Capítulo Quinto
EL AMOR A LA COOPERACIÓN COLECTIVA

 

A pesar del egoísmo tremendo, criminal muchas veces, no pueden eludir los hombres más avaros su cooperación al progreso y desenvolvimiento de la Colectividad. <<¿Yo que hago parir seré coartado? >>  ha dicho el Profeta en nombre del Creador.

En verdad que nadie burla ni detiene el cumplimiento de las leyes universales, aunque sí pueden y hacen retardarse los beneficios de los efectos de la evolución inflexible de esas leyes.

Pero que se retarden los beneficios, no es que no se hayan cumplido las evoluciones de la Ley, sino que la inclinación de los retrasados a caminar demasiado lentos o a no caminar nada si les es posible, obliga a los más progresados a tener que esperar que se sume una mayoría que haya llegado a la meta señalada, para renovar lo arcaico y poder entrar al disfrute de lo nuevo que el beneficio de la evolución trae.

Sucede muchas veces también, que muchos se acuestan, sin que los avisos por protestas verbales logren ponerlos en movimiento ni en razón, necesitando entonces recurrir al látigo, a la fuerza y de aquí nacen las revueltas y las revoluciones, pudiendo por esto asegurar que, la evolución impone por << amor en los evolucionados >> la revolución, para empujar o quitar los retrasados, porque son un estorbo al progreso. No son, pues, en ningún caso culpables los que por estos motivos levantan una revolución; pero serán responsables de las injusticias cometidas sin causa de defensa.

En este mismo caso extremo, se manifiesta evidentemente que no son capaces de detener el cumplimiento de la ley los retrasados, aunque se acuesten o tiren para atrás del carro del progreso, porque los progresados se encargan de castigar a los retrasados y hacen llegar la evolución, al momento justo marcado en la ley a la meta, aunque sea con su sacrificio contenido en la forzada revolución; pero sí han retrasado el disfrute del beneficio, porque, si todos hubieran llegado con el progreso evolutivo, no habría esa catástrofe que origina la revolución, cuyos vidrios rotos hay que pagar; y mientras hay que pagar, no puede haber disfrute.

En el caso del avaro, su acaparamiento quita, resta elementos a la marcha equilibrada de los asuntos sociales y eso es retener también el disfrute de los beneficios y hay culpabilidad, porque marcha el progreso colectivo con grandes esfuerzos y sólo marcando los puntos que la fuerza del mismo progreso impone, pero sin disfrute, porque cuesta más trabajo que productos da; lo que obliga a que se estén dictando continuamente leyes y reglamentos, que igualmente quedan incumplidos por la falta de abundancia de medios.

Pero todo esto no ha evitado que la evolución haya hecho su trabajo y que la ley se haya cumplido inflexiblemente en todos sus puntos. Si no fuera así, no habría la protesta, las revueltas, los cambios de gobierno y de régimen y las contiendas colectivas y sociales. Lo que nos asegura, que desde que haya un hombre que sienta un principio superior a las leyes constitucionales colectivas o sociales, es porque el progreso de aquel hombre sobrepasó al de la Constitución, y esto, evidentemente demuestra que la evolución cumplió su destino; llegó a su meta, y si no, no podría el hombre marcar aquel punto de ascensión. ¿Lo marca?  Luego la evolución está hecha: la inflexible ley se ha impuesto.

Pero he aquí que no se disfruta el beneficio y los retrógrados sostienen entonces que, la evolución no ha llegado, desde que la Ley inflexible no obliga a los hombres, ya que éstos la pueden resistir. Esta es la gran falacia religiosa, causa de todos los desastres humanos. Deberían saber y enseñar si lo saben, que justamente la razón eficiente de ser una Ley omnipotente es su imposición inflexible sin obligar, porque obligando, desmentiría el libre albedrío.

Ya hemos sentado que el libre albedrío consiste en vivir dentro de la Ley, sin causar daño a un semejante, lo cual quiere decir imposición; pero no lo obliga a que no cause daño, ni mate sus pasiones en aquel momento. Sólo hace poner delante el deber y las consecuencias de no cumplirlo. Y como la Ley es de las mayorías, si quiere seguir viviendo en la colectividad, tendrá que imponerse él mismo el cumplimiento de la voluntad de la mayoría y sino, ésta le hará el vacío, y en el vacío todo muere o busca ambiente propicio en libertad, en libre albedrío: en afinidad.

