CAPITULO SÉPTIMO
EL AMOR A LA LIBERTAD ES INNATO.

En el capítulo anterior «El amor al progreso» tiene su base indestructible, el amor a la libertad.

La importancia de la libertad podemos sentarla en esta ley matemática: La Libertad es a los pueblos, lo que el progreso a la civilización. Esto en cuanto a lo físico, político y moral; pero en cuanto a lo metafísico y espiritual, se sienta así: La libertad es para el hombre, lo que su espíritu para la Creación: el todo.

Un hombre sin libertad, no es tal hombre.

Como un pueblo esclavo, es una familia de miserables, sin valor.

Si un hombre lucha por su libertad, aunque no lo quieran reconocer, es un beligerante de respeto ante toda conciencia honrada.

Y es hombre de conciencia todo aquel que examina las leyes y las protesta en sus puntos vulnerables; y son vulnerables, todos aquellos puntos que el pueblo no aprueba; y si por la fuerza se le obliga a cumplirlos, se mata la libertad que el hombre tiene innata, cometiéndose un crimen de lesa humanidad y otro de lesa Deidad.

Las protestas de un pueblo indican que no hay libertad; y el poder representante, ha perdido la representación del pueblo, en cuanto éste protesta de las leyes; y por alta moral, esos gobiernos deben de entregar a una constituyente el gobierno, sea de una ciudad, de una región, como de una Nación.

Si el pueblo se levanta en armas para derrocar a un poder partidista, por otro de la misma norma, es un crimen cívico, del que deben responder los provocadores.

Si el pueblo en común se levanta para cambiar de régimen, es un acto de conciencia y de amor a su dignidad y libertad y estará de su parte toda la conciencia honrada de todas las naciones.

Se reprimen, sin embargo, los levantamientos y se echa mano del falso estribillo de: «La Patria está en peligro, la Patria lo exige», «Todo ante la Patria», etc., etc., y cabe preguntar: ¿Es más patriota el que arruina a la Patria, consumiendo sin producir y apoyando a todos los otros parásitos y al burgués barrigón, o al avaro y especulador, todos los cuales dirigen la guerra contra el verdadero patriota que la honra y engrandece con su trabajo productor?

Convengamos en que deberá haber quienes representen al pueblo, pero nombrados por el mismo pueblo, para que administre justicia y la riqueza pública y común; pero no podemos admitir que a la sombra de gobierno que no ha nombrado el pueblo, se cobijen los parásitos, los explotadores, los vampiros religiosos y tantos otros inmorales, vergüenza de los pueblos, porque consagran un cínico e inicuo libertinaje, por libertad, con leyes de embudo.

Patria llaman todos esos a su barriga y a su cartera. El trabajador concibe otra Patria y es la verdadera. La Tierra toda, con todos sus productos de enseres y hombres. ¿Cuál es más verdad? Para defender a ésta, todos los hombres honrados están dispuestos; pero no se concibe la honradez, sin un trabajo productivo.

Cuando al pueblo se le sometía a la ignorancia, no tenía más que decir: Muf... cualquier arrastrado y zarrapastroso curilla, más ignorante que el más cretino, y todo el pueblo hacía Muf, sin mirar si era propio de bueyes o de hombres: bastaba la sotana por razón suprema.

Yo he oído predicar contra las mujeres que sabían o aprendían a leer. «Porque es peligroso e inmoral que la mujer se meta en las letras, que las envenenan los liberales», decía el famoso cura. Y las mujeres quemaron los libros que no fueran de misa y demás blasfemias religiosas. ¿No es esto matar la libertad? Pero ¡Oh horror! El mismo cura predica y obliga a esas mujeres a ir descalzas al viacrucis y a no salir de casa hasta celebrar la misa de purificación por el enorme pecado de santificarse siendo madre. Y es el caso, que ese cura tenía madre y vivía siendo su sirvienta, y más que eso, su esclava. ¿Es esto moral?

Después de 8 años de ausencia de aquel pueblo, viendo mundo y aprendiendo progreso, vuelvo y sabiendo los puntos de reunión, voy a encontrarme a los antiguos camaradas rebeldes como yo, hasta llamarnos las beatas «Cuadrilla del Culebrón», pero que jamás la justicia pudo pisarnos, ni reprendernos, ni madre alguna tuvo que quejarse de nuestra conducta para con sus hijas, causa por la que nos llevábamos a nuestro lado todo el pueblo; reunido a mis camaradas, capitaneados por un gran viejo, tan liberal en todo, como profundo, rústico y frescote, con sus 75 años entonces, me recibió con tan efusivo abrazo, que hizo crugir mis articulaciones, diciendo entre tanto: ¿Veis que no me equivoqué? Y repitió lo que me dijo al separarme 8 años antes: «Quisiera tener 30 años menos para verte en tu apogeo; y ya lo veréis, éste sacará la verdad al descubierto; pero como todos los que tienen valor de decir la verdad, sufrirá mucho». «No, no sufrirá tanto ya (dijeron algunos), porque el que anda, aprende cada vez más y ya el liberalismo se impone». Era esto el 7 de septiembre de 1896.

