CAPITULO QUINCE
CON LA PROFILAXIS SE OBTIENE EL BIENESTAR

A la cátedra se llamó al Anciano 15 y os dice: « El que previene no tiene que curarse»; y esto es lo mismo para la materia que para el espíritu.

Que en los sufrimientos de las enfermedades se purifique la materia, y en los dolores y sufrimientos morales se purifique y lave el espíritu de las salpicaduras que forzosamente ha de tener por su maridaje con la materia, no quiere decir que las enfermedades, los dolores y los sufrimientos sean necesarios y convenientes para la elevación y el progreso del espíritu. Si esto fuera de necesidad sería contra la ley buscar los medios de curación y antinatural toda profilaxis.

Mas después de haberse enfangado en la materia y tomado parte en los frutos de la materia a lo que la ley obliga para el eterno progreso, se hace necesario la profilaxis, para que el alma no se identifique en la brutalidad de su marido el cuerpo, sino que es de justicia, que el alma haga del cuerpo su semejante; ya veis si hay diferencia en la asimilación, que asimilarse el alma al cuerpo es bajar, retroceder; y asimilarse el cuerpo al alma, es ascender, subir, y ésta es la ley.

«La mente está sana en el cuerpo sano», se ha dicho; pero no se le han dado al cuerpo, ni medios, ni remedios para estar sano, y por esto hasta ahora ha habido pocas mentes sanas.

Los remedios los hemos dado los misioneros desde que vinimos con el investigador; los medios los anunciamos en la ley de amor: pero había demasiada enfermedad y muy crónica en las almas, que estaban identificadas con los cuerpos, y los espíritus de esos seres, no podían menos de estar agobiados por el dolor y los sufrimientos, tan veteranos, que alcanzaban la terrible antigüedad de 44.999.200 siglos, en los que reinó sólo la materia, el cuerpo en su parte bruta, que llenó el alma de pasiones, de lacras, de lepra; y es que no había precaución; no había Profilaxis.

Hemos escanciado en todas nuestras existencias, nuestras ánforas de remedios sobre las generaciones; veíamos que eran aprovechados desordenadamente y sufríamos. ¿Cómo no habíamos de sufrir si amábamos? Pero sabíamos que, al menos los vahos, la esencia, llegaban a las almas, porque empezaban a sanarse los cuerpos y era cuestión de tiempo; y seguíamos escanciando redoma tras de redoma, ánfora tras de ánfora, y llenaríamos el ambiente y el gas deletéreo se liquidaría por enfriamiento, por la muerte de la brutalidad de los cuerpos; y entonces, un terrible chispazo se produciría, y rompería la dura caparazón de la lepra que había en las almas y se vería la primera luz del espíritu.

Había que obrar muy despacio; era necesario ir debilitando la brutalidad, lo mismo que sucede hoy con las fuerzas que hemos puesto en posesión del progreso; y os voy a poner el parangón práctico.

Conducís el gas por sus cañerías y mientras nada hay a su alcance que dañe con sus escapes, nada sucede; igual eran los cuerpos de los hombres; nada se oponía a su brutalidad y marchaban afectándolo todo y asimilando el olfato a su hedor hasta no ser notado.

Pero llega la electricidad y enterráis sus conductores cerca de las cañerías del gas; en el primer tiempo nada sucede, porque el aislamiento del cable está perfecto, aun no ha sido dañado; pero los encargados de la vigilancia de esos cables, llegan un día a comprobar que hay pérdidas, que hay derivaciones y se funden los fusibles, interrumpiéndose el servicio de alumbrado. Se refuerzan los fusibles para, mantener el equilibrio, pero es con mayor trabajo, con mayores sacrificios; pero no hay que mirar en el momento a esos sacrificios: hay que dar servicio cueste lo que cueste, mientras el ingeniero procura tantear en que sección puede estar el cable dañado y calcula los puntos donde más cerca, puede estar el enemigo y allí corta, prueba y ya se orienta y sabe a dónde va y procura llegar a tiempo, y muchas veces llega, las más; pero otras, por muchas circunstancias no se encuentra y se produce una formidable explosión que levanta la calle o la vereda y aun produce incendios, roturas de cañerías de agua y atrae enseguida al ingeniero y al pueblo, que contempla los efectos; pero los ingenieros ven la causa.