Ya está roto el círculo de hierro que imponen los que invocan el libre albedrío, para disculparse del cumplimiento de sus deberes. Habían entendido el libre albedrío, absoluto, sin cumplir la ley de libertad, la que entendieron por libertinaje. ¿Será vencida la Ley?

Aun en la imperfección tremenda de las leyes colectivas y sociales, hechas para represión de los avanzados, de los progresados, y precisamente leyes fraguadas por los retrógrados, por los libertinos, por los religiosos, hay una gran escala de correcciones que llaman impropiamente con arreglo a su odio castigos, no dejando de figurar como caso extremo el destierro, y... «¿Yo que hago parir, seré coartado?» ha dicho el autor de la ley por el Profeta. He aquí, pues, que cuando ha llegado la mayoría de una humanidad al progreso evolutivo que señala la ley, destierra a la minoría que impide, que coarta a los progresados, y los lleva a mundos donde su pasión aun no constituye delito, porque el progreso de aquellos mundos no alcanzó aun a calificar faltas las tales pasiones, por lo que, no se han hecho todavía leyes sociales, ni es posible hacerlas hasta que hay conciencia eficiente y el hombre comprende mala su acción.

¿Achacará alguien aquí injusticia de la Ley?  El que a tal se atreva, se declara él mismo irracional y se delata candidato a esos destierros.

Aquí se ha impuesto la ley, pero no ha obligado al individuo a que la complemente, y en su máximo amor lo lleva junto a sus iguales, donde se sacie de sus pasiones. ¿Qué más puede pedir?  Se le saca de la sociedad en la que hacia un papel de << Caballero de la triste figura >> y no podrá menos un día, cuando haya hecho conciencia, cuando se haya saciado de sus pasiones, cuando haya sufrido cuanto él hizo sufrir, cuando, en fin, no se deje pisar por las ruedas del triunfante carro del progreso, no podrá menos, repito, de reconocer la bondad y el amor de la ley suprema, que impone sin obligar.

En igual forma, pues, funciona la evolución individual colectivizada, haciendo la ley y moral social; y es porque no hay dos leyes, sino una sola Ley; y la humana, no es más que el reflejo de la única Ley de todo el Universo.

Esta es la causa eficiente de que los hombres trabajen individualmente, por amor a la colectividad; pero que sólo pueden mostrar ese amor al trabajo, cuando son conscientes; y sólo se puede ser consciente, amando.

Efectivamente, se entraña el amor paternal en el hombre, desde el instante en que fija sus ojos en una mujer que le hace vibrar su corazón, y ya piensa en el fruto de aquel amor que lo funde con su esposa y ambos se afanan por el niño en ciernes. Llega éste y se triplica el amor y el triple amor alivia los sacrificios colectivos de sus padres; estos saben que no se bastan ellos para darle al hijo cuanto necesita de colegio, diversiones, oficio, carrera, etc. Otros padres están en la misma situación y todos con el mismo fin coadyuvan colectivamente para tener colegios, gimnasios, universidades, talleres, etc., y aquí está demostrado cómo se impone por sí solo el amor a la cooperación colectiva.

Aun un punto trascendental nos queda por exponer y es el innatismo en todos los seres a la cooperación colectiva.

En este punto, el innatismo tenemos que considerarlo deber. Sí, es innato el deber en todos los seres y no se elimina por el incumplimiento de sus hechos; pero el perjuicio ocasionado es a veces tan terrible, que hace llegar las más grandes calamidades a los pueblos que no cumplen el deber, que tienen, de cooperar al bien colectivo, del que deberá resultar el bien nacional y el universal en un más alto grado de amor.

Cuando el amor innato al deber arraiga y se impone en el individuo, en una colectividad o en una nación, dejan páginas grandiosas que señalan epopeyas que marcan la faz de las sociedades. Ejemplo de esto son los hechos de Shet, de Abrahán, Jacob, Moisés, Zoroastro, los profetas y Juan y Jesús y algunos de sus apóstoles; lo mismo que las civilizaciones de Egipto y Grecia, que con la tenacidad y rectitud de los Vascos, que se agrandaron en toda la Europa Occidental y Central, engendraron a la Roma Civil legisladora, que se impone el deber de enseñar el derecho de los hombres, mientras que los progenitores directos de la Roma del derecho, llegaban a la concepción y descubrimiento de un nuevo mundo, hecho consumado por la España tenaz e idealista, sin mirar a los sacrificios que le originaría. Es que estaba innato en el ser de España; y el innatismo, impone como ley inexorable y lleva a los individuos, a las colectividades y a las naciones, al sacrificio de cumplir su deber.

