Capítulo cuarto
El amor a la moral social y particular

Los mismos argumentos del capítulo anterior son fundamento de éste.

La moral individual es el fundamento de la moral social.

Se ha cometido un grave error en hacer depender la moral individual de la moral social.

Lo mismo ocurrió al fundar algunos las organizaciones socialistas, debiendo recibir los individuos, de la sociedad la parte que les correspondiese por sus aptitudes o por el trabajo desempeñado, lo que no puede ser justo, ni siquiera equitativo.

Lo justo en este caso reside sólo en la comuna sin fronteras, sin parcelas, sin propiedad y sin dinero: lo que ya esta Escuela tiene codificado desde abril de 1912, a cuyo «Código de amor universal» tendrán que recurrir los hombres, vencidos por el fracaso en todos los sistemas gobernativos y anárquicos, los que les permitiremos que ensayen para su desengaño.

Entre tanto, nosotros vamos ilustrando a las masas por medio de la moral del espiritismo Luz y Verdad, que será necesariamente la moral individual perfecta (pero perfectible siempre), de la que resultará una más perfecta y verdadera moral social, que impondrá por gravitación la justicia, ya que el amor de hermanos será la base indestructible de la sociedad, como lo es de la familia.

Sabemos que la moral individual se denota en la conducta del hombre y está a la vista también, que la moral de una colectividad es la suma igual de la moralidad de los individuos que la componen. Luego la moral individual, es primero que la moral colectiva; y por ende la moral social, compuesta por todas las colectividades, será igual a la moral de las colectividades que la componen. ¿ Cómo puede, pues, depender el individuo de la sociedad, para su moral y menesteres?

En estos tópicos se han debatido hombres lumbreras como Georges, Marx y tantos otros que han tenido tantos partidarios como afligidos hay por la sociedad inmoral, compuesta de colectividades inmorales.

Pero no es justo (aunque sea bueno) ese principio Georgeano, Marxista, etc., etc., y su bondad consiste en llamar a los afiliados a la razón de su ser, a la razón de su valía, a la razón de sus derechos iguales; y lo han conseguido, llevando al trabajador a la lucha por el derecho, contra las otras clases que sin haberse creado deberes se hicieron derechos.

Pero llegado a este punto y conquistando el obrero el poder, no puede tampoco gobernar con un bienestar que estabilice su reinado. ¿Cuál es la causa? La imperfección humana, dicen unos; el egoísmo, dicen otros; el odio, digo yo; y por lo tanto, la inmoralidad individual, es la causa de que, conquistado el gobierno por el pueblo trabajador, no puede gobernar con paz y bienestar.

Es que Georges, Marx y todos los que han tratado el problema del gobierno del mundo, lo hicieron desconociendo el derecho del espíritu, porque, o ignoraban, o fueron cobardes en abordar esa cuestión racional y matemática que encierra la reencarnación, sin la cual, ninguna humanidad podría regenerarse.

; si cada espíritu viviera una sola vez como hombre o mujer, no podría ser más que lo que fuera en esa existencia. Y... ¿dónde estaría aquí la justicia, siquiera sea de las leyes naturales, haciendo que unos sean fuertes, bellos, elocuentes, ricos, potentados, tiranos, orgullosos, acaparadores, etc., etc., brillando por sus creados o robados intereses, mientras otros pasan esa misma existencia enfermos, deformes, ignorantes, pasando hambre y reventando del trabajo como bestias, hostigados, perseguidos y sacrificados? No es posible cargar estas injusticias criminales al creador, y es lo que hacen los que se meten a redentores de los trabajadores, sin conocimiento ninguno de la sabia ley de reencarnación, para la compensación necesaria al espíritu, autor y actor único del progreso.

De este desconocimiento desgraciado, del que se encargó la religión, viene la falta de moral y la inmoralidad individual, de la que nace la sociedad inmoral también.

La pólvora lo es, hasta el momento de explotar, que es el fin de su Ley.

Las doctrinas Georgianas y Marxistas, socialistas y anarquistas, son también la pólvora preparada para hacer explotar las conciencias; y después de la explosión queda a la vista y latente el trabajo realizado. Pero, ¿dejaréis que se reconstruya por sí solo el efecto causado por la fuerza de la pólvora? Queda entonces librado a la pericia del ingeniero, del arquitecto y del artista, ordenar matemáticamente, arquitectónicamente, el efecto de esa fuerza ciega, bruta y sin conciencia.

Absolutamente igual es una revolución levantada por las referidas doctrinas, que no son otra cosa sino consecuencias de la opresión supremática y destinadas a la explosión de los oprimidos; por lo que, no pueden tener bases de construcción, desde que son la Ley de las demoliciones.

