CAPITULO NOVENO
EL AMOR IMPONE LOS DEBERES INDIVIDUALES (SACRIFICIO)

En la primera parte hemos hecho el artículo: «El. Amor es sacrificio», y todo lo en él expuesto tiene relación directa con éste. Pero aquí debemos seguir caminos más amplios: tanto más, cuanto hemos progresado en el estudio de los amores, que aquí ya estamos a las puertas del gran quinto amor o Universal.

Cuando consideramos el amor de familia, sólo nos podemos circunscribir al hogar y es por esto un solo deber que el hombre tiene.

En el amor ciudadano, el hombre tiene deberes con cada ciudadano.

En el amor regional, adquiere deberes mayores, porque disfruta del mismo sacrificio de los otros corregionales.

Y en el amor Nacional, acrecienta sus deberes hasta casi desconocerse la individualidad, porque han formado un poder Ejecutivo: un gobierno representante, en el que cada individuo es el todo, sin poder decir yo soy, para no romper la Armonía.

Como se ve, el amor lo ha obligado a deberes mayores; pero están equiparados a los derechos conquistados, comparables en la pequeñez de una patria. potestad del hogar y la alta investidura de presidente del poder ejecutivo de un nación constituída.

En el caso de jefe de familia, su autoridad se reduce al hogar. En el caso de jefe de la Nación, su autoridad llega a todos los hogares de la Nación.

Para obtener ese derecho, igual a todos los derechos, es necesario igualmente haber cumplido todos los deberes, porque «La Leyes una», hemos sentado en nuestra proclama, y nada puede oponerse a ese principio riguroso. Y como aviso moral, hemos sentado la máxima: «¿Quieres tener derechos? Créate primero obligaciones.»

Hemos dado también los medios de sabiduría para llegar con gusto a esos sacrificios, y con la más alta moral filosófica hemos aconsejado: «Sé señor de ti mismo y esclavo de tul deber». ¿Quién sin conocerse a sí mismo puede conocer a otro? ¿Y quién conociéndose a sí mismo o no amará su semejante?

Se nos va a decir que todo eso es la perfección en el gobierno individual y nacional. Nada más verdad y a ello se encamina la humanidad, ascendiendo la escala de los amores.

Verdad es también, y triste verdad, que aun no ha sido posible que se establezca un gobierno en ninguna parte del mundo dentro de esta perfección; pero las causas son todas las apuntadas en este libro sobre privilegios que se abrogaron los que no podían tener ningún derecho, puesto que no admitieron ni se hicieron obligaciones. Esto, con más las tendencias naturales de raza, resistiéndose cada una a ser absorbida por otra, había de traer como efecto, lo que tenía la causa. La imposición de unos a otros individuos, de unas a otras razas, de unas a otras naciones, que, según se verían acorraladas, los restos supremáticos de razas primitivas y los Jefes de las que se privilegiaron ellas mismas por las falacias y la fuerza bruta, al verse acorralados, digo, por la absorción de la mayoría de las razas, en la raza Adámica, venida a la tierra con esa altísima y terrible misión mandada por la ley de los destinos, esos restos tratarían de cumplir su juramento, contenido en el símbolo de Caín y Abel; y, como es consiguiente, se originó esta última y terrible hecatombe sangrienta y de miserias.

No creáis que todos los que han participado en esa terrible página final de la, supremacía sean los abatidos espíritus de la razas primitivas. No. La casi totalidad de los espíritus primitivos pertenecientes a la tierra se plegaron a la misión Adámica en sus múltiples reencarnaciones; y esa es precisamente la. causa de la hecatombe, porque una minoría de falaces, desterrados ya por supremáticos de otro mundo, antes de la venida de la misión Adámica, usando de sus viejas mañas y marañas, esclavizó a los primitivos, lo que obligó a la Justicia y la. ley de los destinos a mandar esa misión de sabios abnegados, compuesta de sólo 29 seres, que su amor no vaciló en los tremendos sacrificios que había de soportar.

Cuando han sumado a su raza Adámica una gran mayoría, pidieron la acción de la justicia; la que, al anunciarse, puso en movimiento sus medios y las religiones todas vieron el liberalismo surgir y comprendieron que ese era el ángel exterminador y se dispusieron a la venganza jurada por Lamel, de vengar a Caín Septies, 70 veces 7, que quiere decir siempre: lo cual es entendido por el juez que el Padre mandó con la raza misionera, de que sería inútil esperar la corrección ya en este mundo y se dispuso y decretó su expulsión, como habían sido expulsados de otro mundo. Esta segunda expulsión es la que los Teosofistas han llamado «Segunda muerte».

