LOS EXTREMOS SE TOCAN

CAPITULO VEINTE Y TRES
EL ALBA DE LA JUSTICIA

671.—Ya no teme el hombre a la fantasía. Está en posesión del C.G.S. duro y afilado escalpelo que le ha de descubrir hasta el borde de la sabiduría; pero no puede quedar en el borde; tiene que entrar en el corazón de la sabiduría, y maneja ese escalpelo ávido de saber, pero impávido y seguro de que no puede equivocarse, porque comprueba, investiga y compone y descompone en infinitas ecuaciones de ascenso, de retroceso y de estabilidad, el mágico C.G.S. que le sirve de antorcha y, como Diógenes, sigue incansable buscando y en cada explosión de su potencia, engendra un nuevo hijo, un nuevo progreso y esto lo lleva ya más adentro del borde de la sabiduría, y llegará hasta su centro.

672.—Ve el hombre, en el arte, el principio de su bien: pero le cuesta dolores que le hacen derramar sangre por los rasgones que el trabajo le ocasiona, pero el dolor lo incita y le advierte la causa del desgarrón y comprende así las diferencias de fuerzas brutas. Y razona y no abandona su empresa, pero idealiza: sí, idealiza. Y del idealismo, hace una máquina de aquel mismo material que lo rasgaba y le hacía derramar sangre y con la ayuda del C.G.S. iguala las fuerzas suyas, débiles como brutas o animales, pero superiores a las que lo rasgaban y su inteligencia venció al que lo vencía; hizo justicia el hombre. Ese es, aquel algo más que veía en sus obras primeras; aquel universo que quería descubrir en los ojillos del niño; la inteligencia, el idealismo, su encarcelado espíritu que ha triunfado y lo va a llevar hasta el corazón de la sabiduría; hasta el centro de la vida; verdad suprema y absoluta.

673.—Ahí no cabe ya el gran C.G.S. de la matemática positiva: tampoco la necesita ya como alcayata; el espíritu llegó al fin de la jornada de aprendiz; ahí, el hombre ya es maestro. Ya sabe idear continuamente para agrandar más en cada instante el báculo C.G.S. con el que llegó y ya lo usa siempre para enseñar a otros desengañados que encontrará en el sendero del bosque, desmayados, desesperados, como él se encontró.

674.—Aquel algo más que veía en sus obras; aquel infinito que se empeñaba en descubrir en los ojillos del infante, es su espíritu que desde su cárcel daba voces, en la que por amor y por justicia se encerró para dominar los instintos brutos de la materia, que en su antagonismo produjo la pasión; ésta la concupiscencia que en su insaciabilidad todo lo sacrifica, constituyéndose en Dios. He aquí la fantasía; he aquí la religión; he aquí... la bestia 666 seis veces terrible, porque cada número son dos trinidades.

675.—La casualidad no existe. Entonces es fatalidad esos números. Pero fatalidad dice justicia de necesidad, y por esto, el hombre no puede descubrir la justicia, hasta que vence a la bestia y, la bestia está vencida. ¡Ya alborea la Justicia!...

676.—Yo veo quien mueve mi mano y compone mi estudio. Es aquel algo más que el hombre ve en su obras y quiere alcanzar a descubrir en los ojillos del infante; es mi mismo espíritu curado de la fantasía de lo abstracto y entra en la realidad de la verdad de la vida, por el cimiento indestructible del C.G.S. supremo de la matemática positiva, con la que todo hombre llega al borde de la verdad suprema relativa donde no puede ya perderse, porque está en el camino de la verdad absoluta, de la vida que emana de aquel Centro vibratorio, donde sólo impera la matemática pura: el idealismo; del que el pensamiento del hombre extrae el C.G.S. para alumbrarse en la razón, mientras está perdido en el bosque. Y el idealismo real, que es real cuando en su razón comprueba por la matemática del número, del peso y la medida, lo que está a su alcance y eso le sirve de principio a lo que presiente, más allá del número donde nace el idealismo sin fantasía.

677.—Y es que el idealismo es lo primero que se presenta a la conciencia aun naciente; mas como en la inexperiencia del mal, el hombre es sencillo e indolente, hasta que es agitado por el antagonismo que le causa dolores y remordimientos, está indefenso y como aletargado; y no teniendo más arma que la sabiduría para luchar con toda la inmensa jaula de seres que encierra en su cuerpo y alma, mordisco de un lado, cornada del otro, picotada del de enfrente, coces del de atrás, mugidos por todas partes, es vencido una y mil veces en sus cuerpos. Pero cada vez ha dominado uno de sus enjaulados instintos que unos levantan por su voluntad la soberanía; otros la astucia y otros la fuerza bruta. Pero cada uno, en su especie, ha de reinar su período y el encerrado espíritu tiene en ley que dejar saciarse hasta la hartura a cada uno, sin dejarse él vencer. El espíritu, por esa lucha tremenda, cae siempre rendido, pero vencedor de aquél instinto que estaba en su reinado; cuando habrá vencido la mayor parte, entonces es cuando él se empieza a descubrir y a buscar el motivo de tan titánica lucha, y esto sólo puede ser en los mundos de expiación donde ya sufre, porque tiene conciencia.

