CAPITULO SEXTO
EL AMOR PRIVADO POR LEY Y POR PASIÓN

Como ya conocemos el origen de las pasiones y también está probado que la ley no puede perdonar nada, porque cometería injusticia, podemos tratar este capítulo, donde, según las leyes sociales y mandatos religiosos, nadie se libraría de cometer faltas al sexto mandamiento del decálogo de Moisés.

La ley civil castiga con penas corporales el adulterio; es decir, el uso de la carne fuera del matrimonio. (No tengamos aquí en cuenta las excepciones, que son tantas, que anulan la ley).

La Religión Católica, las faltas a ese mandamiento, de obra, palabra y pensamiento, las castiga con penas eternas al alma. (No tengamos tampoco en cuenta la confesión auricular, que perdona al delincuente y hace de la ley un juego sucio).

Pero sí tenemos en cuenta que el juez civil que impone el castigo a otro hombre acusado ante la ley represiva, no está limpio de las mismas faltas, por las que impone una pena; y esto es el colmo de la injusticia.

Tenemos por fuerza en cuenta, que esos mismos confesores religiosos que absuelven o condenan a penas eternas y a pesar de sus votos y celibato, todos sin excepción han faltado de obra, palabra y pensamiento, y aun de las tres formas. Lo que no se atreverán a desmentirnos bajo juramento solemne ante el Padre Creador y su Ley, salvo que juren en falso.

Nosotros, que hemos hecho un estudio perfecto hasta la raíz de los instintos, podemos sentar que nadie puede librarse de la Ley de la Procreación; pero también hemos podido ver y saber cuándo el amor de la carne es por ley, aunque sea fuera de las leyes penables civiles y religiosas y cuándo, aunque absuelvan al delincuente acusado de esas faltas, la ley divina no le absuelve y lo condena a pagar la deuda de amor o de vidas. ¿Qué nos contestan a esto, leyes civiles y mandatos religiosos? Quisiéramos tener delante al famoso Santo Tomás de Aquino para que nos manifestase por qué medio o en qué fuentes bebió el veneno teológico de sus principios y le cargaríamos, como hombre, todo el daño que como hombres de sus falacias recibió la humanidad. Pero la ley se lo ha cargado ya como a espíritu y lo tendrá que pagar.

Desearíamos tener a la vista al más famoso y reciente Alfonso María de Ligorio para que nos dijera en qué código racional encontró los fundamentos para su desgraciado libro «Guía de los confesores» o «Llave del confesor» y le probaríamos que se opuso a todas las leyes de libertad, he hizo a Dios un ignorante, un caprichoso y mercader.

Pero esos Falaces no salen nunca a la arena; obran en las mazmorras tenebrarias, aunque estén doradas con los bienes usurpados por sus Falacias y por esto la filosofía los ha juzgado a todos en el Juicio al Dios Religioso; y si no levantan aquellos cargos sus sucesores y representantes, con las pruebas que en aquellos autos le pedimos, ellos mismos confirman que toda su obra es Falacia: engaño, fraude y mentira.

No, nada que afecta al sexto mandamiento del decálogo puede perdonar nadie, pero tampoco castigar el hecho, aunque sí las consecuencias cuando se pueda saber que es la pasión y no el destino de la justicia el que obró los delitos.

En nuestro «Código de Amor Universal» está esto legislado y en nuestros libros atomizado el estudio y no podemos aquí encerrar en un capítulo accidental tan vasto problema; pero tampoco podemos dejar de exponer lo más necesario, a saber: cuándo el amor privado de la carne es por ley del destino, o por la pasión.

«Si odias tendrás que amar». «Si matas, con tus besos resucitarás al muerto» es la ley y destino eterno del Creador, cuyas sentencias inflexibles desmienten en todo las falacias Teológicas y el error de los Códigos civiles, hijos por completo del error religioso.

Hemos expuesto en la constitución del hogar consanguíneo, cómo se constituye, por justicia y fuerza de esas dos inflexibles sentencias, y aquí aun juega su principal papel la ley de compensación.

Hemos dicho también atrás, que no resiste la mujer al pedido del hombre, si en los dos está en celo el mismo instinto en aquel momento y se unen y funden sus almas sin mirar consecuencias, aun cuando sea la primera vez que se ven. ¿Es afinidad? ¿Es pasión?

Primero y siempre está la afinidad del espíritu; y no cabe por todas las razones metafísicas y naturales, que no estando en afinidad la mujer, se entregue a un hombre, aunque vibre el mismo instinto; porque tendrá que prevalecer una ley mayor, que es la del egoísmo y conservación personal; y es esa ley magnética que hemos sentado. «El más domina al menos», que es absoluta.

Pero no hay contradicción entre esta afirmación y la otra de que «La mujer no resiste al hombre que le pide la posesión, si en los dos casos está en celo el mismo instinto», sino que aun se completa esta afirmación con la ley de «el más domina al menos».

