CAPÍTULO CUARTO
EL AMOR A LA BELLEZA IMPONE EL CRUCE DEL ETNICISMO

El amor a la belleza es también innato: y es una causa eficiente, para conducirnos al amor regional y siguientes amores, nacional y universal.

Presentimos de continuo mayores bellezas que las que palpamos en nuestro ambiente y tratamos siempre aun acaso inconscientemente de elevar nuestra belleza y adquirir el tipo ideal.

El ideal se asienta en nuestro pensamiento, con fuerza de una necesidad prepotente.

Sabemos empero que, el pensamiento no se convierte en realidad, sino por una acción de voluntad y evocamos esta acción por medio de un deseo que se hace carne en nosotros y nos conduce a realizar la obra haciendo pruebas y al fin, nos gozamos en la obra emanada, de la idea, del pensamiento y de nuestra voluntad: pero esos dotes no son de la materia: ésta, solo tiene instintos absolutamente conservadores que por su Ley, no están dispuestos a su propio sacrificio: sin embargo se someten y consienten en su transmutación, a causa de un raciocinio que les demuestra a los instintos que ganarán trasmutándose, porque sin dejar de ser, serán más bellos.

Como el raciocinio es solo del espíritu, es éste únicamente la causa de la voluntad y por lo tanto, el autor de la belleza.

Estos puntos simplemente científicos, son emanación ínfima de la sabiduría Suprema que está en él y maneja el espíritu en la eterna y continuada Creación.

Si ya no lo hubiéramos hecho, tendríamos que escribir aquí los grandes volúmenes enunciados en el capitulo segundo.

Sí: el hombre, siendo en verdad de verdad el Macrocosmo y microcosmo, encierra en mismo todas las ideas y bellezas de la Creación. No puede desarrollar sin embargo más que aquel grado de belleza que su progreso haya alcanzado en sus luchas de la vida; en sus experimentos y pruebas de cada existencia; y quien más haya trabajado, más experiencia tiene y más belleza ve y hace en todas sus obras y aun en sus mismos cuerpos; resumen de todas las bellezas de la materia.

La madre Naturaleza, tan sabia y previsora (aunque muda según nuestro lenguaje), es la maestra iniciadora de su mejor producto, el hombre, al que conduce sin que él se cuenta, adonde ha hecho una prueba, para que el hombre la encuentre, la vea, la copie y le sirva de principio.

La naturaleza, no es insensible ni obra tampoco al azar y capricho y está sometida y gobernada por un espíritu maestro, jefe de los espíritus naturales, que a su orden, ejecutan todo lo que la belleza de la creación exige, conforme a las depuraciones graduales sufridas.

Nada le es difícil obrar al espíritu Maestro, dentro de la ley en la Naturaleza, ni aun renovar la faz de la tierra hundiendo un continente desgastado o corrompido y levantando otro del fondo de las aguas: y es ese espíritu el que fomenta los volcanes y mueve la tierra en un baile tarantula enloquecida, para avisarle al hombre que «Nada puede contra el Creador y su Ley».

Todo eso, como romperle los chiches al soberbio hombre niño, con puñados de confites granizados, hinchar los ríos y etc., etc., le cuesta muy poco trabajo al espíritu jefe de la naturaleza, porque cada molécula que la compone, es un espíritu natural, que cumple rigurosamente la Ley y obedece ciegamente a esa Ley.

Pero en el hombre sí, encuentra tan terrible resistencia, que millones de veces se ve precisado a repetir las pruebas de la belleza y también a corregir duramente al hombre, único animal díscolo y desobediente, por causa de que el hombre está compuesto en su alma y cuerpo de todos los instintos de todos los animales: y es una jaula tan revuelta, que el no enloquecerse el espíritu que se encierra en el hombre, es bastante mérito, para que su hermano mayor, Maestro de la Naturaleza, le repita ciertas pruebas de la belleza, muchas veces, mientras a él se lo permite la Ley.

El espíritu encerrado en el hombre está preso, opacado y aun obscurecido completamente, según la opacidad y pesantez de su alma y cuerpo: pero le queda el oído y la percepción más o menos lúcidos, para seguir por el eco, al llamado de su guía.

