No juraréis el nombre de Dios en vano.

José con Vosotros:

"No juraréis el nombre de "Dios" en vano" dice el segundo precepto.

En los primeros tiempos de las humanidades, como ha sucedido en todos los mundos, se da la Ley en la forma en que se os dio a vosotros.

Muchos de vosotros -adelantados ya- no aceptáis en vuestra razón, ni aun en vuestro vocabulario, la palabra "jurar", porque obráis con verdad, no mentís, y al asegurar o prometer algo no necesitáis jurar; pero cuando la humanidad está en su infancia, tiene que emplear este recurso -pudiéramos llamar- para testificar lo que promete o asegura.

Entre vosotros no hay juramento porque no lo conocéis.

No necesitáis jurar por nada, mucho menos en el nombre del Padre.

En todas las religiones existe el juramento; pero no todas comprenden lo que significa el juramento.

Entre vosotros no se os exige, no lo pedís de nadie nunca ni lo hacéis tampoco porque sabéis que estáis obligados a obrar con verdad y a decir verdad.

Ninguno de vosotros podría decir "lo juro", ni lo puede exigir a los demás; pero la humanidad lo necesitaba porque los espíritus atrasados tenían que buscar algo que testimoniara sus dichos y así en vuestras burdas leyes se exige el juramento.

En las religiones el juramento se hace sobre la Biblia y en todo el mundo, con distintos nombres, se jura en nombre de "Dios".

Ahora comprenderéis porqué se dio ese precepto, que vosotros no necesitáis ni empleáis. Vosotros sois verídicos, no engañáis.

En el duro caso de que se os exigiera un juramento -por que lo exige muchas veces la vida civil- ese juramento no implica para vosotros la amenaza que tiene para los religiosos, pues vosotros no necesitáis hacer ningún esfuerzo para ofrecer lo que sabéis que habréis de cumplir.

En muchas sociedades se exige un juramento solemne; si pudierais conocer lo terrible de esos juramentos, las promesas que muchas veces se sellan con la sangre propia... os horrorizaríais al conocer algunos de los juramentos que se hacen hasta en las mismas sociedades religiosas.

Hay tan poca confianza, tan poca fe de unos a otros, que necesitan invocar el nombre de "Dios" para corroborar sus dichos y promesas, y cuántas veces ¡cuántas! se ha tomado ese nombre en vano... pero es el nombre de "Dios", de ese "Dios" que he tratado en mi plática anterior, ese "Dios" de que hablan todos y al que comprenden tan someramente, que no importa tomarlo como testigo de cosas falsas.

Vosotros comprendéis la trascendencia de un hecho de estos y, como os dije ya, a medida que progrese la humanidad no necesita jurar, como no lo necesitáis vosotros.

Repito que, entre vosotros, hasta la palabra "jurar" ha sido borrada porque vosotros obráis -y debéis hacerlo siempre así- con lealtad, con fidelidad y con verdad.

Sin hacer juramento habéis venido a esta Escuela, seguís concurriendo y practicando sus doctrinas con gran sacrificio, con derroche de energías porque sóis muy combatidos y, sin embargo, no habéis jurado nada, únicamente habéis prometido -en espíritu- cumplir y estáis cumpliendo.

No confundáis, como se hace en la Tierra, la palabra "juramento" con la promesa que se hace en espíritu -que ya sabéis en qué distinta forma- por la que llamáis "juramentados" a los que han hecho un voto espiritual.

Como este es un punto que se puede confundir, os pido mucha meditación, mucho estudio sobre este precepto que he tratado de explicaros.

Vosotros cumpliréis con las obligaciones que tenéis porque vuestros espíritus lo han prometido, pero, hermanos míos, que no se oiga nunca: "yo juro" de vosotros, porque vosotros no lo necesitáis.

José de Arimatea

18 de Agosto de 1939