CAPÍTULO DIEZ Y NUEVE
¿PUEDE EL MUNDO GOZAR DE TANTO PROGRESO, SIN UNA VERDADERA PROFILAXIS DESDE LA CONCEPCIÓN DE LOS SERES?

La ley es solo una; y la interrogación de este capítulo le permite al Anciano 19 hacer otras interrogaciones. ¿Podían los misioneros hablar de electricidad, cuando aun los hombres primitivos encendían fuego por el roce de dos palos, o por el pedernal? No podían; y sus prédicas serían perdidas; esto en el orden moral; pero en el orden económico y mecánico ¿podían aquellos misioneros educar en una sola existencia a 70 mil millones de seres, que a cada uno de los 29 tocaban? No podían, ni está en la ley; porque la civilización camina muy despacio y a nadie atropella; ni aun podría hoy, contando con todo el progreso que enumeró mi antecesor Anciano, de la imprenta, del telégrafo, del teléfono y el biógrafo, el vapor y la electricidad; no puede un maestro hacer hombres de conciencia en una sola existencia, que es donde empieza la civilización.

La conciencia se adquiere por la experiencia de los hechos y por el escarmiento en los yerros cometidos; y la conciencia adquirida en una existencia, es sólo igual a los escarmientos sufridos en ella. Por esta verdad, que es la que se me encargó para mi cátedra, colegid cada uno cuántas existencias habréis consumido en la tierra y en los tres mundos anteriores en que habéis vivido, antes de ascender al de expiación, en el que ha sufrido la mayoría aun sufre una minoría.

La conciencia adquirida en cada existencia es muy pequeña y no se demuestra como conciencia, sino como experiencia; y esto es, cuando el hombre llega a su madurez; por lo que, la conciencia demostrada en la presente existencia por los hombres, es fruto de cosechas anteriores; y la experiencia adquirida en la presente, se demostrará como conciencia en la existencia siguiente, porque el espíritu, después de separarse de su cuerpo, es cuando ordena su archivo, que es la conciencia.

Esto, que es lógico y racional, os probará (por la consideración de que el infante no puede obrar por sí solo hasta que es hombre) que un grado de conciencia adquirido en una existencia, también es un infante y no puede obrar por sí sólo.

Pero el infante, en el calor del regazo de la madre y ante la incitación del amor paterno que le chista y le acaricia, le provoca la risa angelical y hace cuantas gracias puede el niño, para corresponder al cariño y al amor. Lo mismo sucede con los grados de experiencia conquistados en una existencia, porque lo arrullan, lo preservan, lo incitan los otros grados que ya forman el archivo y conciencia del ser y con el nuevo grado se enriquecen.

Lo que hay es que, desde que el hombre llegó a dominar la mitad de sus instintos, cada uno que domina es un sumando en más de la conciencia y una resta en menos, de la ignorancia, y es forzoso que el fiel de su balanza lo demuestre con mayor sensibilidad cada vez y éste es el momento en que principia la civilización; es a saber con toda claridad que, hasta que el espíritu no ha dominado la mitad mas uno de los instintos que componen su alma y cuerpo, no podrá mostrarse con urbanidad y alguna educación moral y social; pero de esto a ser civilizado, a ser hombre de toda conciencia, hay un trecho muy grande que correr.

El hombre educado y urbanizado, obra bien muchas veces, porque tantea antes de obrar; el hombre de conciencia hecha y civilizado, toca y obra a la vez sin errar; porque al mismo tiempo sabe de antemano los efectos que ha de producir su acción; es decir, que obra con plena conciencia, con conocimiento de causa, y toma como argumento la causa que ha de producir los efectos que quiere demostrar.

El hombre está en su media conciencia, cuando venció la mitad más uno de sus instintos y discurre y toma precauciones, porque ignora lo que puede originar el instinto que está dominando, y por eso goza y se satisface en las obras que hace bien; el maestro, que sabe lo que pasa, lo felicita, lo anima y queda preparado para otra prueba, que la hará con más soltura, con mas conciencia y por lo tanto; sufriendo menos, con más brevedad y menos trabajo, por la mayor experiencia.

