CAPÍTULO DIEZ
EL AMOR NO TIENE FRONTERAS

Vamos a continuar con la raza Adámica en un caso histórico y corresponde al Patriarca Jacob.

Prescindiendo en cuanto se puede del texto Bíblico-Católico y de cualquiera religión (aun de la Israelita, que no debe existir, porque sólo puede ser Judía y no Israelita, ni Mosaica), hemos de anotar ese caso en los anales de Egipto y en los escritos guardados por el mismo Moisés en la Cábala fundada por él al retirarse del pueblo que libertara, al que abandonó por causa de los Levitas.

Sí es cierto que José, hijo primero de Raquel, fué vendido por sus hermanos a unos arrieros comerciantes, los que luego lo revendieron en Egipto, y por modos raros (pero por eso mismo obrados por la ley de los destinos) llegó a ser el Ministro de Hacienda del gran Rey o Faraón del gran Egipto, que porque esclavizó, ha sido esclavizado. No hay deuda, que la terrible ley de la justicia no cobre.

El hecho es que el amor de José a su encontrado Padre, que tanto llorara por su desaparición, y el amor nacido en Faraón hacia su extranjero ministro, abren su frontera a los necesitados de la Mesopotamia. Pero hemos de advertir la diferencia de esos dos amores: el de Faraón es un amor manchado de egoísmo y el de José ennoblecido por el cumplimiento de un deber.

Pero a pesar de la mancha de egoísmo en el amor de Faraón, recibe igualmente premio, porque el amor, o la obra del amor, no puede recibir mancha, aunque el autor sea todo lo ruin y malvado que pueda ser.

Por esto, cuando un  hombre, en medio del mayor libertinaje, liviandades y crímenes, ejecuta un solo acto de amor, es lo bastante para su regeneración, que empezará en seguida.

Pero aparte de que hemos traído este pasaje para decir que el amor borra o no reconoce fronteras, hemos tenido el objeto de demostrar a la vez que la Ética-Comunista la tienen siempre latente para todos sus actos, los espíritus sabios, dirigentes y autores de todo el progreso, que en la tierra corresponde por entero a los 29 misioneros, de los que Jacob era el jefe, porque era el mismo Shet; y José el vendido, su hijo, otro de ellos.

Podrían ignorarlo sus materias, sus cuerpos; pero sus espíritus preclaros, estad seguros que lo sabían y obraban domeñando a sus cuerpos, por la Ética-Comunista que se habían trazado y jurado.

La Ley del Espíritu es tan sabia (porque es la ley de amor) que cuando ya vive de su sabiduría y en la Luz del Padre nuestro Creador, previene las cosas en forma que a nuestros cuerpos les sería imposible acatar, si concibieran de una sola vez los sufrimientos de una dura misión.

Por esto, el espíritu, en esas condiciones, toma una materia adecuada y capaz de resistir desastre tras desastre, bajo una esperanza que preconcibe que ha de terminar algún día su aflicción; y es porque el espíritu que desde dentro obra todas esas cosas por su herramienta cuerpo, da energías y esperanzas, que nunca son vanas, aunque aparentemente no triunfe, por causa de que muchas veces los cuerpos sucumbieron en la lucha por la oposición de los detractores, que, saben igualmente que los misioneros los van a desalojar.

