CAPÍTULO OCTAVO
EL AMOR A LA DEFENSA INDIVIDUAL Y COLECTIVA

Este capítulo está planteado en el anterior; pero no faltan razonamientos y ejemplos que traer para llenar éste.

La defensa es instintiva y demuestra el amor a la vida, que es innato en los seres todos y todos se defienden en la medida de sus fuerzas y facultades.

Hay gravísimas excepciones de los suicidas por cualquier causa y de los fanáticos que se dejan sacrificar por no ceder a la razón, pero esto no quiebra la ley general; es un lunar del progreso, de la razón y de la civilización.

Hay casos de heroicidad entre los mártires, que conviene distinguir bien, para tenerlos en cuenta y condenar como suicidios a los demás con la agravante de retrógrados.

Los héroes son aquellos que, luchando por un idear racional, no vacilan ante la muerte; pero no la buscan, la rehuyen cuanto pueden, mientras tienen la esperanza del triunfo, o por lo menos hasta que logran encarnar la idea en el pueblo, y entonces ya no vacilan y aun desafían frente a frente a sus enemigos, aun sabiendo que serán víctimas de su ceguera.

Héroes de esta naturaleza son: Juan el solitario, arremetiendo a los magnates y llamándolos «Raza de víboras»; Jesús, su heredero y continuador, huyendo de pueblo en pueblo del odio y persecución de los sacerdotes, pero llamándolos «Sepulcros blanqueados»; majada de puercos, caterva de ladrones, manada de esclavos encadenados de noche, etc., etc., y ninguno de los dos se calla ante sus enemigos, aunque Juan ve la cuchilla que segara su cabeza y Jesús la cruz de su patíbulo.

Les sigue en valor y coraje, siglos más tarde, el nunca bastante estudiado Giordano Bruno, que después de fugas y tragedias, es puesto en la pira y entre las llamas profetiza: «Rodarán los siglos y los patíbulos se convertirán en monumentos de gloria: caerán los tronos y los altares y la humanidad será libre de la ignominia y el fanatismo». Profecía que vemos hoy ya casi cumplida.

A estos tres verdaderos héroes hay que sumar todos los que por una idea racional, han caído por el odio civil o religioso, aunque lo veamos aparentemente revestido con capa de civil.

No son ni héroes ni mártires, ninguno de aquellos que han caído porque defendieron una religión irracional, como lo son todas; ni son héroes ni mártires los caídos en los campos de batalla oponiéndose a las ideas de libertad y progreso. Son suicidas con todas las agravantes de un delito de lesa humanidad; pero, en cambio, los sacrificados por esos fanáticos retrógrados, conservadores, sí, son héroes y mártires, aunque los veamos militar en las ideas anarquistas y uno de éstos es Francisco Ferrer. ¿Por qué?... Porque sólo llevaban un fin: libertar a la humanidad del yugo de la ignorancia y del fanatismo religioso y de patria, porque sabían que la patria del hombre es toda la tierra y la del espíritu todo el Universo, y hoy lo confirman constantemente sus espíritus, que siguen batallando más fuerte que de encarnados, y son ellos los mártires de las ideas, los que mueven y llevan a los hombres de progreso a la lucha y la revolución social, para libertar de una vez a la humanidad y sentar la comuna de amor y ley; es ésa su misión, que no eluden; y sabed que ya no están todos ellos en espíritu, sino que están encarnados, tomando parte nuevamente con sus cuerpos nuevos. Esta es la resurrección: reencarnar continuamente.

Y bien; ¿por qué estos hombres y los miles de millones que los siguieron y siguen, cayeron una y más veces mártires de su ideal? El por qué es el mismo de siempre. El amor a la concupiscencia de los parásitos. La causa es otra y dolorosa; pero noble y justa: la defensa propia innata e instintiva; y si en los que he señalado héroes y mártires, esa defensa es noble y justa, será forzosamente innoble y criminal en sus enemigos ciegos, por la concupiscencia. ¿Por qué puede ser esto, si unos y otros espíritus han salido del mismo Padre y con el mismo mandato y mismo caudal de fuerza, sabiduría y amor?

En todas nuestras obras hemos dejado estudiada y juzgada esta cuestión, que nos releva aquí de muchos juicios; pero como ha surgido la pregunta, por buena ética, la hemos de contestar.

Sentemos primero que existen mártires y tiranos, lo que no necesita juicio, porque son hechos históricos por desgracia para la humanidad.

Sentemos también que el Padre en su Ley impone sin obligar, lo que precisamente lo hace omnímodo y omnipotente, y dijo y dice a las familias de espíritus que emite de sí mismo y de su propia naturaleza: «Id, hijos míos, a acrecentar la Creación, y cuando seáis Maestros de la Creación, venid a mí, y siempre os espero».

