LOS EXTREMOS SE TOCAN

CAPITULO VEINTE Y DOS
EL CREPÚSCULO DE LA PAZ

663.—Piden los hombres la paz, al dios que invocan para la guerra. ¿Puede haber mayor contradicción? A lo sumo, la paz que puede dar el dios de la guerra es la tregua que da el estómago hasta que ha digerido los alimentos, para pedir imperiosamente otros; esa es la única paz que puede dar y dió a los hombres, ese dios creado por el odio de los hombres.

664.—Como los hombres se han odiado, de su odio crearon su dios: y sólo asoma la aurora de la paz, cuando los hombres empiezan a amarse. Ese es el crepúsculo de la Paz.

665.—Pero es digno de notarse, cuándo se ha manifestado ese crepúsculo, que es, cuando los hombres han podido contestarse a sí mismos, a la mayoría de las preguntas del capítulo anterior; pero que sólo ha sido, retirándose de las religiones, cayendo en un espantoso escepticismo; espantoso, para los dioses; pero de satisfacción, para la naturaleza; porque sólo entonces, el hombre cayó en los brazos de la verdad, aunque fuese aletargado, desconfiado, receloso de otro engaño. Pero el hombre, pronto se desengañó de que la naturaleza no lo engañaba, porque ésta le descubrió pronto sus leyes reales y comprobables y hasta lo enseñó a auscultarla y la naturaleza se echo en los brazos del hombre, con ansias; con la voluptuosidad de la novia desposada por amor, después de sufrir secuestros y negativas que la hicieron sufrir, desesperarse y demacrarse en el continuo soñar de perder el amado de su corazón que la había de hacer madre, de aquellos angelitos que se le dejaban ver en su almohada, la que mil veces, regó con sus lágrimas.

666.—De ese mismo modo, la naturaleza sufrió y se manifestó al hombre largos y largos siglos; noches terribles de sufrir, viendo la naturaleza los angelitos del progreso retardados en su nacimiento, por el secuestro de las ideas del hombre, por principios errados de lo abstracto, de cuyas alturas debían caer los hombres en el más terrible y mortal porrazo, porque eran castillos en el aire, o con cimientos de azúcar, los que al contacto del agua del desengaño, todo vendría abajo. Esto esperó ansiosa y palpitante, la naturaleza, y sucedió, para la felicidad del hombre y, la naturaleza le habló de amores; le habló de libertades; le habló de justicia; le habló de fraternidad, y el hombre lloró en sus brazos; se consoló en su madre. La madre, amorosa, enjugó sus lagrimas; lo regaló con sus secretos; lo hizo, lo que ya el hombre era: su Rey y su Señor. Ya entonces el hombre tuvo cimientos firmes, que los midió, los pesó y los distribuyó en orden y lo cifró en las enigmáticas matemáticas; en el C.G.S. primera ráfaga de la luz de su crepúsculo y ella apagó el fantástico relumbrón que lo llevara a lo abstracto, sin dejarlo escudriñar lo que pisaba.

667.—Era en ese estado el hombre, como uno a quien al nacer se encierra en obscura habitación ignorando el contenido y la realidad del mundo y se le habla de maravillas, de palacios encantados y para probárselo se le vendan los ojos y se le transporta, opializado, a un palacio de fantasía asiática, donde todo está amaestrado y todo le fascina, todo lo llama, tras todo corre y nada alcanza y hasta el alimento en provocativo banquete, le es escamoteado bocado por bocado y jamás puede saciarse, ni alcanzar un beso de las frescas y rubias Uries, que le danzan y se contorsionan, y al extender él sus manos, nada encuentra y la desesperación crece, no encontrando auxilio, hasta que aparece en su conciencia que todo es falso y llama ya la realidad: el desengaño. Entonces se ve en medio del bosque, solo, harapiento, torcido y perdido, y cae en el sendero en sueño de sopor; desesperado.

668.—Mas despierta de la horrible pesadilla, al contacto de la mano de un caminante, de un ser real y verdadero que vive en la naturaleza, que trabaja, que suda, que lucha, pero que de su trabajo come y selecciona, y divide el alimento y las horas de descanso y comparte con otros hombres, y siembra y multiplica y parece que hace hablar a lo inerte, por la mecánica, por el arte y por la ciencia que somete los movimientos y hasta combina los venenos mortíferos para dar salud. Y aquel desengañado, llora, hace imprecaciones y encrespa sus uñas amenazantes, reconociendo, al fin, lo falso de la posición de la fantasía. Entonces abraza con ardor la realidad de la verdad que palpa, por dura que sea; aunque le haga sudar; aunque derrame sangre en los rasgones que se hace en su inexperiencia. Es doloroso, es duro, pero es real: palpa, produce y satisface su necesidad y se convence en sus obras en las que ve algo más que la obra de sus manos: razona.

669.—Ha pasado la noche del sopor; ha colmado la naturaleza de caricias a su esposo y señor el hombre desengañado y curándolo con sus besos de los dolores de lo incierto, en las alturas de lo abstracto; y de su unión, han salido obras en las que el hombre se mira y ve algo más que la obra de sus manos; teme engañarse otra vez; recuerda espantado su desengaño de tantas ilusiones; pero ve la realidad, la palpa, la mide, la pesa y la divide o la une; no hay engaño. . . y . . . ¡el hombre ríe satisfecho y la naturaleza le colma con otro de sus secretos!...

670.—El hombre ve que por sus esfuerzos, por su trabajo todo se embellece y se mira en sus obras, con el arrobamiento y la felicidad que mira el enamorado esposo la angelical sonrisa del niño engendrado por su amor, en la voluptuosa noche de su desposorio con la madre de aquel infante, que unió para siempre en su alma; el alma de sus progenitores, que sondan a porfía en sus inocentes ojillos, queriendo descubrir un infinito universo que allá, en lo profundo de la retina se encierra y en cuya niña ven retratarse la imagen de los dos, y el niño, jugando con el seno de su madre y tirando del brazo de su padre, produce en los dos otra explosión el amor y se confunden los tres en su alegría, en un abrazo que hace temblar la naturaleza de satisfacción... y les regala otro vástago que confirma la fuerza del trabajo, la potencia del amor, que convierte el pensamiento en realidad tangible, y ya el hombre está preso de la ley del más y es sólo por ese presidio cuando realmente es libre porque se apresa el cuerpo por el sentimiento del alma y ya, el espíritu sale de su cárcel. ¡Ese era el que incitaba a verlo por los ojillos del infante y por el algo más que el hombre veía en las obras que hacía. El hombre rasgó su crepúsculo y por la paz veía la justicia!.