CAPÍTULO. SÉPTIMO
EL AMOR COMUNAL HACE LA PAZ Y LA ARMONÍA

Se ha ensayado una especie de gobierno universal, bajo el nombre de «Liga de las Naciones», que en estos momentos está reunida en Londres para castigar a Alemania, como culpable de la guerra europea; y no ven, Francia e Inglaterra, la viga en su ojo, pero quieren ver la paja en el ojo de Alemania.

Entre tanto, la miseria y la desesperación reinan en toda la humanidad, por causa solamente de esos mismos autócratas religiosos y civiles feudos de las religiones, pudiendo aplicar aquí el dicho vulgar: «Entre todos la mataron y ella sola se murió».

Pues en este mismo momento, digo, en que ese gobierno universal está reunido en Londres, dos naciones (Costa Rica y Panamá) que pertenecen a aquella Liga, se han declarado la guerra, por... cualquier cosa: por la ocupación de dentro de las fronteras de Panamá. Lo que no podría ser si no hubiera fronteras.

Turquía, Armenia, Italia, Egipto, Mesopotamia, el Japón, la India y la China, miembros todos de la Liga, están virtualmente en guerra civil unos, e internacional otros. ¿Por qué? Porque esa Liga no es fruto del amor y resultado del Comunismo, sino todo lo contrario: ideada en la supremacía de Inglaterra y Francia en odio sobre todo contra Alemania y persiguiendo un imposible imperio brutal, egoísta e inmoral, sobre todos los pueblos, bajo el influjo solamente del Dios Oro, Rey de las religiones. Por eso nuestra Comuna de Amor y Ley, declara como única moneda de valor, el hombre.

El oro no alcanzó a ejecutar las ideas y proyectos que el hombre, en el progreso, conceptuó necesarias. El hombre, siendo la única moneda, alcanzará por su propia voluntad, porque no quiere tener necesidades.

En la Comuna, el Amor es la Ley, la moral, la religión y su Dios y su todo. Y el amor, no pudo nunca, ni menos podrá idear guerras, ni desigualdades, y por lo tanto hace la Paz y la armonía de todos los hombres, como si fueran un solo hombre, que no tiene con quién pelear.

Mas como estará satisfecho, no estará el hombre en guerra consigo mismo, como lo está hoy, porque trabaja como bestia y come peor que perro de rico; vive peor en albergue inmundo y más estrecho que caballo de rico y viste más despreciable que un mendigo degenerado; y todo esto, por necesidad, pone al hombre en una guerra interna consigo mismo, que a una sola palabra de otro que está en sus mismas condiciones, se despedazan el uno al otro.

Aplicar este caso a dos naciones y ver que no es posible pensar en que haya armonía, ya que no tienen los hombres amor ni a su misma vida, por la desesperación en que se ven obligados a vivirla.

La lucha de clases, desarmoniza las ciudades y las naciones. La lucha de castas, desarmoniza las mismas clases y la lucha de razas, desarmoniza los continentes todos. Pero las luchas de supremacía, desarmoniza a todos los hombres en todos los continentes, naciones y ciudades, porque todos se quieren privilegiar y sólo el productor no tiene más privilegio que producirlo todo y carecer de todo y hasta sin derecho a la vida de hombres y han vivido muriendo, lo cual no es vivir.

Mas como había un tiempo marcado en la esfera de las evoluciones, ese tiempo ha llegado a su límite culminante, sin que se hayan hartado las concupiscencias desarmonizantes y la armonía de la evolución llamó a las conciencias de los progresados, que no podían desoírla, y aquí fue Troya, armándose una San Bartolomé, entre los desarmonizantes y los armonizantes, que luchan en definitiva y por última vez, para asentar la paz y la armonía, pese a quien pese y caiga quien caiga, porque la orden es terminante, de la ley de las evoluciones, que no puede ser vencida, ni vendida.

Ha dicho el Creador (Jehová) por Isaías, cuando llamó a Jacob que se levante: «Y quitaré todo lo que estorbe». Y mandó a sus lenguas de fuego a preparar el ambiente, con los principios de amor y de justicia, dándose el cúmplase de sus promesas a sus hijos mayores de dad: y tened en cuenta que, al replicarle Isaías, ante tan gran catástrofe que preveía, fue contestado: «¿Yo que hago parir, seré coartado?».

¿A ver quién es el guapo que detiene a la humanidad, hasta que establezca la Comuna? ¿Las religiones? Ya sólo viven su agonía. ¿La plutocracia desarmonizante? Ya no se entienden ellos mismos y hacen como los lobos, que se comen entre ellos mismos al caer uno muerto, dejando escapar la presa a la que todos perseguían. ¿El militarismo? Ese ya muere con las religiones sus fundadoras. Y además no habrá luego una madre que abra su matriz para parir un sacerdote, ni un guerrero.

Las madres fueron hechas esclavas y no han tenido más derecho que el de exponer su vida para dar vida a su hijo tirano, y hoy la mujer conquista su derecho pleno, que es mayor que el del hombre, por el hecho de parirlo con peligro de su vida.

Cuando se ha reunido un concilio de obispo bestias, y durante un año discuten: «Si la mujer es un ser racional, si tiene alma», han colmado la copa de su maldad religiosa, han puesto en pugna a los sexos, han desafiado a la maternidad a que no para más verdugos de su dignidad; pero han retado a la justicia del Autor de la Creación y esto tendría su sentencia inapelable, «Quitando lo que estorba» a la armonía de la vida, que no puede existir sin la armonía en los derechos, deberes y obligaciones de los dos sexos.

