CAPÍTULO TRECE
POR QUÉ EXISTE EL DESEQUILIBRIO EN LA TIERRA

Soy el Anciano Nº XIII y me han llamado fatal; la superstición también es de las religiones. Ya podía cerrar mi cátedra con estas pocas palabras, en las que está encerrada la contestación al epígrafe de mi capítulo.

Mas fatalidad dice, justicia de necesidad; y necesario es, pues, hacer justicia, aun a trueque de que la superstición diga que el trece le fue fatal, por el fatal desenlace del por qué del desequilibrio de la tierra.

Como en el reparto de las cátedras, ha sido dividido este capítulo en dos y el Anciano 14 dirá las causas del mal mundial y dónde radican, a él le toca, la parte roja; y yo tomo la parte negra que es la superstición, de la que ha nacido hasta el miedo de vivir en martes, pues a cualquier cristiano, y más si es católico, le oiréis decir: « En martes ni te cases ni te embarques” ; y al 13 le hacen la señal de la cruz.

La superstición ha influido de tal modo en el desequilibrio del mundo, que hasta los matarifes sufrían hasta poco hace, la pena de no poder casarse con ellos algunas fieles hijas de la iglesia, porque «eran inmundos por su oficio»; una voz pública o pregonero de algún pueblo o ciudad, era bajo, porque recordaba al que pregonó la sentencia de muerte de Jesús; y sin embargo, no es bajo el ser sacerdote, habiendo los sacerdotes escrito la sentencia y firmándola y ejecutándola, porque en ley, el que manda es el ejecutor.

Esas tantas pequeñeces supersticiosas que la religión ha creado sobre todo lo que existe, ha traído por necesidad el desprecio de unas personas a otras, y esto tendría la consecuencia funestísima de crear castas; en las castas, clases, y en las clases más clases, hasta crear en el nombre clases de sangre; pero que no consiguieron que los llamados sangre azul no la tuvieran roja como la del verdugo y la del barrendero.

Pero fijemos un acto, el más ingrato para la superstición: el nacimiento del Cristo-Dios; día feliz y desgraciado; día de las dos banderas; fue éste, el día de la batalla de Moisés.

En el capítulo quinto del libro histórico «Los extremos se tocan» está detallado este hecho feliz y desgraciado a la vez, donde os remito: aquí sólo hay que hacer, filosofar sobre algunos de aquellos puntos, para profilaxis del séptimo día en la Comuna y acabar por convicción con la superstición, que indica ignorancia, y es la causa primera, que creó otras muchas causas, del gran desequilibrio de la humanidad terrena.

Todo lo descripto como historia sobre el nacimiento del Cristo-Dios, en «Los extremo se tocan », lo estudiado en el mismo sentido en el «Conócete a ti mismo» y lo legislado al mismo objeto en «El Código de Amor Universal»; está confirmado en grandes manifestaciones del Espíritu de Verdad y otros grandes espíritus y maestros de la tierra, y mundos mayores que encontraréis en la «Filosofía Universal»; y está históricamente confirmado muy recientemente en el capítulo que «Rivert Carnard» remitió a la academia de la historia y publicado en la revista civilizadora «Alrededor del mundo» de Madrid, en el año 1902, por el mes de julio, con el nombre de «El trono más extraño del mundo» ; y lo hizo con motivo de las peregrinaciones de Turistas de todo el mundo a visitar el sepulcro de Santiago, en Compostela , antigua Brigantium.

Es, pues, humanamente histórico el nacimiento del Cristo-Dios, por causa de la superstición, Egipcia, y con él nacieron los evangelios y rituales y por lo tanto su religión cristiana. Esto constituye la desgracia de ese día, ocasionada por el olvido de Moisés de la piedra fatídica, que dejó como señal, donde había enterrado el documento original del testamento de Abrahán.

Si los egipcios no hubieran sido supersticiosos hubieran sabido que su derrota no obedecía a influencias de los dioses, sino al valor que da a los hombres la idea de libertad y a la fe que el hombre tiene en sí mismo por causa de sus obras y no por la fe ciega, que es traba dogmática que ata al hombre muy corto.

Pero si los Egipcios no hubieran tenido superstición, demostrarían que no estaban dominados por los sacerdotes de sus ídolos y por lo tanto no tenían religión, y sin ésta no habrían tenido esclavo al pueblo de Israel, al que reconocían fuerte, potente, progresista y moral por sus leyes, doctrinas y desarrollo en la agricultura y ganadería, causa del bienestar entonces después de entonces y siempre, en la tierra, como en todos los mundos.

Pero ¿cómo habría de sostenerse la religión y sacerdotes Egipcios, si aceptaban las doctrinas vedas, de los Israelitas, que ante todo imponían el progreso material, porque sin él, el progreso espiritual no puede tener base fundamental, porque no podían nacer las ciencias y las industrias, escala fija del progreso?