En los momentos históricos de estas cátedras, se encuentran la mayoría de los seres pertenecientes a la tierra, en ese estado de media conciencia, que es el más terrible en las humanidades; y este caso se llama el crepúsculo de la humanidad, o media luz y está bien puntualizado en el libro de la sabiduría, titulado «El Espiritismo en su Asiento», al que os remito.

Mas en esta mayoría que está rasgando su crepúsculo, hay ya muchísimos maestros en cada ciencia; y por la necesidad de la vida y porque una ciencia necesita de los productos de la otra, los hombres de media conciencia reunen todo ese producto, formando de él causas que originan efectos. Esos efectos reunidos, son el gran progreso que hoy hay en la tierra, pero que los hombres no lo han disfrutado porque aun no han hecho la mayoría conciencia plena. Por esta causa, no ven la causa antagónica del progreso, la cual es la causa de esta conflagración universal, que no tiene otra raíz que el antagonismo religioso; porque la religión (cualquiera que sea) es sólo de los inconscientes y es la relegación de sus voluntades.

Esta verdad incombatible, la comprobaréis en que, los hombres que ya piensan sin prejuicio, no son religiosos; pero son hombres de trabajo, de sacrificio, de justicia y de amor desinteresado (en cuanto pueden); y siempre van poniendo puntos de moral y fraternidad, que es la sana profilaxis y única que puede cambiar el odio en amor. Esta es la profilaxis que se proclama para el séptimo día, en que ya entró la humanidad de la tierra.

Con la «Profilaxis de Amor» no cabe la injusticia, porque no habría antagonismo ni egoísmo y la hipocresía es desterrada.

No existiendo la hipocresía y mostrándose los hombres como son, la inmoralidad y el escándalo tampoco caben en la sociedad; y como la sociedad será el reflejo del «Código de Amor», no hará falta ponerle restricción al hombre, y el hombre no faltará en lo moral, material, ni espiritual, porque ya lo tiene todo descubierto y sólo tiene que aspirar a la mayor perfección de las cosas de la vida, que cada vez las hará mejor, con menos costo y con menos trabajo.

Es cierto que, además de que el hombre crecerá en grados de conciencia de los hechos que realiza y esa será su fe, tiene desde ahora una ruta trazada, fija y alumbrada, y en ese camino sin vericuetos, no tiene ya que pensar: ¿Qué será esto? Porque en cada página de la nueva biblioteca y en cada jalón del camino, se le dice claro y terminante lo que es y aun se le dan ilustraciones para que le comprenda, que es lo que tenemos justamente que hacer: comprender todas las cosas de la Creación para lo cual, se le manda a todo hombre ^Conócete a ti mismo^.

Conociéndose el hombre en sus tres entidades de cuerpo, alma y espíritu, es forzoso que obre todas las cosas con orden donde hay orden, no cabe hacer primero lo que es segundo, ni atropellar entre lo primero y lo segundo a lo tercero, porque ya sabe el hombre obrar en armonía.

Porque no ha podido el hombre obrar en armonía de la ley, ha necesitado hacer leyes y reglamentos sociales prohibitivos de lo que en la ley divina no son prohibiciones; pero que en el retraso de muchos hombres; en el egoísmo de algunos otros y en la hipocresía de los más, constituyen delitos y escándalos que se reglamentaron y penaron; y aunque era injusto (porque es contrario a la libertad); era saludable, porque el que aun no tiene por ley el amor, ha de tener por freno el temor.

Pero entre imponer el temor y matar a un hombre porque delinquió, hay un abismo terrible; y en él han caído los que han esgrimido como arma material el temor y el terror, por el encierro y la anulación del hombre.

El temor, impuesto para corregir es un arma noble, porque es reconocer niño e ignorante al corrigendo pero cortar una existencia para temor de los otros, es un crimen de esa humanidad y un asesinato agravado por la premeditación más absurda de los «Códigos de ciegos», como llamó a los códigos de los hombres en varias manifestaciones espirituales el hermano Juan Bautista y otros, como encontraréis en la «Filosofía Universal.

