El Castigo.

Crueldad innecesaria cuando se recurre a la razón.

Marzo 31 de 1939.

Todos los que estudiáis en esta Escuela sabéis que los premios y los castigos no existen en la ley del Padre.

Sin embargo, el hombre castiga a aquel que falta a la ley moral y premia al que cumple con ella.

Así, os quiero preguntar: ¿Sabéis castigar a vuestros hijos? ¿Sabéis premiarlos? ¿Tenéis derecho a castigarlos?

No me podéis contestar esas preguntas.

Si observarais con ello un régimen de vida normal y ordinaria, si no os dejarais arrastras por la violencia, si vuestra vida estuviera arreglada de manera que la de ellos no sufriera esos cambios a que los tenéis juntos, no cometerían faltas que ameritaran castigo.

El día que observéis los consejos y reglas que en estas pláticas os he dado, vuestros hijos observarán una conducta normal y no merecerán vuestro castigo.

Las madres, generalmente mujeres postergadas que sufren las consecuencias, con mayor dureza que vosotros, de la mala situación pecuniaria, de vuestro mal carácter, de todas las vicisitudes de la vida porque son ellas las más sensibles, porque su sexo y fisiología están sujetos a variaciones en su carácter, hacen víctimas a sus hijos de esta sensibilidad exagerada.

¡Cuántas veces la madre está violenta, resentida, ha recibido alguna ofensa del marido, no le alcanza el dinero para el gasto, y por una falta pequeña castiga injustamente a su hijo!

¡Cuántas otras, estando contentas, le toleran verdaderas faltas, de trascendencia! Pensad en que el niño no es un ser irracional; hay que hacerle ver la causa que motiva, no un castigo, sino una reconvención o un consejo. Hablad siempre a su razón y pocas veces tendréis necesidad de recurrir al más cruel de los castigos: a golpearlos.

El niño que se acostumbra a recibir golpes, pierde su dignidad, relaja su personalidad; hay facultades en él que estaban brotando, que estaban desarrollándose y, sin embargo, un golpe mal dado no sólo lo hiere físicamente, sino que lo lastima también mental y lo que es peor, espiritualmente.

Al niño no debe golpeársele nunca. No, hermanos míos; no lo hagáis víctima de vuestra violencia jamás.

El niño entiende siempre, aún en la edad de la inconsciencia. Hablad a su espíritu, dominadlo con vuestra voluntad, con vuestro pensamiento; sabed utilizar vuestra mirada.

Me diréis que en esa edad no entiende razones. No; los espiritistas sabéis que el niño entiende, que al niño se le puede hablar aun dormido; el espíritu oye, el espíritu escucha, el espíritu comprende.

Nunca castiguéis al niño privándolo de los elementos necesarios para su desarrollo físico.

¡Qué crueldad recurrir al castigo como se emplea por lo general en los colegios católicos: poner al alumno a pan y agua. Es un crimen, es detener el desarrollo de su materia, es vulnerar la ley de la conservación de la materia, que es el instrumento de que se vale el espíritu!

Aun fuera de esos sistemas religiosos, tan crueles e irracionales, hay madres también que sujetan a sus hijos a privaciones dolorosas. Al contrario; cuando el niño falta, es cuando debéis demostrarle toda vuestra ternura es cuando debéis envolverlo en vuestro amor, cuando debéis proporcionarle mayores beneficios, goces más grandes para que se de cuenta de que vosotros sabéis perdonar, que disculpáis aquello de lo que tal vez él no fue el único responsable, sino que vosotros lo orillasteis a cometerlo.

Cuando vuestros hijos cometan una falta, estudiad la causa, ved el origen y cuántas veces descubriréis que sois vosotros responsables.

Acordaos de que mientras el niño no hace conciencia, sois vosotros sus protectores y los que debéis responder de ellos; pero no hagáis uso de la fuerza, no flageléis nunca sus carnes porque lo que lograréis así es incubar en ellos un deseo de venganza.

El niño que ha sido golpeado, el niño que ha sido flagelado, herido en su cuerpecito, crece con un instinto de venganza y, cuando es padre, a su vez, recuerda aquel tratamiento e inconscientemente lo da también a sus hijos.

