CAPÍTULO SEGUNDO
EL AMOR DE LA CARNE IMPONE LA FAMILIA

Este mismo epígrafe y lo que en él estudiaremos ha de confirmar también todo el capítulo anterior en todos los modos y maneras.

Digamos primero que: el amor de la carne, es un amor animal, brutal; pero de Ley inflexible para la perpetuación de la especie. Estudiémoslo en el hombre, como en los irracionales, esa unión es brutal, impositora hasta la tiranía; pero el lazo que crea en dos seres que funden sus almas, perdura en los dos individuos, aunque la unión sea fortuita; que, aunque así lo parezca, será raro que no sea una deuda contraída y por lo tanto un deber.

En los irracionales parece que el cariño queda sólo de propiedad de la hembra, pero no es así, ni aún en las fieras, desde que vemos que comparten la carga del cuidado y la procura de alimentos más de parte del macho, que de la hembra que amamanta a los cachorros o cuida de los polluelos. Lo que confirma que, la fusión de sus almas por la unión de cuerpos, les impone la crianza de sus hijos y su nido o madriguera representa el hogar del ser humano y por ende la familia.

«La Ley es una y la substancia una», hemos proclamado, y es lo mismo para los racionales que para todas las demás especies; pero que, el que peor cumple esta suprema Ley, es el hombre. Pero a su pesar no puede el hombre eludir la Ley y la cumple rigurosamente, aunque sea sólo en su primera parte, porque el aguijón del deseo se muestra irresistible, porque lo fuerza la naturaleza, llamándolo con el supremo goce que ésta tiene para la materia.

Desde luego, el estudio de esta Ley es infinito, porque cada caso es un capítulo de diferente grado, bien que sea similar a todos, como procedente de la misma Ley; pero difieren todos los capítulos, artículos, párrafos e incisos, en un grado.

El amor de la carne nos hace ver extravagancias, sublimidades, delicadezas y temeridades; pero siempre lleva aparejado la brutalidad, aún en la mayor delicadeza; y es a causa de la imposición de la Ley.

Mas nos encontramos con tales leyes de represión al amor de la carne, que la legislación Civil es un absurdo; pero la Religiosa, en una blasfemia que escandaliza a los seres y los deprime; pero los hace buscar medios de burlar Ley; lo cual es cometer muchos crímenes, además del suicidio propio; pero todo esto lo tenemos que estudiar en sus correspondientes capítulos.

A pesar de todos los obstáculos, rodeos y regodeos, todos son víctimas obedientes del amor de la carne, el que cobra muy caro su galardón de goce y de hijos, pues nos doblega y obliga a formar familia.

Pero hay algo más tremendo que la ley de la carne impone al varón y es el tremendo precio al que le vende la posesión de la hembra. He dicho que le vende, aunque la naturaleza no vende nada. Pero como tampoco da nada de balde ni regalado, puesto que hay que conquistarlo y devolver los frutos obtenidos de todo lo que tomamos de la naturaleza, diré venta, para entendernos.

Pero en el caso del amor de la carne, es terrible la exigencia de la Ley; pues pide en pago nada menos que un ejemplar de la especie y su reconocimiento, alimentación y educación, lo que equivale a renegar de la Libertad absoluta de acción y recluirse al encierro de la familia, creándose así insoportables deberes; insoportables por causa de la propiedad.

La brutalidad del hombre está amansada por ese imperio de la Ley y por una alianza tácita que tienen hecha nuestras bellas tiranas de no concederle al hombre la posesión de su sagrario sin previo juramento de formar familia: es decir casarse.

Y no es que la mujer sienta menos que el hombre el imperativo de la Ley de la carne; sino que esta ley toma por arma vencedora precisamente a la mujer para vencer la brutalidad del hombre; y lo vence, siempre que la mujer quiera cumplir su pacto tácito universal.

Es por este pacto natural, que la mujer, colectivamente, castiga a las que rompen el vínculo social y se convierten en mujeres del prostíbulo, a las que se les excluye de la sociedad, señalándolas como prevaricadoras y castigándolas con el desprecio.

Es una injusticia ese proceder, desde que es un segundo castigo, ya que ellas mismas se imponen el primero y bien terrible, desde que se exponen a su propia afrenta.

Aquí hay un gran sacrificio y una imposición de otra Ley mayor, que habremos de tocar en su capítulo correspondiente. Pero adelanto que, si no fuera por esas prevaricadoras (que las hubo en todos los tiempos), no podrían las demás cumplir su juramento tácito de no conceder al hombre su posesión sin el casamiento, porque no podrían contar con la seguridad de vencer la brutalidad o astucia del instinto de la procreación; de cuya brutalidad son víctimas esas prevaricadoras, que se sacrifican por las castas.

