LOS EXTREMOS SE TOCAN

CAPITULO VEINTE Y OCHO
LA TIERRA, RENOVADA, PARECE OTRO PLANETA

749.—Cuando hemos visto convertirse el niño en hombre y progenitor de otros hijos, antes lo hemos visto luchar con sus dudas, sus recuerdos y vacilar queriendo y temiendo a la vez, pero no podía desoír los terribles aldabonazos que daban en su ser y ya, decidido, se arranca de los brazos de sus padres, para caer en los de su adorada, de cuyo contacto dió vida y ser a otros seres que renovarán al hombre, moral y físicamente.

750.—Vemos sacar del fango de la mina una piedra negruzca y deforme y siendo profanos en su conocimiento no la tomaríamos, porque no tiene, a la vista, ningún valor; pero la tomó el artista, perito en el conocimiento de esa piedra y empieza a escamarla y labrarla con sus mismas escamas y nos presenta luego un precioso diamante, que nos llena de asombro con sus destellos.

751.—Los dos casos de los dos números anteriores, son reales; se han transformado, se han renovado en la apariencia, el niño en hombre; la rústica piedra, en joya valiosa: lo mismo le pasa a la tierra y a todo lo que hay en la tierra y su atmósfera que es las escamas de este precioso y gran diamante.

752.—¿Pero qué ha obrado esta transformación, esta renovación? El tiempo, la evolución, el trabajo, único capaz de renovar las cosas enriqueciéndolas con el arte, con la ciencia, con la sabiduría, con la inteligencia, herramienta fina e indesgastable de la sabiduría, sin la cual reducida a pensamiento y voluntad, nada se transformaría, nada se renovaría, nada se crearía; nada viviría en formas; sin formas, la vida no puede ser tangible; no puede apreciarse en su realidad.

753.—Nace un mundo y pasa sus épocas o períodos de evolución, corriendo sin órbita hasta adquirir la vida, (en gérmenes) de todas las cosas que ha de demostrar; y en ese estado, ningún profano adivina en aquel haz luminoso o cometa, al parecer errante pero no suelto, porque está ligado, como el feto, del cordón umbilical, a su centro Sol. En esa evolución, en esa gestación, la tierra que hoy contemplamos y entonces no hubiera adivinado el hombre, pasó 23 millones de siglos, en los que cargó vida para desarrollarla en 100 millones de siglos en los que llegaría a su meta, dando (acrecentado por el trabajo) en frutos sazonados, los gérmenes que recogió en el arsenal del Eter, eterno pensamiento del Creador.

754.—Ya la tierra, hecha aun un foco de luz y calor, equivalente a las funciones que se le encomendaban en la ley y cargada de esa vida, es sujetada a su órbita en la que se regulan sus movimientos de época en época, va liquidando sus gases que solidifica y crea las especies todas animales. En esas funciones, empleó 45 millones de siglos. Le marcaba la ley, entonces su evolución máxima en la producción del ser hombre, dominador y depurador de todo el arsenal de riquezas allí depositadas y la tierra se dispone a concebir al hombre; para lo que tienen en ley que renovarse y ponerse en condición de mantener a su predilecto ser, por el que ella existía y sufría el trabajo y sacrificio del amor.

755.—Para los seres irracionales que hasta allí había producido, le bastaba la luz del día, porque sólo tiene el fin de preparar materiales para crear al mayor; la tierra da y recibe la luz, sólo por reflexión del centro Sol y es porque, tampoco tiene la tierra más que la luz natural tomada en el arsenal etéreo; el que va a concebir es el animal privilegiado, no por privilegio, sino porque es el resumen de las creaciones animales; es el que ha de ser instrumento del autor de las formas, del espíritu, que es luz de luz y necesita luz de día y de noche y... La tierra pare un hijo, un satélite, que el Sol, su abuelo, lo saluda y lo ilumina de la luz que tiene en depósito de la tierra y por él refleja la tenue luz que la nueva producción de su hija, la tierra, dará: el hombre. Desde el parto en que nació la luna, hasta que aparece el hombre, entonces engendrado, pasaron 10 millones de siglos; durante los cuales y de sus semillas, aparecieron de nuevo todas las especies, renovada la exuberancia y monstruosidad, en finura y sabrosidad.

