CAPITULO QUINTO
EL AMOR MAYOR, DEBE ESTAR EN LA JUSTICIA

Como la justicia es efecto tangible de la Ley Madre, Amor, no puede menos que ser la justicia, el mayor Amor.

La justicia no es castigo; es una corrección.

La corrección, es noble; el castigo, es una ruindad.

La corrección es amor; el castigo es odio.

Odio ha sido hasta hoy la aplicación de la justicia.

En nuestro estudio de la justicia, en la Filosofía, está trazada la escala que ha seguido la justicia, según han ido elevándose en sentimiento los hombres y hemos llegado a ver, que «La justicia Divina en su mayor rigor, es Amor».

La justicia no puede estar representada en la espada que es el signo de castigo y dominación por el temor. La justicia se representa en una balanza fina, que debe servirle de armadura una ancla, cuyo significado es seguridad, fuerza y salvación.

Así está representada en el gran signo Supremo del que forma parte.

El modo falso y religioso, como se ha entendido la justicia, ha levantado los presidios, que serán para siempre en la historia, una afrenta de las religiones, que inmoralizaron la tierra.

No es fácil definir qué es peor; si ,la prisión de un hombre arrancado de su hogar y de la sociedad, o la pena de muerte, por la que se le arranca la vida; y esta consideración debería bastar a abolir las dos, porque ambas son un desacato a las leyes de la vida.

No se concibe vida sin libertad; y tampoco se concibe justicia, cuando atenta a la libertad de vivir y se confina a un hombre a un encierro y otras penas corporales aflictivas, o a la pena capital, arrancándole la vida, sobre la cual sólo la ley de su destino y por tanto el Creador, tiene acción.

La ley de justicia Divina, tiene la corrección más severa y más amorosa a la vez.

«Si odias tendrás que amar» dice: y «Si matas, con tus besos resucitarás al muerto».

Los jueces y las leyes a las que sirven y los legisladores criminólogos que no saben y entienden esa suprema Ley, no pueden sentenciar a nadie justamente y se hacen reos de lesa humanidad y deidad y pagarán quieran que no, las vidas que cortaron, lo mismo que el criminal sentenciado, a perder su vida, la vida que arrancó la pagará con otra vida.

Si yo hubiera tenido la desgracia de ser juez de lo criminal y no hubiera sabido estas leyes inflexibles del Creador, me horrorizaría ahora de mis crímenes cometidos bajo una Ley humana, injusta y criminal.

La ignorancia es demasiado atrevida y solapada y hay jueces que sentencian a muerte y las firman, como se dice en mi tierra: «Como sobre un barbecho».

Lástima da su posición de hombres: arrastran tan tremendo delito, que han de necesitar de todo el rigor de la Justicia Divina y la ayuda de la Ley de Amor, para pagar sus deudas a la ley de la vida.

Y es el caso, que aunque ignoren los secretos de la justicia Divina, no pueden excusarse, porque un Maestro moralista, Jesús de Nazaret, lo dijo de modo incontrovertible: «Con la vara que midieres serás medido»; y en ocasión que los fariseos le presentan a una mujer adúltera para que la sentencie, pero advirtiéndole que según la ley debía ser apedrada. Jesús les contestó: «Según la letra de la ley, tenéis razón: ¿ Pero habrá de ser el reo más limpio que el Juez ? Pues el que de vosotros esté limpio de culpa, que tire la primera piedra». Y ninguno se atrevió a levantar su brazo.

¿En qué situación se verían todos los jueces, si entramos a examinar su vida y hechos y que, sin embargo, imponen penas a otros hombres, no más manchados de culpa que sus sentenciadores?

El «ojo por ojo y diente por diente» de la pena del Talión, tiene otro sentido que el que le dan; y jamás, Moisés quiso decir Vida por Vida que le habría sido más fácil de escribir.

Si tuviera ese sentido, no podrán negar los jueces, que el pueblo tendría el mismo derecho al uso de esa ley.

Hemos probado suficientemente, que los pueblos no aman a los gobiernos, porque él no los ha elegido y por tanto, no les dió su poder y es una minoría astuta y falaz, la que, usando del fraude, engaño y mentira, se vale del terror y la fuerza bruta para imponerse, hasta que el pueblo se juramentó para destruir las causas de sus males, y ya va en triunfo, sin que nada lo pueda evitar.

Hay un principio Lógico-Moral, que define con fuerza, de Ley, que la Ley es el querer de las mayorías. Pues bien; siendo ya mayoría el pueblo trabajador, que ha jurado vindicar y reivindicar sus derechos y su soberanía, si esa mayoría abrumadora, bajo el ejemplo recibido de la supremacía religiosa y civil, tomara por base de justicia el vida por vida ¿habrá bastantes Papas, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Curas y curillas, frailes de Misa y legos, para pagar con sus vidas, los millones de vidas que arrancaron en las mazmorras y tormentos de la inquisición y sus hogueras, en las cruzadas, guerras religiosas y otras cafrerías? ¿Habría bastantes reyes, presidentes, ministros, jueces y diputados, para pagar las penas de muerte, las vidas arrancadas por las guerras civiles e internacionales, las prisiones y expatriaciones? No habrían bastantes, ni podrían acusar de injusticia al pueblo, que obraría por la Ley del Talión.

Pero nosotros le decimos al pueblo, que no puede tener en cuenta las ofensas que le han hecho, porque él mismo las toleró y que no valen sus falaces verdugos y tiranos la pena de cargarse con una deuda de vidas, que la Ley cobraría en todo rigor y habría que pagar bueno por malo.

