CAPÍTULO VEINTIUNO
DECRETOS DEL CREADOR QUE SE ESTÁN CUMPLIENDO POR LA LEY DE JUSTICIA

Corta será la cátedra del Anciano Veintiuno, porque, la mayor parte de cuanto había de decir, está ya dicho por mis anteriores camaradas; por lo que, yo, sólo he de fijar mi discurso en tres decretos principales, que son: la regeneración y el progreso impuesto por sólo el esfuerzo, es decir, por el trabajo; la liquidación de cuentas para la declaración de la mayoría de edad de esta humanidad y el reinado del amor, o sea la Comuna como régimen.

Es ley natural y racional, que el trabajo sea la norma de los hombres de progreso; y vemos que nada se embellece o progresa, sino a costa de gotas de sudor, a costa de callos en las manos de los trabajadores, a costa de muchas vidas y a costa del desgaste del cerebro de los hombres de las ciencias y pensadores.

Ninguno que no coopera con algunas de esas circunstancias y armas de civilización, no tiene derecho a la civilización y sus beneficios; y si los toma por leyes de extorsión, es ladrón de los que trabajan; es dura la palabra: pero es verdad y la sostengo con la fuerza de la ley divina y juzgue el Padre, que en su nombre afirmo.

No escribimos ni predicamos hoy para que luego interpreten los hombres; hoy se escribe y se predica para que las palabras sean axiomas y en ellas estudien, ahonden y ­adelanten los hombres sin interpretarlas en otro sentido que el que tiene la palabra escrita, porque es palabra y espíritu a la vez.

No han de matar las letras que damos hoy al espíritu de la letra, porque en ellas se impone el espíritu primero y quitamos el peligro de la interpretación; como matamos la tradición con la verdad histórica, porque la tradición traicionó a la verdad.

Es, pues, necesario, para que el hombre se civilice, que sea hijo del trabajo y que produzca hechos y belleza a la Creación; y quien no produce, no puede civilizarse y será fatalmente un detractor, un mixtificador, un prevaricador del decreto del trabajo, hecho ley para todos.

Que un hombre haya heredado a otro hombre, no le excluye de la obligación de trabajar; y tiene más que trabajar y tiene más que producir, cuanto más posea y cuanto más consuma; porque la armonía, el equilibrio, consiste en que cada uno dé según lo recibido, sabiendo que tiene que dejar ganancias, depósitos, que es el interés que cobra la creación.

Nada se da de balde y gratuito, ni aun la vida corporal; porque tiene el espíritu que crearse a su gusto los cuerpos que ha de usar como instrumento en sus tareas de creador de formas, con las que tiene el deber de demostrar la vida del Creador Increado; y si el espíritu no se hace los cuerpos, nadie se los hará y nunca viviría como hombre.

Y no se crea que haya descanso; el trabajo es eterno y continuado como la vida; y a lo más, descansa el espíritu, cuando está embelleciendo su obra, porque acabó el trabajo rudo y rústico y por lo tanto, no arrastra materiales tan pesados, como sucede al ingeniero y al arquitecto, cuando han levantado y cubierto el edificio y están en la decoración.

Sí; sólo por el trabajo llega el progreso y este trabajo es eterno y continuado, y lo tenemos dicho en el testamento secreto de Abrahán cuando dice: « Los mundos son infinitos y el hombre ha de vivir en todos los que hoy existen; pero la creación sigue y no se acaba”.

De modo que, como el espíritu es el creador de las formas de la vida y el conjunto de la creación son los mundos donde deba el espíritu obrar la vida de hombre, quiere decir que, los mundos son creados por el espíritu, y esto es eternamente y esto es trabajo eterno y continuado, y por éste sólo llega el progreso, y de éste la civilización siempre ascendente y siempre perfectible hasta el infinito.

Mas he aquí que vemos en cada humanidad, trabajadores y parásitos; ahorrativos y pródigos; hombres de virtud y hombres libertinos; unos que van por el camino del bien y otros que se empeñan en persistir en el mal; unos que toman la carne y la materia en la justa medida y como base del progreso y otros que condenan la carne y la materia y sin embargo, de ella hacen su Dios, haciéndolo abstracto, vengativo, lleno de iras y devorador de sus criaturas. De estas dos tendencias, una debe ser falsa y la otra verdadera, y es natural que los hombres de cada tendencia sostengan lo que creen bueno y se originen luchas y nazcan las guerras; pero que jamás las declararon, ni las prepararon los trabajadores; pero que, estando a la defensiva, les toman las armas a los parásitos y con ellas mismas los vencen.

