CAPITULO TERCERO
EL AMOR DE ESPOSOS IMPONE EL HOGAR

La condición fundamental del cumplimiento de todo destino estriba en que se exponga o se descubra en tiempo o en época oportuna. Esto es un axioma filosófico y para este capítulo tiene todo el valor de una fiel balanza.

Efectivamente, si los esposos no se impusieran un hogar, no podrían entender ni cumplir sus mutuos destinos, ni exponer a sus hijos el destino de la vida; lo que demuestra que el amor de esposos impone la fundación del hogar donde puedan dar expansión a su amor.

El adagio y sentencia castellanos de «El casado casa quiere» encierra toda la filosofía de este capítulo, que en la «Filosofía Austera» hemos puntualizado en el matrimonio jurídico.

Pero aquí surge una pregunta del más grande interés y va a deshacer muchos malentendidos, ¿Existe el amor antes del casamiento, en el hombre y la mujer?... Aquí acuden los poetas románticos, los músicos y los Pierrots y Trovadores, y dicen que sí; y yo, aun a trueque de sus terribles gestos, digo que no. ¿La prueba? Pues que ni Trovadores, Pierrots ni románticos, forman hogar, aunque lo haga alguno que otro músico o poeta serio, lo cual no quiebra la generalidad.

Esos... señores... sólo tienen, conocen y cantan al embrión del amor, la ilusión del amor... en música, que a veces no es ni celestial, porque su amor y su música son... ridículos.

Ya dijimos que el amor nos hace ver excentricidades, locuras, heroicidades y temeridades, pues el amor sin correspondencia es un amor huérfano, o niño, o desengañado, que es lo mismo que decir un amor enfermo, sin control, sin rumbo, y eso no es amor; es el embrión del amor por nacimiento o por decrepitud; amor propio de los precipitados poetas, románticos músicos, Pierrots y trovadores, que le cantan a la luna insensible o a una beldad imaginaria, con las cuales no pueden ser hombres; y el amor es sólo de hombres y mujeres reales y vivos, ya que en espíritu son el amor del Padre.

Bajo este juicio verdadero, tenemos que sentar que los enamorados no se aman; se quieren, que no es lo mismo; se tienen simpatía, si la afinidad los puso enfrente; pero mientras no funden sus almas, no se aman, no pueden amarse; pero están al margen del amor.

Pero ahora surge otra terrible pregunta, que va a hacer temblar a muchos matrimonios. ¿Se ha fundido el alma de los esposos por la unión de los cuerpos? Aquí me salvan mis conocimientos mecánicos y electricistas; la Ley de la fundición nos dará la solución.

«Fundir» quiere decir derretir algo que se puede hacer líquido, que es escudillando (vaciar) en un molde, sale una figura semejante a la matriz que sirve de molde receptor. Entonces, tenemos que rendirnos a la evidencia y sentar que, las almas de los esposos no se funden mientras no hay una concepción de un semejante: de un hijo.

Y entonces ¿qué se efectúa con la unión de los cuerpos, si no hay una concepción? La misma ley Químico-Física nos da la solución. En una fundición se persigue hacer un homogéneo de muchos o varios heterogéneos, para darles a todos un mismo valor, un mismo temple y un mismo ser. Esto es lo que sucede con los matrimonios sin hijos y tiene un grandísimo valor metafísico, moral y estético; es una preparación para en otra ocasión poder crear el objeto perdurable.

Hay otro secreto de la Ley y es que, el amor debe sentirse por los efectos, ya que él es causa intangible; y así es que el amor del espíritu sólo lo puede apreciar el hombre ilustrado en el sentimiento moral, que puede ver los efectos sublimes de la ternura, la benevolencia, el altruismo, el valor, etc., etc. El amor de la carne tiene por base el deseo, el placer y el goce animales, lo que está en los sexos. La ley se sirve de esos medios como acicate y lleva al hombre al redil, abandonando su libertad salvaje para convertirse en libre civilizado, ya que en la unión de cuerpos empezará la afinidad, puesto que la fusión del alma e instintos animales, hace una buena aleación para luego fundir las almas humanas y engendrarán un semejante en la fusión de sus dos almas.

Encontramos, pues, en este estudio del amor de esposos, grandes sorpresas, que son acusaciones graves a los hombres y las leyes que rigen el matrimonio; pero que ya en la Filosofía lo hemos fundamentado y en nuestro Código están juzgadas esas acusaciones; por lo que aquí no nos compete más que la explicación vulgar lo más claramente posible, lo que hacemos en bien de toda la  humanidad.

De los fundamentos que hemos expuesto, nace la evidencia de que antes de la fusión de las almas, de la cual nace un semejante, no existe el amor de esposos, ni pueden decir los novios que se aman; presienten el amor, tienen deseos de amarse, se son simpáticos, hablan los sexos y está todo dispuesto para amarse como esposos. Hasta ese momento (y en el supuesto que sea la afinidad espiritual la que los atrae) encontraremos que es el amor de hermanos el que tienen los prometidos que se disponen a elevarlo al grado supremo de esposos, que es el primer parentesco; el segundo, el de los hijos; y el tercero el de hermanos.

Pero como quiera que sea, cuando ya se llega el caso formal de compromiso, ambos compromisarios tienen un común primer pensamiento: el hogar.

Esta imposición natural no procede de ninguna ley civil ni mandato religioso; es innato el sentimiento en todos los seres animados, cuyo ejemplo vivo lo tenemos en todos los animales irracionales; pues en cuanto entran en celo y se parean, nace el sentimiento materno y paterno y vemos con que afán los pajaritos hacen sus nidos caprichosos y artísticos y las bestias y fieras cavan sus cavernas y guaridas donde han de hospedar a sus hijuelos. Es el hogar enseñado por la naturaleza.

Si entramos en las familias salvajes, encontramos el mismo ejemplo natural de cobijar a los hijos en sitio seguro, formando hogar en las mil maneras que sus medios les infieren; lo que nos da la deducción cierta de que el amor de esposos impone siempre, como primer deber, el hogar.

Vamos a cerrar, pues, éste capítulo, haciendo notar que podemos establecer dos categorías de esposos o matrimonios: 1° los matrimonios carnales, que atañe a todos sin excepción; y 2° los matrimonios espirituales.

En cuanto al primero, debemos decir que es aquella fusión que hemos expuesto de metales heterogéneos en un homogéneo común, que queda preparado para producir por una nueva fundición, los seres o figuras que se modelen.

El segundo es precisamente el ingeniero y el artista modelador, que cuando tendrá todas las cosas de la ciencia y el arte preparadas para una justa concepción, hará lo que se propone, sujeto a las leyes de la materia.

Así también el amor de esposos no puede ser en ley divina aunque natural, sin la fusión de las almas, de la cual se engendra otra alma.

Aun cuando el amor carnal hizo el amor de esposos en lo material, éste sólo es conforme a las leyes sociales o humanas, pero que no difieren de las que rigen a los irracionales más que en las familias, pero el amor de esposos (total y eficiente) no existe hasta que se han fundido las almas y queda concebido un semejante el que es sello de la ley divina. Entonces es un matrimonio que se anota en el libro de la Creación por la vida que engendraron, de la cual responderán ante el Creador.

Tened presente el final del capítulo anterior con las conclusiones de la «Filosofía Austera», y tenéis bastante a la comprensión perfecta, por lo que cortamos aquí para entrar en otro estudio más delicado, aunque es el mismo.