Y si otros factores no se interpusieran luego de la explosión revolucionaria, la revolución seguiría y acaso y sin acaso, se perdería el fruto que debe resultar del levantamiento del pueblo oprimido.

Esos factores que se interponen entre la revolución y los revolucionarios, son muchos; pero los principales son los principios filosóficos, estableciendo bases de justicia vindicatoria, que hace reflexionar a los mismos revolucionarios, cuyos principios hacen las veces del ingeniero matemático, que aprovecha los efectos causados por las doctrinas revolucionarias, señalándoles el límite de su existencia, que era hacer la explosión de una fuerza ciega llamada vindicta, de donde meramente no puede sobrepasar si ha de ser aprovechado el efecto.

A ese respecto efectivo, el filósofo moral pone por delante al revolucionario el sentimiento de amor de sus seres queridos, por quienes explotó el hombre en su dignidad ofendida y resucita, mejor dicho, despierta el sentimiento fraternal, filial o paternal y deja la piqueta demoledora, para agarrar la paleta constructora, por el amor a los suyos primero, que aquí hace el oficio de arquitecto, y en segundo puesto, su raciocinio, su satisfacción de la ofensa vindicada, que sumadas estas razones de todos los luchadores, hacen las veces de artistas; y como demolieron, reconstruyen; pero a su gusto y voluntad, es decir, con la moral alcanzada por efecto del efecto de su lucha, de su explosión. ¿Pero dirá alguien con verdad, que fuera la moral social la que dio estos resultados? Ni para la demolición, ni para la reconstrucción, se encuentra primero la moral social sino la moral individual sumadas todas en el conjunto de la sociedad; como tampoco obraban nada separados cada elemento de los que componen la pólvora en su conjunto; pero que, tan pronto recibe la chispa que le ordena, todo el conglomerado obedece y produce el efecto que su fuerza determina, en la que radica la moral en conjunto, pero que cada individuo es un grado de esa moral que concurren a formar la moral total.

Se nos va a decir, que las doctrinas Georgeanas y Marxistas contienen un régimen: Negamos. Lo que envuelven, sí, es el término de su influencia y de su potencia si queréis; pero no se puede coordinar la destrucción con la edificación, porque la una es acabar, morir; la otra es principiar, vivir.

Que sea imprescindible destruir una montaña para sacar de su seno la piedra y la cal, con que hayamos de edificar la casa y la ciudad, es verdad; pero no se coordinan para la ley de la existencia, puesto que si aparece la casa y la ciudad, ha desaparecido la montaña que envolvía los materiales.

Cuanto queramos filosofar en este punto, demostrará todo: que las doctrinas revolucionarias tienen su fin en la revolución y aquí caducan; pero como la montaña desaparecida sigue viviendo en las casas de la ciudad, igualmente las doctrinas revolucionarias siguen viviendo en las leyes que forzosamente enseñarán los efectos palpables y latentes que dejaron la revolución, y cuya moral de esas leyes se deberá a la moral que cada individuo adquirió en la revolución.

Cada revolución colectiva de una ciudad, da un grado de experiencia a la sociedad, que debe convertirse en moral social; pero esa revolución colectiva, no estallaría si primero no naciera en cada individuo, el deseo de un nuevo grado de progreso, que no se puede dudar que es un grado de moral, porque es una idea.

Esta idea se propaga aun sin decirla a nadie de palabra, porque impregna ese pensamiento la atmósfera social y hace presión en los entendimientos sutiles y preparados y si no es el que ideó, dispuesto para la creación de un cuerpo doctrinario sobre el caso, no se habrá perdido tampoco y habrá un tercero debidamente magnético que atraerá y encarnará la idea y la elevará a doctrina, y es el caso de Georges y Marx y tantos otros que se han ocupado de las cosas humanas, preparando así la demolición del obstáculo que se opone al nuevo horizonte que se vislumbra a través de las sombras opositoras de la luz.

Si las doctrinas revolucionarias por la acción del brazo, contuvieran en sí mismas las leyes que deben darse detrás de la revolución, ésta no tendría lugar, por la sencilla razón del instinto de la conservación de la materia.

El hecho mismo de que los hombres se lancen a la revolución de la fuerza, confirma claramente lo que estamos sosteniendo.

En efecto: el hombre que se lanza con el puño cerrado o con el arma empuñada en la mano, sabiendo que puede caer en la lucha y que necesariamente caerán muchos de sus correligionarios de idea y causa, prueba eficientemente, que si presiente un término feliz, no ve el resultado hasta el final: y entonces es cuando se cuidará, por la experiencia, de hacer leyes que puedan librarlo de los agobios y peligros en que vivía antes de lanzarse a la conquista de un grado de progreso, de un punto mayor de moral.

