siempre ya, aunque los ojos carnales del hombre no lo vean; pero que el espíritu se presenta siempre con el cuerpo aquél y se hace retratar si así conviene a la comprobación de la justicia, y tenéis ejemplos fotográficos que garantizan este aserto.

Si no es el cuerpo del hombre ese cadáver apestado que expiró en la tierra, menos será el alma, que ya fue reconocida inmortal y ésta hoy se reconoce como intermediario de unión entre el cuerpo y el espíritu; y por esto, sin otra argumentación tampoco es el espíritu ese cadáver apestado, el que obliga a la ley de justicia divina a higienizar la tierra. Lo que sí son el cuerpo y el ama, el lodazal donde no sería prudente, ni de sabios, entrar vestida de gala, y la carbonera, donde sería locura asentarse con traje blanco; lo que obliga a la ley de justicia a fiar e imponer una verdadera profilaxis, a la vez que higieniza el lecho donde expiró el leproso, apestado de su concupiscencia.

El cadáver ése, es el Dios Religioso con todos sus altares, sean del color que sean y no pueden ser salvos; porque como ya, sentó el maestro juez, no son cosa; y lo que no es cosa, no está en el libro de la vida y no puede ser regenerado; esto es lo que únicamente muere sin haber vivido, porque tampoco, la vida está en lo que no es cosa, y no tengo que entrar yo en esta metafísica, que ya atomizó, definió y legisló el Juez.

Mas sí tengo que explicar lo que he sentado, de que el cuerpo es el lodazal donde se revolcó ese cadáver, Dios sin ser, y que el alma es la carbonera, donde se fue recogiendo y almacenando el hollín o miasmas de la peste o concupiscencias de esa recua de dioses religiosos y falsos; y para el caso, Hellí, por Abrahán nos dijo: «Y cuando me habló Adán que era ángel, vi muchos espíritus que fueron hombre, y eran negros de hollín y boca y ojos tenían de fuego y los llamé Demonios, porque hacían el mal."

«Y esto lo han visto los Egipcios y de otras tierras y les han creído Dios y Demonios, y los demonios, que fueron hombres, pelean con los hombres, y los hombres no los ven, y sus obras no las ven, porque les dan placer a la carne.

 

«Y corno dan placer a la carne, los tornan los hombres son de carne y no ven a Adán, que parece ángel. Estas cláusulas que son con las que Abrahán encabeza su testamento, son propias de su sentir y cosecha y las pone como razonamiento para llevar un mensaje a Hellí, del que, entre otras promesas y cláusulas, recibe:

«Y mis hijos Negros de Hollín, que demonios llamáis, enseñan a los hermanos de la carne, que son mis hijos, los deleites y los placeres y los males de matar; y creen, porque no ven la luz de Hellí, que son dioses; y la lucha es y el mal es y los sufrimientos es lo que les pagan».

Ya tenemos aquí, pues, probado, mi aserto de que, el cuerpo, la carne, es el lodazal donde en la tierra y en todos los mundos de los de expiación abajo, se revuelca y se acuesta el Dios religioso con todas sus cohortes de concupiscencias; y también se prueba que el alma es la carbonera donde se almacena todo el hollín puesto que son los llamados «Negros de Hollín» los que viven de la carne hermanados con ella, y sosteniendo terribles luchas para mantener su predominio.

Mas vengamos a la metafísica para dejar claro como la luz, todo lo que se refiere a esto, en lo que se han apoyado los sostenedores del cadáver Dios religioso, declarando enemigo al cuerpo, del alma. Y lo haré en síntesis, porque también esto, como toda la Creación, está atomizado por el juez, en el gran monumento del libro «Conócete a ti mismo» y otros libros.

Está sentado «Que la religión en sí misma, no es cosa; es sólo el conjunto de sentimientos y pasiones de unos o muchos hombres, que sienten y practican un culto a una necesidad de su ignorancia». Esa necesidad, nacida en su impotencia de satisfacer sus instintos, les reúne en mayor o menor número haciendo nacer una fórmula, culto o adoración a una quimera, nacida también de esos mismos instintos.