Pues bien; tenemos que el solo hecho de atraerse los sexos, es que están en afinidad, bien sea por amor conquistado y ya sea por un destino de justicia. ¿Se atraen? hay afinidad; obran en ley justa. Si la unión es por amor conquistado o debido, no habrá consecuencias de fruto (hijos), porque es el galardón de la Ley ese goce de la materia, que además, sirve para estrechar y agrandar ese mismo amor y afinidad corporal y espiritual.

Si la unión es consecuencia de afinidad también, pero por justicia del destino, habrá frutos, porque debían vidas y las dan. «Si matas, con tus besos resucitarás al muerto».

Explicados estos dos casos, preguntamos: ¿Dónde se ve aquí una falta a la ley de «Creced y multiplicaos»? ¿En qué se han opuesto a ninguna ley natural? ¿Han quebrantado el sexto mandamiento del decálogo? No; y sin embargo, si esos dos seres que se vieron y se manifestó su amor y afinidad son de los que llamamos casados los dos, según la teología y las leyes civiles, han cometido adulterio; y si alguien los acusa, son castigados.

Pero sucede que uno de los dos es libre (soltero o viudo) y éste, habiendo cometido el acto con la mujer casada (o viceversa), el uno es castigado y el otro no. ¿Dónde está aquí la justicia?

Veamos ahora cuándo el amor de la carne o su uso es por pasión.

El caso moral (o concepto moral) que han de tener dos seres que unen su sexo, es la posible cosecha que pueden recoger de su unión, en hijos o afinidad y amor mayor. Si falta ese concepto, o si habiéndolo se pone obstáculo, es indudablemente la pasión la que domina, aun que se trate de un matrimonio legalizado.

Las ofertas, la astucia, la fuerza bruta, el abuso de autoridad y posición; las artes mágicas, como los brebajes y excitantes, los engaños y substituciones, revelan siempre la pasión; aquí si hay daños personales, que deben ser corregidos por la moral únicamente, porque las penas aflictivas nada corrigen.

La corrección solo la puede hacer el saciamiento del instinto; y a éste no le hará nada la pena aflictiva, porque no lo ataca a él sólo, sino a todos los instintos del ser humano; y entonces, ¿porqué se ha de cometer la enorme injusticia de castigar a todo el universo por uno solo que cometió el delito? ¿Creéis justo que porque en una ciudad cometa un individuo un delito penable y no sea habido, se castigara a todos los individuos que componen la ciudad? Pues eso mismo es lo que se hace con las penas aflictivas impuestas a un hombre por un delito de un instinto.

Mas no creáis que no hay cómo corregirlo. Es el trabajo cuotidiano y la moral y el ejemplo de la sociedad el que apaga las pasiones; y esa y no otra debe ser la corrección de las leyes.

«La ociosidad es la madre de todos los vicios», se nos enseñaba y se nos repetía todos los días en la escuela de infantes; y en mi ya larga vida de trabajo y experiencia no la he visto desmentida una sola vez esa máxima axiomática, salvo en casos muy contados de pasiones momentáneas obligadas por una explosión. Pero esos incidentes no quiebran la ley general, máxime cuando toda provocación nos obliga a la defensa propia.

Pero hay algo más grave en los códigos y más que éstos en el modo de ver egoísta de los jueces. El egoísmo del sexo.

Se confina a la mujer al presidio de la casa, que puede serle un verdadero infierno, cuando en muchos casos la casaron por la conveniencia social, por el interés y por otras causas aun más criminales, como es la posición, títulos y aun sacrificios o ventas de honor comercial; siendo en estos casos de cada 100 maridos de ésos, 75 son libertinos incorregibles por todos los vicios tenoriescos, picaflores, alcoholistas, jugadores, etc., etc., y los otros 25, gastados, impotentes, imbéciles o neurasténicos. Y esa mujer en todas las fuerzas de su naturaleza, ha de martirizarse, ha de secar sus aspiraciones, ha de matar sus sentimientos de amor, haciendo interminables veladas esperando al que no llega, porque está en los brazos de una ¿corrompida?... No, de una afín, por amor o por justicia; pero que él debe poner todos los obstáculos a la procreación para que no se vea el fruto de su amor. ¿Cuántos crímenes se han cometido aquí? Pues si aquella otra mujer que está confinada, rompe la falsa fórmula social, todos los jueces y códigos son contra ella. Y tienen que romperla y la rompen el 90%, porque se impone el instinto, y... obstáculos también a la procreación, o acudirá a la morfina u otros medios suicidas y criminales.

En estos casos es forzoso que se aviven imperiosamente los instintos y de esa revolución interna nace la pasión, que no se puede saciar, porque se coharta la ley de los instintos.

Como sólo teníamos el propósito de declarar cuándo el amor de la carne privado es por ley o por pasión, lo dejamos indicado y no debemos proseguir estudiando casos concretos, porque todo lector leerá en sí mismo y se acusará de sus faltas, o tomará su laurel.

Nosotros aseguramos que nadie faltará, tan pronto exista la moral eficiente y el amor de hermanos; porque entonces no hablarán los sexos, ni los instintos, sino la afinidad, la justicia y el amor. Y si hay en el hogar esos dolores, incidentes y miserias, ¿podrá alguien dudar de que «El amor de familia es el más imperfecto»?