CAPÍTULO TERCERO
EL AMOR A LA EDUCACIÓN, LO IMPONE LA CIUDADANÍA POR EL BIEN SOCIAL

Este capítulo está ya comprobado por el anterior; pero siempre hay motivos de razonamiento y vamos a perorar sobre el amor a la educación.

Parece una contradicción hablar del amor a la educación, cuando vemos que el 95% de los estudiantes y de los hijos en la familia, protestan siempre del sometimiento a la educación.

Cualquiera tiene recuerdos de sus protestas externas o internas a la disciplina del colegio, como a las prédicas del maestro; y pocos o casi nadie puede preciarse de no haber causado una lágrima a su madre y una desazón a su padre por las mismas causas. Sin embargo, hemos hecho el mandato del padre y sometídonos a la disciplina del maestro. ¿Qué pasa para que protestemos de lo que al fin hacemos? Pasa que, el que protesta es el animal y el que se somete y somete al animal es el espíritu, que nos hace hacer razón.

Es una imposición demasiado dura a los instintos animales de que se compone nuestra alma y cuerpo, que tiene por ley la vida natural instintiva, libre, sin razón; pero así como les llegó a esos instintos el momento de su evolución capaz de formar en el conjunto del cuerpo y alma de hombre, así también le llega en ese mismo momento el deber de correspondencia y obediencia al superior, que en buena ley los sacó del dominio animal, sin dejar de pertenecer a él, pero formando en el ser racional, que crea y sostiene el progreso y ese superior es sólo y exclusivamente, su espíritu, que es la entidad real, constante e invariable en su ser y cargo de creador de formas. «En él estaba la vida y la vida es la Luz de los hombres», escribió Shet del espíritu. He ahí toda la razón del dominio; y por antagonismo, toda la razón de la protesta de los instintos, que vivían beatíficamente en su ley del reino animal, pero que el progreso les impone ascender y esa ascensión es formar parte del alma y cuerpo del hombre. ¿Pero acaso la protesta misma no es la confesión de la existencia de su antagonista? Porque protestan los instintos, podemos afirmar que forman en el cuerpo y el alma del hombre; y he aquí cómo de un mal extraemos un mayor bien.

La protesta pues de nuestros instintos, hace el mérito de nuestra ascensión y triunfo del espíritu, el que imprime a la conciencia un sentimiento de amor propio que, como expusimos en su punto correspondiente en la Filosofía, doblegaba al hombre a hacer todas las cosas que no haría sin ese amor propio de sobrepensar, o por lo menos igualar en hechos y méritos a sus émulos, que son para el hombre, los otros hombres; y para los instintos, los otros instintos, que ya sometidos al espíritu, cumplen el mandato de éste y sin dejar de ser instintos animales, viven ya hechos razón y racionalmente, y es esto lo que constituye la diferencia del ser hombre, del ser animal.
De este razonamiento, ya resalta luminoso el motivo que nos sirvió de epígrafe a este capítulo, por lo que afirmamos que: «El amor a la educación, lo impone la ciudadanía por el bien social ».

En efecto, esa anulación que se presenta al parecer inconscientemente entre los ciudadanos, impone sin obligar, es decir, sin una extorsión deprimente, aunque no esté exenta de cierta dulce tiranía, creada por las necesidades sociales, que tocan de hecho a cada individuo moral.

Ahora nos encontramos frente a un argumento grave, ocasionado por la última palabra del punto anterior: «que tocan de lleno a cada individuo moral» hemos dicho. Lo que revela que hay hombres o individuos inmorales, a los cuales no toca de lleno y a lo más, les toca tangencialmente el deber de correspondencia social.

Es una desgracia, en verdad; pero por duro que sea sentarlo, por esa desgracia estamos aún presenciando un cúmulo de injusticias en todos los órdenes, en todos los gobiernos; lo que está probado en esa única hecatombe europea y esa mundial revolución social, que es motivada solamente por los hombres que viven al margen de los deberes, pero que se abrogaron todos los derechos para sus instintos sin dominio y sin amor a la educación por lo tanto.