Si el Código pudiera corregir, una sola ejecución de un hombre, debería haber bastado para corregir a todos los hombres; pero es que el hombre no se corrige, ni puede corregirse con el castigo, sino saciándose en su instinto, y esto es lo que se debió estudiar en los Códigos penales, que a lo más deberían haber sido Códigos correccionales y no penales.

El castigo corporal de maceración y debilitaciones, es atentatorio a la vida: es una hipocresía religiosa puesta como traba a las funciones del instrumento cuerpo y lo repugna la resistencia alma, y es que no es de la ley del espíritu.

La disciplina y cilicio, debería haber sido el trabajo; y el ayuno y la abstinencia, del odio, del prejuicio y del egoísmo, y esto es lo que impone la ley del espíritu, que no tiene para corregir más medios que la hartura; el saciamiento en ley, de los instintos del cuerpo y del alma; el prohibírseles, es irracional; pero él tomarlo en desmedida, es robo cometido a la Creación siempre, a la comunidad muchas veces y a la individualidad no pocas.

¿Cuál es el remedio de evitar todo esto, que es la causa de las guerras y desastres materiales de la humanidad? El remedio es la ley de amor; que sepa el hombre desde su nacimiento, que todos los hombres son hermanos en espíritu y materia, porque procedemos todos (ángeles y demonios) del mismo Padre; y como hombres; en la hora presente, todos hemos sido familia consanguínea y en todas las partes del mundo: éste es el punto primero de la profilaxis que se le dará al niño en la educación de la Comuna.

Porque los educadores fueron parciales y, más que parciales, egoístas, religiosos, lo que quiere decir supersticiosas, idólatras y supremáticos, pretendiendo cada religión ser mejor que la otra, nacieron las divisiones; las divisiones son debilitamiento y la debilidad significa impotencia; la impotencia trae desesperación la desesperación es ciega; la ceguedad busca la venganza y la venganza no mira en su ceguera más que herir de muerte a su contrincante enemigo. Ahí tenéis la sarta de errores peligrosos que trajo la falsa educación en el temor de los dioses religiosos que condenan y no salvan, porque no admitía amor a los de otra religión, ya que cada una dice fuera de mí, no hay salvación.

Contra toda esta disparatada sarta, de errores dogmáticos; habían de luchar aquellos 29 misioneros en medio de la barahunda reinante en toda la tierra, que hemos comparado bien en el estudio de las causas de la guerra en el libro « Los extremos se tocan», en el «Conócete a ti mismo» y otros libros, a una inmensa jaula sin divisiones, donde estarían encerrados todos los seres del reino animal en revuelto enjambre; y por esta figura exacta, considerad qué esfuerzos titánicos, qué horrores había de sufrir, soportar y afrontar un domador, metido entre esa jauría donde, coletazos, mordiscos, pisotones, apretones, zarpazos, dentelladas y suciedades, le esperaban en todo instante y punto; pero al fin, desfigurado, rendido, pero no vencido, porque su razón era superior, logra el domador de 70 mil millones de fieras bípedas, atrevidas por la inconsciencia, dominarlas sin haber destruído ninguna y, hoy les presentan bellos, hechos hombres de razón, con más de media conciencia la mayoría de ellos y muchos con conciencia plena; manejando los secretos mecánicos de la naturaleza por las ciencias. Ese domador les da a sus corregidos (que los ama más que a las niñas de sus ojos por lo mucho que le costaron); les da, digo, la mayor de las profilaxis, para que todos lleguen a la plena conciencia, a la posesión del amor de hermanos, a la fruición de la «Solidaridad Universal» en el credo espiritismo y la comprensión del Universo «Conociéndose a sí mismos», que los eleva al grado de maestros, donde comprenderán que son creadores de mundos y que el espíritu es la vida y la vida es la luz de los hombres; todo esto es la profilaxis que hoy se da. Sin esta, profilaxis no sería posible un bienestar en la tierra, porque el progreso material es como la olla de sabroso cocido, que hay que espumarla a medida que el hervor va sacando la espuma, a la superficie, en la que el calor saca y expulsa los gérmenes morbosos, nocivos y putrefactos de las vituallas colocadas en la olla; y si el cocinero descuida esta operación, se expone a perder todo el contenido y no podrá presentar el caldo limpio y aceptable, y además, expone a la intoxicación a los comensales.

