CAPITULO DIEZ
EL AMOR A AGRANDAR EL AMOR

Quien no renueva su alma con los pasos del tiempo, es un árbol enfermo; con la desventaja de que no puede morir y alarga su sufrimiento.

Si renueva su alma en esos pasos, es decir en las evoluciones del progreso que marcan los pasos del tiempo que llamamos epopeyas, necesariamente sentirá mayor necesidad de espansión; no cabe en la ciudad, como no cupo en la familia, y siente Amor a agrandar el Amor, buscando su ensanche con los de otra ciudad. Quedemos aquí esta base para el capítulo siguiente y aquí sirve de corona a esta segunda parte o segundo Amor, que es el amor ciudadano.

Pero hemos dejado culminante en el capítulo precedente, en la lucha de los dos extremos, del Amor y del Odio, del parásito y del trabajador, del Espiritismo y del Espiritualismo, y debemos volver aquí sobre algunos de esos puntos que han de comprobar que también es innato en el hombre, el Amor a ensanchar o agrandar el Amor.

«Id, hijos míos, a acrecentar la Creación, y cuando seáis maestros de la Creación, venid amí y siempre os espero», dice el Padre Creador a sus hijos los espíritus cuando los emite de su mismo ser, para poblar un mundo nuevo. Este sólo punto confirma eficientemente, que el amor es innato en el hombre, puesto que es hombre sólo por el espíritu.

Lo confirma el Legislador Shet, escribiendo en el Sánscrito: «Los hombres todos, de toda la tierra, hermanos son». Abrahán lo confiesa en su testamento, en el que en nombre de Hellí, dice que, ángeles y demonios, son hijos del mismo Padre, y a todos los llama con el mismo y único Amor.

Moisés lo legisla nuevamente en sentido social, mandando: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», y Jesús, como gran Maestro moralista, extremó este punto, diciendo: «Amad a vuestros enemigos».

No es mi costumbre hacer citas, porque tampoco es tiempo de éstas, ni la razón necesita de ellas; pero las tomo, porque aun muchos hombres luchan con la duda de su razón prejuiciada por las mil tendencias religiosas, todas en general falaces, y es necesario arrancar de una vez esos cardos que expuse en el capítulo octavo, aunque nos pinchen al cortarlos, para librar el trigo que debe ser fruto de nuestro progreso, de nuestro Amor a agrandar el Amor.

Es por esto que hemos dejado descubiertos los dos extremos, en el capítulo precedente, en las estrofas del que no puede equivocarse, que podéis comparar con la iniquidad rabiosa de ese asqueroso juramento religioso, que pronuncian esos llamados «Caballeros de Colón».

Si habríamos de comentar cuanto encierra esa pieza inicua, llamada juramento y hecha al pie del altar, resultaría un juicio que no admitiría misericordia y habría que meter el «hocete» y cortar sin miramiento a nada. ¿Pero dónde estaría aquí el amor a agrandar el amor? Sería usar el «Ojo por ojo y diente por diente» de la pena del talión, que no puede ser justicia equitativa, porque no podríamos tener la misma cantidad de odio y sangre fría para el crimen que ellos pueden tener, porque están familiarizados, avezados en el crimen, porque para eso son religiosos; hombres que han relegado sus derechos al querer de la religión, como lo confiesan en ese juramento de no tener voluntad propia, obrando insensiblemente, «Como un cadáver».

En nuestro juicio al Dios religioso de la «Filosofía Austera Racional», hemos atomizado las causas de esa depravación de los Cristianos Católicos, que pierden en su fanatismo hasta el germen humano, para convertirse en fieras sin sentimiento ni corazón, perdiendo toda la moral que dignifica, siquiera sea al hombre rudimentario de los mundos de expiación.

¿Pero acaso nos está prohibida la defensa propia? ¿Y no es meritorio castigar al enemigo con sus mismas armas?... Acudid a la lógica: consultad todos los grados de Justicia; sacad consecuencias de las leyes de gravedad, de la química, la física y la mecánica y la ley de las fuerzas os demostrará en todo, que la defensa propia es innata; que tenemos obligación de conservar la existencia; que el más domina al menos; pero que el más es siempre el polo positivo, lo puro, lo justo y la razón de todo: por lo que, al fin, en el tiempo, triunfa siempre.

De aquí sale una consecuencia moral de tan máximo valor, que al hombre de razón, al antirreligioso y por lo tanto hombre entero, porque no ha relegado sus derechos, que le prohibe usar de la pena del talión en ofensiva, es decir, que espera prevenido el ataque del sin razón, para hundirlo y castigarlo con las armas mismas con que quiere destruir a la razón y al hombre de razón.

En estos mismos momentos está practicándose en la más lata y alta expresión nuestra tesis. Se nos ha impuesto de las «Marañas» de los religiosos y sus ciegos esclavos, que creen en la Ley que habla el rey; pero que no saben que la ley es un rey mudo y como tal no puede ser, ni falaz, ni injusto; y el pueblo, que ha leído esa ley, derroca al rey y establece el derecho igual con la obligación igual.