Recordad aquí la composición del alma y cuerpo humanos, siendo la verdad representativa del símbolo del Arca de Noé, con lo que sabréis que, en el cuerpo y alma humanos, conviven todos los instintos de todas las especies animales.

En esa comprensión, entended que la mujer sólo puede resistirse y no ceder al hombre, cuando en ella no está en celo el instinto animal que domina en el hombre en aquel momento; que si en ambos está en posesión  de su derecho, el mismo instinto específico, podría ser la primera vez que se vean, pero se confundirán sin mirar consecuencias. Es que hablaban los sexos afines y se atraen y se funden.

Quiero ser claro como la Luz en este punto metafísico, que envuelve toda la fisiología y biología natural, pues sé que le pongo a la ciencia, el más grande y luminoso jalón.

Para que la mujer resista al pedido del hombre es preciso que no hable el sexo; el sexo no hablará sino cuando en el hombre y la mujer no hable el mismo instinto. Ejemplo: El hombre está dominado por el instinto caballo y se dirige a una mujer que en aquel momento está bajo el dominio del instinto león; por más intrigas, astucias, promesas o fuerza bruta que ejerza el hombre, no vencerá a la mujer; pero puede haber un crimen. Pero llega el hombre dominado por el celo león como la mujer, y a la que visteis defenderse con uñas y dientes, se rinde melosa, suave, en todo su ser, sin medir consecuencias. Es que habló el sexo y es voz omnímoda.

Aquí, Psicólogos, Biólogos y Fisiólogos, os queda un ito que os conducirá en un sin fin pero claro camino.

Cuando se encuentran dos seres en el mismo momento de dominio del mismo instinto, no se resisten; y esto nos explica esos cataclismos de familia, que hacen una página sensacional por producirlos la fuga, el suicidio, el divorcio y otros modos de separación de un matrimonio que antes era ejemplar en fidelidad, según el requerimiento extorsionante de la Ley.

Hay, sí, muchas otras causas de justicia y compensación, como también de una pasión o vicio que producen esos mismos cataclismos; pero corresponden a otros capítulos. Pero sus causas las tenemos estudiadas en la primera parte de nuestro «Código de Amor Universal» y anotaremos lo que sea preciso, cuando nos sea necesario, al tocar tales amores y materias, pues aquí solo haremos probar que «El amor de la carne impone la familia».

Un mero vistazo que se dé sobre cualquier proceso que sigamos entre enamorados, nos pone en la certeza del axioma que explicamos.

Existe la liga tácita de la mujer de negar al hombre su posesión, para obligarlo a casarse y no se lo podrá discutir, ni negar nadie a Schopenhauer, que la descubrió y la sentó.

El hombre la prevé y guarda las fórmulas de la galantería y la delicadeza con la mujer que ha elegido para su compañera, la cual se ofrece en un todo para llenar y colmar el deseo de su amado; pero ese ofrecimiento tiene una fecha por condición y es el día del casamiento. No se resistirían ninguno de los dos; pero en ella, el pacto secreto del sexo y la educación adecuada para rendir al hombre, la hace resistir, manteniendo en acción el instinto mismo que en el sexo del pretendiente domina y de este modo la atracción no los deja separarse y los mantiene en el deseo. El hombre no respetaría; pero las leyes sociales, su propia dignidad, el temor de las consecuencias lo retienen y apresura cuanto puede su casamiento para la posesión del cuerpo y alma de la mujer. ¿Y cuál es el pensamiento de los dos? Los dos y más la mujer, aunque sabe que lleva la peor parte, piensan en el hijo que los retrate.

He aquí probado en toda la evidencia que: «El amor de la carne impone la familia». Lo que nos confirma que el amor de la carne es Ley; y como este punto ya lo tenemos impreso en «El Magnetismo en su origen», «Método supremo», no haremos más que trasladarlo aquí, puesto que es un resumen de todo cuanto a ese respecto hemos estudiado en toda nuestra obra.

Dice así:

NECESIDAD DEL AMOR DE LA CARNE.

Este punto es de toda necesidad en los discípulos del «Método supremo», porque el uso de la carne (o amor carnal como lo llamáis) es también la suprema ley de la materia, por la que se perpetúa la especie humana. El celibato es la negación de la Ley y un crimen de lesa humanidad.

