CAPITULO CUARTO
EL AMOR DE LOS HIJOS IMPONE EL TRABAJO

Sólo sobrevive lo que es intrínsecamente bueno, verdadero y necesario. Y como la justicia es un punto de la civilización que es buena, así el matrimonio subsiste por el fruto, que son los hijos. Luego éstos, por el amor que nos despiertan, nos imponen el trabajo, que, aunque duro, por el amor no lo eludimos, sino que aun lo buscamos sin que nos asuste el cansancio.

Muchos puntos hay que considerar aquí, porque es de necesidad compenetrarnos de la importancia del amor de hijos, ya que éstos son el sello que la Ley Suprema pone a los matrimonios, sin importarle que sean éstos celebrados bajo un Ley civil, ceremonia religiosa, o de libre voluntad, sin más requisito que su albedrío y querer. Pero también esto lo tenemos estudiado en la Escuela en sus libros y legislado en nuestro «Código de Amor Universal»; por lo que sólo haremos compendiar los puntos más del caso.

PUNTO 1°
PORQUE ES IMPONENTE EL AMOR DE LOS HIJOS.

Ya hemos dicho que un hijo es efecto de la fusión de las almas de sus progenitores y que es el sello de la ley suprema de un casamiento.
Entonces ya se ve claro la imposición del trabajo para procurarle el sustento y cuanto ha menester a la vida física y educación moral, porque es nuestro mismo ser por entero, nuestro desdoblamiento o multiplicación en la que seguiremos viviendo aun después de la desencarnación, lo que no hay necesidad de argumentar más.

PUNTO 2°
LO QUE ES EL AMOR DE LOS HIJOS.

El amor de los hijos es nuestro mismo y propio amor, por las razones del punto anterior, ya que el hijo es nuestro mismo ser en la materia y el alma; pero puede ser en espíritu un afín o un enemigo. En el primer caso, la atracción, el respeto y el amor, es completo desde el primer momento; en el segundo, habrá desapego y reservas, que habrá que observar continuamente. Aquí, sin embargo, hay la misma imposición del trabajo, porque la materia y el alma son los que en todos los casos imponen los deberes de familia en unos y otros.

La inocencia y la bondad del infante se van entrañando en el padre y las sonrisas hacen vibrar el sentimiento , semejándose a una Dínamo productora, cuya corriente la disfrutamos en la luz, que nos alegra y satisface; esto en el padre, que en la madre, el niño es por entero ella misma y forman, en verdad, los potentes campos magnéticos entre los cuales gira el inductor inducido, cuya rotación se convierte en calor, fuerza y luz.

En todas formas como se estudie, siempre se ve trabajo, efecto del sentimiento Amor. Este punto lo aclarará más el siguiente.

PUNTO 3°
CAUSAS METAFÍSICAS DEL AMOR DE LOS HIJOS.

Los motivos precitados en los puntos anteriores ya pertenecen a la Fisiología, la Biología y la Psicología, aunque no se puedan separar de la Metafísica. Pero es de necesidad darle a ésta los puntos que le corresponden por separado, porque es del más grande interés que se conozca la sabiduría que encierra la Metafísica sobre las familias y, por lo tanto, sobre la humanidad.

En el punto anterior hemos dicho lo que es el amor de los hijos, que no es otra cosa que nuestro mismo sentimiento de amor, más vitalizado y agrandado por el amor remanente en los mismos hijos, que se fusiona en los padres, por la fusión de las almas y la vida común; lo que quiere decir que se metamorfosean los amores individuales, fundiéndose en un solo amor, del que se apropia cada individuo de la familia; y será tanto mayor, cuantos individuos componen el hogar. Esto ya es un hecho de la Metafísica Universal.

Mas esta Metafísica es solo de la materia; y por perfectos que pudiéramos ser, habríamos de encontrar siempre algún grado o muchos de egoísmo aun en las madres, porque es de ley inflexiblemente que nos llame primero nuestra necesidad, anteponiéndose a la de los hijos; esto no tiene excepción posible, aunque veamos grandes sacrificios en la madre; pues ésta se cerciora de que, si ella se descuida por poner todo el cuidado en el hijo, resultará que luego no tendrá fuerzas para el cuidado de los otros; y esto, aunque pertenezca a la Fisiología y la Biología, es otro hecho metafísico de la ley de conservación que nos impone.

Pero la causa eficiente del amor de los hijos emana de la mayor o menor afinidad del espíritu y es ésta la grande y máxima Metafísica. Pero aquí surge una pregunta de máximo interés. ¿Cómo, siendo todos los espíritus hermanos, desde que son hijos todos del Creador, han podido perder o cortar la afinidad? Lo voy a contestar con otra pregunta de no menor importancia.

¿Por qué siendo todos los hijos de una familia, hijos de los mismo padres, se envidian y se odian hasta la muerte en muchas ocasiones, puesto que registramos fratricidios y parricidios?

Una pregunta aclara a la otra; pero las dos necesitan la misma explicación.