Si; el progreso es así; saca a la superficie la muerte y destrucción; si el hombre no sabe espumar, se envenena con el progreso, el que, en vez de servirle de vida, paz y bienestar, le ocasiona muerte, guerra y descontento. ¿ Queréis un ejemplo vivo y palpitante? Hoy lo tenéis latente en las armas de guerra. Nobel, inventando la dinamita para remover las toscas de la tierra y hacer más productibles los campos, buscaba la vida más fácil y el mejor bienestar, de los hombres; los hombres inconscientes, han utilizado aquel invento para destruir los hombres, que caen a millones; la culpa es de la inexperiencia de los hombres, de lo que es el progreso, de lo que es la vida; no han espumado a tiempo el puchero del progreso y se intoxican con lo mismo que debía propender a su salud.

Mas he aquí que hay médicos experimentados y cocineros expertos y los unos aplican el antídoto necesario del amor y los otros se dan prisa en espumar aprisa y fuerte la gran olla; y esa espuma es convertida en la gran conflagración que ha de quitar del hogar y de toda la tierra, a los que no saben manejar la espumadera, saneando el progreso y caen envenenados por su propia mano. Ahora va a quedar limpio el caldo y sazonado el alimento; es decir, limpias las ciencias del prejuicio y del error: el progreso, nutriendo la vida de los hombres en la mesa fraternal, en la familia comunal y ya la guerra no tendrá asiento en la tierra.

Siempre os hemos predicado la hermandad: nunca hemos destruido a ningún ser en medio del enjambre infernal, de la inmensa jaula donde nos encerramos con tantos peligros: caímos una y mil veces rendidos de fatiga, y destrozados a dentelladas y zarpazos, como lo veréis en los Profetas, en Antulio, y Sócrates, en Juan y Jesús, en sus discípulos y apóstoles, en los caídos en las cruzadas, en los perseguidos en la Edad Media y la inquisición, y ésos eran los tiempos en que, el fuego hacía hervir la olla, pero los cocineros eran malos: religiones y supremáticos civiles que heredaban sólo de los hombres y se empeñaban en ser cobertera de la olla del progreso del espíritu, que depositaba en su alma los instintos dominados que habían de constituir hoy el sano y nutritivo alimento de los cuerpos; pero esa cobertera, al fin pesó muy poco, y cuando el fuego del amor apretó el hervor en la olla del alma, con el vapor y la electricidad, levantó la cobertera, y la espuma se desparramó, siendo escándalo de los malos cocineros que se vieron descubiertos en su impotencia, en el error, en su malicia, y los comensales, escarmentados de las intoxicaciones anteriores, han hecho que ellos coman de esa espuma; por lo que, hoy están sufriendo los retortijones del envenenamiento y aun se niegan a tomar el antídoto del amor, que el pueblo proclama en la justa Comuna.

Son suicidas voluntarios; y como no hay peor sordo que el que no quiere oír, tocan las trompetas del juicio final y se tapan los oídos; y entonces, la justicia, viendo la inmoralidad de esos enfermos infecciosos los amputa del cuerpo social de la humanidad los transporta en sus espíritus, con sus almas, a los lazaretos, o mundos primitivos, donde curarán del veneno de sus concupiscencia; sí, curarán por la hartura, por el saciamiento; y entonces recordarán sus lechos y verán sus máculas y lacras y llamarán apurados al médico que les administre el amor y al Juez que les haga justicia y el Padre los oirá.

¡Hermanos míos educadores de la Comuna! Por mi autoridad de anciano, yo os mando que no descuidéis un sólo punto de la profilaxis del hombre, desde su concepción hasta su desencarnación, ya que todo os queda puntualizado y no podéis sufrir error sabéis que la gran olla es el alma, donde el espíritu, que es el cocinero, deposita como vituallas, todos los instinto, que tienen que sazonarse por el calor del amor, y ya es hora, que de esa cocción salga el gran plato de la unidad y fraternidad universal, siendo toda la tierra una sola mesa en la que, en todas partes el hombre sea el hermano, porque no oirá más nombres de dioses sino Eloí. Nombre común del Padre universal.