CAPITULO XIII.
DESENCARNACIÓN DE MARÍA.

Setenta y dos años contaba la ya marchita Rosa de Jericó , de los que cincuenta y seis fueron de sin igual amargura y sufrimientos para su amante corazón.
Estaba ya bien sembrada la semilla de Amor y Libertad que trajo el que encerró en sus entrañas, el incomprensible cuando niño y el rebelde desde la adultez, Jesús, que obedecía a su Espíritu y éste a la Ley y mandato que traía por lo que se emancipó de la familia, causa del dolor de la Madre.


Habían caído ya algunos de los Apóstoles y quizás para no amargarle más la vida, fue llamado su Espíritu a su patria.
Tanto del cuerpo de Jesús se ha hecho del de su Madre por la Religión Católica, diciendo que se la llevaron los ángeles al cielo, pero hoy que ya no pasan esas invenciones absurdas y mercantiles en todo contrarias a la Ley y porque hemos llegado al día de la verdad en que la Tierra es Iluminada sólo por el sol de la Libertad, porque vuelve a ser encadenado el Dragón de Apocalipsis se os dice sencillamente: el cuerpo de María está en España, como el de Jesús está en Jerusalén y en su día darán testimonio.


María no sufrió para su desencarnación más enfermedad que sus sufrimientos morales. Se despidió en materia, pero no se separó en Espíritu del lado del que amaba, su Jaime, que luchaba y más le ayudó en Espíritu en su obra, pues le mostraba mejor los peligros y la Dirección de la Causa de la Doctrina de Jesús.
Al expirar María, en su hijo abrazó a toda la humanidad dándole el último beso, para que él lo diera como señal de Paz, y a la humanidad toda se lo doy en el Código de Amor, pero en particular a las Madres se los doy aquí, donde conocéis a María Madre por la única Ley por la que se puede ser Madre, por obra de varón, y en esa Ley cumplió ella y cumplís vosotras la Divina Ley de la Procreación.


María siendo Madre por la Ley general es grande y fuera de ella sería un mito y aún deshonrada y pone en tela de juicio al Creador del Universo.
María siendo Madre por obra y gracia del Espíritu Santo no podría comprender los dolores del Matriarcado, ni tendría ningún mérito en su Maternidad, porque los Méritos se ganan y no se reciben de gracia.


Es María Madre natural de sus hijos y no es Madre de Dios, pues por sobre ser el Creador impersonal, tampoco hace acepción entre ninguno de los Espíritus de sus hijos y son tan hijos suyos los que llamáis demonios como los que tenéis por ángeles.


María fue una mujer cabal en la ley de la materia, igual a todas las mujeres y de esto precisamente nace su grandeza como mujer y como Madre, porque supo ser Madre, que no basta serlo sino saber serlo, porque madres lo son hasta las bestias, pero de ser Madre a saber serlo hay una distancia muy grande y para saber ser Madre hay que saber ser Digna Mujer y Buena Esposa y para todo esto se requiere Amor, Amor y Amor, porque sólo el Amor todo lo ennoblece, todo lo iguala y todo lo vence y recordad aquí el caso de los celos de José y en él veréis dónde está la fuente de la Paz de las familias y María sabía acudir a beber en esa fuente de vida y salud.


Os he presentado a María como Mujer y Madre en la Ley general y no de otro modo se puede ser mujer y madre, ni de otra manera se pueden saber las debilidades y virtudes del sexo, los sufrimientos y goces de las madres, las penalidades y méritos de la esposa y tampoco de otro modo puede elevarse el Espíritu ni cumplir su misión en los Mundos y este encargo que de ella tenía lo cumplo con todo mi amor y llamo a las Madres de la Tierra a que me digáis, si no comprendéis mejor así el amparo, protección y auxilio que María os da al invocarla; si no la llamaréis con más confianza sabiendo que fue mujer de carne y hueso como vosotras, que sufrió lo que vosotras sufrís como mujeres, esposas y Madres; si no es esto ser más grande que irracionalmente Virgen y Madre de Dios, dos cosas imposibles porque son contra la Ley Divina.


Yo sé ¡pobres Madres!, que estáis prejuiciadas y os han prejuiciado los mismos que deshonraron a María a sus siete hijos y a su esposo ,pero sabed que mi Espíritu que hoy anima un cuerpo, instrumento para Juez del Padre, es el mismo Espíritu que animó el cuerpo de Santiago, el benjamín de la gran familia de José y María, el amado hijo de la gran María y me han querido desmoralizar dándome por Madre, a una parienta de mi Madre y yo reclamo para mí y para mis hermanos el reconocimiento de hijos de María y José, que fueron, por orden, de nacimiento Jesús, Efraín, José, Elisabeta, Andrea, Ana y Jaime y en agradecimiento de reconocernos, repito aquí el beso de Paz que mi Madre me dio para toda la humanidad al expirar su sagrado cuerpo porqué en él se encerró el Mesías de la Libertad Jesús y la Ley de Amor que hoy os da y ya la tenía del Padre el que entonces ya era el Juez, Jaime que hoy os Juzgó bajo otro cuerpo, siendo el Anticristo.


María prometió su ayuda y estar con la humanidad de la Tierra hasta el fin de los siglos. ¿Podía prometerlo?, ¿tiene valor su promesa?, ¿en qué se funda su valor?¿, ¿por qué todas las Madres la invocan y reciben su auxilio y consuelo? ; vamos a verlo.