Los trabajadores, los regeneradores, mientras fueron minoría, sufrieron todos los horrores de la esclavitud impuesta por los tres parásitos; pero en su fe por sus obras, el número fue creciendo del uno solitario al máximo de la ley, o sea a la mayoría absoluta y, entonces proclaman  por ley el trabajo y la Comuna como régimen; y no lo hacen con exabruptos, sino que, piano, pianito, va introduciendo artículo por artículo el principio, liberalizando costumbres y derechos en continua reclamación de mayor bienestar y protestando de la guerra y sus consecuencias; y cuando ha sido expuesto y publicado el programa, al ver que la minoría prepara una irrupción, la mayoría reclama del autor de la vida, de su Padre, el cumplimiento de sus promesas de una nueva Jerusalem, de un nuevo pueblo descendido de Sion, para lo cual es necesario una liquidación y el pueblo espera la orden de defensa de sus derechos y al recibirla se declara en asamblea protegido por la justicia y acuerda la expulsión de los morosos y de los parásitos; los que, al saber su desalojo, tratan de arrastrar en su caida todo el edificio social; en esto, ellos mismas no ven que no hacen más que cumplir un decreto y promesa hecha por el Padre a sus enviados, em Isaías, diciendo: «Y todo lo que te estorbe será quitado». Y la justicia triunfa, porque en el mismo sitio dijo: «Tus pleitos yo los defenderé».

La iniquidad no puede prevalecer sobre la virtud, como tampoco pueden faltar, ni pasar las palabras y promesas: del Creador. « Porque pasarán los cielos y la tierra, pero no pasarán mis palabras», dijo, por el profeta ; y nadie hay que podrá resistir a su juicio inexorable.

Mas la vida, los hombres la han entendido sólo en los cuerpos; pero no han querido saber que el hombre no es hombre en verdad hasta que es mayor; y que sólo es mayor, cuando sabe, comprende y reconoce su trinidad de cuerpo, alma y espíritu y que sólo el espíritu es la vida y el responsable de todos los actos de la vida y el cuerpo y el alma no son, no pueden ser responsables de nada, como no habrá ninguno tan insensato que culpe a su traje de su fealdad y jorobas, y a la herramienta, de la imperfección, de sus obras.

El jorobado y el feo, por más que se esfuerce el artista en el traje y adornos, las jorobas se verán y la fealdad saldrá a la superficie, como el aceite sobre el agua; el disimulo, sólo será hipocresía.

Pues bien: constituida la mayoría en asamblea de liquidación, sus acuerdos tienen que ser cumplidos en ley de justicia divina para el espíritu; y en ley de justicia divina: y humana, para los hombres; porque copio hombres, tenemos las dos personaldades: la humana, creada por el espíritu; y la divina, creada por el autor de la vida; y es justo que los cuerpos sean vencidos por lo material, puesto que de materia son construídos y a esta sirven y de ésta se alimentan; y para vencerlos, es necesario un escarmiento (o castigo, si así lo entendéis.)

Y como esto tiene que ser con los adminículos que la materia preparó, después de haber decretado en la asamblea la extirpación de las jorobas y la expulsión de las fealdades y el parasitismo, en fin, la misma justicia invocada por los asambleístas, que es el pueblo; arma su brazo y maneja todos esos adminículos para destruirlos, y ahí tenéis la causa de esta insólita y última conflagración, no europea, sino mundial y estarnos llegando al momento de oír el grito del ángel que dirá: « Caída, caída es la babilonia la grande, la Reina de las fornicaciones». Y entonces, todas las manchas y jorobas desaparecerán en un minuto, porque la tierra se habrá renovado, cumpliéndose la promesa de: «Y aparecerán nuevas tierras, nuevos cielos y nuevo sol» y la paz será sin mácula.

Destrozados los adminículos de guerra y religión, bajo el nuevo sol, no puede haber injusticia y se impone el reinado del espíritu. Es el triunfo del amor y éste todo lo iguala y no reconoce jerarquías ni diferencia de derechos humanos y por lo tanto, el régimen comunal absoluto, sin parcelas, es ley.