Cuando un Pontífice antihumano (que por ello lo santificó su religión, Hildebrando) establece el celibato, enmienda la plana al Creador; pero san Gregorio VII, Papa, no consigue acallar sus lascivas pasiones carnales y aun lo muestra con la más alta inmoralidad, recibiendo a Enrique IV en el castillo de la condesa Matilde, y cuya imposición celibataria, ha traído el colmo de la prostitución, llevando la desarmonía y la infidelidad al hogar, base del amor social, y por lo tanto, piedra angular del edificio del amor y paz universal.

Cuando ante estas causas examinamos la desarmonía entre los hombres y las bajezas a que se somete a las creadas clases bajas, encontramos grandes atenuantes, hasta en los grande supremáticos civiles, engañados cuando niños; pero esas atenuantes no alcanzan a eximirlos de la responsabilidad de sus ofensas a los individuos, de las protestas y revueltas a que obligaron al pueblo en todos los tiempos; de las luchas de clases, asesinando a los sin derechos, y de las guerras civiles, internacionales y religiosas, que llenaron de luto, desolación, odios y deseos de venganza, entre todos los pueblos y entre cada individuo.

Hoy, ante la gran hecatombe, que como epílogo del secular drama (escrito y representado por los hijos de «Madres irracionales y sin alma») que ha puesto al descubierto la desarmonía en todo el mundo, se agrupan los plutócratas de todas las religiones (aunque riñen entre ellos mismos), tratando del último esfuerzo y del último engaño, bajo una Liga de Naciones; pero los pueblos contestan, como contestaron en diferentes ocasiones dos plutócratas: «Non Posumus», Pío IX, y « No hay lugar », Francisco José. Y todas las Naciones, bajo el abrazo fraternal del obrero consciente, contestan a la violencia con la violencia y se impone el pueblo trabajador al populacho parásito, porque desarmonizó toda la obra del amor del Creador.

El hijo del trabajo quiere que todos cumplan su deber de producir progreso y armonía. ¿Queréis, oh eternos prevaricadores, que el pueblo trabajador se acalle? Plegaros a su obra. Trabajad y haced armonía. No temáis al pueblo, que se contenta con poco. Basta que produzcáis cosas necesarias a la vida y borréis de vosotros la fantasía del privilegio y el pueblo os dará su abrazo fraternal; pero os señalará el trabajo como única regeneración.

No le habléis más al pueblo de dioses y religiones, porque ya en su conciencia sabe, por dura experiencia, que todo eso es la causa de todos los males: y vosotros mismos no podréis menos que confesar, que habéis desarmonizado todo. Vuestro orgullo, desarmoniza con la humildad del trabajador; vuestro parasitismo, desarmoniza con el sudor Agrio-Amargo del trabajador; vuestros vicios, desarmonizan con la virtud del pueblo; vuestras torres y palacios, desarmonizan con las guaridas inmundas en que obligáis a vivir al trabajador, y vuestras pompas y faustos provocativos de vuestros cultos civiles y religiosos, es una bofetada a las miserias, pobreza y dolores a que sumisteis al que todo os proporcionó, por la falacia, fraude y mentira que le impusisteis, negándole el derecho de ilustrarse, comerciando vilmente con su dormida conciencia y con la impotencia de su hambre. ¿No es esto verdad? ¿Qué esperáis, pues? ¿No es mejor que escarmentéis en cabeza ajena, a que llevéis vosotros la misma suerte que los plutócratas de Rusia? ¿Pensáis que no estáis a las puertas de ese misterio? Si así lo creéis, triste será vuestra suerte, que vosotros mismos os habéis creado.

A tan alto grado llega la nobleza de vuestros asesinados y denigrados trabajadores, que os avisan de antemano; y  ¡ay de vosotros si pensáis engañarlo una vez más! Todo lo que tiene de noble el pueblo, lo tiene de justiciero y tomará la justicia en su todo del rigor de: «Ojo por ojo y diente por diente».

Elegid y no os hagáis ilusiones vanas. El pueblo obra por mandato de la ley de las evoluciones y del destino y éstas lo empujan con viento irresistible a establecer la Armonía en el Amor de la Comuna, que es el régimen universal del Creador; y no olvidéis que el mismo ha dicho: «Y quitaré todo lo que te estorbe». Sentencia que mixtificó la religión, como todas las demás, y ahora es su más terrible acusación ante el Creador.

Sí; es hora de la paz y la armonía, la que sólo puede ser en el reinado del amor, y éste sólo puede sentarse en el régimen Comunal, que la casi totalidad de los hombres proclaman ya, pero que la totalidad de los espíritus lo han acatado y no hay uno solo en el espacio que no esté juramentado: porque los de los religiosos que no acataron la sentencia y el mandato, ya fueron quitados, quedando sólo los encarnados, para darles tiempo a que pudieran plegarse a la mayoría trabajadora, y de no, llevarán el mismo camino que sus camaradas, que fueron transportados a mundos primitivos y embrionarios, descriptos por el Dante; y quedáis amonestados por tercera vez, pues lo hemos hecho en dos libros anteriores.