El espíritu Maestro, quiere mostrar al hombre cómo conseguirá recoger toda la belleza de los tipos en un solo tipo y todos los frutos de una especie, en una planta de su misma familia; lo que quiere decir sencillamente «Fundir los Etnicismos».

Pues bien: en el bosque, dos frutales silvestres, (no casual sino inclinados a voluntad del Maestro Espíritu) se cruzan en sus troncos y se encastran uno en otro, uno en otro, dando frutos deliciosos, en vez de agrios o ásperos de sus especies.

El hombre, que ha sido atraído por la fruta más bella que la de sus vecinos, ha aprendido el injerto, con lo que puede transformar un monte improvechoso, en un manantial de satisfacciones.

Ha visto que un animal de diferente especie, se ha cruzado con la hembra de otra especie y obtuvo el secreto de producir un híbrido, todo belleza y fortaleza.

El mismo hombre, encuentra una hembra de facciones y color diferentes, con la que se cruza obedeciendo a sus instintos especiales y ve nacer un intermedio de los dos, pero más fuerte e inteligente y que además no le asusta, ni una ni otra raza: y van así mestizando, ascendiendo en perfección y cada vez procurando mayor belleza.

No traigamos aquí a colación las mil peripecias del prejuicio y de la inexperiencia ocurridas, porque eso queda a cargo de los naturalistas, geólogos y sociólogos; pero que, algo dejamos dicho en nuestro «Buscando a Dios» y «Conócete a Ti Mismo» y más explícitamente en nuestro «Código de Amor Universal» en la Ley del cruce de las razas para constituir una sola Raza: pero es sólo a título de guía, para su estudio más vasto y perfecto, que debe hacerse en la Comuna.

Ahora, ya esbozado cómo la naturaleza nos enseña el modo de propender a la belleza ideal, debemos comprender que, si nada hubiera en el hombre más que lo material, no sería posible llegar a comprender esas sublimes lecciones y no llegaríamos a crearnos los tipos ya casi perfectos que hemos alcanzado en la especie humana.

Pero hay un secreto grandísimo que descubrir aquí, que a unos causará risa y a otros decepción: y es que, sin pensar, la coqueta y deslumbrante rubia de cabellos de oro y ojos azules como el firmamento y carnes delicadas como el Éter y formas esculturales, se envuelve con el negro de mota como el carbón y labios de sangre y gruesos y los junta besándose con frenesí con los suyos suaves, aromáticos y delicados como los pétalos de rosa: y sin embargo, ve a una hombre apetecible y de su gusto.

Pero lo mismo le pasa a ese enamorado que se funde en aquellos encantos de su amada, que bajo aquellas dulzuras y delicadezas, encubre las monstruosas formas de la hembra desgreñada, de pechos largos que se los cargaba al hombro, de mirada esquiva y fiera y de formas descomunales y feas, antiestéticas y descuidadas.

Sí: esos tipos, ya bellos, pasaron por esas edades retrógradas y fueron el indio, el esquimal, el cazador fortuito, el salvaje y el antropófago, que aunque no lo veamos hoy en nuestra casi perfecta estructura, están esas figuras en nosotros, porque lo hemos sido y no podemos dejar de haberlo sido.

Si no estuvieran en nosotros esas imágenes latentes y reales, no tendríamos tampoco innato el deseo de belleza y aquellas fealdades (que tuvimos porque como aprendices no sabíamos hacernos mejor) aquellas fealdades, repito, nos sirven de estímulo a la mayor belleza y de parangón con la que cada nueva existencia alcanzamos.

Aquí estriba también el secreto, del dominio de los instintos por el espíritu, como el poder presentarse materializado en tantas corporeidades, cuantas existencias ha tenido, pudiendo decir que, cada existencia, es una página de su archivo, en la que como identidad, es infaltable su fotografía inédita.

Cuando se presenta por ejemplo Jesús, en su existencia de Isaac o de Antulio, puede prescindir de la de Jesús y prescinde, para así solo recordar la página de página de Isaac y de Antulio.