No, no podían aceptar esos principios, porque necesariamente anulan a los dioses y parásitos, con la personalidad realmente libre del hombre, al que, abierta y claramente, la doctrina veda, lo declara, hijo verídico del Creador del universo y el hombre, es creador de formas tangibles de vida , porque, «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres», se lee en la vedanta copiada del Sánscrito.

Al tomar los derrotados ejércitos la piedra fatídica encontrada en las arenas del mar rojo, erigiéndola en su Dios-Cristo y darle por evangelios la doctrina Veda de los Israelitas, no podía faltar ese, grande, y mágico principio que Juan apóstol de Jesús, copia en primer término en su escrito, «En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres»: principio en el que, se canta la naturaleza del espíritu, y los Egipcios lo aplicaron al nefando Cristo-Dios creado en una superstición; y aquí está la causa del desequilibrio del mundo, en 36 siglos.

Mas no son culpables, aunque sí responsables los egipcios derrotados (que desde ahora les llamaré brigantinos) de la creación de ese nuevo dios. Ellos no lo han creado: la figura existía y el nombre también y la doctrina que le dieron por evangelios, hecha estaba desde Shet.

Digo que no son culpables y sí responsables, y quiero fijar y aclarar la diferencia entre la culpa y la responsabilidad y consiste en que, la culpa no tiene atenuantes y la responsabilidad sí. El culpable es siempre la causa, el responsable es el efecto de la causa; y la superstición de aquellos egipcios y la de todos los hombres, es sólo y exclusivamente de la religión, de sus sacerdotes, que tenían, tuvieron y aun tienen en sus manos la educación de sus adeptos; pero que entonces y hasta poco hace, nada hacían los hombres, ni aun las leyes, ni comer, ni alentar, sin permiso de los sacerdotes. Y sabían los sacerdotes que era falso su derecho divino, porque falso era su dios y dioses, y está probado en que, a cada paso, a cada conveniencia, cambiaban de ídolo.

Pero ellos, los sacerdotes, habían sembrado la superstición con la que los hombres no podían ver esas patrañas, porque nunca les fue dado entrar en los privados concilios, donde los sacerdotes hundían un ídolo para levantar otro, y no temían al pueblo, por que la superstición del poder oculto de los dioses, de las penas infernales, del derecho divino y por el prejuicio de raza, nacionalidad o patria, en cualquiera de esos irracionales amuletos, nacidos de la superstición religiosa encontraban los sacerdotes, una muleta con que capear al pobre Juan pueblo. Si nacía un protestante, su dios pedía su sangre y se sacrificaba para escarmiento de los demás, no habiendo en realidad libres de la muerte más que los sacerdotes; los reyes eran sus víctimas y más de cuatro fueron sacrificados; esto traería una consecuencia muy lógica en la ignorancia del gran principio de que «La luz es la vida de los hombres y ésta radicaba únicamente en el espíritu del hombre», el que es por naturaleza la imagen viva de Eloí, Padre común y Creador único, que nunca cambia.

Como los sacerdotes sabían la escritura en la que estaba ese principio, el ocultarlo al pueblo prejuiciado y supersticioso los hace culpables sin atenuación y llegaría un momento en que los reyes y emperadores sacrificasen a los sacerdotes y a sus adeptos. Aquí son responsables los perseguidores de los hombres; pero la culpable es la religión que los llenó de prejuicios, de supersticiones, de odios y venganza, y la religión no tiene atenuantes y sí las tienen los engañados por ellos; pero son responsables, porque tienen el deber de discernir.

La inconsistencia de los dioses y por lo tanto su mentira y así la falsedad de su religión, nos la prueban los autores del Dios-Cristo, y hasta la superstición que fue causa de este hecho, nos sirve aquí como testigo irrefutable y quiera y no la sabiduría la aprovecha como acusador de la religión, de sus dioses y sacerdotes sembradores de la superstición.

Si los derrotados egipcios no tuvieran esa superstición, no gritarían al ver la piedra que Moisés dejó (y ellos bien la conocían por haberla visto en las pascuas de los Israelitas durante los cuatro siglos que los tuvieron esclavizados), no gritarían, repito: "¡Los hemos vencido! ¡los hemos vencido! ¡los abandonó su Dios!"

Claro está: siempre habían oído que su dios era el más fuerte. ¿Son derrotados por el pueblo de Israel? Su dios era más fuerte. Y como para ellos sólo dioses materiales existían y habían visto muchas veces aquella piedra sobre el altar (que cada año se improvisaba por Israel), y ante ella los primogénitos pronunciaban la palabra «Cristo», ¿cuál podía ser el dios de Israel sino aquella piedra? y ¿cuál su nombre sino Cristo, pronunciado sobre la piedra y oído de boca de sus vencedores en el fragor de la pelea? En su roma razón causada por la superstición, aquella piedra era el dios que los venció y Cristo su nombre: y así fue acordado reconocerlo y adorarlo por los restos faraónicos reunidos en brigadas; y queda nacido el Cristo-Dios, sirviéndole de partera la superstición y de cuna los cadáveres y la sangre de alimento.

