"No codiciarás la mujer ajena".

José con vosotros:

Ningún regalo se ha dado al hombre tan valioso como una buena esposa.

Una buena esposa es el tesoro más grande de que se puede disfrutar en la vida humana.

La esposa será la madre; ha sido la hermana, ha sido la hija; toda ella es ternura, toda ella es abnegación. Ella es el eje, ella es el sol que calienta y atrae, que forma, que educa, que ennoblece, que dirige y que administra; no hay nada más grande ni más hermoso que una buena esposa.

Allí está el templo del amor, en el hogar, y el hogar ¿quién lo forma? la buena esposa.

Ella es la reina, ella es la que, como verdadera sacerdotiza del amor, oficia en un ara: ante la Verdad, de donde se elevan los pensamientos al Creador, donde se purifica todo por su amor, su amor de compañera, su amor de madre.

Si se entendieran los madatos -los ocho mandatos que se dieron a la humanidad- no habría necesidad de hablar de este otro que hubo que darse en vista de las circunstancias, por el atraso que reinaba entonces y que reina todavía.

Ningún hombre que observe la Ley codicia ni desea la esposa ajena.

El hombre que tiene una esposa -verdadera compañera- no va a desear la de su amigo ni la de su hermano. Es el relajamiento de las otras leyes, son las ideas atrasadas. la falta de afinidad en los matrimonios -el divorcio de las almas- lo que hace que no todos los hogares sean como el que acabo de describir, como ese hogar de que acabo de hablar en que el mejor tesoro es la buena esposa.

En estos momentos en que la Ley obra, los afines se reconocen y cuántas veces están ya unidos a otro compañero. ¡Qué doloroso es, pero ante todo está el deber, está el marido, el compañero, están los hijos! ¿Por qué relajar? ¿por qué desear la esposa de otro, aunque la ame?

Cumplir con la Ley, sí; pero sabiendo también refrenar los instintos, porque muchas veces ese amor y esa atracción no es más que carnal y el amor carnal es el peso de la materia, no del espíritu. El amor carnal es el instrumento, es el medio de que se vale el espíritu para cumplir con la Ley y en estos momentos de liquidación muchos se acuerdan de las vidas pasadas y quieren hacer lo que no se hizo entonces y buscan la compañera afín, aquella con que no se cumplió, y por eso véis tantos casos de amores torcidos, de deseos imperiosos; pero el hombre o la mujer que saben cumplir con su deber, que saben llevar el verdadero matrimonio como se ha mandado, pueden dominarse y decir: "lo amos, sí; pero aquí está mi deber porque este es el compañero que he elegido, el compañero que la Ley me ha dado y con él he de seguir adelante.

Es por la ignorancia (como creen que no hay más que una vida) que algunos quieren anticiparse; sienten aquel deseo y atropellan todos sus deberes.

Los que sabéis que son muchas las existencias de ayer y muchas las que tendréis que vivir todavía mañana, esperáis; sabéis que aquel amor que ahora sentís por una mujer que no es vuestra, florecerá en otra vida y tenéis paciencia para esperar; eso os da fuerza para cumplir con vuestro deber: no codiciarás la mujer ajena.

Ahora, me diréis, estamos en una etapa en que el divorcio es muy común y en que hay casos en que se necesita recurrir a él.

Son los momentos de desquiciamiento, de desequilibrio; después de esto vendrá la armonía, el verdadero equilibrio en una generación cuando no veréis más que matrimonios de espíritus afines y de cuerpos también afines, porque la materia obedece siempre al espíritu y cuando hay atracción espiritual -afinidad- hay también atracción corporal.

Es por esto, hermanos míos, que en estos momentos se ven tantos casos terribles, tantos dramas y crímenes, por la ignorancia en que vive aún la humanidad, que desconoce su historia, que desconoce su papel, su verdadero lugar, su verdadero valer; pero pronto será -los momentos son marcados por la ley- y en esta misma Tierra, tan ennegrecida hoy por las pasiones desenfrenadas, cuando se establezca el verdadero matrimonio en que se encuentren unidos los espíritus afines y cada pareja forme ese hogar de cuyo mayor tesoro: la esposa, os acabo de hablar.

12 de enero de 1940.