El innatismo en el hombre, es lo mismo que la gota constante de agua, que acaba por horadar el más duro mármol: el innatismo es invencible, porque su fuente es constante, invariable y tenaz, hasta que hace que el hombre cumpla su deber, aún contra la más ruda oposición.

La oposición es también un acto natural, aunque en la mayoría de los casos tengamos que confesarla irracional.

Sí, es la oposición, natural en los individuos, pero la oposición irracional, no puede estar más que en aquellos individuos no civilizados, que serán generalmente los que no cumplen su deber ciudadano ni individual.

Un pequeño estudio Psicológico os comprobará que el opositor (que puede aparecer un hombre ilustrado de los llamados hombres de letras) apenas demostrará sentimiento; pero puede ser abundante en sentimentalismos.

Encontraréis en gran número opositores legos; pero esto hay que estudiarlo en el desarrollo de la materia que no está dominada por el espíritu, o que estarán espíritu y materia soliviantados por las injusticias, en unos casos, en otros por el odio religioso y en no pocos, por las pasiones por la falta de moral social, que no previno enseñando al hombre derechos, pero que le habló y le impuso siempre obligaciones.

Estos últimos, en rigor no son opositores; pero se muestran tales, hasta que el idealista, el que tiene el valor de cumplir su deber, logra mostrarle a esa masa lo emanado del deber cumplido. Entonces, esa gran masa de opositores, por causa del descuido de la moral social, es la falange que cae y aplasta a los opositores sistemáticos y del odio religioso. Pero no sucede esto nunca, hasta que la mayoría se ha hecho carne con lo que antes no comulgaba por recelo, por temor a un nuevo engaño, lo que demuestra a la vez el innatismo en todos los seres, del cumplimiento del deber. Los unos, lo hacen Ley en los hechos, los otros en la oposición. Si no existiera, ¿para qué se habrían de oponer? ¿Se oponen? Luego existe.  

Pero aun se da el caso peregrino de que los opositores y aun los negadores del innatismo, hacen actos sólo propios del innatismo, y me voy a fijar en un caso, el más estupendo, que se repite en cada instante: el acto psicológico necesario a la concepción de los seres.

Está condenado hasta con penas eternas en la religión Católica, el  instinto innato de la unión de los cuerpos de la mujer y el hombre; y aun llega al máximun, haciendo santos a los que faltaron al deber sagrado de procrear, declarándolos ángeles y Vírgenes; y declaran igualmente irracional, al creador del varón y la hembra, para que, uniéndose, perpetuaran la vida de los seres: y ha creado esa religión, para desmentirlo, el irracional celibato. Pues  a pesar de todas esas virtudes, sacramentos, pecados y penas, los hombres sólo siguen naciendo por la unión de cuerpos del hombre y la mujer. Verdad es que, no pudiendo conseguir que el hombre y la mujer (aunque sean fraile y monja que juraran el voto de Virginidad y el celibato), no pudiendo conseguir, digo, que el hombre y la mujer dejen de unirse y procreen, los autorizan por un sacramento, que tampoco tiene valor ninguno, puesto que, a pesar del sacramento, declaran impura a la mujer que pare, sin mirar que ésta sea la misma madre del Pontífice.

Esto, repetiré aquí, es autorizar el crimen y se cometen a millones los abortos y los infanticidios,  para ocultar la mujer casta y Virgen por el voto, o por la impudicia, que dio a comer su manzana.

No; nada puede oponerse a la Ley de la procreación. No; nada tampoco puede oponerse a lo innato en los seres y su cumplimiento en voluntad, es amor a la cooperación colectiva. Pero cuando se hace conciencia de que ese amor a la cooperación colectiva es un deber, su cumplimiento sublima a los seres, porque deber, dice sacrificio, del que huyen por cobardía los incivilizados, y ésa es la causa de la oposición de los sistemáticos religiosos. Y, ¿qué deber innato puede haber mayor que el patriarcado, que obliga tanto como hemos dejado expuesto atrás, hasta el sacrificio de la personalidad y la vida?

Cortemos aquí para no amenguar los conceptos expuestos, que quiero os queden indelebles, porque ellos son la base firme del bienestar de la colectividad, por el amor a la cooperación.