De Comuna se ha hablado mucho y hasta no ha habido otro nombre que poner a las autoridades administrativas de las ciudades, llamándose consejos y concejos comunales y fondos de la comuna a los fondos municipales; y es, que, el espíritu, con siglos de antelación a la implantación de una ley o de un régimen, prepara y publica en la inspiración de los hombres, la profilaxis del hecho que prepara.

Mas la implantación de la Comuna en un mundo es un decreto infalible en el séptimo día de la humanidad y es un hecho que atañe y se justifica en todo el universo (de mundos de luz o regenerados arriba); por lo que, la fuerza que recibe el que llega delegado a implantarla, es la fuerza infinita de todo el universo. Pero no hay atropello, porque antes, ese misionero y juez, celebra un juicio de liquidación como ya he dicho y ordena el cumplimiento de los acuerdos tomados por la mayoría; y así, aunque los contrarios quieran alegar injusticia, la ley se justifica a si misma en la voluntad soberana del plebiscito del juicio final, que es como el bando o ley marcial que establece un gobierno, por una anormalidad habida en la nación y al que falta al bando, es juzgado según se ha publicado y nadie puede acusar injusticia.

En todos los mundos cuesta la promulgación de un régimen luchas cruentas; pero en la tierra, es sin igual el acontecimiento porque esta humanidad, por razones especialísimas de etnicismo, ha permanecido en continuada guerra los 19 siglos mal llamados «Era cristiana», tiempo el cual debía haber sido una plácida aurora, y esta no la ha habido por causa de los tres parásitos que aun existen, más aferrados al predominio que en cualquier, otro mundo.

Y es de notar, que hubo con siglos de tiempo, un misionero, Padilla; el gran Padilla; en la misionera España, que en el tiempo más feroz e inquisitorial, levantó el estandarte del amor comunal, el grande e inmortal pendón morado de Castilla, color que simboliza el amor y con los que le seguirán deja sembrada la semilla de la Comuna que regaron con su sangre Padilla, Lanuza y Bravo, de donde retoñaría lozana la idea comunal, extendiendo sus ramas benéficas a todo el mundo.

Los tres parásitos se percataron de que el triunfo de esos tres generosos mártires no moriría y buscaron el modo de abordencar la planta, y lo consiguieron en París, con el terror de la Guillotina, con lo que quedó el nombré de «Comuna» como algo horripilante algo que hacía estremecer, para aumentar el prejuicio del pueblo y tener el parasitismo un asidero en los hechos de la Bastilla, para perseguir, decapitar o ajusticiar y expatriar a todo hombre que se identificase en las ideas de igualdad; y es que, el parasitismo sólo puede existir en la injusticia, en la religión.

Mas a pesar de este terror ideado en la guillotina de París y de las leyes represivas y depresivas que todas las naciones sostienen contra todos los que, llevado por los santos ideales de libertad, igualdad y fraternidad, se asocian en masas colectivas, prevalecen éstas y se solidarizan luego, teniendo en Jaque a los gobiernos e imponiendo en muchas ocasiones su voluntad, pero en todo momento protestando de la injusticia, del parasitismo y de la guerra; y es porque, como es un decreto infalible la Comuna y los espíritus de progreso están fruídos de su deber, lo inspiran a sus cuerpos, los encarnados; los espíritus a sus afines, y mueven la protesta y se muestran en la calle en abigarradas manifestaciones y hoy llegamos al fin del principio, es decir, a la implantación de la Comuna en todo el mundo con un «Código de Amor» en el que está descubierta la verdad suprema y absoluta de la vida y en él se da la ley máxima, para la materia y la mínima, pero inequívoca e invariable ya, para el espíritu.

Si desde que en la tierra se derramó la generosa sangre de los Comuneros de Castilla, el parasitismo no hubiera sacrificado a los hombres de ideales comunistas, habríamos llegado con dulzura a este momento fatal e improrrogable del régimen Comunal, cono nos llegan los rayos solares tras de la bella aurora de una noche tormentosa; y por esa terrible persecución, la Comuna se implantará, pero disipando los negros nubarrones con formidables truenos y rayas que descarga la atmósfera, de electricidad negativa. Esto pasa, con el estruendo de los cañones y el fragor de las Batallas que en estos momentos amenazan con envolver toda la tierra, y es ley que sea envuelta en las colosales llamas del incendio, el que ha de consumir cuanto estorba para el cumplimiento del decreto divino; de la solidaridad de la tierra con los mundos de luz, regenerados como ella, por su esfuerzo; porque «Los mundos son infinitos y el hombre ha de vivir en todos los que hoy existen; pero la creación sigue y no se acaba», nos ha prometido el Padre en Abrahán.