Sí; los parásitos, de cualquier clase que sean, civiles o religiosos (si cabe la división, porque no costará nada probar que todos son religiosos, aunque no sean frailes), los parásitos digo, se abrogan todos los derechos y no admiten deberes.

Pero nuestro espíritu va sometiendo uno a uno los instintos, agregándolos a la razón, y esos mismos tiranuelos parásitos de siempre, acabarán también por hacerse deberes para poder tener derechos, o tendrán sus espíritus que salir en destierro al mundo de su afinidad.

Aquí, los ligeros, los inmorales, los supremáticos, los que se abrogan todos los derechos, sin aceptar ningún deber, dirán que esto es una imposición de la fuerza, una injusticia a su libre albedrío.

Ya hemos escrito mucho en todos nuestros libros y en la Filosofía lo hemos atomizado, sobre todo en la descripción del «Alma humana» y al explicar la raza adámica, por lo que aquí sólo nos resta decir a ese respecto que, eso que llamáis imposición, es la prueba más grande del amor del Padre Creador.

Si el Creador no tuviera esa justicia rigurosa, yo protestaría de él: lo llamaría imprevisor e impotente, puesto que estaría demostrado que se le imponía cada uno de esos protestantes, porque se les saca del seno de una humanidad que empieza a regenerarse, para que les sea más fácil su ascensión quitándoles por estorbos inmorales.

¿Qué tenéis libre albedrío? Sí y no. Sí, dentro de la ley de igualdad y la justicia; lo que os obliga necesariamente a tener los mismos deberes para no dañar a vuestros semejantes. No, porque no sois capaces de torcer las leyes universales y, queráis o no, tenéis que vivir bajo las mismas condiciones naturales, sin que podáis esquivar de nacer y morir como cada quisque; os azota el viento con la misma intensidad; os moja el agua, os quema el fuego y os baila el terremoto, sin diferencia a los demás, salvo el mayor horror y susto, por vuestra sucia conciencia.

Aun más: sois obligados a vuestro pesar, a estudiar, porque sino, cualquiera os impondría. Pero esto que os impone la inflexible ley, por amor de la misma ley, lo convertís justamente en la base de vuestras inmoralidades, desde que lo aprovecháis contra toda razón para crearos los derechos y deshechar los deberes que es justamente vuestro peor pecado, porque entráis en la categoría de prevaricadores. ¿ Y decís que es una imposición, una injusticia, el sacaros de la tierra para que no seáis un estorbo a los que ya emprendieron el camino de la regeneración ? Yo lo conceptúo justo y la prueba más grande del amor del Padre para con sus hijos rebeldes y malos.

No os deshereda: lo que hace es llevaros al hospital, a curaros de vuestras concupiscencias. Sí, en aquellos mundos primitivos o embrionarios aun no existe el escándalo, porque no ha despertado la razón y la conciencia; pero vosotros llevaréis conciencia de lo que habéis hecho aquí y será vuestro riguroso Juez.

Cuando el amor a la educación moral (que sólo radica en el trabajo) sea vuestro deber, entonces empezaréis a tener derecho de respeto, derecho a que la ley Suprema os defienda; y mientras no adquirís ese derecho, no habéis demostrado tener amor a la educación; y al no tener amor a la educación, demuestra claramente que no sois ciudadanos, porque el ciudadano tiene respeto a sus semejantes, por lo que se impone la más alta moral y la mejor educación, que no ha de ser servil, sino fraternal.

Efectivamente, es ésta una verdad irrebatible y está confirmada en todos los actos de la justicia humana, a pesar de su gran imperfección.
Si registramos los innúmeros procesos de toda índole, de todos los tribunales civiles, encontraremos que todos los litigantes y los procesados por crímenes de cualquier categoría y calidad, no se amaban ni fraternalmente, ni como buenos ciudadanos; lo cual prueba a la razón, que solo el amor ciudadano impone la educación por el bien social.