Si tuviera ese punto de moral, ese grado de progreso, esa ley que presiente, no se batiría con las armas, puesto que en ellas está el peligro de no poderlo disfrutar, aunque se sacrifica por el ideal.

Por eso se ha dicho con verdad que: «Ningún filósofo es buen general para una revolución».  Es así en efecto, porque el filósofo ve y pesa las consecuencias; ve la ley que debe implantarse y no puede ser ni cruel, ni tirano, ni injusto; todo lo cual tiene que ser el revolucionario de acción, que no puede ser más que el elemento pólvora que derrumba la montaña, de la que sale la piedra y la cal, con que luego se edificará el nuevo edificio, la nueva sociedad.

El filósofo, sin embargo, ha preparado la chispa que prenda esa pólvora, y mientras prende y al frente del efecto, hace la ley de construcción, la que señala el principio de una nueva existencia de aquellos escombros en mejor ordenada y racional belleza y armonía, cuyos ripios, unidos por la argamasa de la nueva ley, se rinden a ella y en nueva fraternidad, pueden disfrutar el sacrificio; pero ha de ser en condición de que se haya acabado la pólvora, que hayan explotado todos los cartuchos, es decir, que se hayan satisfecho los revolucionarios, acabando los odios. Si no es así, ha quedado el peligro latente, porque los cartuchos que quedaron envueltos sin explotar por una causa cualquiera, por cansancio, por la trampa diplomática, por la conjunción de fuerzas neutralizadoras en contra de la revolución, no habrán hecho más que detener un momento y muy mal momento, las fuerzas demoledoras; pero no se puede reconstruir, porque no salieron a la superficie todos los obstáculos que se trataba de anular.

Un ejemplo vivo y desgraciado tenemos patente en estos momentos con la paz de tortilla, de París, sobre el tratado de Versalles, que es un engaño sin precedentes, como insólita fue esa guerra europea, vergüenza de su mentida civilización.

Sí, hoy dos años que se dijo paz; pero hoy dos años también que en plena y pública sesión en esta escuela dijimos: « Han dicho paz y no habrá paz». Desde entonces han caído más millones de hombres que en la gran contienda de la entente y de los aliados, y si no, que nos diga el Soviet Ruso, cuántos hombres han perdido para sostener su innegable derecho de vida, destruyendo la montaña imperialista universal, porque se oponía a la verdadera igualdad de los derechos del hombre. Digamos qué fue de los ejércitos Polacos; hablen los míseros restos del ejército de Denikine;  cuéntenos el fugitivo Wrangel los hombres que perdió y abandonó; háblennos los Checos, los Helenos, los Persas y todo el Oriente; cuenten también los Italianos, los Españoles y los... Irlandeses... Basta, basta pluma mía, que tu no te sonrojas;  yo... yo sí me avergüenzo de una humanidad sin sentimiento y sin moral.

¿Cuál es la causa de esta vergüenza y de la Debacle terribilísima que se avecina, y quiénes son los culpables?  En estos momentos están reunidos en Ginebra y faltan algunos, especialmente el más culpable, el causante verdadero de lo que sucede, porque con honda malicia, con risa sarcástica, obedeciendo solamente a su sed de oro, contrabalanceó las fuerzas, cortó la mecha bienhechora que demoliera por completo la montaña plutocrática, y sin esto la paz no puede ser y no será: el culpable es Wilson, «el pastelero Nº 1», como yo lo bauticé tan pronto como dijo paz. Algunos podrán presentar cartas escritas en aquella fecha con ese nuevo apellido, que hoy está confirmado.

Quieren hacer una Liga de Naciones ... ¡Sarcasmo para la humanidad!  La liga se hará, mas no en Ginebra, sino donde los imperialistas no piensan, y no de Naciones, sino de todo el mundo en una sola nación y bajo un sólo Código, que ya está escrito en verdadera Justicia, pero...no será con evocaciones por los obispos y Pastores al mismo Dios que bendijo las armas fratricidas. Estos habrán caído a la fosa que harán los cartuchos que hace poco no dejaron explotar, porque no tenían ni podían tener moral y siguen no teniéndola; pero el pueblo sí, adquirió su grado de moral y la va demostrando. Como sabe el pueblo que tiene estorbos, que son los cartuchos que no lo dejaron quemar, los busca y los hará explotar y entonces sólo, podrá aparecer la Ley: se reconstruirá, porque podrá ser la Paz desde que, a la guerra, la habrá muerto la guerra. He ahí la verdadera moral social del pueblo, haciendo de la moral individual, la moral social.

Sabe el hombre y el pueblo trabajador cuánto le cuesta lo que se ha propuesto hacer: un sacrificio tremendo, y no vacila, lo cual es demostrar un máximo amor a la moral.