CAPÍTULO QUINTO
EL AMOR A LA NATURALEZA: SU APROVECHAMIENTO

Este es otro amor innato: pero que obliga más que todos los amores, a amar la naturaleza.

Sí, obliga más la naturaleza que el mismo Creador, si pudiera ser divisible el Creador de la naturaleza, o ésta fuera ajena y sin dominio del Creador.

Y es que el Creador, autor de la naturaleza, le entregó a ésta todo su rigor y justicia y los dones, gracias, virtudes y frutos, por lo cual ella es la madre de todo lo material, pero hija igual del Creador que el espíritu, administrador de la Naturaleza.

He aquí cómo sola surge la verdadera Trinidad, que anula a la Trinidad irracional del Dogma Cristiano-Católico. Sí, Creador, Naturaleza y Espíritu, es la Trinidad del Macrocosmo, que engendra la segunda Trinidad del Microcosmo o del hombre: Espíritu, Alma y Cuerpo.

Estos breves puntos son suficientes ya a demostrar la causa y razón del Amor a la naturaleza, que el hombre tiene por la necesidad de sus frutos.

La naturaleza tiene órdenes tan severas que, sin ser el hombre digno, no le entrega ni el más mínimo secreto de sus leyes.

Pero sí, tiene orden terminante de darle al hombre en su infancia todos los alimentos y medios de progreso, hasta que adquiera la experiencia necesaria por el trabajo, de promiscuar unos elementos con otros para su mayor regalía; y nada le ha negado la naturaleza al hombre, mientras fue infante; es decir, en tanto no adquirió suficiente conciencia; pero en el momento en que derramó el hombre la primera sangre en lucha fratricida, la naturaleza hizo sus demostraciones de disgusto y sujetó al hombre a luchas más duras, teniendo que emigrar del punto de su crimen. Pero el lamento de la sangre lo persiguió y no lo dejara de oír, hasta que por fin no se derrame más una gota de esa esencia de la naturaleza, en lucha fraticida, de lo que afortunadamente estamos muy cerca y entonces veréis qué frutos óptimos y nuevos nos da esta buena madre del hombre, hija del creador, como su administrador, Espíritu.

Frutos óptimos y nuevo he dicho. Sí, la tierra esta preñada de gérmenes nuevos, de plantas de ricos frutos, en arbustos, tubérculos, gramíneas y hortalizas, sin que falten nuevas flores que nos embalsamen nuestro nuevo ambiente, al entrar en un nuevo plano: pero al que no puede ascender, mientras se derrame sangre, porque aquel plano ya es de regenerados.

Aquí tenemos una comparación de la ascensión de los Hombres. El amor de familia es raquítico, porque se circunscribe solo al hogar y hace explosiones porque no cabe en esa estrechez, de cuyas explosiones se fundan las ciudades y sin la multiplicación y federación de éstas, no se puede fundar la región, que será tanto mejor, cuanto más se amen todos los regionales, por un único querer y sentir, porque entonces tienen el amor puro relativamente, pero aspiran siempre a más.

Igualmente sucede en la Naturaleza que siente y palpa el amor, progreso y querer, de sus moradores.

Mientras éstos quieren ser solamente Egoístas, Materialistas y Fraticidas, la tierra se envuelve en una bruma espesa, que no permite que de ella salga ese magnetismo corrompido, ni se vean los charcos de sangre de sus fieros hijos, hasta que una mayoría se decide a dar la final batalla de principios y entonces los ayuda, entregándoles a los liberales secreto tras secreto; y cuando los ve estudiando, rasga por un lado su atmósfera para que entren los médicos, los hermanos mayores de otros mundos y juzguen la obra, para un cambio y ensanche de la casa vieja y mal oliente y se dan los secretos necesarios al saneamiento y tirar las escorias pesadas para que el planeta flote y ascienda a plano más puro, lo que no puede ser tampoco, más que cuando todo el mundo esta en el cuarto amor, que coincidirá inflexiblemente con la anulación de las fronteras, para de seguida, anular la propiedad.

Este ejemplo está bien patente en la naturaleza. En todos los órdenes y cosas que la examinemos, no encontramos una sola cosa que singularice para un individuo.

Es inútil que los hombres hagan divisiones parcelarías, porque a los lados de la división, nacen y se desarrollan las especies igualmente; y si los hombres no dividen la tierra, la tierra no se divide sola, ni nacen los árboles con el nombre del que se apropió el predio; ni el ternero, ni el cordero, ni otra cosa cualquiera nacen con el nombre de propiedad de ningún individuo. Y si la naturaleza no especializa nada a favor de nadie, toda apropiación es antinatural y es un robo al común de los hombres.

Si la tierra, en la forma en que hoy esta dividida por naciones en las que los otros son extranjeros y subdivididas éstas en partículas con marcas de propiedad, aun sin las luchas fraticidas, causaría temblor su vista a nuestros hermanos los mundos. Pero si a ésto se agregara la lucha rabiosa por conservar esas minuciosidades, que son patente de usurpación de derechos y que además, por muy rico que aparezca, no se basta a sí mismo: si en esta forma repito, la tierra ascendiera al nuevo plano para ponerse a la vista de los otros mundos, ninguno de aquellos seres dejaría de dar un triste sollozo, temiendo que pudieran ellos caer en tan ridícula y fratricida situación y hasta nosotros queríamos no existir, para no sufrir una vergüenza aplastadora.