Los instintos son, por procedencia natural, animales y cada uno tiene perfecto derecho en ley natural a su satisfacción y la ley no se los niega; luego los instintos no son malos en sí mismos, sino porque en el hombre están en cada uno los instintos de todo lo que en el universo existe.

Como es natural, en cada animal en cada planta, en cada molécula mineral, reinos en los que los instintos se desarrollan solos cada uno en su ley, no encuentran resistencia y viven la beatitud, el limbo; y si así vivieran eternamente, no nacería el antagonismo; pero tampoco se podría decir que existía la vida, y en verdad que eso no es más que la vida en embrión.

Mas ha llegado el supremo instante, en que esos instintos estaban saturados de vida animal; y como la ley es el infinito progreso, la espiritualización de todo, para que en el espíritu todo viva eternamente, aparece el hombre obra del espíritu y reune en cada cuerpo los instintos todos de los tres reinos, con los que forma el alma, en la que el espíritu se envuelve para continuar eternamente la vida.

Podéis comprender qué algarabía habrá en ese enjambre, cuando se refleja en todos el trabajo del instinto que esta cumpliendo su satisfacción, no pudiendo caberle esa satisfacción más que a aquel que le pertenece por la vibración de su ley; y como hoy ya tenéis conciencia de que la unión de cuerpos es la única ley para la continuidad de las especies y es, además, el único premio que la materia tiene para la materia en pago de embellecerla, esa función, ejecutada en cada instante del tiempo por una u otra especie, repercute por necesidad en el instinto de la especie que vive en el hombre, y es natural también, que el hombre sienta en todo instante esa vibración; y hasta que por el dominio de la mayoría de aquel enjambre de instintos animales, logra humanizarlos, se promueven actos antagónicos que degeneran en hechos sangrientos en el cuerpo, único tangible como envoltorio de aquel universo completo y entero, aunque microscópico(  ) que llamamos hombre.

De ese antagonismo cayó uno y cayeron cien y cayeron millones y caímos todos heridos por otros y todos nos hemos herido y matado el uno al otro, hasta que por la misma ley hace conciencia uno y la hacen cien y la hacen millones y la hacen todos. Es ahora cuando se ve el error, el equívoco, el cadáver del Dios religioso, los lodazales y carboneras que hizo, sólo por la fuerza bruta que empleó en sus concupiscencias que no pudo saciar, hasta que hace conciencia, hasta que es sabio y anula: sus pasiones.

Mientras la mayoría ha sido religiosa (quiero decir errada, ignorante), se apoya en la fuerza bruta y ese es su Dios de iras y venganzas, igual matemáticamente a las concupiscencias de sus creadores y sostenedores; y aquella religión que más concupiscencia encierra de brutalidad, es la que impresiona a todas las otras y el escándalo se mide por su fuerza bruta, por sus lodazales de sangre, por sus carboneras de tupida ignorancia y fanatismo, que es lo que se necesita para ser santo como los hace la religión: ignorante y fanática.

He aquí como del razonamiento metafísico, nacen nombres científicos, racionales, y ya tenemos descubierto lo que es el cadáver que ha ensuciado la tierra: el Dios religioso y sus altares; sus lodazales, la sangre derramada por sus concupiscencias y las carboneras, los demás, embrutecidos por el fanatismo e ignorancia necesarios para ser religiosos; y esto es un velo tan tupido, que es necesario para romperlo toda la voluntad de un escarmentado, o toda la fuerza de la luz del progreso, habiendo mayoría de progresistas; es decir, de antirreligioso; y gracias al Padre Común, en la tierna hay esta mayoría, por lo que se higieniza, y la justicia divina despliega su última profilaxis en el régimen universal del espíritu, en la Comuna sin parcelas.

Higienizar quiere decir limpiar: matar los gérmenes mórbidos de la peste o enfermedad; y la medicina debe ser eficaz, debe tener mayor fuerza que los microbios de la peste y ha de llegar a todas las partes afectadas en cantidad y calidad suficientes y con la precaución necesaria para que mueran los microbios, sin que muera el organismo; porque el remedio no debe de ser peor que la enfermedad.