Se dirá que eso es vencer a la ley de justicia: nada más equivocado. Figuraos que todos los 29 misioneros han caído asesinados muchas veces, como Antulio, Sócrates, Juan Jesús, Giordano o Francisco Ferrer. Pero dieron su principio Ético-Comunista y triunfan. Y no los creáis alejados de sus luchas. Cae Antulio, que había sido Isaac, y repite siendo Jesús. El austero Elías, que tanto sufriera, reincide siendo Juan, que cae su luminosa cabeza al tajo de una feroz cuchilla. Cae Sócrates, que fuera Moisés, Jacob, Jafet y Shet, y reincide siendo el heredero de su hermano Jesús, y repite en Juanucho para capear a los Papas, mientras España extiende la raza de Jafet en un nuevo mundo. Demócrito, que se ríe de las tontunas y locuras de los hombres y descubre los átomos, deshaciendo la unidad en millones de unidades para dar camino a las ciencias, reincide en Giordano Bruno, para proclamar hasta dentro del claustro, la unidad en la multiplicidad, y a pesar del hábito del fraile descubre al mundo, lo que condenan los frailes, o sea la existencia de infinitos mundos, y cae quemado por sus mismos compañeros, verdaderos frailes. Pero reincide luego y es el tremendo Mendizábal, cuyos decretos hemos copiado atrás. ¿Y Francisco Ferrer quién fué? Pues otro de los que sienten amor y quieren borrar las fronteras y se borran.

¿Os dais cuenta de la Ética-Comunista de los Espíritus de Luz y Progreso? Pues todo esto encierra la misión de la raza Adámica: es decir, borrar las fronteras y las parcelas de propiedad en todo el mundo.

Que se ha dado principio a ello, nadie lo negará ya; pero aunque se opongan con toda su fuerza bruta los que siempre persiguieron a los misioneros y sus liberados, sólo conseguirán suicidarse ellos mismos; porque los que ya tienen en fruición la Ética­Comunista de la raza Adámica, son 7/8 partes de los espíritus  y de los hombres.

La Ética-Comunista de los misioneros Adámicos, de uno que la traía, se ha extendido con la absorción de todas las razas por su raza y no ha importado que se haya circunscripto a colectividades por grandes o pequeñas naciones, territorios y ciudades; era necesario que cada uno se convenciera de que le es imprescindible la ayuda de todos, y hoy, que por las emigraciones, a causa de las mutuas necesidades y los naturales anhelos de expansión, se han convencido todos de que todos se son necesarios y que todos tienen más o menos desarrollada la Ética-Comunista; y los hombres se federan y juramentan para conquistar su aspiración de igualdad, libertad y fraternidad, matando el extranjerismo.

Cada hombre que se radica en una nación que no es la suya, es un José como el hijo de Jacob, que pone bases de unión entre la Nación de que procede, con la que adopta.

Ha habido un momento de terrible confusión: La voz de las 7/8 partes de la humanidad, pedía la expulsión de la ínfima minoría plutócrata, que por la falacia y sus mañas y marañas, quería seguir como siempre, esclavizando a la mayoría, que en espíritu proclamaba el régimen Comunista de Amor y Ley; pero en sus materias, muy prejuiciadas por la moral inmoral, inculcada por las religiones, aun veían en su hermano de diferente Nación, al extranjero odiado, por causa del egoísmo patrio, suplente del egoísmo religioso, perdido por su razón de hombre.

La plutocracia explotó ese último sentimentalismo de patria; y a pesar de las organizaciones obreras internacionales, se lanzaron los hombres unos contra otros, siendo los dos bandos de luchadores los mismos hijos del trabajo.

La plutocracia, enceguecida, creyó haber triunfado; pero si oyó el rugir del viento, no supo de dónde venía, y el viento abatió sus castillos, fundando sobre sus escombros la gran internacional, con un solo principio: El trabajo común y obligatorio y el derecho igual en el usufructo.

El desengaño de los más, que lucharon en los dos bandos de la hecatombe que señala la evolución Comunista, les hizo luz en sus doloridas conciencias y se abroquelan en Moscú, para barrer desde allí hacia el Oriente y el Occidente, con escobas duras formadas por bayonetas y ametralladoras, que son las que el enemigo común usó para sostener su plutocracia. «Con la vara que mides serás medido», escribe Shet en su ley de justicia, y lo repitieron Moisés y Jesús.

