No forcéis el cerebro de vuestros hijos.

Junio 5 de 1959

La mayoría de los hombres encarnados son impacientes porque no saben que la vida es eterna y continuada, y van creciendo y se hacen hombres y comprenden que su vida es corta y quieren hacerlo todo con violencia, con desesperación.

Recurren a los medios más inadecuados para lograr el fin de que se habían propuesto, porque no saben que la vida es activa, es violenta para los hombres encarnados, según la comprenden ellos, pero que todo en la Creación sigue un ritmo invariable y hay que ser pacientes, porque el progreso no se adquiere a trancos, sino a pasos lentos, a pasos seguros. ¿Por qué quieren correr? ¿Por qué quieren atropellarlo todo para lograr un fin determinado? ¿Qué no comprenden que todo tiene su tiempo medido y que la Ley obra al centímetro, al gramo y al segundo?

Los hombres quieren hacer dinero y no ven los medios, sólo ven el fin, porque están llegando a la madurez de la vida y quieren preparar una vejez tranquila, pero ¿acaso es tranquila su vejez? No; ese ajetreo, esa violencia con que viven acorta sus días y les proporciona una vejez miserable, enfermiza y llena, muchas veces, de remordimientos que los hacen sufrir mucho.

En cambio el hombre paciente, el hombre tranquilo, el hombre que sabe esperar y hacer las cosas a su debido tiempo, ese va más lejos porque va despacio, porque no se violenta para conseguir lo que necesita, sino que espera con calma, espera tranquilo y su cuerpo no resiente esas crisis de violencia y de inquietud que tiene el hombre atolondrado, y llega a una vejez tranquila y vive feliz porque, como meditó todos sus actos, no tiene de qué arrepentirse, porque todo fue mesurado, todo fue pensado y calculado con paciencia. Qué diferencia entre la vejez del hombre que supo vivir su vida tranquilo, confiado, meditando y haciendo todo a su tiempo, y la de aquel que todo lo arrolló para conseguir lo que quería con violencia, cayendo y levantando y, sin embargo, no triunfó en la vida y su exigencia material fue más cruda o pereció trágicamente; o llegó a su vejez arruinado física y moralmente.

Qué diferencia del que va por su camino lentamente, sin apresurarse, sabiendo que la Ley no se equivoca, que todo se da al hombre a su debido tiempo porque, como dije, la Ley obra al gramo, al centímetro y al segundo.

No os precipitéis; no queráis correr; no queráis seguir en una carrera loca que no os conduce a nada. Conocéis un libro y queréis devorarlo, queréis asimilar los conocimientos que contiene de un tirón y lo único que lográis es una amalgama, una turbación en vuestra mente humana y no sacáis del libro el provecho que esperabais. Leed despacio, meditad lo que habéis leído asimilándolo lentamente en vuestro interno y así veréis que el provecho obtenido es bueno.

Es como la semilla que se deposita en la tierra, tiene su tiempo de germinación, no va a brotar antes por procedimientos químicos, y si brota antes, no lleva la riqueza de gérmenes vitales que lleva la semilla que se desarrolla naturalmente a su tiempo.

No forcéis el cerebro de vuestros hijos; ya veis qué poco viven ahora los juramentados ¿por qué? porque se les da demasiado de todo: demasiado alimento, demasiados conocimientos, demasiada libertad, demasiados placeres y el niño crece rodeado de tantas facilidades que llega a la adolescencia sin haber aquilatado los conocimientos que debía y lleno de vanidad y ahito de placeres porque todo lo tuvo a su alcance.

En cambio, el niño pobre que sabe lo que es el hambre, que sabe de la abstinencia, de las dificultades para conseguir un libro que lo instruya, que sabe de ola humillación y del frío, va a avanzar más pronto, espiritualmente, por el trabajo que le dio aprender y porque fue lentamente, porque no tuvo facilidades y todo lo tuvo que vencer por sí mismo. Así es la obra del espíritu. Conocen los hombres una doctrina nueva y quieren investigarla pronto y leen y leen ¿y acaso comprenden lo que leyeron? no, es la gota de agua bienhechora de la buena lectura, hecha poco a poco, la que aprovecha , leed un capítulo de una buena obra, meditadlo, volvedlo a leer y entonces sí cosecharéis el fruto que no habíais imaginado; pero si cogéis un libro y lo devoráis en una noche y creéis que lo entendisteis, estáis muy equivocados, especialmente tratándose de las obras de esta Escuela, o de las pláticas que aquí se os dan; no las comprendéis oyéndolas una sola vez, necesitáis leerlas después y meditarlas y sólo así llegaréis a un grado de progreso que no alcanzaréis precipitándoos.

Sed pacientes, aquilatad vuestros conocimientos, meditad vuestra misión, pensad antes de obrar y así lograréis, hermanos míos, un progreso mayor, vuestra luz será más intensa, vuestra experiencia más grande e iréis más seguros por el camino que conduce a la perfección, que es imposible de alcanzar, pero poco a poco iréis adelante, siempre adelante, siempre con la esperanza de ir más allá.

José de Arimatea