CAPITULO NOVENO
EL AMOR A LO AJENO PROVIENE DE LA PROPIEDAD.

«Todos los hombres de toda la tierra hermanos son.» «Darás entrada en tu casa al peregrino y lo tratarás como a tu hermano, y si él no tomare lo que necesita, tú le darás para una etapa», Shet.

«¿Dónde habéis visto singularidad en la naturaleza para con nadie?». Confucio.

«Amarás al prójimo como a ti mismo». «Al recoger la cosecha dejarás parte para que la aproveche el que por cualquiera causa no la tuviera, y no mirarás que sea extranjero», Moisés.

«Si alguno te pide tu capa, ofrécele también el vestido». «Amaos los unos a los otros», Jesús.

Y Servio Tulio, consagra las ferias latinas, en cuya semana servían los señores a sus esclavos, y manda «dar tierra a todo el que las quiera cultivar».

¿Quiere algún Juez, Rey, Presidente o Pontífice, sobrepasar en sabiduría y moral a los precitados? Si alguno lo pretende será un falaz.

¿Por qué han rebatido en todos los tiempos los moralistas la propiedad, dando ellos todos, el ejemplo de no tener nada? Porque en ellos estaba el espíritu de la comuna, de la fraternidad, la justicia y el amor.

Los hombres liberales, cuando se han independizado de los dogmas religiosos y aun bajo el prejuicio que deja una educación de falsa moral que recibimos por fuerza del ambiente, aunque más no sea, pero que traspasa e invade los hogares la imposición religiosa, e inerva las mentes infantiles, que no logran librarlos del contagio los más avisados padres, así y todo, los hombres liberales, digo, han reconocido la injusticia de la propiedad y en su razón convicta, han dicho: «La propiedad es un robo» ¿Han dicho la verdad? Estudiemos por donde no han estudiado aun los hombres.

1°- Para mantener la propiedad privada, cada nación ha necesitado un voluminoso Tomo, llamado Código, que todos sus artículos consagran la guerra, ya que por la fuerza sostiene a los que se adueñaron de una cosa en cualquier forma y priva a los demás del usufructo. Esto es del todo antagónico y por lo tanto irracional.

2°- Para hacer cumplir ese código, se han tenido que crear cuerpos armados de policías, carabineros, gendarmes, guardias civiles y mil y mil nombres más, que ante todo juicio filosófico y moral, son cuerpos de asesinos legales de la ley de la fuerza bruta y no del derecho de gentes, como falazmente se le ha enseñando al pueblo ignorante de derechos, ya que se impuso un día el Feudalismo, bajo el cual, no tenía derecho a la vida.

3°- Todo ese rigor y despliegue de fuerzas no han podido privar que se cometiera el robo, como se llama al tomar algo de lo que otro se apropió en cualquier forma, y se levantaron las cárceles donde castigar al que faltara al irracional código de la propiedad, poniendo muchísima más pena al necesitado que tomó un pan, que al que mató un hombre; ocurriendo el caso bestial de poner dos años de prisión a una madre que tomó un trapo valuado en veinte centavos para cubrir a su niño, en la misma casa de la... patrona donde servía... y no se murió el juez de vergüenza de tal desvergüenza.

4°- El mantenimiento de esas cárceles necesarias a ese código y esos ejércitos de asesinos legales de la ley ilegal, prueban que el pueblo protestó siempre de tales injusticias; lo que prueba evidentemente que, el proclamar los hombres liberales «La propiedad es un robo», han dicho verdad, probada humanamente. ¿Se prueba esa verdad en las leyes invariables de la naturaleza y divinas?

Todas las bestias del bosque son libres en el usufructo de la tierra. Ninguna bestia tampoco es extranjera en ninguna parte.

El sol baña por igual toda la tierra.

El viento circula libre todo el planeta.

El agua fertiliza por igual todo este terrón.

El fuego es lo mismo en un lado que otro.