Esto sirve en el estudio del espiritismo, para poder hacer una verdadera historia del espíritu en sus continuadas existencias. Pero debe advertirse que, sólo cuando el espíritu ha llegado a un conveniente progreso y lucidez, por haber dominado la mayoría de los instintos, no hacen alusión a existencias de poco nombre o que los hacen sufrir.

En ese espejo tiene que mirarse totalmente el espíritu y de aquí colegir si tendrá empeño el espíritu en adquirir belleza, para reírse el mismo de sus primitivas fealdades, por dos causas primordiales: la primera, por la rusticidad de materia poco depurada; y la segunda, porque era aprendiz de la arquitectura de sus cuerpos.

Ya podréis comprender que, aprendiz y con malos materiales, no se podía exigir obra perfecta.

La ley también tiene aquí una poderosa arma para dominar a ciertos orgullosos tipos, por una errada educación y conviene advertir que, ciertos sueños, (que son visiones) de hombres feos y desaliñados son nuestras mismas figuras de otras existencias: como también luchas, hecatombes, persecuciones, etc., etc., son reminiscencias de nuestros actos, que nuestro espíritu va registrando mientras reposa su cuerpo y le trasmite algunos hechos por medio de su alma, o periespíritu, con un buen fin.

Ahora, referente al cruce para crear un único tipo: una única raza, ya hemos llegado a suficiente altura de progreso para realizarlo científicamente; pero como lo hemos legislado en nuestro «Código de Amor Universal», acudid allí para sus prácticas y en tres generaciones, se habrán promiscuido todas las razas y será una sola raza, que absorberá todas y no habrá muerto ninguna; pero se habrán armonizado en un solo tipo, con todas las variedades necesarias a la belleza complementaria.

Nadie puede dudar que en el cruce ha de dominar forzosamente el tipo más perfecto y el más fuerte ; y si juntáramos por ejemplo, una mujer rubia pero no instruida, con un hombre de color negro y fuerte, estad seguros que dominará el tipo negro. Pero si la mujer rubia es fuerte y además educada lo conveniente en los secretos de su misión, la unís con un negro débil y sin maldad y veréis que dominará la hembra y sus hijos serán el tipo medio; o sea trigueños y de pelo castaño. Esto es en regla general que tendrá excepciones; pero que no quebrarán la ley.

Lo que no podemos consentir, es en la unión para la procreación entre parientes consanguíneos, salvo que sean de continente completamente opuesto y un así, se podría consentir solamente en casos excepcionalísimos de misión, que por los conocimiento que nos da el Espiritismo, podemos asegurar; pero que por ningún concepto se consentiría la unión de sus hijos de matrimonios que ya era consanguíneos; porque por fuerza serían cretinos o imbéciles, aunque pudieran ser bellos tipos; cosa también rara, pero que lo hemos visto.

La Ley Suprema, que infunde en cada espíritu el deseo a la belleza, se aventaja a la ciencia para el cruce de razas y a cuyo efecto infunde también el deseo y «Amor a la expansión del Amor» por lo cual se promueven las emigraciones e inmigraciones; y no hay más que parangonar el tipo indio que aún queda alguna muestra en algunas comarcas de esta América, con el tipo porteño que hoy, cruzado del indio y el español y más tarde con el italiano y con otras nacionalidades.

Comparemos el tipo de la andaluza; el de las moras de Marruecos y las Turcas y Caucásicas; cruzados incesantemente con razas diferentes y no podréis menos de apreciar la urgente necesidad de empezar pronto el cruce científico; apoyado por las inmigraciones que ya todos los países reciben, por que impera la Ley del «Amor ala expansión del Amor».

Hoy la raza Hispana, absorbe por completo la raza Adámica y lleva en sí todos los progresos de todas las evoluciones y civilizaciones y las vertió donde la Ley le marcó: en «Aquellas islas apartadas» que JEHOVÁ señala por Isaías, llamando a Jacob que se levante y lo llama en Occidente: son las Américas aquellas islas, en las que aún no había escrito ninguna Ley, de la que es madre, la ley Sánscrita de Shet.

Dispónganse, pues, los conscientes hombres y mujeres al sacrificio de sus gustos agradables, por los resultados útiles, que el premio será grande, en unidad de una sola raza que forzosamente sentará la deseada Paz.