En nuestra Filosofía hemos hecho una cuenta, que ratificamos aquí, sobre el número que ha correspondido ganar a cada uno de los 29 misioneros, y que toca a cada uno de esos bravos abnegados, 70 mil millones de espíritus que los habían de agregar a su raza, por la carne. Es decir, siendo hombres; y en escasos 57 siglos lo han conseguido.

Si queréis reconstruir mentalmente el estado salvaje de la tierra toda en aquellas fechas, para apreciar el trabajo de la raza Adámica, hasta llegar a las alturas del progreso que hoy podemos cantar, os daré un punto de partida, que es el descripto en la Filosofía Austera, referente a la consagración bárbara que hacía la religión que encontraron en la india y que consistía: Para cada consagración, le presentaban al sacerdote, al pie del Altar, una joven Virgen, a la que estupraba, siendo sacrificada al instante, con cuya sangre se daba la comunión a los presentes.

De esa costumbre ritual, descended hasta el fondo social y colegid.¿Qué de transformaciones ha habido que operar!

Suponed también, qué luchas habrá sido necesario sostener con los caníbales sacerdotes y castas homogéneas, al verse privados de ese privilegio feroz de concupiscencia, al ser suprimido por Shet, que era, el juez investigador, substituyendo ese crimen por las especies de unos bollos de cereales y manteca, con zumo de frutas, en vez de sangre humana.

El instinto fiero del hombre-bestia, había de rebelarse a esa moral y justicia y surgieron las primeras matanzas de los Adámicos, figurados por Moisés (que su espíritu es el mismo de Shet) en el símbolo de Caín y Abel.

Cuando ya han sembrado la semilla de la raza en aquellas tierras, las más pobladas y progresadas entonces, pero que sucumbían casi tantos como nacían blancos (que es el color de la nueva y fuerte raza), debieron buscar otro ambiente, donde la nueva lucha fuese más dulce, y por medio de la reencarnación, nace Adán, siendo Noé, y la mayor parte de su familia en Armenia, y siendo Jafet el mismo Shet; por lo cual hemos dicho en el capítulo anterior, que los Vascos son la raza Adámica pura.

Desde la generación de Noé, ya ha sido más proficua la procreación Adámica, por razón de ambientes más morigerados de las razas en que convivían y, especialmente, porque habían pocos habitantes y se impusieron el deber de una abundante procreación propia, permitiendo para eso la poligamia, para la multiplicación de la raza.

La poligamia de los antiguos Patriarcas no ofrecía los graves peligros de degeneración que hoy produciría, por la razón (entre muchas otras) de que, a lo sumo, el cruce sería una segunda vez en la misma sangre, que, si perdía en fuerza bruta, lo ganaba en afinidad y belleza, punto esencial y necesario a la estabilidad de la raza.

Desde luego que, lejos de ser (como hoy se considera la poligamia ) un vicio o pasión, era un gran sacrificio, porque cada padre se veía pronto con un número de 12 a 20 hijos e hijas; y los que somos padres, sabemos cuántos azares y sinsabores cuestan.

Todos estos hechos, con los tantos que la historia nos ofrece del sacrificio de tantos hombres y mujeres por su amor a una causa, tenemos bastante para afirmar que el amor es un sacrificio; pero que también es justicia. Lo que no se debe nunca olvidar.

Lo mismo queda probado en esos ejemplos que el amor impone los deberes individuales, de los que yo creo, con fundamento, que no necesitamos argumentar más.

Sólo queremos mentar que el deber individual cumplido da derecho a todos los derechos; y que el deber individual cumplido como miembro componente nacional, es tanto más meritorio que en los anteriores amores de región, ciudad y familia, cuantas familias componen la nación.

El mérito consiste en que, no conociendo a todas las regiones, ciudades y familias, cooperamos al bien de todos ellos como para nosotros mismos, en el progreso común de la Nación. Lo que entraña ya el principio del amor Universal; porque, si por la Nación (de la cual no conocemos a todos sus individuos) estamos dispuestos siempre al sacrificio, de nuestra personalidad, ¿qué nos importaría para el mismo sacrificio; que nuestra Nación fuera todo el mundo?

He aquí cómo se va infiltrando en cada hombre la idea de la fraternidad humana, por la cual se rompen las fronteras.