Y hasta el pensamiento del hombre recorre sin vallas ni barreras todo el mundo. Y por fin, ningún animal ni hombre, nace de diferente modo y con nombre de propiedad particular, ni en la tierra existen divisiones parcelarias hechas por la naturaleza, y ni aun los mares son división, desde que el progreso supo rascar el lomo de las aguas con los barcos y vapores; y hoy no dirá ningún volador, que haya visto en la atmósfera retratada, ni trazada, ninguna frontera ni división. Lo que prueba en ley natural y divina que «la propiedad es un robo».

Antes de las leyes de Manú y la doctrina Sánscrita, escrita por Shet, no tenemos historia; pero en la prehistoria, encontramos los hechos de Peris, cinco millones de siglos antes de Shet, cuyas planchuelas le son quitadas por el guerrero y a éste se las saca otro más astuto, alegando derechos divinos primarios, y se origina una lucha, ante la cual, huyen los sacerdotes, encerrándose en la casi impenetrable hoy Tibetania, tierra de los más grandes misterios para los historiadores y raíz de la taimada China. Y huye también Peris con los suyos y se aloja en un territorio que conocemos por Persia, nombre de su fundador como pueblo.

Si los sacerdotes falaces encuentran una tierra libre donde asentarse, y Peris, corriendo a través de la India, encuentra también tierra donde asentar sus peregrinos; ¿No dice esto, que aun la propiedad (territorial por lo menos) no existía? Y desde que el artista Peris ha recogido pepitas relucientes (oro) que machacándolas hace aquellas planchuelas que ocasionaron una persecución por el hecho de apropiárselas los sacerdotes en nombre de Dios, nos pone en la deducción de que tampoco allí existía la propiedad territorial y aun está probado en los escritos de Shet. Pero nos prueba también que, la primera propiedad se la hicieron los sacerdotes, ocasionando una guerra, de la que huyen ellos con el botín, y Peris, huye como causante por haber hecho las tales planchuela tintinantes.

Peris es un artista, un inventor, un progreso, no es la culpa de la guerra. El sacerdote al apropiarse en nombre de Dios, rompe la igualdad y establece la propiedad.

En siglos, los persas pasan a Egipto y encuentran al gran Dios Fulo (el fuego), pero manejado y del que son ministros dueños otros sacerdotes, los que se enamoran también de las Artes metálicas de los persas, fundidas en el Fuego de los Egipcios; pero siendo siempre los sacerdotes, los eternos propietarios.

Vengamos a nuestros tiempos. ¿Qué presenciamos? Vemos que hay propiedad religiosa, donde quiera que encontremos religión, sea del color que sea.

Hemos visto la fundación histórica de la Religión Católica, bajo Constantino emperador, que Manuel I se apropia de los escritos de otras seis religiones y lo hace con el apoyo de las armas de Constantino y con la amenaza de la cruz-patíbulo, siguiendo hasta hoy la política de absorción de esa Iglesia, de todos los derechos de los hombres en lo material y lo moral, llegando a valer un Rey, a lo sumo, como un sacristán no sacerdote, imponiéndose con el engaño a toda luz y razón, probándolo con estos párrafos de varias cartas de Hildebrando o Gregorio VII, del que dice el historiador P. Lanfrey: «La serenidad que demuestra Gregorio cuando falta a la verdad, sorprende a un alma tan levantada; asombro que se repite con frecuencia en toda la Edad Media. ¿Qué especie de mutilación, nos preguntamos, sufrían esas almas sacerdotales, no solamente para adquirir semejante impasibilidad en la impostura, sino para conservar esa inalterable serenidad en medio de tantos horrores y ser tan inaccesibles a los remordimientos como el cuchillo sagrado después de la hecatombe?». Téngase presente que P. Lanfrei es eminentemente cristiano y ocultó en su devoción y temor a la religión, toda la fuerza de las acusaciones.

He aquí algunos párrafos de sus cartas. La que dirige a los condes de España dice: «No ignoráis que de los tiempos más remotos, el reino de España es propiedad de san Pedro y que pertenece todavía a la Santa Sede y a nadie más, aunque esté en manos de los paganos; porque lo que una vez ha entrado en la propiedad de la Iglesia, nunca deja de pertenecerle».

