CAPITULO SÉPTIMO
EL AMOR PROPIO CONVENIENTE E INCONVENIENTE

El amor propio, con la curiosidad, es el acicate más potente del progreso.

Vamos a distinguir. «Amor propio» dicen que es «el amor desordenado con que uno se ama a sí mismo y a sus cosas» y lo figuran en la vanidad, presunción, soberbia, orgullo, pedantería, jactancia extraordinaria y fatua opinión ventajosa de sus méritos, cualidades, etc., etc.

«La curiosidad» la estiman: «Deseo, anhelo de saber, de averiguar, de conocer, de aprender alguna cosa». Y si la tomamos en sentido estético es: «ascado, limpio, amigo de la pulcritud, decente en el vestido, ordenado hasta el primor». Todo esto es virtud, pero tiene su reverso en «mala curiosidad», que es «meterse en camisa de once varas» (como dice el adagio), que no puede venirle bien a nadie si no mide quince varas de altura; por esto se ha dicho a la «Curiosidad tu nombre es mujer»... Y debía no conocer a la mujer quien tal cantó.

Y bien; ¿les discutiremos a los caballeros de la «Academia de la lengua» los significados que les dieron a esos adverbios inseparables y comunes al hombre y a la mujer, precisamente porque son las dos alcayatas que hacen caminar al paralítico o baldado de las piernas? Mejor es que los dejemos con sus errores y sus aciertos y filosofemos en libertad por la historia y hechos latentes de los hombres. Los términos muchas veces no significan lo que les atribuyen, como por ejemplo, aquel nervio  que le han puesto por nombre Vago y es casi el Factótum de nuestro cuerpo, puesto que nace en el encéfalo y alimenta el corazón, pulmones, bronquios y hasta las uñas, y... lo llaman Vago... en fin, les plugo así y aunque ese nervio trabaje como entre todos, será Vago, pero injustamente. Pues bien. ¿Cuándo y por qué ha de ser desordenado el amor que uno se tiene a sí mismo, cuando toda ley civil, natural y divina nos obliga a conservarnos? ¿Cuándo puede ser un vicio el creer uno en sí mismo, tenerse confianza y procurar y querer pasar adelante de los demás? Sin ese amor propio, no podría marchar el carro del progreso; y el amor propio y la curiosidad son las dos ruedas potentes que empujan la marcha del progreso; pero que necesitan una manivela para guiarlas y esa es La Razón, a la cual la mueve una fuerza: El Amor.

Un hombre que tenga esos cuatro elementos, ¿qué nos importa que aparezca orgulloso? ¿no es acaso lo que se busca en todo un laurel? Pues el laurel del amor propio y la curiosidad es el orgullo de haber hecho tal obra, de haber descubierto tal secreto a la naturaleza, o de haber hecho un bien a la sociedad. No tener el amor propio, es no importarle nada del progreso; no tener curiosidad es ser apático, displicente y sin ideas. Y el no tener orgullo, es renegar de ser hombre; pero el que no tiene esos cuatro elementos, tiene el reverso: la hipocresía, la pedantería, la jactancia y... la imbecilidad y la superchería.

Sí; tener una buena cantidad de amor propio; una fuerte dosis de curiosidad sana; pero... engrasarlas con la razón y moverlas con el amor. Ya veréis que marchará el progreso a pasos de electricidad. ¿Que no seréis santos? Pero seréis demonios activos y vuestro será el mundo y el universo; porque no podréis ser ignorantes ni fanáticos. Es el amor propio conveniente. ¿Cual es el amor propio inconveniente? Pues en una palabra está dicho: «El creerse uno lo que no es». Pero esta corta oración encierra la pedantería, la fatuidad, el desdén y por todo la imbecilidad petulante.

¡Si pudieran verse en su triste figura esos... pobres cuando escépticamente ríen, con toda la máxima imbecilidad, ante un principio que expone el hombre de ideas!... da lástima, pero es irremediable.

Esos sí, son orgullosos de sus títulos, de su posición, de su linaje y de su... imbecilidad.

Ponle, tú, pensador, un principio, una idea tuya y no conseguirás ni acaso la mirada torba y desdeñosa y no extrañes oír: «¿Para qué me he quemado yo las cejas estudiando?» ¡Pobre, se quemó las cejas! pero no se alumbró al hombre, no se iluminó su intelecto. Es avaro del oropel y niega a los otros el derecho de su repleta inteligencia, confirmando ellos mismos la sentencia del gran Séneca: «La avaricia arrebata a los otros lo que se niega a sí misma». He aquí lo que es el amor propio inconveniente.

Los dominados por un amor propio inconveniente me sugieren en conjunto una imagen real de un gran almácigo estético pero inodoro, de esas plantas vistosas que llamamos «pensamientos», que nos deleitan la vista con su vista y colores finos, pero que a pesar de ver en ellos una cara de hombre, hasta con barba y bigotes, no piensan nada; y aunque hablan, no entrañan su conversación, porque no tienen unción; no hay perfume y para ser vistos necesitaron tomar los colores vistosos, llamativos, purpúreos y supremáticos. Así son esos que «se queman las cejas» pero que no se iluminan en su intelecto; y podemos decir bien que en esos almácigos hay más pensamientos que en las cabezas de esos hombres, los que tienen el amor propio inconvenientemente; rinden culto a la Estética, pero odian a la Ética.