Hemos expuesto en la «Creación del alma humana y aparición del hombre en los mundos» de nuestra «Filosofía Austera Racional», las evoluciones que tiene que soportar el espíritu, para poder ascender hasta el mundo de expiación, primero de responsabilidad de todos sus actos; y en el estudio de las religiones en la misma filosofía y más especialmente en nuestros libros aun inéditos, «Profilaxis de la vida», «Buscando a Dios», «Conócete a ti mismo» y en el «Código de Amor Universal», está atomizada esta materia y en ellos se ve cómo unos espíritus no perdieron su luz y su conciencia del deber de acrecentar la Creación para ser maestros de ella como les es mandado, causa por la cual siempre trabajaron. El trabajo no deja lugar a la intriga, a la molicie ni a la astucia.

Pero otros gustaron desde el primer momento de los goces de la materia, tomándolos sin medida de todos modos, en todas formas y a cualquier precio, sin miramiento de usurpar el derecho de los que seguían la Ley del progreso. Estos, cansando al cuerpo con el trabajo, no tenían tiempo de ver que los otros, con su astucia, les presentaban el sentimentalismo que, el trabajador, necesitando de expansión, le dió crédito, con lo cual creó él mismo el sacerdocio y parasitismo.

Aquí se podrá achacar que la culpa es de la ignorancia del que admitió el engaño; no podemos aceptar esa tesis, ni aun como teoría, porque sería una inmoralidad; esas teorías fueron fuertes entre los plutócratas descendientes de aquellos primeros marrulleros parásitos, cobardes al cumplimiento del mandato y ley supremos. Mas hoy, ante la luz de la razón y la Filosofía Austera, esos llamados medios plutócratas y sacerdotales, son crímenes de lesa humanidad y Deidad.

Cuando aquellos trabajadores se han hecho Maestros, han tomado su cátedra correspondiente: han visto sus productos robados y mal gastados por los falaces y sin necesidad de nuevo mandato (porque perdura el primero), quieren en Justicia recabar el usufructo de sus luchas y trabajo y desmienten al Falaz, al que, como cardo dañino entre el trigo, la ley de conservación exige arrancarlo, y esto es lo que hace hoy el mundo trabajador, por amor al bienestar propio y común de todos los trabajadores.

Claro está que cuesta pinchazos arrancar esos cardos (yo los he sufrido en esa labor ), pero si se dejan, matan al trigo y es la cosecha perdida.

En la labor de escardar, también sucumben algunas plantas del trigo cortadas sin querer, al arrancar el cardo y por las pisadas inevitables del escardador; pero esto no puede detenerlo, aunque le duele cada tallo que ve caer; pero le consuela que, por cada planta que sucumbe, ha libertado a mil que le darán larga y dorada espiga, en pago a su lucha y pinchazos. Aplicad la parábola a la lucha social de hoy, considerando en buena Ley a los trabajadores, los escardadores del trigo humanidad, y estad seguros que, los que caen en la lucha de éstos, son las plantas que necesariamente se sacrifican para arrancar los cardos y parásitos, que comerían, como lo hicieron siempre, el trabajo de todos y ya no puede ser esto en las presentes generaciones.

Tenemos que ser meticulosos en esta cuestión de la ética. Se nos va a decir por los falaces que debemos arrancar que «Es una injusticia que caigan los sin culpa», o que «Paguen justos por pecadores», que ha sido el estribillo hipócrita con que detuvieron siempre la acción del pueblo, porque saben que el obrero ama en verdad a sus semejantes; pero ahora el pueblo se ha hecho conciencia perfecta del fraude religioso y a la lucha va, a costa de su propio sacrificio por última vez, sin dar cuartel al que no quiera acatar su soberana voluntad y no puede pararse ante el dolor de ver caer algunos de los escardadores, aunque sean sus propios hijos, padre y hermanos; es que ha llegado el momento sublime cuanto terrible, de hacer cumplir la ley y mandato del Padre, de vivir todos los hombres como hermanos en la igualdad de derechos y obligaciones, por lo que se implanta el severo artículo legal de: «El que no trabaja no come».

Nosotros lo hemos dulcificado en lo posible y para buena inteligencia hemos sentado que: «Sólo el trabajo productivo regenera y da derecho al consumo».

Eso de que «pagan justos por pecadores», en el sentido que las religiones lo exponen, es su gran falacia y su disfraz de bondad de tigre audaz y en acecho. En esta lucha no pagan más justos que los mismos obreros, forzados a luchar por sus derechos usurpados; y hoy no hay más pecadores que los parásitos, civiles y religiosos.

La hipocresía tuvo su auge y ya no se la quiere tolerar; para lo cual el obrero se ha hecho sabio en las artes, las industrias, el comercio, las ciencias y todos son filósofos austeros, que saben, por estoicismo, preferir lo útil a lo agradable; lo que confirma por todo, nuestro epígrafe «El amor al bienestar propio y colectivo» que observamos en la vida ciudadana.