¿Cómo se atreve ese falaz a tal impostura, cuando sabe Gregorio que la Iglesia Católica nació el año 325 y Pedro ha muerto por Nerón, a la mitad del siglo primero, sin ser Papa, ni siquiera obispo, ni sacristán, desde que no existía la Religión Católica, ni la cristiana reinaba, de la que era fundador nuevamente Pablo y sólo en Antioquía? ¿Cómo habla de la nación española, que está entonces dividida en varios reinos y subdividida en otros principados y señoríos? Pero dice una verdad. No era Católica, ni Cristiana: era Pagana.

A Francia le dice: «Si el Rey no renuncia al crimen de Simonia, los franceses, heridos por el Anatema, rehusarán obedecerlo por más tiempo».

A Hungría la acoquina así: «Como sabréis por vuestros predecesores, vuestro reino es propiedad de la Santa Iglesia Romana, desde que el rey Estaban devolvió todos los derechos y todo el poder de su iglesia a San Pedro... Sin embargo, hemos sabido que habéis recibido ese reino como feudo del rey Enrique (de Alemania). Si es así, debéis saber cómo podéis recobrar nuestro afecto y el favor de San Pedro. No podéis tener lo uno ni lo otro, ni siquiera ser rey, sin incurrir en la indignación pontifical, a menos que no os retractéis de vuestro error y declaréis poseer vuestro Feudo, no de la dignidad real, sino de la dignidad apostólica».

A Dinamarca le dice: «Hay cerca de nosotros una provincia muy rica, ocupada por cobardes herejes. Desearíamos que uno de vuestros hijos viniese a establecerse en ella para ser su príncipe y constituirse en defensor de la religión, si es que, como nos lo ha prometido un obispo de vuestro país, consentís en enviarlo con algunas tropas escogidas, para servicio de la corte apostólica ».

A Demetrio de Rusia lo trata en el siguiente respeto: Le dice: «Vuestro hijo al visitar el sepulcro de los apóstoles se nos ha presentado y declarado que quería recibir vuestro reino de Nos, como don de San Pedro, presentándonos juramento de fidelidad y asegurándonos que aprobaríais su demanda. Como nos ha parecido justa, le hemos dado vuestro reino de parte de San Pedro».

Pero donde echa el resto del descoco es en la siguiente carta dirigida a Oribe, duque de Cagliari en Cerdeña: «Debes saber, le dice, que muchos nos piden tu país, prometiéndonos grandes ventajas si se lo dejamos invadir. No solamente los Normandos los Toscanos y los Lombardos, sino hasta los ultramontanos, nos dirigen las más vivas instancias sobre el particular; pero no hemos querido decidirnos antes de conocer tu resolución por nuestro legado. Si persistes en la intención que has manifestado de ser fiel a la Santa Sede, lejos de permitir que seas atacado, te defenderemos con las armas espirituales y seculares contra toda agresión.

¿A qué seguir copiando? Ya hemos anotado en la Filosofía y del todo extenso en el «Conócete a ti mismo» y otro libros, el fin de Enrique IV de Alemania. al que despojan tres bestias obispos, de las insignias y vestidos imperiales, con los que visten al borrego Rodolfo, su hijo.

¿Serán bastante esos documentos, para afirmar que sólo la religión ideó, apoyó, y conservó la propiedad privada? Y de estas extorsiones, ¿no había de nacer por fuerza la rapiña y el latrocinio, siendo el primer autor el sacerdote? Yo diré que, cualquiera que trabaja para producir cosas necesarias a la vida, por todas las leyes humanas, naturales y divinas, tomando lo que ha de menester, téngalo quien lo tuviere, no comete ningún delito si no causó daño a un segundo. Pero todo el que consume sin producir es un vago; es el único que tiene amor a lo ajeno y esa es la religión, de cualquier matiz que sea. Mas tocante a la religión católica, ha perdido el derecho hasta del respeto a sus representantes aun como hombres y no puede ser juzgado bajo ninguna ley quien ataque, destruya y arranque cuanto por la falacia y el terror se apropió y es todo; hasta el nombre y su baluarte con sus sacramentos.