Esto equivale a anular la falacia religiosa, sostenida con las armas de los reyes, bendecidas por el Pontífice, para cuyo fin los creó la religión; y así tienen razón los «Caballeros de Colón» cuando confiesan que «el Papa está sobre los reyes y gobiernos y los puede destruir sin prejuicio», porque son sus esclavos.

Esto nos trae al palenque una cuestión gravísima, que aunque pertenece al quinto amor, no podemos declinar nuestro deber de plantearla aquí y es: si el Pontífice o Papa, como se confiesa en ese juramento y como lo tenemos probado en la historia política de los Papas católicos por P. Lanfrey, nombra, depone, crea y destruye reyes y gobiernos, los gobiernos y los reyes que el Papa crea y destruye, no son hechos por el pueblo y no son del pueblo. ¿Tiene el pueblo el deber de respetar ni de obligarse a esos gobiernos y reyes que el Papa puede crear, deponer y destruir? La razón de estado, el derecho ciudadano fundado en la soberanía popular, afirma por buena ética y justicia, dice que NO.

Y como esa acción plutócrata destruye el derecho soberano de la sociedad colectivamente, y el ciudadano, individualmente, por la obligación inalienable de la defensa propia, del derecho obligatorio de vida, está obligado a oponerse a esa usurpación de derechos en todas las formas políticas, aun revolucionarias, y será responsable por cómplice por lo menos, de su esclavitud, si no arrebata del plutócrata los derechos robados con tanta maldad.

Extendamos este juicio Ético a los poderes civiles y resultará que, el ciudadano, no está obligado a respetar al poder público, ni defenderlo, ni cumplir sus imposiciones, desde que no lo ha creado el pueblo.

Se quiere sentar, sin embargo, como principio de justicia, que «está obligado todo ciudadano a respetar y cumplir las órdenes por el poder constituido», lo cual es siempre una tiranía de la plutocracia religiosa, que si no creó directamente a los poderes llamados gobiernos, se deben a su influencia y mañas, las que el pueblo absorbido en el trabajo, no puede ver ni prever; y cuando se puede dar cuenta del amaño, es cuando ve su esclavitud; y entonces sólo una acción cruenta puede librarlo del plutócrata.

Pero como éste, por las mañas, se ha apoderado de las armas que el ciudadano ha pagado para su defensa colectiva, es asesinado con sus mismas armas por el mañoso, constituyendo esto un delito de lesa humanidad.

Queremos extraer este juicio Ético: queremos probar en toda su magnitud que un gobierno no es el estado, sino simplemente un apoderado que el estado soberano, el pueblo, da a un ciudadano; y aparte de todas las razones llevadas a Juicio inflexible en nuestra «Filosofía Austera Racional» sobre este punto, debemos decir aquí dos cosas superabundantes de prueba: 1.° que aun no hay ningún gobierno plebiscitario; y 2.° que sólo el pueblo es responsable y paga las cargas del estado.

Que no hay un un gobierno plebiscitario, está sobradamente probado en las protestas y revueltas populares; y no hay una sola protesta que no tenga fundamento y razón por cualquier lado donde se mire; y no sólo no hay un gobierno plebiscitario, pero ni siquiera de mayoría. ¿Y cómo, pues, se constituyen los gobiernos en las repúblicas y se sostienen las monarquías? se preguntará; ya lo hemos dicho, por las mañas y marañas.

Nadie puede dudar, por ejemplo, aquí en Buenos Aires, que la ciudad cobija 1,800,000 habitantes, que todos levantan sus cargas y mantienen y componen la sociedad, sólo les dan el derecho del voto a 200,000 ciudadanos, o sea a la novena parte. Y no es que no quieran todos ese derecho, sino que para adquirirlo, le imponen leyes y condiciones mañosas y esclavizantes y tendentes, por ejemplo, a matar un sentimiento nato, que es lo más irracional que produce la maña y la maraña de la teocracia, autocracia y plutocracia, encastillada en el crimen.

Yo llevo 18 años de residencia; he tenido establecimientos de comercio y de industria; he construido un hogar argentino, con una mujer argentina, y tengo hijos argentinos; he fundado una Escuela de la más alta moral y sabiduría, que extiende sus ramas o doctrinas a todo el mundo, para grandeza de esta tierra, y no tengo voto, porque no quiero ser miserable renegando de la tierra que me dió mi etnicismo y cuanto soy, que se lo traje a esta tierra, que amo tanto como aquélla; y si quiero ser elegible y elector, he de someterme a arbitrariedades de leyes absolutamente inmorales y faltas de fuerza racional y lógica, porque se oponen a las leyes naturales y a mi libertad.

