JESUS HOMRE Y NO DIOS

JOAQUIN TRINCADO

JESÚS HOMBRE Y NO DIOS

PARTE 14




DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER 2° parte

Estas autoridades y podría citar cien más de igual valor, ¿no prueban con claridad igual al resplandor del sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?. Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio de Nicea, hasta 580, año en que fue celebrado el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla y entre más de 1,109 obispos que asistieron a los primeros seis Concilios Generales, no se hallaron presentes más que 19 obispos del Occidente?.

¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por los emperadores, sin siquiera informarle de ello y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de Roma?. O ¿que Osio, obispo de Córdoba, presidió el primer Concilio de Nicea y redactó sus cánones?. El mismo Osio, presidiendo después el Concilio de Sárdica excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos y paso a hablar del gran argumento a que me referí anteriormente para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (petra), sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro. Si esto fuera verdad, la disputa quedaría no terminada; más nuestros antepasados y ciertamente debieron saber algo, no se oponían sobre esto como nosotros. San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: “Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los apóstoles”. San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: “La Roca (petra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro”; y en su sexto libro de la Trinidad, dice: “Es sobre esta roca de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada”. “Dios, dice San Gerónimo, en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el apóstol Pedro fue apellidado”. De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su Homilía 53 sobre San Mateo: “Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión”. Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol?. Hela aquí: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”...

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, sobre el segundo capítulo de la epístola a los Efesios; San Basilio de Selencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa. Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan”: ¿Qué significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca, sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”?. En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: “Sobre esta roca, que tú has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo era la roca”.

El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey en su sermón 13: “Tú eres Pedro y sobre esta roca (petra) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente; edificaré mi Iglesia; sobre mí mismo, que soy el hijo del Dios viviente. La edificaré sobre mí mismo y no sobre tí”. Lo que San Agustín enseña sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y establezco:

1º Que Jesús dio a sus apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.

2º Que los apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al Vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la Iglesia.

3º Que los Concilios de los cuatro primero siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.

4º Que los santos padres en el famoso pasaje “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre San Pedro, sino sobre la roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo NO dio supremacía alguna a San Pedro, y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: ¡Silencio! Insolente, Protestante. ¡Silencio!).

¡No soy un protestante insolente!. La historia no es Católica, ni Anglicana, ni Calvinista, ni Luterana, ni Armeniana, ni Griega Cismática, ni Ultramontana. Es lo que es decir, algo más poderoso que todas las confesiones de la fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos. ¡Escribid contra ella si osáis hacerlo!, más no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo, podrías hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y, sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Más tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aun si la pira fúnebre me aguardase en la Plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.

Monseñor Dupanloup, en sus célebres “Observaciones” sobre este Concilio Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío IX infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la Historia levanta su voz con autoridad, asegurándonos que algunos Papas erraron. Podéis protestar contra esto o negarlo, si así os place: más yo lo probaré. El Papa Víctor (192) primero aprobó el montanismo y después lo condenó. Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fue acto de debilidad, pero contesto: Un Vicario de Jesucristo muere, más no se hace apóstata. Liberio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arianismo para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su Sede. Honorio (625) se adhirió al monotelismo; el Padre Gatry lo ha probado hasta la evidencia.

Gregorio I (578 a 590) llama Anticristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida, Phocas, a que le confiriera dicho título. Pascal II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos; mientras que Julio II (1599) y Pío IV (1560) los prohibieron. Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la Iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revoca la concesión. Adriano II (867 a 872) declaró válido el matrimonio civil; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó. Sixto V (1585 a 1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo II, y Pío VII la restableció.

Mas, ¿a qué buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro santo padre que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aun cuando procediese de las decisiones de sus predecesores? Y, ciertamente, si Pío IX ha hablado ex cátedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia. Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas; por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del Papado es tan sólo de fecha 1870. ¿Sois bastante atrevidos para hacer esto? Quizá los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden, y cuya importancia no ven; pero, aun cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.

Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad Papal, los Protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha, con tanta más bravura cuanto tienen la historia de su lado, mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles. ¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta su Santidad Pío IX? ¡Ay! Si todos hubiesen sido como Pio IX, triunfaríamos en toda la línea; más, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio, silencio! ¡Basta, basta!). ¡No gritéis, monseñor! Temer a la historia es confesaros derrotados. Y, además, aun si pudiérais hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella, no podríais borrar ni una sola de sus páginas. dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto.

El Papa Virgilio (538) compró el Papado a Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es ésta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: “El obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado”. El Papa Eugenio III (1145) imitó a Virgilio, San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole: “¿Podrás enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiere recibido por Papa sin haber primero recibido oro y plata por ello?”.

