CAPITULO SEXTO
EL AMOR AL PROGRESO SE IMPONE SOLO

La necesidad bendita, nos obliga al trabajo; y el trabajo nos lleva al progreso, porque el cansancio nos obliga a buscar la economía de fuerzas, esfuerzos y tiempo; lo que a la vez nos mete de lleno en el conocimiento de la Creación y nos instiga a saber el por qué.

Aquí tenéis encadenada la vida del progreso, desde el primer esfuerzo muscular del hombre primitivo casi irracional, hasta la mas alta ecuación Científico-Metafísico-Espiritual.

Así se comprende también que sólo el trabajador puede ser sabio y moral: pero también confirma nuestra terrible sentencia de que «Sólo el trabajo productivo regenera y derecho al consumo». Hace reír cuando oímos, aun a muchos trabajadores medio ricos, o medio burgueses, que dicen «Sin dinero no existiría el progreso». ¿Cuál será el aliciente del hombre? ¡Qué pobres son esos ricos! Da lástima su esclavitud servil. ¿Conocéis a Santa NECESIDAD? ¿No os habéis enamorado nunca de la Santísima Curiosidad? Perdonadme, hombre serios, la ironía: vosotros que podéis y tenéis razón, sabéis cuanto quiero decir con esos Santa Necesidad y Santísima Curiosidad.

Si: el hombre reniega de la necesidad y a la curiosidad la condenan los mal curiosos; y yo que tengo innato el contra de todo lo equivocado y más si equívoco es causa de errores criminales como son todos los de las religiones, Santifico a la necesidad y a la curiosidad.

¿Qué vale el dinero ante la necesidad?. Si la necesidad es menos que el valor dado al dinero, éste sirve, vale; pero si la necesidad es mayor que el valor del dinero, el dinero nada vale. Mienten criminalmente los que dicen que el dinero lo es todo.

Las excepciones no rompen la ley general y son bien pocas las excepciones que se ponen a que todos los grandes inventores y aun los pequeños, como todos los hombres de las ciencias por vocación que son éstos y no las excepciones de los que traen y elevan el progreso, no han contado con el poder del dinero, sino con el poder de su amor al trabajo, con el caudal de su fósforo: y contadme cuántos han dejado fortunas, de los tenidos por tales, por los valorizadores del dinero.

Soy rigurosamente justo y no he de negar que el dinero ha sido un acicate de los hombres. ¿Pero no han visto los hombres, que cuando uno quiere superar a su émulo, es para ser más que él? Pues si el hombre lucha por el acicate del dinero ya que le dieron más valor que al hombre. ¿Quién duda que esa lucha es para dominar al dinero? ¿Y el dominarlo no es ser más que él? ¿Qué lleva el hombre a esa lucha? Pues sencillamente la necesidad de dignificarse, haciéndose más potente que el dinero.

He tomado el punto más escabroso y en pocas líneas se ha comprobado la sublimidad de la necesidad que obliga al hombre a su dignidad; y su dignidad es el más alto progreso moral: la ética en grado superlativo.

Aún refunfuña alguien y dice saliéndose por la tangente «Eso mismo prueba que cuando no hay dinero, no hay incentivo de lucha».

No si es ceguera o imbecilidad, o las dos cosas juntas. Pero contestadme: ¿Cuando el estomago pide su combustible se lo dais en dinero? El pan, cualquier cosa, hasta raíces de caña, hasta astillas secas rumiadas las recibe y las digiere y se las asimila. Dadle oro en bruto u otro metal, o papel moneda y ya veréis qué bien marcha.

Oíd esta efeméride. Por mi suerte, he acompañado una vez a un Obispo y su séquito por una provincia pobre, donde en algunas aldeas servía de reloj el canto del gallo donde lo había.

En largas jornadas no hay poblados; y en los poblados no hay fondas, ni almacenes de víveres; y el campo solo os ofrece rastrojos o barbechos. Dinero llevábamos en abundancia; acaso yo llevaba más que lo que podía valer el poblado y su tierra; pues el buen Obispo (hoy es cardenal) se hubo de pasar 48 y más horas sin probar bocado, salvo alguno que otro biscocho que por casualidad salieron en alforjas.

Yo sí encontré en una hondonada un poco verde y eran Chirivías, muy raquíticas y duras, pero me un banquete. ¿Cuánto valían más aquellas pobres zanahorias que los miles de pesetas que llevaba?.