Mas ¿qué dirían los sacerdotes? ¿cómo podrían volver a los pies de su ídolo, aun llevándole preso al Cristo-Dios tomado a Israel? Le haría el mismo efecto que le haría al avaro robado, devolverle la bolsa, vacía; o al hambriento darle los platos lavados, tirando la comida a los perros a su vista. El ídolo quería que se le trajera al pueblo que lo burló, para castigarlo; para reducirlo al no ser; que si antes le impusiera la bárbara ley de sacrificar a todos los varones al nacer, ahora no los dejaría engendrar; pero la libertad voló....aunque dejó su camisa; mas Israel salió vestido y alhajado.

Pero ¿cómo probarán su derrota a las generaciones? La superstición les dará la solución. Moisés había mostrado las plagas: en la superstición, una mentira cubre a la otra; la mentira de los sacerdotes, es cubierta por la mentira del ídolo o religión; y la derrota, fácil se podría cubrir atribuyendo un poder sobrenatural, un milagro, al terrible Moisés, diciendo: «Que tendió su vara en las aguas y abrió camino en ellas; y cuando hubieron pasado, entraron los Egipcios y las aguas los envolvió» Aytekes, capitán del ejército y yerno de Faraón, así firmó y ese es el parte que manda a los sacerdotes de Egipto; pero Aytekes, con los restos del ejército formó una brigada; y con la posesión del Cristo-Dios dijo: «Dominaremos el mundo». Cruzó el África, pasó la Iberia y se asentó donde no había gente; en la hoy Galicia en España, donde se hizo altar al Cristo y trono de rey a Aytekes, y allí estuvo muchos siglos, hasta que, temerosos de que se lo iban a quitar, lo empotraron en el asiento del sillón del trono y pasó el mar llevándolo a Irlanda; y en estos momentos y empotrado está todavía el Cristo en aquel sillón en Winmister. Todo eso es la realidad de Cristo, que ha desequilibrado el mundo, y no en vano en hebraico, Cristo quiere decir peligro; y el que ama el peligro; perece en él. Esto no es superstición: es una profilaxis y sana filosofía; por lo que, todos, huyan del peligro.

Hasta ese momento de huir el Cristo de Brigantium a Irlanda, poco daño había causado; pero bien se sabía en los consejos de Sión, lo que haría, y ya, Isaías dijo cuanto sucedería por causa, de esa figura, en la que se apoyarían los sacerdotes de la superstición. Y en el Apocalipsis se le señalaron 2000 años de reinado; 1000 serían como de gestación y los otros 1000 se le daría, suelta para que, o se saciara o se disolviera por su saciamiento, o sería derribado con las mismas armas que sus secuaces prepararan. No sólo no se hartaron, sino que llegaron a la mitad de su final milenario emborrachados en la concupiscencia, demostrando ser incorregibles e insaciables de sangre, y ya en el siglo 16 se empezó a preparar el juicio para el momento justo de cumplirse los 36 siglos marcados en el testamento de Abraham, que Isaías significó en el tiempo, los tiempos y la mitad del tiempo, lo que fue cumplido el cinco de abril de 1912 de la apócrifa religión católica: en cuyo día se hizo la liquidación o juicio de mayoría, siendo retirados del espacio las espíritus aberrados que, a causa del celibato habían cortado los lazos de afinidad con la familia de la tierra y no tenían una matriz que los pudiera recibir y gestar en justicia y en amor tampoco, porque del amor se reían; quedando los encarnados cada uno sentenciado en su presente existencia, para lo que se dio una transición de 90 siglos; pero en ley, quedaba el Cristo y la cruz derribados; la bestia y el dragón encadenados; y, a los efectos de su agonía, se promovió la guerra de los Balkanes, que era la chispa que encendería la mundial conflagración, en cuyo incendio se quemaría todo lo que estorba a la implantación de la Comuna.

Aun cuando existían otras religiones y otros ídolos que también eran supersticiosos, ninguna, ni entre todas, llegaron a declarar santos, ni a imponer milagros ni misterios por artículos de fe, bajo condenación de las almas de los que no creyeran, negaran, o estudiaran en los tales milagros, misterios y sacramentos; lo que necesariamente tendría la lógica consecuencia de los cismas, manteniendo vivo el antagonismo, acrecentando el odio y legalizando la venganza, que llegó a ser ésta «Santo Oficio», pagado y beneficiado hasta con indulgencias plenarias y bendiciones del Pontífice cristiano; por lo que, hasta las madres, acusaban a sus hijos y esposos.