¿Qué ha pasado? Un escape de gas (que es corrosivo) fue comiendo los aislamientos del cable, muy despacio, pero tenaz, brutalmente, y en cuanto dañó la última fibra, y tocó el conductor cargado de electricidad, fuerza superior y más sutil que el gas, la corriente eléctrica siguió por el hilo del gas (que ahora le servirá de conductor), y como son polos opuestos y no hay equilibrio entre ambos, se produce el cortocircuito con el daño consiguiente, sufriendo más el más bruto.

El gas obró muy despacio, lo que indicaría premeditación; la electricidad obró en un instante, lo que indica defensa propia, justicia; y he aquí vivo y real un ejemplo del rudo trabajo de nuestra profilaxis; representando el gas, el cuerpo del hombre; el aislamiento del cable eléctrico, el alma; y la electricidad el espíritu que obra en ley y que jamás se deja vencer, aunque, como en el ejemplo presente le corten la existencia los de la fuerza bruta, pero que no cae el espíritu; cae el cuerpo y se hiere el alma; pero el espíritu, como la electricidad, es intangible, aunque es visible.

¿Qué tienen que hacer ahora los ingenieros ante esa, irrupción? Pues tomar todos los medios de evitar su repetición; buscar todos los recursos de neutralizar los encuentros para que no causen el mismo daño, sobre todo, salvando los manantiales generadores, porque todo daño es pequeño, no dañando las máquinas productoras; es decir, que se afina y perfecciona la profilaxis y hoy es difícil que una fábrica de energía o corriente eléctrica sufra las consecuencias funestas de un cortocircuito ocasionado por la causa anotada, que sucedió muchas veces, y de alguna fui testigo y entendí en ella, yo que escribo estas cátedras; y fue provechoso que hayan sucedido, para luego hacer más perfecta profilaxis; pero que, aunque haya sido provechoso, no es decir que sea conveniente ni necesario; y no es conveniente ni necesario el dolor, el sufrimiento, ni la ignorancia; es ésta precisamente la que obliga a mejorar la profilaxis de día en día, mientras hay ignorantes, y hoy no quedan en la tierra ignorantes; pero sí quedan aprendices de sabios y por esto se da ya la profilaxis general para la materia y para el espíritu conjuntamente; porque a toda alma han herido los cuerpos y por la brecha empezó a salir la luz de su espíritu, jadeante, rendido de trabajo sí, pero vencido no.

Cuando tenemos visto ese chispazo, nos hemos aprestado los ingenieros los Maestros, los Misioneros de siempre, a traer el remedio definitivo, y cada uno habló o escribió y aun presentamos cuadros reales y balances de los hechos, porque esos son los vendajes únicos que pueden curar las llagas del alma y hacer descansar un momento al espíritu, tan rendido de tan larga lucha; pero que ya puede recibir la visita de sus hermanos mayores, los que como él lucharon y le llevan la ventaja de su experiencia; de esas visitas se agranda la familia solidaria y queda un mundo más sumado a la cadena sin fin del progreso.

Si hubiéramos dado la profilaxis definitiva desde el principio, nadie nos hubiera entendido; no habríamos sido buenos maestros; tuvimos por esto que dar parte por parte; y cada parte, aun siendo la misma cosa. , había que sentarla en diferentes grados, según el progreso y aun según el entusiasmo de cada territorio y región.

¿Y para qué habíamos de cuidarnos del espíritu cuando encarnado, si apenas podía traspasar nuestra voz, la dura caparazón de nuestra alma, estando desencarnado? Purifiquemos cuanto más podamos el cuerpo, nos dijimos, porque todo lo que el cuerpo purifica, menos densa pasa su esencia al alma; y así inspirábamos baños, abluciones, perfumes, medicamentos, más buenos alimentos, desinfecciones, aseos en el vestido, filtraciones de agua, compuestos químicos en esencias, agotamientos de ciénagas y, en fin, formas esculturales, sin importarnos que todo se tomara para deificar la materia; porque al fin, ésta cuanto más esencia fuese, más esencial se haría el alma y más probabilidades hay de que se resquebraje la cáscara y salga a su faz la luz que estaba encerrada. Ya se produjo el resquebrajamiento; ya el gas dañó y comió ese caparazón aislador y la electricidad se mostró prepotente; ya hoy el hombre sabe que es tres y tenemos que enseñarle ahora, sin rodeos, sin equívoco, lo que es su cuerpo, su alma y su espíritu; y es porque, de parte en parte, se le dio la profilaxis de la materia, sin cuya purificación, no podía el espíritu unirse ni descubrirse al cuerpo, porque se originaría un desequilibrio imposible de equilibrar, como no es posible hermanar la luz y las tinieblas.