Todo cuanto los supremáticos se obstinen en. mantener su positivismo, es combustible que ha de consumirse en la presente conflagración, que no puede acabar, en tanto haya una brizna que consumir; lo que les debe servir de escarmiento, porque su lucha es contra la ley del Creador, que al fin triunfa; sólo habrán hecho los obstinados sufrir más y no es culpa de la ley. La ley dio con siglos de tiempo la profilaxis y nadie puede acusarla de injusta; y sobre todo, hoy todo lo justifica la inmensa mayoría del pueblo trabajador y progresista, que(  ) proclama la Comuna, aunque sea con parcelas según su entender de igualdad. Pero que hoy se le da al pueblo el «Código», en el que verá la Justicia Comunal sin parcelas, sin ninguna división territorial y no habiendo mas propiedad del individuo, que su progreso y sabiduría: esa es la propiedad.

Sí. La Comuna es decreto supremo, y el pueblo, en mayoría absoluta la pide a ley y la ley es la balanza de los hechos de la creación; y porque el fiel llegó a su máxima altura, tocó el resorte de la evolución y como lluvia benéfica llegó el rocío de la inspiración, de la fuerza de la solidaridad de las humanidades y familias de los otros mundos y cada uno nos dio sus leyes, sus principios, sus consejos de mayores; y nosotros los 24 Ancianos, haciéndonos eco de nuestros mayores, damos estas cátedras de profilaxis, previniendo la infalibilidad de la ley decretada y los hombres no alegarán ignorancia.

Nosotros cumplimos nuestro deber; cumplan todos los hombres el suyo y estudien en las leyes de igualdad y de compensación la justicia de la Comuna y verán que, la igualdad parcelaria, la repartición de las cosas como han creído en algunos credos, sería una mayor injusticia que la producida por la propiedad privada, pero que no llegarte a efecto ese principio de divisibilidad porque es irracional, pero que se inspiraba en el principio de igualdad y los hombres no comprendían de otras, forma esa ley, sino dividiendo en partes iguales la tierra, y nada hay igual; ni iguales hay dos hombres.

La justicia de la igualdad, sólo puede ser como en el Código se proclama y es a saber: «La tierra indivisible: los productos recogidos por los consejos y llevados al depósito común, donde cada uno toma lo que necesita, y nadie se cuida de llevar para mañana, porque sabrá que al siguiente día, en el abasto, estará cada día fresco el producto de la tierra. Y como la ley es el trabajo, el amor y la justicia y todo estará en su justo fiel, no habrá necesidad de reconvenir a nadie por estas dos únicas razones: Por la perfecta educación y porque el hombre practicará el mandato «Ama a tu hermano ».

He aquí compilado todo un largo Código de bienestar y paz inalterable, que desde ahora exigimos que los hombres se vayan examinando en sí mismos y vean en qué rincón de su corazón y conciencia se esconde algún antagonismo; y este examen será la verdadera profilaxis para el principio de la proclamación de la ley de amor, en el establecimiento de la Comuna. El día esta más cercano de lo que puedan creer los hombres, puesto que ha de estar el régimen comunal en su primer apogeo dentro del presente siglo y solidarizados todos los continentes bajo un solo consejo supremo, que se contará entonces el año 99 del siglo primero de la Era de la Verdad, en cuyo año, la tierra toda cantará el himno del vencedor como un solo hombre.

Como se necesita, para esto muchos años de preparación y dar al progreso Electro-Mecánico y Físico-Químico, un desarrollo que los hombres de hoy aun no prevén, para que al hombre nada le falte en el día de las bodas, ese desarrollo necesita igualmente grande estudio y grandes innovaciones que hoy no los podría hacer el hombre, porque se ve sujeto al valor dinero, y éste; con ser tan grande Dios, es tan raquítico y enclenque, que resulta ser una traba terrible para el progreso. En la Comuna, el valor es el hombre, y es valor real y positivo, que no bajará ni subirá por jugadas de bolsa; es papel del Padre, que tiene un valor constante.