No: nuestros espíritus saben esos desastrosos efectos: la naturaleza no quiere mostrarse tan maltrecha, porque sería una acusación al hombre su hijo y ella... Madre al fin y por lo tanto toda amor para su hijo pródigo, el hombre, se somete a una terrible operación depurativa, aunque sea por todas las catástrofes que presenciamos y aun por la amputación de una de sus protuberancias, donde el Maestro Espíritu ha ido depositando todas las escorias del hombre desde su aparición en la tierra, las que lanzadas al espacio a su hora justa, por justicia, las hará servir de reflector de las vibraciones solares, para iluminar las noches del hombre en la Comuna, siendo así una página con la firma de la ascensión de la tierra, a causa de haber tirado ese lastre.

¿Qué os parece de ese aprovechamiento de lo ya inútil para el hombre, por haberle exprimido sus esencias y gérmenes de vida? Y si tal ejemplo de economía, justicia y amor nos demuestra la Madre Naturaleza ¿cómo deberemos aprovechar las esencias que nos ofrece? ¿Y comprendéis que es lícito apropiarnos individualmente nada, puesto que la Madre no hace distinción para ninguno, ni ella creó los títulos, ni los disfraces carnavalescos, con que se distinguen los plutócratas? ¡Oh!... espanta el remordimiento que atormenta la conciencia del espíritu, al hacerse luz y poder razonar: pero no debe detener al hombre ese espanto, por que al fin, la luz a de resquebrajar la cáscara del alma: y cuanto más tarde sea, es peor.

Mas al examinar cómo los hombres emplean los frutos y dones de la Naturaleza, en elementos de tortura, de destrucción y muerte, en vez de bienestar y alegría, Paz y fraternidad, no podemos menos de compenetrarnos que la Madre Naturaleza (que no es insensible) ha de sufrir los horrores que sufriría nuestra madre natural, viendo que uno de sus hijos tortura, roba, deshonra y mata a su propio hermano carnal.

No puede evitar el martirio del uno y no puede acusar y entregar al castigo al otro degenerado, por misma; y si la justicia castiga al fratricida, la madre se cree deshonrada y decidme, si podrá haber dolor que iguale su dolor.

Mas calle la madre: trate por todo el tiempo que pueda de ocultar la defección y delitos de los hijos: ha de llegar forzosamente el momento en que el público que es Ley, echará en falta el defecto porque faltara en el número de la sociedad y entonces el juicio se impone.

De la misma manera, pero infinitamente más exacto, sucede en la Creación: y cuando llega el fiel de la balanza a su máximo, topa con la justicia y todo queda al descubierto, haciendo el juicio inapelable e inexorable, siendo entonces «el rechinar de dientes», y la maldad es descubierta y sujeta a su impotencia.

El que usó bien los dones y frutos de la naturaleza, los seguirá disfrutando sin estorbos; el que mal los usó, es desterrado de la sociedad y nadie puede alegar injusticia.

¿Un rey podrá culpar a su corona? ¿Un pontífice podrá culpar su tiara y Cetro? ¿Valdrán de nada los títulos y relumbrones? Sólo valdrán de fieles acusadores de malversores. Con esos trastos ficticios, se acusan ellos mismos y la Ley, cobrará...

Sacad de aquí la moral necesaria, para aprovechar en bien común los dones y frutos que la naturaleza nos ofrece en cada región, sabiendo que de aquello necesitan las otras regiones, y no neguéis su intercambio, porque del mismo punto central del Planeta proceden todas las regiones, confundiéndose todas en un punto indivisible del corazón del mundo.

Nuestro amor a la naturaleza no será, sin embargo, más que la reciprocidad que enaltece al hombre de sentimiento y moral, porque para cuando el hombre le devuelva siquiera sea un buen pensamiento o una mirada magnética de buena intención, la naturaleza le ha dado todo su ser en su cuerpo y alma: el amor mismo de su familia, el ciudadano y el regional, con el que lo embellece y lo regala tan desinteresadamente y aún lo incita a otro mayor amor porque, en otras regiones, puede ofrecerle mayores atractivos y más grandes bellezas y variedades de regalías.

Nos ofrece por sus aguas, pepitas y sales necesarias a nuestro progreso y salud, incitándonos a que rasguemos sus entrañas, para que recojamos los tesoros que anhelamos y allá va el minero rasgando los tejido de su Madre sin dolerle, pero no sin sentirlo, porque luego ve que aquel hijo obediente y amoroso que entra en sus extrañas con peligro de su vida, no aprovecha de ese amor de la Madre, ni de su sacrificio y sudor, porque otros muchos hijos, los holgazanes, los roban, los denigran y los matan, con lo mismo que ella se deja arrancar para el bienestar de todos. ¿Y cómo podría pasar esto sin justicia?

Ahora bien: la causa eficiente material o científica del amor a la naturaleza es, que el hombre tiene en sí todas las cosas de la naturaleza en su cuerpo y alma.

Es decir, que el alma del hombre está compuesta de un instinto del alma animal de todo los seres y irracionales: y su cuerpo de un instinto de todos los cuerpos, de todos irracionales y de todos los minerales y vegetales, causa por la que está en afinidad con todo y en el hombre obra y repercute toda vibración de cada uno de esos instintos de esos tres reinos y por lo cual puede dominarlo todo, porque de todo tiene una molécula de su ser, a fin de cada otra molécula de la naturaleza. Es en verdad de verdad el hombre la verdadera arca de Noé. ¿Y para que queréis mas diluvio, que las pasiones que se han de mover forzosamente en el hombre, por el antagonismo de unos y otros instintos?

En el «Conócete a ti mismo» y demás libros premencionados atrás queda atomizada esta gran cuestión: por lo que cierro este capítulo, diciéndoles a los hombres que tanto se han preocupado en averiguar «¿Dónde se engendran las pasiones?» En el antagonismo de los instintos. Ahí ahondar.