Honrarás a tu Padre y a tu Madre.

José con vosotros:

"Honrarás a tu Padre y a tu Madre" dice el 4° mandamiento.

Amarás a tu padre y a tu madre, debería decirse con más claridad y exactitud porque la palabra "honor", en vuestro lenguaje, tiene muchas acepciones y aquí mismo, en la Tierra, en los diversos países, "honor" y "deshonor" tienen distintos significados, no sólo en los pueblos civilizados, qun entre las razas salvajes, lo que para unos es un honor, para otros significa deshonor.

Así es que para los humanos la palabra "honor" no puede definirse concretamente porque es cuestión de costumbre, es fruto de prejuicios, son distintos puntos de vista de esta palabra que en otros planetas no se usa porque nadie es deshonrado y que no hay "deshonor", como tampoco hay "honor".

"Amar a los padres" es el precepto divino.

"Honrar a los padres". Significáis con ello obedecerlos, atenderlos, escucharlos, obrar bien para que ellos reciban el provecho de vuestras obras, la luz de vuestros hechos, el resplandor que trae siempre el elogio cuando los hijos obran bien.

"Amar a vuestros padres", en eso se encierra este hermoso precepto que se dió a la humanidad en los momentos en que más lo necesitaba.

Los padres representan al Creador; los padres son sacrificio; los padres son amor; pero no sólo hay que pensar en los padres actuales ya que, en vuestras distintas encarnaciones, vosotros mismos habéis sido hijos de los que ahora son vuestros hijos o habéis sido padres de vuestros hermanos, o hijos, por segunda o tercera vez, de vuestros mismos padres y así, en esa infinita cadena, habéis sido padres o habéis sido hijos y al honrar a vuestros padres, al amarlos, amáis también a todos los hermanos y no sólo, como han creído las religiones, es el amor exclusivo, el amor único a los que os engendraron, a los que os dieron el ser.

Vosotros, que sabéis que el espíritu sufre muchas encarnaciones, podéis comprender el significado profundo que tiene ese mandato.

Amar a vuestros padres es el primer deber; amar a los que en la época presente, en la encarnación actual, os dieron el ser, si bien es cierto que muchas veces -en la mayoría de los casos- en la ignorancia de vuestra actual humanidad, os dieron el ser en un momento de placer, sin pensar que podía ser el principio de una nueva vida, sin considerar que antes que el placer de la carne está el derecho de procreación; por eso muchos hijos creen que no es tan grande el deber de amar y honrar a sus padres, porque, cuando llegan a la edad de la razón, de la razón material que todos tienen cuando llega la edad madura del hombre encarnado -ya sabéis que hay muchos hermanos que en toda su existencia no alcanzan a recibir la luz- entonces reflexionan: "¿Qué debo yo a mis padres si no pensaron en mí cuando se unieron en amor? ¿Acaso pensaron que en aquel momento de placer, en aquel contacto, en aquel éxtasis formaban un nuevo ser que iba a ser yo?"

Estas reflexiones se hacen ahora muchos juramentados a los que no se ha instruído en la verdad.

Las religiones no les dan la respuesta y en esos momentos en que buscan y no encuentran, en que ya el espíritu quiere obrar y cumplir las promesas que ha hecho, busca aquí y allá en distintas filosofías.

Esta es una de las preguntas más difíciles de contestar, más árduas de comprender para la humanidad actual; por eso interroga: ¿debo o no amar a mis padres?... es muy triste y muy duro; pero vosotros sí lo comprendéis y a vosotros os hablo.

Este tema tan hermoso ha sido tratado ampliamente por grandes filósofos, escritores, maestros y sabios, pero no han llegado a comprender la sabiduría y la profundidad que encierra. Mucho se podría decir sobre ésto, pero no bastaría el tiempo de que disponemos.

Enseñad a vuestros hijos a amar a sus padres -que sóis vosotros- pero enseñadlos a amar como se os indica en la Escuela, sin idolatría ni obediencia ciega.

Desde pequeños saben ellos de dónde vienen, por qué están aquí y hacia dónde van y deben comprender, desde pequeños, el significado, el papel que desempeñáis vosotros, sus padres.

Bastante os he hablado acerca de este asunto en mis pláticas anteriores dedicadas a la educación de los niños; ahora he querido haceros ver que este precepto tiene un significado que la humanidad no ha comprendido todavía.

Amad a vuestros padres, sí; pero al amar a vuestros padres sabéis que amáis a todos los hermanos porque, al encontrar a algún hermano desconocido podéis pensar: "quizá ha sido mi padre o mi madre en otra encarnación", y esto no lo saben los demás.

Enseñadles a cumplir con ese primer deber y hacedles comrpender que los padres son, en la Tierra, los representantes del Padre Supremo, del Padre Creador, porque ellos continúan su obra al formar a aquel ser a quien nutren, lo reciben en sus brazos dándole amor, dándole calor; le abren las puertas de su hogar, le dan enseñanza, se sacrifican por vestirlo, por alimentarlo, por educarlo.

Hacedles ver que lo que hagan por sus padres lo harán después sus hijos por ellos, porque así es la eterna cadena; los que ahora son vuestros hijos han sido, tal vez, vuestros padres y quizás mañana serán vuestros hermanos o hijos; así pues, amando a vuestros hijos, honrando a vuestros padres, sabéis que amáis a toda la humanidad porque todos sóis una misma familia y amando a vuestros padres amaréis a vuestros hijos de mañana.

22 de Septiembre de 1939.