¿Quién será capaz de poder mantener el estado de obscuridad donde se enciende una luz? ¿Y qué hacéis vosotros teniendo los ojos enfermos y tenéis que entrar en donde hay una luz intensa? Os cubrís los ojos, o cubrís la luz al grado que os es soportable y cómodo; pues eso mismo hace el espíritu, para no desarmonizar la vida: o vela la inteligencia, o se envuelve ocultando su luz, porque en él lleva la armonía, como lleva la vida que es luz de los Hombres; pero que, mientras que el hombre no es hombre en ley de justicia, viviendo su trinidad de cuerpo, alma y espíritu, está la vida en él, pero es la tiniebla; y aunque brilla la luz, la tiniebla no la comprende y entonces no puede haber luz; y sin luz, no cabe el progreso; sin progreso, no cabe la belleza; y sin belleza, no puede haber bienestar; y todo ello es, por la falta de prevención, por la poca profilaxis.

Si yo quiero plantar una viña, preconcibiendo que quiero tener un vino de 15 grados, es preciso que estudie y compruebe qué clase de uva y en qué clase de tierra me los puede dar; si esto lo sé, tengo las probabilidades todas de obtener tal fruto; pero si ignoro todo eso, o parte, y en vez de la planta de garnacha o malvasía y tierra de ladera, tomo la hondonada y la planta de uva blanda, es seguro que fracasaré y habré de sufrir Ias consecuencias de mi ignorancia; no precaví, no hubo profilaxis en mi estudio, el responsable soy yo de mí mal.

Mas si este mal es solo para mí, yo solo sufriré, pero si el mal viene para otros, soy culpable del mal que por mí sufren los demás y soy deudor y la ley me obliga a pagarlo.

Ahora bien: sentado este principio de justicia, llegamos al axioma irrebatible de que: si existe el mal mundial, es por culpa de la falta de profilaxis.

Pero en los hechos, en los escritos y aun en los legados, adagios y tradiciones, está probado que los misioneros dieron la buena y suficiente profilaxis en cada tiempo, para mejorar las condiciones de vida de cada generación. ¿Por qué no hay más que malestar y descontento en toda, la tierra?

Sólo una es la causa: la religión, que en todos los tiempos acaparó y se apropió de doctrinas y ejemplos, para desvirtuarlos; y si pueden tener atenuantes las 665 religiones anteriores a la católica, no puede la 666 tener ninguna atenuante, porque nació después de sembrar la última y definitiva profilaxis por Juan y Jesús; y para acusarse por sí sola ante la justicia divina, aun tomó por pantalla (no por baluarte) al mismo Jesús, el que no tuvo ni dónde reclinar su cabeza en propiedad; y los que dicen seguir sus huellas en la religión católica cristiana, todo lo acaparan, todo lo hacen de su propiedad sin producir nada, y no busquemos en otra parte la raíz y la causa del mal mundial. Para ello, hicieran suyas las doctrinas predicadas por Jesús, como profilaxis para la última etapa del cultivo de la heredad de la tierra, hasta su liquidación en juicio; y los sacerdotes han destruido aquella profilaxis, mitificando hasta al mismo Jesús, para, lo que lo hacen nacer fuera, de la ley única, es decir, sin padre que lo engendrara.

Este imposible, elevado por el dogma, católico y cristiano a la categoría, de misterio indiscutible, bajo pena de excomunión mayor y condenación, ha sido una terrible garra, del dragón y el gran saco de veneno mortal para las generaciones, obligadas a creer en lo que no vieron. Esto es anular la razón y los hombres tenían que ocultar sus pensamientos y sus ideas, porque ya la bestia y el dragón, apenas nacidos, persiguieron con saña y odios carnívoros, al gran Ario, que se opuso a esa patraña, y en Nicea se decretó la persecución de los Arrianos y de todos los que no creyeran en el absurdo.

Constantino, el emperador asesino de su suegro anciano, de su propio hijo y su cuñado, fue el adalid de ese hijo sin padre, hecho por el concilio de Nicea por lo cual aquellos obispos, lo llenaron de indulgencias y bendiciones, absolviéndolo de sus crímenes y ofreciéndole dones y poderes por la destrucción de herejes. Aquí empezaba la epopeya más tremenda del mal mundial, porque se había sentado el más irracional principio.