En la «Filosofía Austera Racional» hemos dejado expuesta la verdad del nacimiento de la Iglesia Católica; y aquel «Después de esto yo me sé lo que me haré» encierra toda la obra política de los Papas, cuyos párrafos anotados de las cartas del famoso Hildebrando descubren el secreto del. «Yo sé lo que me haré»; es decir, el amo del mundo y los hombres, abrogándose el Pontífice todos los derechos y negando todos los derechos a los hombres.

Como lo lógico es que basta la prohibición de una cosa para que todos la deseen, tan pronto como la Iglesia Católica, por su pontífice Hildebrando, prohibió el matrimonio a los clérigos por el irracional celibato, los clérigos robaron el honor y dignidad de los esposos, engañando y corrompiendo a la mujer. Lo mismo que en cuanto una ley civil declara una cosa de propiedad particular, todos desean la misma cosa. Todo esto lo entendió bien San Pablo; pues en sus cartas a los galatas y a otros, entre muchas cosas, les decía: «No está el pecado y las faltas en las cosas, sino en la ley que las prohíbe y crea los castigos, porque entonces los hace delitos». Lo que Pablo aprendió en las doctrinas Vedas, que son las de Shet.

Cuando Moisés ha escrito «No hurtarás», «No desearás la mujer de tu prójimo», no ha querido escribir no robarás, porque no se conocía el robo, desde que no existía la propiedad de lo innecesario, ni el acaparamiento de las cosas necesarias a la vida, y aun estaba mandado, «Dejarás parte de la cosecha en el campo a disposición del que no la tuviera por cualquier causa, sin mirar que fuera extranjero», cuyo mandato era declarar derecho a todos.

Que este mandato (derivado de la ley de Shet, que mandaba recibir al peregrino en la casa sin distinción de clase y darle auxilio para una etapa), que este mandato, digo, se cumplía en Israel antes de la prevaricación de Judá, aun hay una prueba terminante en los países donde arraigó ese pueblo; y en España veréis que detrás de los segadores, van mujeres, niños y ancianos, recogiendo las espigas que se les caen, no para el cosechero, sino para ellos; y hacen su granero para tener pan, ya que por cualquier causa no pudieron sembrar.

Lo mismo ocurre en la vendimia de las viñas y la cosecha de la oliva; una vez que el propietario levantó la cosecha, es libre el pueblo de ir a las viñas a recoger los racimos y en los olivares rebuscar las olivas que se quedaron entre la hierba o enramadas: y los desheredados hacen vino y aceite para una temporada.

En esos países podía decirse que la propiedad era sólo nominal, pero no hay raterías ni robos que tal nombre merezcan; lo que prueba suficientemente que la causa del amor a lo ajeno es la propiedad, y más cuando la propiedad es declarada intangible, inviolable y se ponen dos años de prisión por un trapo tomado para cubrir la desnudez de un niño. Esto subleva a toda conciencia y entraña la idea de venganza a la propiedad privada, protegida en esa forma escandalosa por las leyes civiles y por la religión, que es la que enseñó el amor a lo ajeno con el ejemplo y castiga también el robo en nombre de Dios, hasta con penas eternas y... sólo viene a la pluma un juicio severísimo a los códigos civiles: éstos son hijos dignos de la religión y vamos a probarlo.

No hemos de ir para esto hasta la India; pero nos hemos de parar en Egipto, viendo a los Faraones arrodillados ante su Dios Fetiche, y supeditados al capricho, libertinaje y autocracia de los sacerdotes de Isis, de cuya influencia y arte de magia fue víctima hasta el mismo Nerón, y no a otra cosa se debe la muerte de Pedro y Pablo.

Esa misma imposición del sacerdote, hace que Faraón dé y niegue repetidas veces el permiso de libertad que Moisés pide para el pueblo de Israel cautivo en Egipto; y la misma intolerancia de tales sacerdotes hace temblar a Aitekes, más que la derrota que le lleva Moisés; por cuyo temor, Aitekes, encontrando la piedra (hoy llamada fatídica) que Moisés dejara en las playas del Mar Rojo, Aitekes se cree salvado y alzándola la cree el Dios de Moisés y la consagra Dios-Cristo y no quiere ya volver a ver los Sacerdotes de Egipto y se vá a establecer el reino de los Brigantinos.