Y el pueblo, con alta cordura, protesta a los gobiernos, pidiendo leyes de equitativa justicia, en las que se establezca la obligación y el derecho al trabajo y al consumo igual para todos. Pero los gobiernos contestan con leyes y actos de represión y el pueblo usa entonces su derecho inalienable de defensa y paraliza el trabajo y destruye y mata y no es responsable por que es provocado por los opresores falaces que son gobiernos por el fraude, el engaño y la mentira.

¿No demuestra con esto el pueblo que su mayor «amor» lo tiene para la justicia? Pero es que todos los gobiernos son religiosos y feudos de unas u otras religiones y bajo tales prejuicios, votos y juramentos, no pueden tener conciencia del ser hombre; y sin esto, no pueden entrar en la razón de justicia. ¿De qué se quejarán si el pueblo los somete por una justicia, no justa, pero si más próxima a la verdadera justicia que la que han aplicado al pueblo, productor de todo lo que contiene el mundo? ¿Acaso la religión, el parasitismo, ni el capital Dinero, ha hecho las ciencias, las artes, las industrias, los elementos de producción, ni aun los palacios que ocupan, ni el pan que comen, ni nada de lo que disfrutan y de lo cual carece el que lo produce? ¿Por qué Ley racional pueden atribuirse un mejor y primer derecho?

En cambio, por todas las leyes racionales, naturales y Divinas Universales, puede reclamar su primer derecho el productor que los falaces, con engaño, fraude y mentira, le han negado todos los derechos, hasta los de vida, usurpándoles todos sus productos y lo que es más, hasta el derecho de instruirse.

Pero esto último es lo que no han podido evitar, porque el escarmiento, es un tan sabio y contundente Maestro, que del dolor, el escarmentado saca consecuencias; y de experiencia en experiencia se ha sobrepuesto a las ciencias teóricas, con las ciencias prácticas y ha hecho de su razón un invencible doctor, que triunfa contra todo, sacando bien del mal y tomando del mal el menos.

¿No es esto un buen principio, para demostrar el pueblo que tiene su mayor amor en la justicia?

Queremos no pasar por apasionados y vamos a poner algunos ejemplos, no para convencer a los deudores del pueblo, porque ni tenemos interés en ello, ni nadie convence a nadie, sino que se debe convencer cada uno a sí mismo: y lo hará, cuando haya despertado su razón.

Se requiere una Ley de trabajo y se abroga el Congreso el derecho de hacer esa ley, de lo que no entiende ni el nombre.

Queremos concederles que tengan a su mano hombres teórico-técnicos, por unos papeles que les confirieron en la universidad, otros teórico-técnicos, que tampoco saben lo agrio-amargo del sudor del trabajo.

Pueden hasta valorar en kilogramos el esfuerzo muscular del hombre; pero les es imposible saber la fatiga que ocasiona en el hombre la contracción de sus músculos y el dolor de la distensión de éstos, ni el abatimiento que el cansancio muscular trae al hombre, que es bien diferente entre éste y el gasto de fuerzas en los ejercicios físicos.

Si desconocen todo esto, ¿cómo será posible que legislen lo que no han sentido?

Sin embargo quieren imponer esa ley, que puede ser muy buena para dicha pero no para cumplida: y los patrones la aceptan, pero los obreros la protestan y se origina por cada ley, un conflicto: no puede haber en esa ley amor a la justicia, desconocida del legislador.

Entremos en unos artículos de la ley civil.

Esta considera a unos hombres, hijos legítimos, otros ilegítimos o naturales y otros adulterinos.

Los primeros adquieren todos los derechos; los segundos, la cuarta parte de los derechos; y los terceros, ningún derecho. ¿Y son capaces los legisladores de saber, cuál de los tres es de mayor afinidad con su progenitor, o de mayor justicia?

Cuando hemos tratado esta trascendental materia en el «Código de Amor Universal» en la «Filosofía Austera Racional» y «Conócete a ti mismo», hemos registrado todos los motivos para justificar el igual derecho absolutamente, de todos los nacidos porque «Ninguno entra al mundo por puerta falsa». Pero hemos llegado a probar ante los hechos, que el llamado hijo natural y el sin padre conocido, son más valientes y hasta héroes, porque «no se les esconde el Sambenito que les pondrán» y el calvario que habrán de recorrer por culpa de esas leyes irracionales y egoístas.

Antes de existir el matrimonio legal ¿cuáles eran los hijos legítimos? Pues las leyes naturales y universales eran entonces, lo que hoy son. ¿Qué esto lo trae la civilización? Concedo. Pero, para que no nazcan hijos fuera del matrimonio, es preciso primero, que la civilización haya llegado. Por prohibir tener hijos fuera del matrimonio, no está hecha la civilización; cuando la civilización estará hecha, no hará falta esa ley que hoy se impone pero que no es capaz de estorbar que nazcan hijos fuera del matrimonio, y nacen hasta del mismo juez y del mismo Pontífice.

Cuando la civilización será, se habrán pagado todos los hombres las deudas de vida que tienen y no nacerán más hijos fuera del hogar, que también serán constituídos entre dos afines. No hará falta esa ley que prohíbe y no evita.

Mas mientras los hombres se sean deudores de vidas, porque las cortaron seguirán naciendo hijos extra-Ley, a pesar de la. Ley y tendrá hijos naturales, todo aquel que haya cortado vidas y no se haya unido en matrimonio, con el otro co-deudor.

Es que la ley suprema se impone y por ese medio prueba, lo absurdo e ignorancia de la ley y del legislador.

Hacen falta menos leyes, pero más moral austera y más amor a la justicia, lo que os enseñará el Espiritismo Luz y Verdad, del que huís porque estáis manchados y para justificaros ante otros injustos y tontos, lo negáis y os reís como imbéciles de los que tienen el valor de seguir el amor a la justicia, bajo la Luz y sabiduría del Espiritismo. Este es el camino.