Mas no se puede acusar de imprevisión a los misioneros, hasta para este caso; porque Santiago, apóstol y hermano de Jesús (reconocido y confesado como tal por el más fanático cristiano, Pablo), Santiago, digo, en su carta universal escribió: «No tengáis acepción de personas, aunque ésta sea Jesús. Y más adelante, tratando de la misma fe, dijo: «Muéstrame tu fe por tus obras, y yo mostraré mi fe por mis obras»; y añadió: «porque como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también la fe sin obras es muerta». El concilio de Nicea mostró su fe, con la guerra a Ario, con la destrucción del pueblo de Israel, con las cruzadas, con el celibato, con las guerras de religión y, por fin, cuando ya el gas iba comiendo el aislamiento del cable cargado de electricidad, es decir, cuando el hombre empezaba a pensar en su engaño, hizo la terrible irrupción con la inquisición, queriendo aniquilar al género humano; pero aun así, la luz se hizo; las tinieblas huyeron de la luz y hoy al fin, «la luz, que es la vida de los hombres», se muestra refulgente y quema todo lo que es nocivo a la razón y aparece Jesús como es: hijo del hombre en toda la ley, pero cuesta la terrible irrupción de esta conflagración mundial, « cual no han visto igual los hombres desde que están sobre la tierra ».

Sí; también se había previsto toda esta hecatombe y en Isaías se previno, para su tiempo y hasta ahora; y Juan y Jesús anunciaron el reinado del espíritu, y aun se explicó en el Apocalipsis, hasta el mecanismo de la final contienda, señalando paso a paso y día a día, lo que sucedería ¿Por qué los hombres se embarcan en nave tan peligrosa? ¿Porque no tenían profilaxis?, por que ésta había sido mixtificada siempre por los religiosos; porque los hombres adoraban errores, como Hellí había dicho a Abrahán en el testamento: «Y mis hijos Negros de Hollín, que demonios llamáis, enseñan a los hermanos de la carne, que son mis hijos, los deleites y los placeres y los males de matar; y creen, porque no ven la luz de Hellí, que son dioses; y la lucha es y el mal es y las enfermedades es, lo que les pagan». De modo que está claro, que sólo la tiniebla es causa del error, y toda religión es error de errores; y donde el error está, la profilaxis no puede sentarse, ni el hombre por lo tanto, encontrar el bienestar.

Mas como toda luz por pequeña que sea, se abre sitio y camino en las tinieblas rasgando sus crespones, el hombre se hacía luz y las tinieblas desaparecían; para lo cual el hombre debía sufrir el consiguiente escarmiento y lo tuvo; y la profilaxis se sentó en la razón.

Es, pues, de toda necesidad, que el hombre tenga precaución; que pese las razones que le asisten parra obrar, viendo de antemano los resultados de su trabajo; y siendo así, su lucha irracional, no puede tener cabida.

Mas querer sanear el alma sin antes higienizar el cuerpo, es un absurdo semejante al misterio creado para la concepción de Jesús por el Espíritu Santo, y por lo tanto, purifiquemos primero al cuerpo, que así es sabiduría; porque cuanto más puro sea éste, más pura, esencia, dará al alma; y ésta, antes se hará transparente para dejar pasar por su ópalo, la luz del que es vida del hombre.

Cuando habéis higienizado el cuerpo, el alma se higieniza por sí sola con las obras que el cuerpo realiza en razón de la profilaxis; y sepamos que, el trabajo del cuerpo es, purificar materiales para agregarlos al alma y que si el alma es espesa y pesada, es por culpa, de una mala y poca profilaxis para la vida de los cuerpos, que son materia y de materia han de alimentarse.

Todo tiene su período marcado y cada casa ha de cumplir con ese período su cometido en voluntad; y el no cumplirlo, trae desequilibrio que, cuando los desequilibrados logran ver la causa, rompen la rutina; desechan la tradición traidora y buscan remedio al mal, como dos ingenieros, cuando se produjo la irrupción por el contacto del cable eléctrico y el caño de gas, y no se mira a costos ni sacrificios; si no que hay que prevenir, para que otra vez no suceda; y de aquí salió el adagio sabio «de los escarmentados hacen los acordados»; y como todos hemos sufrido escarmientos, acordémonos de ellos: es el consejo profiláctico que os deja en amor el Anciano Quince.