Una atrevida y casi unánime pregunta salió de todos. «¿Vienes al recuerdo de la Virgen de la Paz?». Sí; al recuerdo de la Madre, no de la Virgen. -«¡Oh!... Explícate, por Dios, o reviento» dijo el viejo director de la cuadrilla del Culebrón. «¿Cómo puedes probar que la Virgen no es tal Virgen y entonces, mi pensamiento es cierto y no ofendo a esa... Madre?» (Para explicaros este respeto y amor a esa Madre, leed mi relato en mi «Método Supremo», página 58 y siguientes).

Cuando la llamamos Madre, Viejo querido, ella está alegre con nosotros; cuando la llamamos Virgen, se avergüenza, porque la llamamos adúltera. -Pero... Santo Dios. ¿Dónde te metes, querido nuestro? -Sólo en las leyes humanas, que no pueden menos de ser una copia muy burda si queréis, pero copia, o reflejo siquiera de las naturales y Supremas. -A ver, a ver, habla tú, porque hasta ahí no alcanzamos nosotros.

Oíd, pues: grandes sabios en la ciencia y la química, han apurado ya todos las substancias que en la Naturaleza hay y la han conducido con un vehículo símil al líquido masculino, al sexo femenino, en circunstancias eficaces, y nada ha podido producir una concepción.

En las crónicas de las facultades de medicina se han asentado algunos raros casos de mujeres en cinta sin contacto de varón; pero se comprobó evidentemente, que fué con semilla de varón; una la recogió en una bañadera, en la que momentos antes se bañara al placer un hombre. La ciencia explica perfectamente ese caso.

Son por miles las Vírgenes que se han encerrado en el Pueblo de Israel, esperando que se produzca la tal encarnación de su redentor, y nada se ha producido, sino alguna escapatoria de la cansada Virgen, con un hombre que pronto le hizo el milagro, que Dios no pudo, ni supo hacer. -¡Ayyy! ¡Jaja!... ¡Viva el hombre! ¡Vivan las madres! -Sí, viva el hombre, vivan las madres, bien dicho está.

Sí, es bastante prueba científica y racional lo dicho, dijo el viejo. Pero aquello de que la llamamos adúltera al llamarla Virgen? -Exigentes sois; pero mis amigos lo merecen y lo voy a explicar jurídicamente. -¿Eh? ¿Jurídicamente dices? -Sí, por doctrina de la Jurisprudencia. -A los fuegos tocan; vámonos, dicen algunos de los jóvenes. -¿Fuegos? dice el viejo; aquí hay fuego sublime, que nunca nos calentó; que nos traigan refrescos para regalarnos y celebrar a nuestro amigo. -Es verdad, dijo el más calavera. -Oigamos y mañana sabremos más de don Ramón (era éste un abogado del pueblo). -El viejo dijo: saber más que don Ramón, es poca cosa: saber más que el vicario y poder mañana armarle un jaramillo después del sermón en que tantas mentiras va a decir, eso es más; y cuando lo hayamos hecho, me puedo morir contento y... viviré, aunque sea para maldecirme; y maldecirán también a éste, que nos abrasó con el fuego de la verdad.

¿De modo que no aguáis la fiesta? Yo que me hice la ilusión de descansar... -Acuérdate que se descansa cumpliendo el deber. -Punto en boca, pues; y mientras tomo este refresco, acabaré el juicio y aun llegaremos a bailar Jota. Oíd, porque vosotros sentenciaréis.

Si mi madre tiene un hijo que no es de mi padre, ante la Ley, ¿qué es mi madre? Me diréis... No sigas, ya has dicho bastante. Sí, quiero seguir, porque en mi juicio también he de probar que Dios no hace todo cuanto quiere, sino todo cuanto debe. -Eso es el colmo. -Esto es la medida exacta.

Pues bien: probado por toda la ciencia y admitido por la razón, ser imposible la concepción de un semejante sin obra de varón; toda mujer que pare, será por obra de varón, aun en los casos registrados y debidamente estudiados de algunas mujeres que fueron madres, sin haber tenido contacto con el padre de su hijo, pero que por medios posibles, aunque raros, llegó a su matriz el microhombre expelido por el varón; y tanto es así, que dos de esos nacidos, llevaron el apellido de sus padres.

Todas las leyes de todas las Naciones del mundo, declaran adúltera a la mujer casada que tiene hijos que no son de su esposo. Y si María ha tenido a Jesús sin obra de su esposo José, ante toda Ley, María está bajo la ley, que declara adúlteras a las mujeres, por tener hijos fuera de su esposo.

¿Qué le parece a nuestro viejo Maestro? -Que nada más exacto que tu juicio, y que siendo como nos han enseñado en la religión, me duele dar mi sentencia: «María es adúltera».