Es cierto que todos los espíritus son hermanos, hijos del Padre Creador, y cada uno es una partícula suya, y no pueden dejar de ser hermanos, ni diferenciarse en la sustancia, en su principio y su fin. Es cierto también que la afinidad paterna no la pueden romper ni desconocer; pero no existe la afinidad fundada en la fraternidad, hasta que han convivido como hombres en un mismo hogar, siendo hijos de unos mismos padres; entonces se descubre la afinidad espiritual por la experiencia de la lucha en la vida de comunidad, al igual que el amor de esposos e hijos se descubre y se agranda por la misma fusión.

Ese es el secreto de «Creced y multiplicaos» que encierra toda la gran Metafísica del amor.

Ya hemos sentado los axiomas sobre este punto en la Filosofía, en el capítulo Afinidad, y aquí sólo hacemos explicarnos más que lo que se puede hacer en un texto de cursos.

Nuestro ejemplo del copo de algodón lo explica todo y vamos a puntualiza un algo más este punto delicado.

La afinidad existe irrompible e imborrable, y si no estuviera ese germen, no podría crecer ni mostrarse en los efectos unión de cuerpos y aun menos en los máximos efectos hijos.

Pero a causa de envolverse cada espíritu en el alma embrionaria de un mundo primero, queda como borrada esa afinidad por larguísimos millones de siglos, en los que el espíritu parece que no toma parte en la vida de los cuerpos, porque está completamente anublado, envuelto en la tupidez de la materia.

Esta obedece a la Ley del progreso, es decir, al espíritu; pero no puede dejar de cumplir también su destino, para lo cual tiene que atender primero a la ley de cada molécula.

Como cada molécula es egoísta por la fuerza de su derecho, la otra vecina tiene el mismo derecho y reclama y todas reclaman y todas no pueden ser satisfechas de una vez, sino que todas tienen su instante marcado, pero que no lo ven, como no puede ver el hombre los puntos de su destino, y de aquí que se acometan unas a otras moléculas, unos a otros hombres y unos a otros espíritus y queda la afinidad como apagada por la pasión del antagonismo, o del odio si aquél llegó a ser una pasión de concupiscencia.

¿Pero creéis que esta misma pasión no sea un arma de aquel solemne mandato «Creced y multiplicaos»?

Justamente de esta pasión ha de nacer la familia, primer grado del amor, por lo cual es el más imperfecto.

En un tiempo se sacia cada molécula de su derecho de ley, y ya satisfecha, sigue su satisfacción periódica sin estorbar ya a su vecina, con la que se afinizó, y se unen, cumpliendo el mandato de amarse de la inexorable ley que dice: «Si odias tendrás que amar». He aquí recopilada toda la metafísica del amor y las causas tan recónditas de los odios, que por esa metamorfosis se convierte en amor fraternal.

Aun hay mucho más que estudiar de este punto; pero como lo hemos de tocar en el siguiente con otros pormenores necesarios, pasamos al

PUNTO 4°
DIFERENCIAS APARENTES ENTRE EL AMOR DE LOS PADRES.

Los padres pueden ser por afinidad y por justicia los dos, o uno por justicia y el otro por afinidad o por misión.

Cuando los padres han constituido el matrimonio por afinidad, las cosas del hogar marchan con la misma regularidad de un sistema planetario. El padre representará al sol y la madre los satélites, que reciben de aquel su luz, para reflejarla en los hijos, en ley general; pero aun en el caso de que sea de mayor luz el espíritu de la madre, por la armonía de la ley no resplandece más la madre que el padre; pues aquella deposita en su esposo todo su amor y sentimientos y señala a sus hijos que el padre es el astro de la familia; pero hace aquí la madre dos oficios grandes, Físico-Astronómicos: De satélite y asteroide. El satélite comunica la luz por reflexión; pero el asteroide tiene función vitalizadora y policial.

El asteroide, en su destino vitalizador y regulador, demarca la órbita sin permitir la confusión de uno con otro mundo, y carga de electricidad vital al planeta o mundo que pasa por su campo magnético, y así mantiene la vida del mundo dentro de la ley universal, obligándolo al cumplimiento de su destino.

El centro sol está igualmente dentro de esa armonía, pero mucho más dilatada, más amplia, más grande con arreglo a su acción y cargo de padre de mundos; pero la zona orbital de sol, está limitada por las otras zonas de los otros sistemas planetarios y se mantienen por gravedad, debido a la diferencia de densidad, que en cada sistema es diferente.

He aquí una imagen grande del hogar de las familias sirviéndose todos a todos y substituyendo siempre las fuerzas vivificadas en los Asteroides. Lo mismo sucede en el hogar. Si el padre es de la luz y potencia suficiente, gira en toda su amplitud como el centro sol. Si la madre es de mayor grado de luz, imanta a su esposo, igualando las corrientes, para hacerlo servir a los destinos de la Ley.