En varios de nuestros libros hemos tratado el punto «de pagar justos por pecadores» y en el «Código de Amor Universal» lo hemos llevado a sentencia y sentádolo Ley de que, no hay ninguno que no pague lo que debe; pero particularizándonos con ese punto, hemos tomado como base los hechos mismos de los hombres, probando con ello que, en el caso presente de expulsión de los espíritus detractores, no hay injusticia en la Ley, como quieren sostener los desterrados. En efecto: la tierra se tuvo que declarar en quiebra por los morosos parásitos que no pagaron nada a la Ley y desequilibraron la sociedad humana; y al pedido justo de los trabajadores, acreedores en todo derecho, el Padre ordenó el juicio de liquidación, de cuyas resultas vino la conflagración, que puso el mundo en entredicho. El interventor como Juez representante del Juez supremo, dictó los autos, se produjo la sentencia irrevocable del desalojo a todo el que no acate la ley del trabajo, con el cual se paguen los débitos e intereses. Las protestas por mal entendido libre albedrío, no tardaron en manifestarse; pero el Juez representante, que había publicado, diremos, la Ley Marcial, establece que «Quien no pague sus deudas o prometa en Justicia pagarlas acatando la ley de trabajo bajo un Código nuevo dictado, sea sacado de la sociedad y llevado al mundo donde se reúnen sus afines y donde sus inclinaciones reinan». ¿Qué mayor amor pueden querer, que ponerlos en el lugar donde se sacien, sacándolos de la vergüenza de su Acreedor?

Esto, sin embargo, dicen que es injusticia. ¿Será justicia lo que ellos obraron de acaparar, excomulgar al que los desenmascaraba, o simplemente no le daba la gana de ser religioso, porque estaba reñido con su conciencia? ¿Será justicia el robo de comer sin producir que ellos hicieron? ¿Será justicia las Cruzadas, matando, asesinando, saqueando, violando a las Vírgenes, corrompiendo y destruyendo a los pueblos? ¿Será justicia la ignorancia en que se obligó a vivir al trabajador? ¿Es justicia el sacar a la mujer de la Ley del derecho y hacer de ella sólo un instrumento, un mueble de lujo, una esclava y un ser perdido, impuro y sin alma? i Hay, tantas vergüenzas sobre la humanidad, que no podría menos que llegar a donde el pueblo ha llegado, odiándose cada hombre por causa solamente de la religión, a la que por fin destruye para su dignidad futura!

No pueden quejarse los espíritus lascivos y parásitos de que se les arranque de la sociedad terrestre, a la que ultrajaron por tantos siglos.

Es justa la acción de la ley, obrada por el pueblo vilipendiado, robado y condenado al deshonor, a la miseria y al hambre, en cambio de producirlo todo.

No pagan justos por pecadores, porque no hay justos; y ni aun los que caen de los trabajadores, es injusticia, porque es producto de haberse dejado engañar y dominar.

La ley ha cumplido su deber, dictando esa Ley Marcial, en el entredicho humano, imponiendo el desalojo, el destierro a otra morada, de los que no acataron la Ley de la mayoría, que es el trabajo, regido por la suprema Ley de amor.

No se comete injusticia en desterrar a los que quisieron seguir a los que se hacen reos de esa pena y vamos a probarlo;

Suponed que se declara el estado de sitio en una ciudad, en cuyo bando se declaran traidores a los que conspiran y se promete el destierro a los que se encuentren bajo las condiciones que el bando o ley denuncia y que mi padre, por ejemplo, faltó a esas disposiciones y por lo tanto debe ser desterrado. Yo, por identidad con mi padre, o por amor o conveniencia, no quiero separarme de él y en consecuencia soy desterrado con él. ¿Ha cometido injusticia la Ley? Decís que no, y así es verdad, conforme al derecho establecido. Pues lo mismo sucede en la cuestión que dilucidamos; sólo que esta cuestión es verdaderamente justa, y la otra que hemos puesto por ejemplo, puede ser injusta ante la ley Divina y lo fué siempre.

Y fué siempre injusta hemos dicho y lo probamos en que nunca fué el pueblo el que la dictó y por lo tanto aquellas imposiciones no eran de la mayoría, sino de la minoría falaz, plutócrata, parásita, astuta, sin sentimiento: religiosa.

El pueblo, sin embargo, bajo ese terrible tornillo torturador, bajo esa losa aplastante, siguió laborando y procurando su mejor forma de vida; y decidme, si no es esto bastante prueba del amor al bienestar propio y común, que está innato en todo espíritu del hombre; y, aunque no quieran los hoy ciegos, ha de descubrirse en ellos; efecto que producirá su destierro.