Hermanos míos: dejé mi cátedra por un momento, pues el maestro tenía consejo y he aquí el contraste fiel de que trabajamos todos al unísono, y el tribunal oyó del maestro superior el alerta final, porque «En breves instantes, dijo, sonará una trompeta colosal, que hará pensar a los incrédulos y escépticos, en lo que nunca creyeron», etc., etc.

Continúo hoy, pues, después que el maestro cantó e invitó a todos a cantar la redención, y es en el día del año nuevo 5º de la nueva era, que empezó el 20 de septiembre de 1911 de la caducada era cristiana y el Anciano 24 está cerrando las cátedras de los viejos del Apocalipsis, sintiendo ya la horrible y sonora trompeta que despertará a todos del letárgico sueño secular, y la tierna va a higienizarse con cl terrible fuego de sus entrañas, que ya el maestro vio surgir y sintió la convulsión y puede apreciar el terror de los hombres.

Sí; suena ya en mis oídos la terrible voz de la colosal trompeta y veo purificarse la tierra, el lecho del leproso cadáver apestado para que los sanos de corazón los señalados desde hace tiempo en sus frentes con la estrella de Jacob, puedan acostarse y descansar de sus tremendas luchas; y ved cómo la ley se cuida de los victoriosos de sí mismos.

Sí ; la tierra se higieniza con su propio ser, con su propia alma, con aquel germen telúrico que del Sol salió, hace ya 122,999,250 siglos apróximamente: pero hasta este fuego, hasta esa alma, ha tenido el maestro que higienizarla antes, para lo cuál levantó en tiempo oportuno una torre que el Padre le mandó, por cuyas puntas de acero recibió la vida que curó a la vida de la tierra; de la tisis contraida en tan larga tarea de tan largos siglos de sostener y recibir de sus sostenidos sólo desagradecimientos, sólo obras de fieras, de lo que no puede excusarse el hombre, porque aun cuando toca la trompeta, los campos están sembrados de cadáveres de la final tragedia.

¡Sí, Padre! El Anciano 24, que cumple tu mandato en el instante supremo, eleva a ti su voz y te dice: es hora; la ley marca su justo instante; los siete ángeles derramaron sus ánforas y sus redomas; los 4 elementos fueron libertados y los 24 Ancianos te adoran ¡Oh gran Eloí! y es hora que el incensario caiga y hiera la tierra, arrastrando su tercera parte y llevando las dos terceras partes de la humanidad presente; y te dejamos, Padre, sin faltar de tu presencia, para asistir y custodiar a tu tribunal y tus hijos señalados. Sea tu justicia, Padre; te esperamos, porque cumplida es la hora.

En sus entrañas quedó ya la tierra higienizada obrando la ley, sin que los hombres se dieran cuenta; y ahora se higieniza en toda su superficie, para que sirva de digna morada al hombre en la Comuna.

Dura es la tarea y de disgusto para la masa microbiana apestada; pero no hay remedio; tiene que ser así y todos han de absorber la parte correspondiente del desinfectante y les será provechosa profilaxis a los cuerpos y las almas, porque desaparecen los raudales de sangre y el hombre podrá vestir de galas, que más no serán salpicadas de sangre y su blancura no se ennegrecerá, porque no quedan carboneros de oscuridad ni de ignorancia.

Es de necesidad esta higienización por las fuerzas de la Naturaleza, porque los hombres no son capaces de oír la voz del amor y sin este tremendo acto, seguirían las guerras por mucho tiempo, encendidas por la peste del cadáver Dios-Cristo, que hizo supremacías y santos; y esto es como el veneno del áspid, que sólo se cura con la muerte del cuerpo; y un ser, después de ser envenenado, su producto será enfermo con el germen del veneno y pierde el progreso, la belleza correspondiente por aquel ser raquítico y macilento.