¿Qué sería un mundo sin hombres? ¿Y cómo habría hombres sino por la procreación, por la unión de los cuerpos de la mujer y del hombre? Toda otra argumentación con capa de virtud es una blasfemia; es la negación de la Ley y del Autor de la Ley, el Supremo Creador.

¿Tan mal ha organizado el Supremo Ser, la vida y sus leyes, para que esa raza improductiva y espúrea, que llamáis sacerdotal en la Religión Católica, quiera enmendar la oración? Para declarar la Iglesia de los santos, de las Cruzadas y de la Inquisición, que el celibato es una virtud y un sacramento, debió primero haber descubierto el secreto de que nacieran los hombres sin madre y sin la unión de cuerpos. ¿No lo han hecho?

Entonces, el secreto del celibato es la destrucción de la humanidad, y solo por esta razón esa religión no puede vivir entre los que nacen de madre, y sentenciada queda en la Ley inflexible de la Justicia, y cerca, muy cerca está la caída de Babilonia, la grande, la reina de las fornicaciones. Puede el hombre faltar a todas las leyes y si cumple la de la procreación, si engendró,  es salvo.

Mas puede cumplir todas las leyes y si falta a la de la procreación, no se salva, porque sólo esta crea los lazos de vida; es pues el celibato, contra el progreso y la armonía, y solo para la procreación se hacen los mundos.

No hay que confundir la castidad y la abstinencia, que es virtud, con el celibato, que es el crimen y lleva aparejados en sí mismo todos los crímenes; y por más, desequilibra la armonía de las generaciones.

Pero como todo esto está estudiado, argumentado y codificado, solo haré aquí exponer la conveniencia y la obligación de que nuestros discípulos no estén solos: deben constituir su familia y procurarse numerosa prole.

En este estado el hombre es verdadero hombre; y tiene ante sí abierto un gran libro en el estudio de cada uno de sus hijos, y es realmente un preceptor, con cátedra abierta, y un Juez, a la vez que es un centro, cuyo satélite es la compañera, y los hijos son mundos de su sistema, que deben marchar armónicos, iluminados siempre por el sol, porque en su ausencia, su satélite o compañera, debe reflejar la luz que recibe en depósito del sol, con quién fundió su alma, cuyos hijos serán el resultado.

Aun cuando tenemos muchas afinidades en la tierra, la primera y mayor es la compañera; que para serlo, es porque debió llenar nuestro corazón, y en ley la tomamos para formar ese sistema planetario, a la par que para librarnos de la intranquilidad, del celo y del acecho de esos... angelitos, ráfagas de amor, que se escapan en los pensamientos de muchas virtuosas bellas, que saben que su misión es ser madres, y quieran que no, sueñan y atraen a su alrededor a esos espíritus que deben entrar en sus entrañas para fabricarse sus cuerpos, ser hombres y en cumplimiento a la Ley, dirigen los pensamientos de su futura madre, hacia aquel que por afinidad puede ser su padre, o deber serlo, sin importar estado ni posición.

Aquí, amado discípulo, hay un infinito abismo de sabiduría; pero no es de un método y la obra está hecha, en la que todo se dice y aclara; por lo que aquí solo diré (dispensadme amadísimas hermanitas): Sí, discípulos, seas hombre o mujer, las mujeres son las viruelas de los hombres, por lo que es de necesidad tomar como vacuna una, para librarse de las demás. Tomadla pues y cumplid el mayor precepto. ¿Fórmulas? ¿Sacramentos? La Ley sólo dice amor. ¿Os amáis? He ahí el verdadero y único sacramento, por lo que os bendice el Padre.

Pero sed jueces de vosotros mismos y os enseño a serlo, porque aprendéis a ser sabios, y en esa sabiduría sólo, el mundo puede llegar a su meta.

Un hombre sin mujer no tiene más que media vida y ésta enferma, porque la materia en su Ley no entiende, no puede entender de virtudes en su maceración, coartándole sus funciones divinas, que le son depositadas y mandado multiplicarse; y aún la naturaleza imprime a esas funciones todo el goce y toda la atracción que tiene, para así atraer al hombre hacia la mujer y a la mujer al hombre, a beber del néctar del amor sublime, del que nacen otros seres continuadores de la Creación.

Negarle al cuerpo (pobre instrumento del que el espíritu se sirve para crear la belleza y elevar el progreso) del único goce que como pago a su trabajo le da la ley, es cometer un crimen y preparar muchos crímenes sin duda; por lo que, no se lo neguéis con injusticia; pero evitad no cometáis el vicio, ni el abuso, porque sabéis que los venenos matan, pero esos mismos venenos curan; todo es cuestión de sabiduría y mis discípulos han de ser sabios.