756.—Ya no conocería la tierra, un hombre que hubiera vivido toda esa tremenda evolución en un solo cuerpo y, sin embargo, la tierra era la misma que vimos correr sin órbita hecha un haz luminoso que otros mundos del grado de la tierra, hoy verían y se asustarían por creerlo un peligroso cometa y... ¡Era un hermano suyo, un recién nacido que los visita y requiere su vida, su ayuda y sus productos!. Y todos, aun los asustados se la dieron y la tierra también los da a tantos como la han visitado y asustado a sus hombres niños, que han llegado al terror hasta cuando ya eran mozos robustos y se disponían a tomar estado y declararse mayores de edad: y todo es a causa de las mil ilusiones, de los equívocos, de las inexperiencias, por el temor de perecer sin poseer a la que llena el vacío en su corazón. Ese es, el estado del hombre hoy, que en la estrechez de la familia, está para desposarse con la arrogante y bella mujer que llena los vacíos de nuestra ignorancia: la Ley.

757.—¿Qué ha hecho el hombre en los 44.999.250 siglos que lleva vividos sobre este pedestal, contados desde su aparición, o sea, 10 millones de siglos después de nacer la luna, testigo de esa gran concepción?

758.—Imaginar por un esfuerzo mental, la tierra sin el hombre. Todo existía en materiales amontonados en la faz y en las entrañas de la tierra y nada de lo que hay en progreso y belleza, existía hecho; todo esto ha hecho el hombre; hasta su belleza que podéis compararla entre el gallardo mancebo y un hipopótamo y entre la bestia más zamba y horrible que hoy conozcáis y la belleza y esbeltez de nuestra mujer; y aun mucho queda por hacer.

759.—“Mucho queda aún por hacer”; pero no podría hacerse sin otra renovación de la tierra; porque si para recibir al espíritu luz de luz, en el cuerpo animal hombre, hubo de darle la ley más luz, con el satélite nacido entonces, ahora que ese espíritu llega a su mayoría de edad, a desposarse con la ley, que es luz, necesita más luz; un traje adecuado a su estado; un traje nupcial de etiqueta para el novio y de belleza y pureza para la novia, que es la misma luz, la sabiduría, la justicia, el amor en fin. ¿Qué hará la tierra? ¿Qué hará el Padre de la tierra? ¿Qué hará el autor de la novia ley, y del novio espíritu? La tierra se purifica y parirá otro satélite; y el autor del espíritu, le dirá: “Entra en el gozo de tu señor”.

760.—Pero he aquí, que la madre se atarea en preparar todas las cosas y el hijo ha de preparar la casa, conforme a su rango, conforme a su riqueza, conforme al amor a su prometida; y... barre y lava y alfombra y amuebla y prepara el lecho nupcial, donde espera el goce de sus esperas amargas, de sus trasnoches y ve en lontananza corretear, los angelitos que revolotean en su alrededor en este caso, ese barrido, es todo lo que al hombre le estorbó; la casa, es todo el mundo; el mobiliario, son sus progresos; y el lecho nupcial, es la comuna, que es el banquete en el que está el gozo del Padre y al que manda al hombre sentarse, el gran ELOÍ.

761.—¿Quién, después, conocería la tierra de las hecatombes? ¿Quién no verá en la realidad de los hechos, esos angelitos que imaginamos, en los progresos que hoy les han torcido su destino, convertidos en el dolor y malestar del mundo, siendo por ley, la alegría, el descanso y el usufructo de tanta lucha, de tanto sudor, de tantas noches de insomnio, de tantas dudas, de tantas lagrimas?... La tierra será la misma; pero vestida en sus galas, no la conocería el que la vió hoy, y el que la verá luego, donde no habrá zumbir de cañonazos y rechinar de bayonetas, ni bombas explosivas bajo las aguas ni en los aires, ni monstruos de destrucción y terror en el lomo de las aguas, ni procesiones de hambre, porque no habrá procesiones de imágenes de santos, ni dioses antropófagos, insultantes en su aparato a la miseria que sufren los trabajadores, ni nada de lo que hoy hay errado, causa de tantos crímenes, y el mundo se cubrirá de seres, de amor. Es que tampoco habrá las fábricas de destrucción de la humanidad, porque habrá desaparecido el sacramento del celibato, al caer el cristo y todas las religiones; pero, en cambio, se levantará la casa comunal, donde los ancianos idearán las leyes de armonía entre las juventudes que alegres se educan, cuyas leyes (más bien reglamentos de trabajo) el pueblo, en pleno plebiscito, sancionará en medio de la alegría, en el mayor amor, porque todas sus necesidades las tiene cubiertas con sólo trabajar, no como máquina, sino como director de la máquina; y en ese trabajo, después de una sana educación, él pasará tranquilo su ancianidad, en la que será instructor de las juventudes, en cuya alegría estará su alegría. ¿No es verdad que la tierra parecerá otro planeta ? Pues en esta renovación, están los hombres y la ley y la asamblea general de los espíritus, que esperan con ansia volver a ser hombres para continuar la creación y la belleza, y para todo esto era necesaria esta hecatombe final, que no acabará aunque los dioses quisieran, hasta quitar todas las causas que estorban toda esa felicidad.