CAPÍTULO CUARTO
EL AMOR MUTUO EN LAS LEYES

El Rey, es la ley que habla; la Ley, es el rey mundo.

Por esto los reyes fallan y la Ley no falta.

Cuando hemos contemplado al hombre caminar furtivamente más allá de sus acostumbrados paseos y se encontró con otros semejantes, se vieron como una rara visión y se miraron estupefactados. ¿Cómo pensarían antes de encontrarse que existía el otro?

Cuando en nuestros estudios encontramos un principio nuevo que nos descubre una Ley, nos quedamos atónitos, estupefactos o atolondrados. ¿Cómo no habíamos encontrado antes aquella Ley? La razón es la misma: estábamos un escaló más abajo y no alcanzábamos a ver lo que había un peldaño más arriba.

Descubierta una ley, ¿la aprovecha sólo el que la descubre? Ni aun siquiera es consumible; y si por un imposible egoísmo la volviera a ocultar, no se habría descubierto ni sería Ley. Ley será una vez que los hombres la hayan comprendido y la apliquen al progreso; y si se oculta, por cualquier razón, será un robo que se hace al pueblo, porque cada hombre no vive por sí sólo, sino del producto común de todos; y más los que suelen descubrir las leyes científicas y los que han de legislar la sociedad civil, la justicia y las cosas de los hombres, porque esos consumen todo lo de todos y aun requieren utensilios, máquinas, aparatos, drogas, minerales, edificios, libros, etc., etc., por lo cual están obligados al estudio de esas leyes, reglamentos e ilustración al pueblo, para el mejor aprovechamiento y mayor producción.

Si esos legisladores se hacen parias de un tirano, o sirven a una clase con perjuicio de otra, son prevaricadores y usurpan lo que consumen y defraudan a la voluntad popular y comenten el delito de latrocinio al progreso.

Ninguna Ley nacida de unas Cámaras Legislativas partidistas, estará exenta de amor propio; y como hemos visto hasta la saciedad, que valga el voto de la mayoría partidista sin tener en cuenta la moralidad de los votantes, resultará una Ley por lo menos imparcial, que favorecerá al partido sin que le importe de los otros. Estas leyes son como flor de un día, que nace a la salida del sol y muere cuando el sol se pone: y esa Ley durará en vigencia lo que durará en el poder el partido que la impone.

Son éstas las leyes seguramente más rastreras y son las leyes nuestras, leyes sin espíritu, leyes de letra, que matan el espíritu del progreso, o lo retrasan, porque matarlo no pueden.

Esta forma de legislar nos ha llevado a un caos negro y repugnante, porque nada se ve ya claro, leal, ni humano, y la justicia se aleja cada vez más de los tribunales de los hombres, que, si han de servir a la Ley, tienen que renunciar a su conciencia y ser sordos a su propio espíritu (si saben que lo tienen) y no parar mientes ni aun al sentido común.

¿Que no es verdad esto? Vamos a verlo. Senté en la «Filosofía» el caso de una mujer madre que toma un trapo para vestir a su hijo, en casa de su patrona, lo que significa que no lo había sacado de casa, sIno que se sirvió de él en la casa donde trabajaba contratada con su hijo.

Pues a pesar de todo esto, el juez, sirviendo los artículos de la Ley, condena a esa madre a dos años de penitenciaría. ¿Dónde estaba aquí la conciencia y ciencia del juez? Pero es el caso que, algunos que nos dimos cuenta de la monstruosidad, hemos recurrido a la protesta y la sentencia es anulada; y aquí se pone de manifiesto que la ley es injusta y no es ley, o el que indultó es más que la ley y arbitrario.

En este caso no fué arbitrario el que indultó: manifestó solamente que la Ley no era ley, sino un grillete del plutócrata, de la venganza partidista; y mejor aun, un instrumento de odio de todos los parásitos contra el pueblo. Esto no puede ser una ley, porque no tiene fuerza de evitar el mal.

En otros casos, un juez falla según unos artículos de la Ley de la materia del pleito: el fallido eleva apelación y otro juez encuentra otros artículos que anulan el fallo del juez anterior y el que primero tenía razón, ahora la pierde; y puede ser que sea el perjudicado y dañado, el por él absuelto. ¿Son leyes esas leyes que en cada artículo se contradicen?

Oíd este otro caso: Hay un comerciante, al que se le presenta otro comerciante y le quiere vender una indicada mercadería, de la que presenta un documento de embarque. Se cierra el trato bajo la condición de entrega de una cantidad; que el comprador, bajo recibo, entrega al vendedor.