Aun una lección suprema os quiero dar en este punto, al parecer intrincado, y es más claro que la luz meridiana.

¿Creéis que algún ser puede entrar en el mundo por puerta falsa? Si alguien tuviera tal presunción, que presente un hombre no nacido de mujer sin obra de varón; quien tal presuma, destruye al Creador; lo trata de loco, de comediante, de impostor, de injusto, y ése no puede ser Padre, ni Juez, ni nada, sino un fantasma, una quimera, una traición. ¿Queréis un Padre así, que haga gracias y perdones? Yo no lo conozco; si lo conociera, lo destruiría por irracional.

Cada ser antes de encarnar, sufre un juicio; él mismo se hace el proceso y elige padres; pide a la ley de afinidad que le prepare todas las cosas de su causa, para que pueda producir el efecto, sin cuya Ley nada se produce. Ved como el Creador no puede producir cosas irracionales, ni hacer gracias, ni otorgar perdones, porque es injusticia y no podría pedir que cumpliéramos sus leyes, que El mismo quebraría y acabaría de ser el autor de la vida.

No; al mundo no puede entrar ningún ser por puerta falsa; y si una mujer concibe en lo que llamamos estado de soltera, viuda o con voto de celibato y se la señala con el dedo, es porque nuestras leyes y costumbres son antagónicas a la divina Ley, a la cual se ciñen únicamente los espíritus para ser hombres o mujeres, y se ríen nuestros mismos espíritus, de lo grotesco de las leyes que no se pueden cumplir.

Es la declaración de la ignorancia de los hombres, señalar a la madre sin marido y al hijo sin padre. ¿Porqué no señala al padre de aquel hijo abandonado, que bebió el néctar en la madre fecundándola para olvidarla? Ese, ése es uno de los que han hecho esas leyes; quizá sea un juez, un cura, pero en todo caso es un hombre, que no merece tal nombre; es un animal, que sólo vive del cuerpo.

La mujer que concibe en tales circunstancias, cumplió la inflexible Ley y es digna de respeto y acreedora a la ayuda de todos y al respeto de todas las madres; y los hijos (esos hijos que llamaré de libertad), a los que llamáis ilegítimos ¡qué ignorancia! son tan hijos y más del Padre común, como los nacidos en un hogar constituido: he dicho más, porque en los tiempos actuales, encarnar un espíritu así es ser un héroe del progreso, es un valiente que viene a la dura batalla sin padrinos, sabiendo el sanbenito que le pondrán; y acaso el que se lo ponga sea su mismo padre que puede ser un figurón sin corazón.

Protegedlos, discípulos amados, a esos valientes; ayudad a sus madres y buscad todos los medios de que los reconozcan sus padres; por ahí empieza la civilización; y para esto os regalo, adelantándoos, este punto, en el que tenéis ancho campo de acción.

El hombre con mujer vive la vida de los dos y la de sus hijos; está tranquilo y sereno; no tiene tiempo de ser criminal; no tiene que cuidarse de si tiene camisa, o de si le falta cuello, ni perder el tiempo en hacerse el alimento y demás cosas necesarias a la vida; es reputado hombre, porque constituye número entero en la sociedad.

El hombre solo es un quebrado, que sólo en casos raros es empleado por la matemática social y constitucional; así os mando a todos los discípulos del «Método Supremo» que seáis números enteros; con lo que vuestro poder y vuestra influencia serán mayores; reíros de los ascetas, de los ermitaños y de los célibes; porque si alguno (no lo hay) domina la carne, mejor dicho, es su propio verdugo, es contra la ley; y todo eso es causa del desequilibrio de la sociedad.

Aun cuando se puede abundar más en consideraciones lógicas para confirmar que «El amor de la carne impone la familia», creemos haber sido lo bastante extensos para que el lector se haya hecho un juicio afirmativo; y además que cada lector tiene en mismo hechos y pasajes de su vida que se lo confirman.

Sólo, pues, nos resta decir axiomáticamente que el amor de la carne, tan brutal, tan condenado por la Religión, a pesar de todo, es amor sagrado, amor santo y que nadie se puede librar de él, y el que lo esquiva es un suicida y un criminal, por cuya culpa pierde el derecho a la vida, al respeto de la sociedad, a la fraternidad, y es forzoso que la ley suprema de Justicia los separe y los lleve a mundos donde el amor de la carne es brutal solamente, por falta de conciencia. Y es porque son números quebrados fuera de la matemática de la familia.