Pagar... ¡cuántos crímenes se evitarían si el niño no se habituara a pegar...!

Se acostumbra a pegar porque a él también se le ha pegado... es instintivo... todos lleváis muchos instintos que no se han saciado todavía... y os defendéis como fieras. Cuántas veces el niño se cae, se golpea, y la madre por desgracia, porque son muchos los casos que suceden, sea por la misma excitación nerviosa, por sus pesadumbres o por el choque recibido va, y antes de ver lo que le ha pasado le pega también. Es doloroso decirlo, pero así sucede.

El niño que se acostumbra a ser golpeado pierde, como ya se ha dicho, su dignidad, su delicadeza; se relaja en sus sentimientos más nobles; después, es como el organismo que abusa de los medicamentos... ya no reacciona con ninguno.

El niño que ha sido tratado con dureza, cruelmente, es el huésped de vuestras prisiones, esas cárceles que no existirán dentro de algunos años, cuando sepáis dirigir a vuestros hijos, soldados valientes en la lucha, cumplidores del deber; pero mientras abuséis de los castigos con vuestros hijos, a los que no tenéis derecho, pues hay que hablar primero a su razón, no esperéis que ellos os correspondan de buena manera.

Castiga la vida, decís; es cierto; por eso, haced ver al niño, cuando cometa una imprudencia, que le habíais advertido que no jugara de cierta manera; si lo hace y recibe el golpe, la picadura del insecto, o la quemadura, recordadle que se lo habías prevenido y explicadle entonces que así es todo en la vida, que es él solo quien se ha dado aquel castigo, quien se ha torturado o molestado; es decir que no sois vosotros sino ellos mismos, los que se han proporcionado el castigo equivalente a la magnitud de su falta, que es el resultado natural de sus propios actos; por eso no os constituyáis en sus verdugos; apelad siempre a su razón, habladles, que ellos os entenderán ¿Comprendéis ahora la pregunta que os hice al principio de la plática? ¿Podríais responder a ella?

No abuséis de vuestra autoridad. Acordaos de que los hijos son depósitos sagrados que se os han hecho y de los cuales tenéis que responder.

Conservad la delicadeza de esos tiernos vástagos vuestros; que les baste una mirada dura para que se sonrojen, para que sientan todo el peso de una falta, si la han cometido; pero no los acostumbréis a golpearlos ni a privarlos de los elementos necesarios para el desarrollo de sus materias, para el desenvolvimiento de su espíritu. Comete una falta el niño y lo priváis de algo que para él era una gran ilusión; con esto le hacéis un doble mal, porque le quitáis la oportunidad, que significaba para él un adelanto, lo segregáis de los demás, como se hace indebidamente en los colegios en que se separa al niño de los juegos, se le aleja de las clases y no sólo se le exhibe ante todos, hiriendo su dignidad, sino que se le priva de las clases, a las que tenía derecho, y del juego, que le da salud y alegría.

Este es un punto difícil de tratar porque es algo que no comprendéis bien los de la actual generación.

Los tiempos serán llegados en la Tierra cuando la vida sea normal, cuando no se flagele ni se vulneren las leyes naturales, en que el individuo lleve una vida que no merezca castigo, ni censura, ni crítica y sea como un tren que corre sobre vía y si no hay obstáculos que se interpongan en su camino, no podrá chocar ni descarrilar ni salirse del camino que se le ha trazado.

Sed así vosotros, trazad a vuestros hijos el camino, guiadlos, dirigidlos, quitad los obstáculos que pueden perjudicarles y veréis cómo esos niños no merecerán vuestro castigo.

Sobre todo, como os he dicho, nunca flageléis sus carnes, son carne de vuestra carne, sangre de vuestra sangre; los habéis traído con sufrimiento, son el fruto de vuestro amor, de vuestro dolor inmenso. Madres que me escucháis ¿cómo tenéis valor para martirizar esos tiernos cuerpecitos que formasteis en vuestras entrañas? No, hermanos míos; pensad en la manera efectiva, no de castigar, sino de prevenir. Aconsejad siempre, hablad a su razón, que ellos os entenderán.

José de Arimatea