El comerciante comprador tiene socios industriales que pueden comprar y vender, pero el aludido comprador, aquí, es el capitalista.

Ha resultado que el vagón cuyo número y peso anotaba el conocimiento de embarque, no había estado en la estación señalada, ni había cargado, por consiguiente, tal mercadería: lo, que quiere decir que era una estafa.

Se ha disuelto la sociedad por pérdidas totales, debido a la mala fe de los industriales, que se probó estar entendidos con el estafador. Pues bien: el arruinado capitalista promueve un juicio, presentando toda clase de documentos, pero hay un secretario amigo del estafador y un diputado del mismo apellido. Y ¿sabéis lo que resultó? Pues que primero se le amenazó al demandante estafado, diciéndole que «Tuviera mucho cuidado otra vez de acusar a personas tan honradas». A pesar de la amenaza, se siguió el juicio; hubo informe in voce ante la Cámara de apelación; pero ni se produjo sentencia, ni detención del estafador, y se han quedado (por culpa de quien sea) los documentos en el tribunal y el dinero (500 pesos) en el bolsillo del estafador.

¿Quiénes diablos podrán haber dictado las tales leyes, sino unos grandes maestros de la trampa y la delincuencia, elevados (por gracia de la trampa también) a la categoría de legisladores?

Comparar entre este juicio y aquel de la sirvienta condenada a dos años de penitenciaría por un trapo valuado en 20 centavos, y colegir qué leyes se imponen como moral del pueblo.

Tuvo razón aquel baturro que cantó:

Al pobre que roba un pan,
Le llaman el gran ladrón.
y al que roba un capital,
Le llaman el gran señor.

¿Cómo no se ha de anarquizar el mundo, estando domeñada la humanidad con leyes tan parciales y onerosas, vergüenza de la historia?

Cuando hemos hablado de las constituciones o cartas orgánicas de las naciones, hemos reconocido la Constitución Argentina como la más liberal ; pero también hemos probado que ya no rige, puesto que se han dictado más de (10.000 ) diez mil leyes sobre la Constitución: llegando por esto a deducir que, si la carta orgánica llamada Constitución, es la que debe dar fe de la existencia de la Nación, ésta no existe, desde que la tal Constitución está desmentida por leyes irracionales que muestran al pueblo, parte degenerado, al que defienden; y la otra parte, honrada y trabajadora, sin derechos, sin defensa, amenazada y perseguida.

Estas leyes no tienen el amor mutuo y no pueden subsistir por la dignidad de los pueblos; y los pueblos, castigados, amenazados, perseguidos y sin derechos, se ha encargado de quemarlas, único medio de justificación. .

Estos son los resultados de la moral Cristiana y Católica, al dominar con la Magia negra y roja a los pueblos, por medio de los reyes serviles y malos sirvientes de sus pueblos, por juramentos prestados al jefe de la camarilla, o Rey de los Reyes y Señor de los Señores, el Pontífice. Y que me desmienta la llamada « Santa Alianza» moderna y la antigua de las religiones, donde Manuel I, Papa, dijo al Concilio: «Una religión que no tiene en sus manos el poder y la riqueza no tiene vida, cuando no existen los apóstoles que la mantienen con su fe: y la religión Cristiana (aun no era Católica), sin esos medios, muere de consunción. Si no hacemos los esfuerzos de obtener esos poderes y esos medios, tenemos que declarar que somos unos holgazanes. Si tenéis confianza en mí, nombradme Pontífice (aun no lo había) y después de esto, yo me sé lo que me haré».

¿Sabéis lo que se hizo (Superior al Emperador Constantino, que estaba presente y juró allí defender la religión: y una vez que hubo jurado, el ya Pontífice toma una, cruz y le dice: «In hoc signum, Vincis». Con este signo vencerás y ve y toma a Jerusalem, desterrando al pueblo judío. Lo cual quiere decir en más breves palabras: Crucifica a todo el mundo que no esté con nosotros; y al pueblo que esté con nosotros, crucifiquémoslo también, porque teniéndolo crucificado, haremos de él un rebaño.

¿Ha sido o no un rebaño el pueblo? Que lo diga el mismo pueblo, que está quitándose la lana de borrego, para empezar a ser cualquier cosa y todo, menos borrego y esclavo.