Sin embargo, me conminan las leyes impositivas y satisface y satisfago mi toca parte de contribuciones, que lamento, porque parte de ellas son para alimentar a los inmorales, parásitos, mañosos y marañeros civiles y religiosos, y es mi deber quitarlos y en ello trabajo; pero no con mañas ni marañas, sino con principios de moral, con justicia; «Con Amor a agrandar el Amor». ¿Que me dan esta libertad las leyes? Niego. Esta libertad, me la doy yo mismo, por mi conducta; que si la Constitución Argentina me ampara en sus artículos, las leyes sociales que yo no he votado, que yo no he aprobado y que no votaría ni que aprobaré, me quitan la libertad de elegir o de ser elegido; y si me consiente la sociedad plutócrata, es porque mi ética es intachable, mi conducta necesaria para el ejemplo y mi labor, en todos conceptos, ejemplar y necesaria.

Yo formo parte del estado soberano y pago al representante del estado pueblo y no puedo, sin matar un sentimiento natural, llegar a las Cámaras legislativas, donde impondría la moral y la justicia; ni al gobierno, en que sería conductor del más alto progreso del pueblo, pero para el pueblo. ¿Puede haber una mayor injusticia que la anotada? ¿No se considera traidor al que deserta, reniega o vende a un partido, una colectividad a cualquier otra colectividad a la que juró defender, sostener o propagarla? En los traidores nadie tiene confianza. ¿Qué confianza se puede tener en aquellos que por llegar al queso reniegan de la tierra en que nacieron? ¿Merecerán mayor aplauso y respeto los gobiernos que amparan y condecoran a esos... renegados? Si vendieron, si renegaron de la tierra de la que son carne, ¿qué harán de la que sólo aman por el... queso?... Eso es para éstos, patria, hogar, familia, sociedad, partido, moral y todo.

Si, en cambio, fijada la residencia y más formando su hogar, al hombre se le dieran esos derechos sin que los tenga que solicitar, ni renegar de su tierra natal, habría «Amor a agrandar el Amor» y podría haber un gobierno plebiscitario, que sería por fuerza la representación de la verdadera mayoría ciudadana.

En cambio, está latente sobre mí, como parte de los habitantes de la ciudad y de la Nación, las cargas de ésta y no tengo derechos.

Efectivamente; esta nación debe 500 millones. He visto pasar, como presidentes al general Roca; al Dr. Manuel Quintana; al Dr. José Figueroa Alcorta; al Dr. Roque Sáenz Peña, al doctor Victorino de la Plaza y al Dr. Hipólito Irigoyen; muy cumplidos caballeros, más buenos políticos que ciudadanos, o más buenos ciudadanos que políticos y los 500 millones siguen debiéndose y los debe el pueblo Argentino y no ninguno de esos cumplidos caballeros, aunque sean ellos los que innecesariamente han hecho la deuda sin consultar al pueblo pagano y productor, pero con refocilo del parasitismo civil, pero religioso con los religiosos improductivos, pero que tienen mañas y marañas.

Lo mismo que aquí y mucho más, pasa en todas las naciones, llegando ya a no poder pagar sus deudas ninguna de ellas, ni el pueblo a vivir por la carestía de todas las cosas. ¿Qué se impone ahora? Lo que el pueblo ha empezado a hacer en todos los países: escardar, arranciar los parásitos, darse la mano todos los trabajadores por «Amor a agrandar el Amor», rompiendo las fronteras bajo el terrible castigo, pero muy justo, de que «Comerá sólo el que trabaje». Pero téngase en cuenta que nosotros hemos quitado todas las tangentes que tiene esa sentencia y se sienta por «Amor a agrandar el Amor», que: «Sólo el trabajo productivo regenera y da derecho al consumo».

Y bien; terminamos esta segunda parte, en la que hemos demostrado la mayor grandeza que encierra el amor ciudadano y ha surgido por natural progreso «El Amor a agrandar el Amor» que nos da base y entrada al tercer amor regional.

Hemos tenido que tocar puntos que ya pertenecen a los tres amores restantes de examinar y aclarar, porque a causa de haber llegado a nuestras manos documentos que delatan a los causantes de las luchas de los hombres y les tuvimos que dar cabida en el segundo amor, porque es en él donde los hombres se muestran lo que fueron en el primer amor y lo que son en los otros amores más elevados.

En el primero, fueron la afrenta del hogar; en el segundo, los antagonistas del progreso; en los restantes son la polilla y la traba del progreso y los verdugos de la humanidad, los causantes de la hecatombe final al destruirse sus mañas y marañas; por lo cual el pueblo los saca de sus trincheras, donde se avallaban para herir a mansalva.

La ciudad, en manos de esos desgraciados, fué foco de infección, claustro oscuro, cosa de servidumbre. En manos del hombre libre, se convirtió en Ateneo, en centro urbano poblado de jardines, en una exposición del talento y la cultura, en un hogar grande, afeado únicamente por esos degenerados, que continuamente acechan la inocencia para corromperla y con sus mañas y marañas deshonran hogares y denigran a la sociedad, que ya no quiere tolerarlos y mantenerlos; por lo que han descubierto su rabia en muchas ocasiones y ahora lo confiesan en ese famoso y original juramento, justo epitafio de su tumba y la ciudad será desde que serán expulsados, el gran hogar placentero y el templo de la moral, que se sumará a la de todas las ciudades de una región etnográfica, que compondrá el tercer amor.