Cálmese, mi amigo; ni usted, ni yo, ni nadie ha calumniado a esa gran Madre de Jesús y de otros hijos más, ni difamado a su fuerte esposo, que según la religión, habría tenido que soportar dos grandes aspas sobre su cabeza.

No. No los hemos difamado, pero han sufrido horriblemente sus espíritus por tales blasfemias, pero ha llegado la hora de su reivindicación.

Ahora me falta probar que Dios hace todo lo que debe y no todo lo que quiere.

¿Comprende usted que podría exigir el Creador el cumplimiento de sus leyes, si él fuera el que quebrara una sola de sus leyes Universales, cuya inmutabilidad es precisamente lo que nos induce a creerlo Dios? -Esto mismo aseguran precisamente en la religión. -Sí, lo aseguran en una parte que les conviene; pero cuando han hecho el misterio de la encarnación del hijo de Dios, para cubrir su falacia, han tenido que proferir la blasfemia de que «Siendo Todopoderoso hace todo cuanto quiere». ¿Y habría de querer que su hijo se hiciera hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, para que luego el hombre lo matara, consintiendo él para cargarles un delito del cual él solo sería culpable, ya que dicen que necesitaba su sangre, para lavar las manchas de los hombres, y no vemos que la sangre limpie, sino que mancha, y por añadidura, ahí anda el pueblo Judío dispersado y pagando su crimen, según nos enseña la religión Católica?

Dedúcese de todo esto, que no ha podido ser que la encarnación de Jesús haya podido ser más que por la ley general, engendrado por otro hombre.

Y como sabemos que José es Patriarca, y Patriarca en la Ley Hebrea, sólo era aquel que tenía 12 hijos o más, José no era padre putativo de Jesús, sino padre en ley de la carne, como era de otros once más y... basta, amigos, vámonos a bailar la Jota; que no quita el estudio el derecho a la diversión. -Sí, vámonos, jóvenes, y hasta yo, con mis setenta y cinco años, bailaré hoy y será la señal de que mañana encerraremos al cura vicario en un tremendo dilema cuando diré: «¡Viva María de la Paz, Madre de muchos hijos!».

En efecto: al siguiente día, al salir la imagen a la calle para la procesión, después de haber oído mil blasfemias en el sermón pronunciado por el Padre Minguella, que luego ha sido obispo y ha muerto ahora hace unos pocos meses, (el tío Evaristo) dio el viva que había prometido; hubo un revuelo entre la gente, pero era el viejo, y ¿quién del ayuntamiento, que todos eran sus amigos y... discípulos, lo reprendería? Pero el impulsivo vicario, revestido de dorada capa pluvial, y el padre Minguella, con su alboroquete, se pusieron lívidos y no pudieron entonar el «Ave Maris Stella» y un murmullo de las beatas fué como el anuncio de una tempestad.

Dos horas más tarde importunaban nuestra merienda el Vicario, el P. Miguella y tres curas más, a reprender al viejo; y éste, sin dejar el bocado de su tenedor, dice (dirigiéndose a Miguella): Sabéis que nunca me amigué con los mentirosos, ni les doy explicaciones. Ese joven, hijo del pueblo, os contestará.

Yo los invité a refrescar y no accedieron; les hice los mismos juicios, sin consentirles sentencias del Dogma, y por la razón y la justicia, nada pudieron rebatirme; pero asustados dijeron: ¿Y son muchos los que te han oído esto? -Todo el pueblo, señores; porque mis amigos lo comunicarán, y algún día, yo lo diré a todo el mundo. -La maldición de la Iglesia te seguirá, dijeron. -Peor para ella, contesté; pues antes, por su provocación, sabrá el mundo que María no fue adúltera, sino digna esposa y proficua madre, y... basta, señores, si quieren paz y no mancharse más que lo que están.

La ciencia, señores, desmiente a la religión; y la ciencia encuentra a su juez en la razón y sus tesis en la naturaleza y en las leyes inflexibles.

Al fin, el padre Miguella, más sabio que sus colegas, optó por admitir su refresco y apagó las iras de los otros fanáticos. Mi amor a la libertad, había roto las estrecheces religiosas, de la mentira. Dad valor a vuestro innato amor a la libertad y siempre triunfaréis.

Entonces veréis que entre la ciudad y la región, está el germen de una mayor libertad, que se ensanchará a una Nación grande, ante la cual todas las cadenas de opresión se rompen, porque la comunidad se va ensanchando.

En el momento en que el hombre rompe los atavismos y juzga por su razón, se libera; y la conjunción de hombres libres, imponen la libertad de las ideas; éstas encarnan en los demás hombres y la esclavitud muere y nace la conciencia.

Cuando se sigue esta escala ascencional, no puede imperar el libertinaje que es lo que han tenido los patrioteros y los fanáticos.