Nos detenemos en Grecia y vemos a los sacerdotes y jueces aleccionar a una joven para regalársela al gran Antulio, para que luego lo acusara de corruptor, y Antulio cae corroído por la cicuta. Cuatro siglos más tarde se reúne el areópago con los sacerdotes, y no habiendo causa, se oye la acusación de la princesa del Epiro y Sócrates es condenado a la misma pena que Antulio. Los dos son antirreligiosos.

Corremos cuatro siglos y vemos al Pontífice Judío condenar a muerte a Jesús, sin que valga que Pilatos lo declare inocente; es que la religión se impuso al poder civil.

Ascendemos tres siglos y vemos un Emperador, Constantino, someterse al «In hoc signum vincis» que Manuel I le dice en el Concilio de Nicea, entregándole una cruz para que crucifique a todo el mundo.

Hemos copiado trozos de los documentos de san Gregorio VII y en ellos se ve cómo impone leyes y obligaciones a los reyes y los quita y los pone con el más escandaloso robo de derechos y declara ignorante a Dios, que a hecho mal las leyes de la procreación, pues los hombres deben nacer sin obra de hombres, puesto que ese Papa impone el celibato.

Dejamos al otro Papa que pegaba hachazos al crucifijo en prueba de amor. No nos acordaremos de las Papisas que, como Juana, parió oficiando pontifical. Cerremos los ojos a las bacanales de los Borgias. Echemos cenizas sobre las llamas de las hogueras de la inquisición y borremos, si es posible, de la historia las cruzadas y las guerras religiosas; pero fijémonos en el apóstrofe final de Pio IX: «Conservad la Iglesia, aunque sea a costa de la sangre de toda la humanidad», y no olvidemos que ese Pio impío, se hizo Dios infalible, pero que Garibaldi lo desmintió al siguiente día, destronándolo como Rey y apresándolo como Pontífice Cristiano.

La religión no ha producido nada necesario a la vida, y con astucia terror y falacia, acaparó los medios de vida que con los hombres produjeron y las artes y los tesoros. Pero en cambio condenaron a las ciencias y a sus hombres, aniquilándolos y matando la libertad y a los libres y afianzó, ya que había creado, la propiedad, que a su ejemplo acapararon sus apadrinados siendo sólo necesario juramentarse a la defensa de la religión, como lo dejamos probado en esas cartas que hemos copiado de Papa Hildebrando. ¿Y no es todo esto amor a lo ajeno? ¿Y cómo se han hecho leyes civiles tan opresoras para castigar a los delincuentes, productores, por tomar de lo que produjeron y no les llega esa pena a los que roban, (aunque diga que se lo dan) a las religiones? Si no les llega a ellos las penas del Código, es la prueba eficiente de que su influencia es la que creó esas leyes por la educación que sembró en los hombres.

Y la prueba de esta verdad es que, en cuanto han habido hombres legisladores, liberales, emancipados, aunque sólo fuera del yugo de la religión, han tratado de derogar esas leyes por injustas, por irracionales.

El amor a lo ajeno pues, o sea el hurto y el robo, no puede reconocerse ni achacarse más que a los no productores de cosas necesarias a la vida, al progreso y la moral. La religión fue la traba de todo eso, porque ella es la inmoralidad (?). Sí, es la inmoralidad, y está probado en que, siendo las religiones, por muchos siglos hasta hoy, las encargadas de la moral social, la inmoralidad reinó en todo el mundo, no reconociéndose derecho al trabajador ni a la mujer, y aun declararon a ésta impura, por el hecho de parir, sin lo cual no pueden existir los hombres; y aun se dudó si la mujer tenía alma.

Concluímos: que el amor a lo ajeno no existirá tan pronto no exista la propiedad privada, porque todos los hombres tendrán igualmente todo lo necesario, lo que sólo puede ser en el régimen comunal, con la moral del Espiritismo Luz y Verdad, que es la luz resultante de la purificación de la materia; y por lo tanto la cesación de las pasiones, acabando la religión.

Como todo esto se ha encerrado en la familia, por razón de la irracional imposición religiosa directa o indirectamente por medio de la leyes civiles dictadas bajo la influencia religiosa, es el amor de familia el más imperfecto.