El Ejemplo.

Factor insustituible en la educación de los niños. Siembra y cosecharás.

Abril 14 de 1939.

Tocaremos hoy un punto por demás interesante y del que no hemos hablado aún: la manera como debéis educar a vuestros hijos con los principios de esta Escuela.

Ante todo acordaos de que vuestro ejemplo vale más que todas las doctrinas.

No imitéis a las religiones que inculcan máximas y consejos que el niño aprende de memoria como las aprendería un loro, de tanto repetirlas, que si no van unidas al ejemplo, si no van seguidas de la práctica, son por demás.

Vosotros tenéis mayores ventajas que la generalidad de los padres porque disponéis de un Centro de Luz (la Cátedra) a donde vuestros hijos son traídos y poco a poco van penetrando en su cerebro esas enseñanzas que después embellecerán su espíritu.

Sois vosotros los que sembráis la semilla; en la infancia, en los primeros años de vida, es la edad en que el niño graba profundamente todas las impresiones que recibe y esa semilla que con tanto amor depositáis, germinará y florecerá en la edad venidera, en la edad de la conciencia. Acordaos, pues, de que es esa edad cuando el niño requiere más atención; pero nunca lo forcéis.

Las doctrinas de la Escuela explicádselas, mejor que hacérselas aprender de memoria.

Hablad siempre a su razón, como os he dicho.

Ya veis cómo en la adolescencia, que es cuando el espíritu los llama, cuando habla en ellos y viene esa evolución que hasta en materia se siente tanto, es cuando vuestros hijos comienzan a daros más en qué pensar y a llenaros de preocupaciones; es que no supisteis cuidar su infancia, esa infancia que es la época más interesante de la vida del hombre, porque lo que entonces se aprende, lo que en esa etapa se recibe, perdura para toda una existencia y prepara las demás.

Acordaos de que hay que estimular la imaginación del niño, hay que desarrollar su inteligencia y su razón.

El niño es el pedazo de cera que recibe y conserva todas las impresiones; cuidad de la calidad de esas impresiones que quedarán grabadas para siempre.

Poco os preocupa el niño pequeño; no da trabajo; la vida, en ese período, es fácil; cuando comenzáis a pensar seriamente en él es en la adolescencia y es entonces cuando recibís las primeras decepciones ¿sabéis por qué? porque esa infancia, que erróneamente creéis que tiene tan poca importancia, no estuvo bien preparada. Es por eso que he querido hablaros de la educación del niño desde el momento en que llega a la vida, porque desde entonces comienza su preparación y es precisamente en los primeros años cuando debéis darle todo el interés, la atención y el estudio y dedicarle toda vuestra inteligencia y vuestro amor.

No creáis que porque el niño es tan chico no os entiende, lo repito.

No forcéis su memoria ni su imaginación; sed suficientemente inteligentes para tenerlo siempre interesado.

Grandes misioneros han venido a vuestro mundo con la hermosa misión de instruir a los niños. Ha habido maestros de filosofía, maestros de escuelas superiores y aun de las escuelas primarias; y ya veis cómo, desde el siglo pasado, vinieron también educadores de la niñez; vino un Pestalozzi, un Froebel y otros muchos con la alta misión de educar al infante antes que al niño; ello crearon nuevos sistemas, trajeron la semilla del amor y establecieron los Kindergardens (Jardines de la Infancia).

Los que habéis tenido a vuestros hijos en alguno de esos establecimientos, si seguisteis con interés su labor, habréis visto cómo, a pesar de lo mal que funcionan en la mayoría de los países, la idea es muy hermosa: el niño se enseña en ellos a jugar y todos sus actos y juegos lo inclinan siempre al amor hacia su compañerito, que vosotros sabéis que es su hermano.

Obrad así con vuestros hijos. Haced de vuestra casa un jardín en el que sean ellos las más hermosas flores. Cuidadlos con ternura, dadles todo vuestro amor.

Sed siempre dulces y tiernos y desarrollad en ellos dulces maneras.

El niño que es tratado con dulzura no puede ser cruel jamás.

No seáis duros con él; nunca uséis de violencia para reprenderlo, menos para castigarlo. Bastante os he hablado ya de esto.

Sembrad en él la virtud, enseñadle la verdad, acostumbradlo a ser puro y poseeréis siempre la confianza de su corazón.

El niño que se enseña a ser puro y sencillo de corazón lo será eternamente, aunque de grande, cuando ya sea responsable de sus actos, en plena lucha con la vida, tenga que mezclarse entre los demás y muchas veces se vea lleno de lodo, porque lo salpiquen en el tráfago de la vida. Ese niño -ya hombre- se conservará puro y sencillo, verdadero y grande.

Así debéis procurar que sean vuestros hijos; pero también así debéis de ser vosotros, ya que sois el espejo en que ellos se miran.

Tened siempre presente que vale más el ejemplo, la práctica, que todas las máximas y doctrinas que erróneamente se trata de inculcarlas de memoria, sobre todo dentro de las religiones.

Que la paz sea con vosotros.

José de Arimatea.