Tenemos también que: en los cargos y servicios comunales de la ciudad, se exige con justicia cierta preparación, según los cargos, para un buen desempeño; lo que obliga a una educación adecuada de cada ciudadano, porque todos deberían ser aptos para los cargos ciudadanos. Y como esos cargos bien desempeñados dan brillo y nombradía a los que pueden y los desempeñan bien, es otra obligación y eficaz estímulo para doblegarse a la educación.

Es indudable que eso es sacrificio de la persona; pero está compensado con el disfrute del mayor bienestar y comodidades que reporta el esfuerzo unido. Además ese sacrificio denota un grado de moralidad, la que cuanto mayor es, mayor es el aprecio que se hará del virtuoso.

Es cierto también que, hasta hoy, es muy raro que se elija al hombre por méritos de moral y mil veces vemos que son relegados muchos hombres de buena disposición y alto grado de moral; pero esto es a causa de la supremacía que se abrogaron los de arriba (clases altas), que son siempre parásitos religiosos, aunque parezca que son civiles. Pero también es cierto que el pueblo no se preocupó de su moral propia, ni se dio más valor que el que esos mismos plutócratas le quisieron conceder con las falacias de sus principios irracionales de derechos divinos, que hicieron el coco de la ignorancia impuesta. Y tanto denigraron al pueblo, que en mil ocasiones se sublevó y dejó manchas sangrientas que le dieron el título de bárbaro, no siendo en verdad, sino el hombre ofendido vilmente que se defiende, aunque sea sólo por su instinto de conservación. Sin embargo, esos saltos de la fiera enjaulada, hizo que se le fueran reconociendo derechos al pueblo y no por voluntad de los opresores, sino por temor a perder todo su poder autócrata, pero lo vuelve a engañar de nuevo, monopolizando los cargos públicos. Digo monopolizando, porque entonces ha creado los títulos de doctor, haciendo leyes por las que, esos titulados, tienen primer derecho a ocupar los cargos, pero es bajo juramentos que los utilizan como ciudadanos libres. Y como los hacen clase media, bajo una esperanza que no les llega nunca si no son inmorales, los apartan del pueblo que les dio todos los medios e instrumentos de la universidad, a la que no pudo entrar el pueblo su sostenedor, denigrándolo además, llamándole clase baja... ¿Y qué ha resultado de todas esas falacias? Lo que era lógico: la revolución social, en la que caen las dos clases, media y alta, a la tumba que se cavaron ellos mismos.

No es ignorante el hombre por no saber letra. Las evoluciones y campañas del espíritu son su continuo estudio y ahora están entre los trabajadores, todos los progresados, cuyo pensamiento es más valioso y potente que la oratoria aprendida en los libros inmorales (como lo son todos hoy hasta los de ciencia) que se cursan en la universidad monopolizada y monopolizadora. Esta verdad se puede probar en cualquier asamblea o congreso de rústicos trabajadores , en miles de libros escritos por hombres que no pisaron la universidad y que sirva de ejemplo la obra de esta Escuela, la que no podrán rebatir ni con sofismas entre todos los falaces autócratas.

No le han hecho falta al fundador de esta Escuela los títulos universitarios para sentar juicios irrebatibles y axiomas indestructibles; pero ha sido reconocido por otros hombres de moral verdadera, de ilustración basta, por su esfuerzo conquistado también, y hoy adornan los muros de su cátedra títulos de honor y de adhesión de todas partes del mundo, de los que estudian la vida real del espíritu y las leyes inmutables, que es la verdadera moral. Pero este estudio pertenece al quinto amor, donde se tratará extensamente, Aquí solo ha sido el exponerlo un incidente grato, por haber recibido en esta fecha, 11 de noviembre de 1920, esos títulos.

Pero todo esto confirma nuevamente que la educación la impone la ciudadanía por el bien social y común.