Pasado el primer milenario y entrado el Cristo en el milenario de su libertad (según estaba profetizado), su primero y más trascendental acto fue la imposición del celibato, que importa la sentencia de muerte de la humanidad por falta de nacimientos, y aun quisieron apresurar esta muerte con las guerras llamadas de «La santa cruzada», que significa crucificar a todos los libres; y estas cruzadas trajeron las consecuencias de mayores cismas, de mayores odios, de más grandes venganzas, demostradas en, las guerras de religión y por fin, con la vergonzosa inquisición, cuya maldad no tiene precedentes; pero que, para obrar a mansalva, idearon la confesión auricular, con lo que el Pontífice, director de todo este desequilibrio, estaba en todo momento en el secreto de los pensamientos de todos los hombres por la confesión de la esposa y de la hija, corrompidas por el confesionario y superticiadas con el nombre de «Angel impenetrable» que se hizo creer el confesor. Ninguna de las antiguas y contemporáneas religiones tuvo tales dogmas, ni tales marañas y patrañas y hasta, se lavaron de sus faltas y errores, queriendo encontrar una fórmula de unión, por lo que respondieron al llamado de la cristiana firmando una alianza, por la que debía nacer un Código universal, del que fue encargada la cristiana, naciendo de ese acto la católica; que quiere decir iglesia universal.

Es este acto el profetizado en el Apocalipsis cuando dice Juan «Que vio a un dragón curar a una bestia moribunda que salió del mar con siete cabezas y diez cuernos », y numeró a la bestia con el número 666, que ha cumplido todo lo que a Juan se le mostró y ha llevado por saos hechos el desequilibrio a todas las naciones, a todos los pueblos y a todos los individuos por su inmoralidad, porque, es en verdad de verdad, el falso profeta.

Las siete religiones, que son las siete cabezas de la bestia nueva, se lavaron de su error original, con el deseo de unificarse por un Código moral; y dieron su preferencia a la cristiana, porque tenía sus evangelios hechos de la doctrina veda, en la que, copiado del Sánscrito y rememorado por Juan apóstol estaba escrito en aquel evangelio estos grandes principios: «En el principio ya era el verbo, y el verbo era con Hellí y Hellí era el verbo: éste era en el principio con Hellí: Todas las cosas fueron hechas por él y sin él nada de lo que es hecho fue hecho; en él estaba la vida y la vida, era la luz de los hombres. Y la luz, en las tinieblas resplandece y las tinieblas no lo comprendieron».

Estos principios, con las palabras mis interesantes de Jesús, la profecía, de Isaías y las leyes de Moisés, que figuraban en las doctrinas que ostentaban las enseñanzas de los apóstoles de Jesús y que presentaban como garantía de fidelidad del hipócrita Cristo para pedir sus secretos y rituales a las otras religiones, no las hizo vacilar, ni sospechar, y le entregaron sus documentos, esperando en vano hasta hoy el prometido Código moral universal.

Pero, en cambio, recibieron luego los soldados de Constantino: fué el primer zarpazo del dragón-Cristo montado en la nueva bestia 666, acrecentando con su concupiscencia y superstición él ya grande desequilibrio entonces.

Si el idioma le hubiera permitido, es decir, si hubiera sido rico en letras y sonidos, Juan hubiera dado en su evangelio el principio fundamental así: «En el principio ya era el espíritu, porque el espíritu era de Hellí y así el espíritu es Hellí. Todas las cosas fueron hechas por el espíritu y sin él nada puede ser hecho, porque todo es hecho para él. La vida es luz y la luz está en el espíritu y el espíritu es la vida de los hombres la luz ilumina las tinieblas, la tiniebla es la opacidad de la materia, por lo que los hombres materialistas no comprendieron al Espíritu.»

Esto no se presta a error, ni a falsa interpretación; pero Juan, ni Jesús, ni Isaías, ni Moisés, ni Abraham, ni Shet, no tenían culpa de que los idiomas fueran pobres para expresar los pensamientos como de que la superstición temiera en vez de amar, ni de que los sacerdotes quisieran vivir de la carne y tener ídolos de carne y dioses de madera, oro y barro que no tienen acción, ni vida, y por lo tanto, no podían ser iluminados por la luz del espíritu, que es vida y la única vida; y no queriendo vivir la vida del espíritu (que es eterna y continuada) tenían que vivir la vida, de la materia que es transitoria en las formas que crea el espíritu para el corto período de una existencía en que ha de hacer una cosa. «Porque todas las cosas son hechas por él y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho.»

Aquí os dejo, pues, sabiendo por el lado negro que el desequilibrio de la tierra, es decir de la humanidad, es sólo por las supersticiones nacidas sólo de la religión, y el Anciano 14 os dará el lado rojo de esta cátedra.