Mis venerables hermanos: ¿será el Papa que establece un banco a las puertas del templo inspirado por el espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la Iglesia la infalibilidad? Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban XI hizo exhumar su cuerpo vestido con ropas Pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro e ilegítimo.

Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó y lo agarrotaron. Más, ved cómo las cosas se arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él, Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso. Quizá me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id. monseñores, a la librería del Vaticano y leed a Platina, el historiador del Papado, y los Anales de Baronio (897). Estos son hechos que, por honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; más cuando se trata de definir un dogma que podría provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio? Prosigo. El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice:...

Haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras: ¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquéllos tiempos? ¡Qué infamia!. Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban en Roma. Eran ellas las que daban, cambiaban y se tomaban obispos; y, ¡horrible es relatarlo!, hacían sus amantes, los falsos Papas, subir al tono de San Pedro”, (Baronio, 912). Me contestaréis: esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, más en este caso, si por cincuenta años, la Sede de Roma se hallaba ocupada por antipapas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal? ¡Pues qué! ¿Ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de esos antipapas se ven en el árbol genealógico del Papado; y, seguramente, deben ser éstos los que describe Baronio, porque aun Genebrardo, el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901):

“Este centenario ha sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien que apóstoles”. Bien comprendo porqué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de esos obispos romanos. Hablando de Juan XI (931), hijo natural del Papa Sergio y Marozia, escribió estas palabras en sus Anales: “La santa Iglesia, es decir, la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo, Juan XII (956). Elegido Papa a la edad de 18 años, mediante las influencias de las cortesanas, no fue en nada mejor que su predecesor”.

Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1219) que negó la inmortalidad del alma y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.

Algunos alegarán que este Concilio sólo fue privado. Séalo así: pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis deducir como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V (1417) era ilegal. Entonces, ¿donde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo? No hablo de los cismas que han deshonrado la Iglesia. En estos desgraciados tiempos de la Sede de Roma se halla ocupada por dos y a veces hasta por tres competidores. ¿Quién de éstos era el verdadero Papa?.

Resumiendo una vez más, vuelvo a decir que, si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno. Más, ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoniacos, han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ay, venerables hermanos!, mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería echarle suciedad en la cara. (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Pronto! ¡Cerrad la boca del hereje!).

Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad Papal. Podéis declararla unánime, ¡pero faltaría un voto, y ese será el mío! Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?.

Abracémosla, mis hermanos; amémonos con un ánimo santo: hagamos un supremo y generoso esfuerzo. Volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que fuera de ella, no hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechemos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto a la cuestión de las cuestiones: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Cuando hayamos decidido esto habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático, firme e inmóvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas Escrituras. Llenos de confianza, iremos ante el mundo y, como el apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos a nadie “más que a Jesucristo y éste Crucificado”. Conquistaremos la predicación de la “locura de la cruz”, así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana tendrá su glorioso 89. (Gritos clamorosos: ¡Bájate! ¡Fuera el Protestante, el Calvinista, el traidor de la Iglesia!).

Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena. Yo no soy de Lutero, ni de Calvino, ni de Pablo, ni de los apóstoles, pero si de Cristo. (Renovados gritos: ¡Anatema! ¡Anatema al Apóstata!) ¡Anatema, monseñores, anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio colocase a la Iglesia. ¡Ah!, si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera diferente de la mía? ¿Qué le diríais, cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios, que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: “preferimos las doctrinas de nuestros Papas, nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra?”. ¡No, mil veces no!, a no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotada vuestra mente para no atender.

¡Ah! Si El que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad eterna. Bastará con decir que hagáis a Pío IX un Dios, así como se ha hecho una diosa a la bienaventurada Virgen.

¡Deteneos!, ¡deteneos!, venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las Sagradas Escrituras solamente la regla de fe que debemos creer y profesar. He dicho. ¡Dígnese Dios asistirme!

Estas últimas palabras fueron recibidas con signos de desaprobación semejantes a las de un teatro. Todos los padres se levantaron y muchos se fueron a la sala. Bastantes italianos, americanos y alemanes y algunos cuantos franceses e ingleses rodearon al valiente orador y, con un apretón fraternal de manos, demostraron que estaban conformes con su modo de pensar. Este discurso que en el siglo décimo sexto hubiera conseguido para el valiente obispo la gloria de morir en la hoguera, en este siglo presente solamente, provocó el desdén de Pío IX y todos los que desean abusar de la ignorancia de las gentes.

¡Pobres ciegos!, ellos caerán en el hoyo que han cavado para otros.

Lo que confirma todos los autos de este proceso, teniendo el valor de “confesión del delito de falsedad del Papado” y por lo tanto de la religión católica y deja establecido, el principio de inmoralidad, de terror, cohechos, de engaños y soborno y la plutocracia en toda su más alta expresión.