Si las leyes estuvieran basadas en el amor mutuo, no tendría la humanidad que avergonzarse ante la historia Judicial y Civil y no veríamos tantas calamidades en todo el mundo. No habría Hospitales de limosna denigrante, ni cárceles, ni manicomios, ni cuarteles militares, ni prostíbulos, ni corrupción, ni inmoralidad: y a esto tiende el pueblo hoy, en su idea (aunque un tanto equivocado) de una Comuna sin gobierno y sin Ley, que no puede ser y no será. Pero el pueblo anarquizado, una vez que habrá destruído todo lo que fué motivo de esclavitud y latrocinio, no reusará, la pedirá con amor, nuestra Comuna de Amor y Ley.

Entonces toda ley será el alma del amor nuestro y el signo supremo se habrá asentado en el corazón de todos y la paz no podrá ser interrumpida, porque en todo estará la justicia Augusta presidiendo los actos de los hombres.

Las faltas cometidas por los hombres deberían de ser un gran ejemplo de corrección, si la moral popular fuera eficiente y las leyes estuvieran fundadas sobre el amor mutuo y se cumpliría el gran secreto de la Sabiduría, de «Sacar bien del mal, y tomar del mal el menos», principio nuestro y que nuestra Escuela lo hace Ley filosófica.

Mas cuando las faltas de los hombres se juzgan según el valor metálico o personal y posición del individuo, no puede ejercer la justicia su acción, y menos cuando los hombres encargados de administrarla son tan parciales como vemos en todo el mundo.

No es extraño, ni raro, que un jugador haga un proyecto de Ley del juego, y no porque el proyectante haya dejado de ser jugador, sino porque él sabrá burlar los artículos propuestos y otros caerán en la red que les tiende. ¿Qué moral puede inyectar a esa ley el que la hace para ser más libre él? Y no creáis que esto sea un pensamiento mío; no, es una realidad y la probaréis averiguando la vida de los legisladores, votantes de esa ley.

La ley internacional de la «Trata de blancas» si averiguáis la vida y milagros de sus iniciadores y sostenedores, si no tenéis un estómago de bronce, es seguro que os causará náuseas.

No os sorprenda que entre sus más fervientes comisionados de velar por esa ley, encontraréis muchos dueños de casas alquiladas para prostíbulos y aun explotadas por ellos mismos, sin que esto quite que todos los domingos confiese y comulgue el encumbrado rufián y corruptor.

¿Sabéis por qué tangente escapan esos degenerados, si les hacéis cargo de esa inmoralidad?

«Me repugna ese comercio; pero me sacrifico en mi sentimiento, porque con ello ayudo a las mujeres castas; puesto que teniendo los hombres esos sitios donde saciar su pasión, no asaltan a las castas; y me ciño a lo sostenido por el Angélico Doctor Santo Tomás, que sentó sobre este particular que, «Si no existieran los prostíbulos, la Santa Madre Iglesia tendría que ponerlos para evitar los escándalos» ¿Qué os parece esa tangente religiosa? Sin embargo, es cierto que, mientras el mundo esté dominado por la inmoralidad religiosa, son necesarios esos establecimientos de prostitución, que no existirán en cuanto, la religión sea sepultada.

Resulta, pues, que la prostitución es alimentada, sostenida y defendida por la religión y sus cánones, y lo mismo sucede con los juegos, cuyos productos se llevan a las instituciones religiosas, bajo el mixtificado nombre de Beneficencia.

¿Para qué estudiar más sobre esto? Está suficientemente demostrado, que en las actuales leyes, no existe el amor mutuo, puesto que si algo le llega al pueblo, le llega como una limosna que lo denigra.

Quitaremos la causa y desaparecerá el efecto; porque, a grandes males, radicales remedios.

La ley que se basará en el amor mutuo, no puede hacer acepción ni jerarquías de hombre a hombre, ni puede hacer a nadie intangible ni inmune. Y si ha de establecer algún mayor rigor en algún artículo, será para penar a los legisladores y encargados de aplicar la Ley, que hoy los inmuniza.

El grado de pena está valuado en el grado de progreso, de instrucción, cultura y sabiduría; cuanto más sabio sea el delincuente, tanto mayor es su responsabilidad, porque delinque a sabiendas y con conocimiento de causa.

Por esto, en el régimen Comunal que establece esta Escuela, en el que todos los hombres han de recibir la misma instrucción, educación y moral, son igualmente responsables en cada categoría profesional, sin que pueda caber la más mínima injusticia, ya que la única moneda de valor, es el hombre.