Estando, pues, toda la humanidad hoy picada y microbiada de la lepra del cadáver del Dios religioso, la ley no puede mostrarse ignorante de la eficacia de la medicina higiénica y preservativa, de los pocos que hoy han sabido precaverse y que más no pueden resistir; y son éstos, los que en plebiscito llamaron a liquidación, encontrando el juez una inmensa mayoría en el cómputo de los espíritus de la tierra y entró en negociaciones con el secretario del Supremo Creador, el que dio un tiempo preciso, para ejecutar a las microbiados, si se resistían a tomar la medicina del amor.

Los capaces, los valerosos, los trabajadores, ingirieron una buena dosis que les mató el microbio religioso y pidieron pensar y pensando encontraron el secreto de la igualdad y con libertad vieron parentesco de hermanos y clamaron al Juez, que habían sido robados en sus productos. Reclamó el juez al Padre la ayuda de la justicia y he aquí el final de la epopeya; quemando toda la cizaña, el odio y la guerra y matando al que nunca vivió: al Dios religioso, imagen fantástica que creó la ignorancia, que no es causa; y porque no es cosa no tiene vida y los dioses no han vivido, aunque hayan vivido los hombres que los crearon a la medida de sus pasiones.

Muere, pues, el que nunca vivió, pero es muriendo los que vivían de una quimera, y es necesario que sea purificado cuanto han tocado y cuanto han manchado con su aliento; y para eso, sólo el cataclismo presente es eficiente y la ley no puede equivocarse y obra en justicia y sabiduría.

Si los caídos pudieran volver un momento en sus mismos cuerpos, ya no conocerían la tierra que ensuciaron, porque toda ella se renueva y una gran parte no la encontrarían; pero tampoco creerían que era el mismo mundo, porque en su aberración no comprenden la vida sin religión, sin dioses creados por ellos mismos a la medida de sus concupiscencias, y ese tiempo ya no volverá felizmente a la tierra, que flotó y entra en planos más puros, que son los nuevos cielos.

Los que nos leéis a los 24 Ancianos, habéis sido guardados como granos de provecho; pero sabed que la justicia tiene acción hasta el paso de tres generaciones, hasta que el mundo todo cante el himno del vencedor en el establecimiento de la Comuna Universal, bajo un solo maestro y con un solo pensamiento, como os lo dijo en Anciano 23, sin hastiaros, como no os hastiáis del sol, que es uno y todos reciben la misma luz.

Estas páginas, duras como la verdad, pero bellas como la luz y amenas como historia de cada uno, es la Biblioteca analítica y codificada que el maestro os entrega. Es la profilaxis de la justicia para llegar a la posesión del puro amor, y los 24 Ancianos seremos satisfechos del adelanto de todos sus hermanos y de su bienestar y os miramos como a nuestros queridos benjamines que habéis librado y ganado la terrible batalla de la expiación, y quedáis bellos, sin microbios de lepra y peste y estáis adornando el lecho ya disecado de lodazales y la luz quema el hollín de las carboneras; por lo que, todo es alegría en la nueva Jerusalén.

De Sión vino el hombre-juez y maestro; y Sion manda su luz y la corona del Rey de los Reyes y Señor de los Señores, y en el traje clásico del trabajador lo recibió el Padre en su morada y lo mandó representándolo en toda ley; y hoy, día del aniversario 5º de su natalicio, como general, siendo ya mayor de edad, espera en sus ansias ser libertado por su Padre y la señal no se hará esperar y toda la tierra, la sentirá en la colosal trompeta y todo será renovado y él, siendo fiel esclavo de sus hermanos, sera libertado y todos lo abrazaréis, como lo abraza, lo besa y lo bendice el Anciano 24.

¡Padre ELOI! te esperamos; salinos de tu trono con tu voz y las insignias a salvar a tu enviado y, ya es la hora, porque...«Caída, caída es la Babilonia la grande, la Reina de las fornicaciones». Muerto es el Dios religioso y el lecho quedó apestado y aquí estamos para hacer profilaxis, y arrodillados ante tu altar de amor, te decimos: ¡ELOÍ! los 24 Ancianos te esperamos.

Por los 24 Ancianos,

Joaquín Trincado