Tiene el hombre moral mayores acicates que el dinero para amar el progreso. ¿No son buen acicate sus deseos de gloria, grandeza de su nombre y el de sus hijos? ¿Es poco acicate la sonrisa y el dolor de sus infantes? ¿Es despreciable acicate el innato y natural querer ser más en un arte, oficio, carrera y ciencia? ¿No merece el nombre de acicate la necesidad de comer abundante, bueno y provechoso? Pues todo esto sabe el hombre moral que sólo trabajando, que sólo con mayor progreso cada día lo puede conseguir y el hombre moral, no se excusa y trabaja y progresa.

Y sabe más: sabe que, por el escaso valor del dinero, se ha visto obligado a muchas inmoralidades, bajezas, esclavitudes y vicisitudes mil, sin poder cubrir sus necesidades con moralidad y decencia y maldice y anula el dinero, que para nada vale al hombre honrado.

Sí: mienten con maldad lo que se dicen «Sin dinero el hombre no tendría amor al progreso y caería en la molicie». Esos no pueden ser más que los servidores de los dioses que venden sus gracias y perdones por dinero y ponen a precio el cielo; pero reniegan del trabajo productivo y de la familia y se separan la sociedad, por aquello que «Cada vez que hablé con los hombres, salí menos hombre» del Padre Kempis; y decidme: ¿El que reniega de su familia y se sale de la sociedad de los hombres, puede reclamar el «amor» ni siquiera la menor consideración de la sociedad, a la que denigran con su zanganería y la holganza perpetua, amén de enseñarle todas las inmoralidades recopiladas en la no producción de nada útil? ¿No os parece justa la voluntad popular universal de organizar la nueva sociedad, en la que el individuo sea el soberano dueño de todo sin que nada pueda ser su propiedad? ¿No es justo que se saquen de la sociedad los que a todo trance quieren tener propiedad, para lo cual dan más valor al dinero que al hombre?

Mal hijo se llama a aquel que reniega, desconoce y abandona a sus padres. ¿Y cómo podrá ser un buen hermano? ¿Y los hombres trabajadores en su alta cuanto rústica moral y por rústica es austera, han sellado su fraternidad y por justicia sacan de su sociedad a los que son malos hijos, porque son peores hermanos. ¿Se atreve alguno a calificar de injusta la justicia que hacen las abejas? Pues aquéllas, por su instinto natural, matan a los zánganos, para que no les coman su panal que con tanto trabajo elaboran: pero todas las obreras de ese enjambre trabajan cada una y produce cuanto puede y sin tasa, consumen cuanto necesitan. Esta es la política justa en la que encuadra la verdadera igualdad y la hace ley, la comuna de amor, en la que no caben los zánganos.

El pensamiento del bienestar, innato en todos los trabajadores, es bastante acicate para elevar cada día el progreso y la curiosidad de saber cada momento más, mete al hombre de lleno en el camino del progreso y apelo a los geólogos, o a los químicos, a los inventores, a los ingenieros, a los astrónomos de vocación, a los filósofos, a los moralistas, a los geómetras, y a los artistas, a que me digan si no fue en todos los casos la curiosidad la que los metió en el camino de sus descubrimientos. ¿Soñasteis queridos colegas o pensasteis primero en vuestros estudios, en el dinero que produciría vuestra curiosidad? Lo primero que tuvisteis presente fue la satisfacción de vuestro deseo, de vuestra curiosidad. Sentíais (como yo lo he sentido) una necesidad inexplicable de sacar una consecuencia que os explicase lo que bullía en vosotros y no os dejaba descansar y, hasta dormidos hablabais y concebíais argumentos, hipótesis y teorías y no os disteis reposo hasta formar vuestras tesis, que se convertían en leyes.

Durante ese tiempo de gestación, os absorbíais; y ¿recordáis qué contrariedad terrible tuvisteis cuando en vuestras abstracción os importunaba un majadero? ¿Os acordabais de comer? Os cansabais y os transíais; pero no acertabais a dejar los hilos mentales que teníais agarrados, temiendo perderlos.

Una sola cosa os podía llegar sin estorbaros ni romper vuestra hilaza. La dulce voz de vuestro hijo tierno, llegando a pedir «un beso papá» echado por su amante madre, que vela entre rendijas a su adorado esposo y quiere llegar a él y abrazarlo para ayudarlo, para animarlo y, aun no se atreve, porque no se le escape un hilo de su enmarañada madeja.

Pero el amor le avisa a la mujer y le dice: tu esposo se cansa, tu esposo se agobia, tu esposo necesita alimento; y la madre alecciona al infante y éste sí: éste puede llegar con su candidez y sonrisa y al poner sus labios puros a la espera del beso de su padre, éste se inclina y un beso resuena, que llena de armonía el universo y al levantarse con la dulce carga, se encuentra con unos amorosos brazos femeninos que abrazan las dos cabezas, y los tres, o más confundidos en uno solo, conducen al trabajador a la mesa, sobria siempre, pues el trabajador no vive para comer, come para vivir y vive para producir.