Esta es la causa de que haya diferencias reales o aparentes en el amor de los padres y es general y sin excepción.

Pero hay otras causas que hayan originado esa causa, que por esa razón pasará a ser causa de causa, o lo que es lo mismo, efecto.

Nos encontramos aquí en la necesidad de formular un proceso a un destino de un matrimonio, cuyo juicio expusimos en la Filosofía Austera.

Pues bien: formado su juicio destino dos espíritus para encarnar, ser esposos y dar vida a otros seres y pagarse mutuamente unos a otros amor, vida, intereses materiales y morales, deben sujetarse a la mayor justicia de que sean capaces y entonces son autorizados y aparecen en los sexos que la ley les haya señalado.

Si la mujer debe amor que bebió en la anterior existencia en aquel que hoy es su esposo, que antes fuera su mujer aunque aquella sea de mayor luz y experiencia y por tanto de sabiduría y amor, dará a su esposo más retrasado su amor y le enseñará su sabiduría para igualarse a los hijos en disposiciones, moral y amor. Pero aquí (aunque no quieran) se verá diferencias en el amor, bien por la delicadeza, o por la oportunidad, ya que la esposa llegará siempre a tiempo a sus deberes, como aquel que hace las cosas por hábito, que se diferencia siempre del que las hace por la imposición del deber, pero éste hace más méritos que el otro.

De todos modos, el fin primordial del matrimonio metafísicamente es pagar deudas de vidas; porque si en todo la ley es inflexible, en este punto es inexorable. «Si matas, con tus besos resucitarás al muerto» es un artículo culminante de justicia y amor rigurosos. Y... ¿en qué unión de cuerpos del hombre y la mujer no hay besos?... Esa es la única resurrección que tiene la ley del Creador.

Los demás deberes del matrimonio (aunque con muchos errores) ya los ha catalogado la ley civil, que nosotros limpiaremos con un buen grado de moral eficiente.

Y bien. ¿Habéis visto como el amor de los hijos, por donde quiera que se mire, impone el trabajo de sus progenitores? ¿Qué armas usa la ley para imponer sin obligar? Ya lo hemos dicho, el amor de la carne; su atracción, su deseo constante, el goce en fin, el que hace no pensar ni temer al trabajo y las obligaciones de los padres y cumpliendo estos deberes se entra en la ley; se pone el mismo en entredicho; anubla más su espíritu y aleja las afinidades hasta el punto de que, por justicia, se niegan sus afines a darle cabida en la familia, para no tener el peligro de un retraso, lo que les sucede generalmente a los espíritus supremáticos, cegados por sus concupiscencias.

Aun hay un punto que exponer muy importante y es de esos espíritus que por supremáticos no tienen derecho a pedir una matriz que los recoja para una prueba de amor. Pero el amor de los espíritus de gran luz y los que ya están regenerados y tienen la ley en sí mismos, se imponen una misión sobre esos supremáticos y piden venir para darles vida y ver si son capaces de entrar en la ley, pero no cargándose con la responsabilidad del supremático, si en aquella prueba de amor tampoco entraran en el camino de la regeneración, y esto es justicia, porque no habían de cargarse con las deudas a la ley, ya que hacen un tan tremendo sacrificio en favor de los desconocedores de esa misma Ley.

Entonces esos espíritus recalcitrantes son obligados a encarnar bajo este dilema terrible: «O encarnar para probar su regeneración, o son sometidos al rigor de la Justicia, sacándolos de la familia espiritual del mundo y transportarlos a mundos primitivos como los descriptos por el Dante, donde aun las pasiones no son escándalo, porque no se ha descubierto la ley ni se ha iniciado el progreso.

Muchos se regeneran en esa suprema prueba de amor; pero muchos también prefieren su expulsión antes de dejar su supremacía y... allá caen para empezar de nuevo una evolución en un mundo que empieza su vida de regeneración con todos los horrores de la brutalidad de la materia.

Lo tremendo es que hacen conciencia de lo que perdieron y no lo pueden conquistar allí sino en largos millones de siglos de lucha y pasando por todos los horrores que ellos hicieron pasar a sus víctimas del mundo que los expulsa.

Los padres de esos encarnados por justicia, son mártires de su amor y grandes son sus merecimientos y aumentan su poder en la Ley.

Pero aunque sean misioneros, pasan por todos los puntos de la ley de su destino; porque la ley es como un ser sin entrañas ni sentimientos y ella no reconoce más que hombres, ni recoge más que obras por fe. Y la mayor obra que hace Fe, es el número de hijos, el número de vidas dadas, reconocidas y analizadas en todo lo que atañe a la vida del hogar. ¿Qué cuenta darán los célibes y los libertinos que abandonan el fruto de su unión o aun buscaron por la pasión o la maldad su destrucción?... Esto hace temblar al más perfecto; pero es porque tiene conciencia, sentimiento de la ley de amor, el que le anima y da valor para el tremendo trabajo que en todos los órdenes y maneras impone el amor de los hijos.