678.—Pero esta conciencia en él es sólo la vida del infante, por en cuanto sólo vive por el cuidado de sus progenitores. Lo mismo le pasa al hombre en la infancia de la humanidad, que por sólo los cuidados de la madre naturaleza y el trabajo de su espíritu, que es desesperado, por mil causas que no son de este libro. Solo así el hombre en su cuna puede subsistir y en ese agobio, en esa desesperación, (que son los rasgones que le ocasiona la inexperiencia), idea todo lo que es capaz de aminorarle el dolor y esto es a causa de que la materia no se convence de que ganará sometiéndose, y en su ley, quiere vivir su vida. Pero ya en el mundo de expiación, mundo de quinta categoría o quinta esencia en lo material hasta el primer parto de la tierra, por el que, fundiéndose todo y saliendo de él las escorias más rústicas o exprimidas y queda el hombre engendrado desde ese momento, el mundo asciende y se purifica un grado, que ya es el sexto del curso de la materia. Ahora, ya puede la materia vivir su vida, individualizada, porque en ese sexto grado, ha de implantarse la armonía y de aquí la titánica lucha del menos materia, diciendo, no serviré; y del más espíritu, asegurándole, que sí servirá.

679.—Mas la materia es intransigente y reclama su ley y el espíritu no se la niega; y en cambio, al espíritu, la materia le pone su fuerza bruta y esto es desarmonía; pero el espíritu espera y domina y recoge a cada instinto saciado por la fuerza, pero satisfecho, aunque sufre por que delinquió, ya secuestrando a otro instinto, ya interrumpiéndole en sus funciones. De esa lucha terrible, el espíritu cae rendido, como aquel que salió del castillo fantástico y cayó al borde del sendero y es recogido por su guía espiritual al despertar y entonces aquel instinto saciado ya lucha con los del menos, porque ya está él, en el más; en la conciencia; al servicio del espíritu.

680.—En este estado, es cuando quiere y debe el espíritu, sentar el principio de justicia, e imponerlo. Es precisamente ese momento, en el que le llega una ayuda, que para la tierra fué Adán y Eva, con el Investigador. Ya vimos el estado en que estaba la tierra entonces y lo que se ha hecho de ella; pero aquel momento, era el crepúsculo de la paz, que pasado por el alba de la justicia iniciada en Moisés, se había de llegar al día del amor que lo anunció Jesús y había de proclamarse al cumplir los 36 siglos de la ley del Sinaí.

681.—Pero si para toda la humanidad, el alba de la justicia era el acto del Sinaí, para cada hombre en la individualidad, es el descubrimiento de su trinidad; el conocimiento de su espíritu. Esto trastornaría toda religión y doctrina animista y además, representa el sometimiento del alma y había de ocasionar hecatombes y cataclismos, equivalentes al acto supremo que los mundos realizan, para lo que la ley anuncia muchos siglos antes, sin importarle que falsos profetas se aprovechan de la largura de ese tiempo para engañar a los incautos anestesiándoles las conciencias: pero que a las señales de la llegada del reino de la justicia, libertó por su propio esfuerzo a los secuestrados y caen los castillos de fantasías de los supremáticos derribados por el simoún. Y para más justicia, se les dijo, que el juez llegará cuando no lo esperen y se encontrará entre los hombres que lo nieguen o lo falsifiquen, “Como ladrón de sorpresa”: lo que quiere decir, con pánico y espanto. Y aun añadió el profeta del Apocalipsis, que oyó ruidos como de muchas aguas y grandes ejércitos que luchaban; y lo más raro es que dice también, que se comió el “Librico” y que era muy amargo; claro, como nada hay más amargo que la verdad. ¿No podría ser este libro el índice de ese librico amargo? Meditemos y entremos en la justicia, antes que nos toque con la punta de su espada: porque si la Justicia está blandiendo la espada en Europa “la Babilonia la grande”, el aire del brazo llega hasta aquí la América y es bastante fuerte y cada vez arrecia más, desconcertando a los gobiernos que teniendo enormes montones de trigo reina en las masas el hambre, que es la espuela con que el caballero espolea y saca a las multitudes el trote ligero, que hace de tripas corazón, pero que toda marcha forzada, es peligrosa.

682.—Por eso cae el cristo y con él todas las religiones, porque en su marcha todo lo forzaron, pero él por todas, porque de todas heredó y es justicia, que él por todas rinda cuentas a la justicia, en el alba de ella.