Es duro para el obrero convertirse en dictador, puesto que aborrece la dictadura; pero las circunstancias son omnipotentes y obligan al hombre de paz a hacer la guerra, para matar a la guerra, para luego no tener ya que temer la interrupción de la paz, puesto que la guerra habrá sido enterrada.

El drama ha durado 57 siglos, sucumbiendo miles de veces los misioneros y los liberados por ellos por la enseñanza de la libertad de los hombres, en cuyos últimos 20 siglos, la efusión de sangre ha sido lo no pensado ni previsto por los espíritus de amor.

En efecto, luego del asesinato de Juan y Jesús, cuyas doctrinas fueron llevadas a todas partes del mundo conocido entonces, con las que los hombres empezaban a llamarse hermanos, nace, para vergüenza de la humanidad, la religión Católica o Roma engañando a 7 religiones, que son las siete cabezas de la bestia 666 del Apocalipsis, decretando ya la destrucción del Pueblo de Israel o Judío, del que se quedan, sin embargo, con el baluarte Jesús, asesinado por los sacerdotes. No es fácil pesar la sangre, ni contar las vidas segadas a ese pueblo disperso, que para de demostrar la ley de los destinos que es invencible y probar la impotencia de los plutócratas, ese pueblo, asesinado por millones en todas partes y aun sin poder formar Nación, se multiplica, siendo ahora en números redondos 12 millones, diseminados en todo el mundo. Es que nada puede esa falsa Iglesia y religión contra la ley del Creador, que no es su Dios.

Un poco más tarde se organizan por la misma religión Católica, las guerras llamadas Cruzadas, cuyos soldados feroces iban como a caza de perros, sin instinto de hombres.

En el siglo XI, alimentadas por los Papas, hay guerras terribles, sucumbiendo Enrique IV de Alemania, y todas las naciones que tienen contacto con el Papado, se encharcan de sangre,

Francia sostiene 8 guerras religiosas; y ascendemos al siglo xv, con las hogueras y mazmorras de la inquisición ,siendo España la más castigada.

En Turquía, en el Asia, India y China, alcanza la ira de los Papas y es continuo el derramamiento de sangre.

Se ha firmado la llamada Santa Alianza y las revoluciones y guerras civiles no tienen precedente. Solo España cuenta, en el siglo XIX, 90 años de guerra en la Península y sus posesiones, sumando millones, los caídos y los inutilizados.

Hemos arribado al siglo XX, al siglo de la Comuna, al siglo en el que se cumplen en 5 de abril de 1912, los 36 siglos marcados en el testamento secreto de Abrahán, en cuyo día y previos juicios, se dió sentencia definitiva al proceso de la tierra, declarando el régimen Comunal en el reinado del espíritu, expulsando de esta sociedad a los malversores, detractores de siempre, anulando las religiones y sus dioses y aboliendo todo título que no sea el de hermano y sin ninguna prerrogativa ni privilegio, sino es la mayor sabiduría.

Declarada a los cuatro vientos la sentencia, los espíritus pronto se dieron cuenta de su desalojo y quieren vengarse por última vez, y promueven esta guerra mundial, prefiriendo su suicidio antes de ceder los derechos iguales que la ley y la sentencia proclaman.

La raza Adámica ha triunfado: los restos de la familia primitiva y los supremáticos recibidos en la tierra en calidad de desterrados, han visto producirse el efecto contrario al que prepararon.

Querían encender aun más el odio entre los pueblos y los hombres, y los hombres se aprietan en compacto haz; se abroquelan y se abrazan como si fueran todos uno solo y detrás de su victoria (ya descontada) la paz de la Comuna, sin fronteras, sin parcelas y sin dinero, será su galardón.

¿Quién conocerá la tierra un siglo más tarde del régimen Comunal?

El epílogo del drama no podía ser sino el conjunto del episodio sangriento.

Mas el apoteosis del triunfo de la raza Adámica es deslumbrante de magnificencias de luz, de belleza, de sabiduría, de amor universal en una mansión sin fronteras.