El holgazán hace todo lo contrario; y no quiero malgastar papel para describirlo; no lo merece; quitémoslo; las abejas hacen justicia.

Acaso es duro mi juicio; pero es juicio filosófico, juicio ético, juicio tomado fielmente de la Madre Naturaleza, en su libro de los amores culminantes y de progreso, y yo no puedo, ni quiero ser traidor a mis convicciones sacadas de aquellas inflexibles leyes de nuestra propia madre y no he de ser acusado de débil, ni de falaz. Pero estoy seguro de que, más tarde, cuando por mis juicios duros, austeros, sin apelación posible, serán entendidos, hasta mis más grandes enemigos lo agradecerán; y quisiera que fuese pronto, no por mi reivindicación, porque yo ya que sólo una corona de espinas me había de ceñir, al tener valor de decir las verdades sin miramiento a nada, ni a nadie, sino porque, cuanto antes mis enemigos se hagan conciencia, antes se vislumbrará la Paz de la especie humana, que no puede ser hasta que toda la tierra se considere y sea éticamente una sola Raza, porque entonces, sólo habrá hermanos.

Ensayen los hombres todos los métodos que quieran y crean según su bajo o pequeño criterio idealista o político y háganlo cuanto antes; pues así antes se desengañarán de que no son capaces de organizar la sociedad común, en la que el hombre es el individuo soberano, sin que nadie pueda eludir sus obligaciones para tener derecho soberano y habrá hecho suyo nuestro axioma «¿Quieres tener derechos? Créate primero obligaciones» Y será la más alta moral social, a la que queremos conducir a los hombres. ¿Será ése poco acicate, para que los hombres tengan amor al progreso, ya que es innato hasta en los enemigos de la justicia?

Sí; hasta en éstos es innato el amor al progreso, y lo demuestra cuando, después de rebatirlo, lo acaparan, robándolo a sus autores. ¿Que cometen un delito? Es verdad; pero eso mismo demuestra que tienen amor al progreso; lo que les hace ser delincuentes en su odio, por miedo al trabajo y sacrificio que el progreso impone. Y la causa de ese miedo es, porque temen que serán sometidos a un trabajo de bestias y trato de esclavos, como ellos impusieron al trabajador, para lo cual le negaron instruirse en las letras y las ciencias.

No, no temáis, verdugos ebrios de sangre. El hombre de trabajo tiene por característica la nobleza y ha abolido la pena del talión; pero os la aplicará si ahora os oponéis a su resuelta y omnímoda voluntad de implantar la justicia, tantos siglos deshonrada por vuestras pasiones: pero ya sabéis, no se admiten disfrazados en la nueva sociedad.

¿Seréis razonables? Mucho me temo que sigáis en vuestra ceguera y consintáis que haya lucha, en la que, estad seguros que perderéis todo, hasta la vida; y no será responsable el pueblo, puesto que os pide que os pleguéis a la ley del trabajo igual y al usufructo en común.

En este mismo instante se ha puesto de manifiesto que el plutócrata quiere caer deshonrado y aplastado por los escombros de su propio castillo.

Hace 20 días, el gobierno de España, dirigido por el siniestro Dato, el que obedece ciegamente al imprudente y tambaleante Rey Alfonso XIII, el dominado, el esclavo de la Religión Católica, hace 20 días, digo, lanzaba a todo el mundo las alegrías de un ruidoso triunfo electoral, triunfo debido a dos causas de descomposición irremediable de la política falaz: primera, las mañas y marañas; y segunda, indiferencia del pueblo, que significa, no descuido de sus deberes y derechos, sino desprecio de los gobiernos y reyes falaces y fatales.

Pues bien: a los 20 días, la voz del pueblo, que es ley, recrudece en sus terrores y en toda España, todos los empleados del Ministerio de Hacienda, se rebelan y abandonan sus puestos y el gobierno se ve ante la disyuntiva de ceder o abandonar el poder.

En cualquiera de los dos casos, la autoridad está desconocida. ¿Cede? El pueblo manda. ¿Dimite el gobierno? Significa el derrumbe de la política, de las instrucciones, del Rey, de la monarquía y de todo lo que la sostenía.

Es que, hasta en esos empleados de historia servil, ha renacido el innato amor del progreso. Y el progreso, que es un terrible rodillo, con fuerza insuperable y ya puesto en marcha triunfal por el querer del pueblo productor, no mira, ni entiende de jerarquías, ni dignidades, sino de hombres. Y el hombre que no sabe o no quiere subir en su carro, lo aplasta; y la rueda sigue impertérrita, insensible y cantando... Volveré.