Trascendental importancia de desarrollar en los niños la atención y la concentración.

Posesión: Margarita M. de Martínez, en la sesión del viernes 10 de febrero de 1939

José de Arimatea con vosotros:

Ante todo quiero hacer una breve explicación porque la comunicación que se acaba de leer (Obediencia, deber ineludible de los juramentados), podría dar lugar a confusión, puesto que hace poco se os habló de la rebeldía del espíritu, que es obediencia a las leyes del infinito.

Vosotros, padres espiritistas, que sabéis que vuestros hijos son mayores que vosotros, os apasionáis por ellos; los veis superiores, y eso ha hecho que os hagáis tiranos de ellos u os hagáis sus vasallos, puesto que no tenéis la energía suficiente para dirigirlos.

Así es que he venido a pediros que no confundáis y que en vuestra razón sepáis encontrar el término medio, que sepáis actuar como debéis en la dirección de ellos y que tengáis presente que es un deber primordial de todos los hombres enseñar a sus hijos a obedecer, puesto que, como ya os he dicho, todo en el infinito obedece a leyes que lo rigen.

Y ahora quiero tocar otro punto de importancia para vuestros hijos.

Cuando el espíritu encarna, su primera edad, sus primeros meses de vida, casi no está en su materia; por eso el niño duerme tanto; está ligado a ella, pero es inconsciente; su mirada es vaga, no puede concentrarla, no hay fijeza.

DEspués, va creciendo el niño y comienza a despertar; pero trae aún el recuerdo del infinito, de lo abstracto, de lo grande, de lo que no se puede medir; por eso es tan difícil concentrar la atención de un niño, cuesta trabajo; sólo espíritus viejos son los capacitados para la meditación y la concentración desde muy pequeños.

Siendo este un punto de vital importancia para la educación de vuestros hijos, he querido tratarlo esta noche.

Trataré sobre diez puntos necesarios. Cuando la ocasión sea propicia, vendré a desarrollarlos. Hoy es el tercero.

Es muy importante, de necesidad imperiosa, que desde pequeñitos acostumbréis a vuestros hijos a concentrar su pensamiento.

Desde la cuna, el niño comienza a fijarse en un juguete, en la cara de su madre; empieza a distinguir al perro, al gato; poco a poco su campo de observación se va haciendo más extenso.

Vienen los primeros años; ya tiene un juguete y se fija en su mecanismo; ya fija su atención.

Atención y concentración; no confundáis, son cosas diferentes. Primero viene la atención y después la concentración.

La atención objetiva es necesaria en el niño.

La concentración mental -después espiritual- es el resultado de una buena atención objetiva seguida sistemáticamente. Por eso, ahora que los hombres han adelantado, han comprendido que la primera enseñanza del niño tiene que ser con objetos y colores; colores vivos y objetos que llamen su atención y que lo vayan instruyendo poco a poco, es decir, que vayan despertando los conocimientos que él trae de encarnaciones anteriores.

Más grandecito ya, el niño comienza a fijar intensamente su atención, muchas veces con fines innobles, por ejemplo, cuando usa la resortera, un juguete al parecer tan inocente pero que perjudica tanto el desarrollo de su espíritu -fija su atención en un blanco- generalmente un pobre pajarillo y goza con pegarle y herirlo y su triunfo es todavía mayor cuando lo mata. Para lograr ese objeto, el niño ha concentrado toda su atención; el niño, en ese momento, ha dedicado todo su pensamiento a ese fin y lo ha logrado.

Así, por el estilo, hay muchos juguetes que van despertando la atención del niño, que van obligándolo a concentrarla.

Vosotros, como espiritistas conscientes, debéis aprovechar ese desarrollo, esa fijeza que existe sólo cuando el espíritu se da cuenta de que está aquí, de que no está ya en el infinito sino que está cautivo por una temporada, por un lapso de tiempo y que es aquí donde debe actuar.

Por eso os digo que desde pequeños los acostumbréis a fijar su atención en objetos nobles que desarrollen, a la vez, la facilidad para concentrarse.

Enseñadles desde pequeños a concentrar su pensamiento, a enviar, en la mañana, un saludo al sol, a ese padre que da vida, que da calor.

Así, poco a poco, el niño va pensando, va sabiendo que hay otro Padre superior que en la mañana debe saludarse.

Enseñadle que debe disponer su materia para realizar sus tareas, para comenzar su lucha, empezando por ofrecerse, lleno de alegría, de sonrisas, a sus padres, para que depositen en él su beso matinal y pueda entonces dedicarse a sus estudios, que son, de pequeños, sus únicas obligaciones.

Hacedle ver que, en la noche, debe concentrar su pensamiento; debe pensar en sus acciones, buenas y mala, verificadas durante el día; que debe sentir dolor por las cosillas malas que ejecute y sentir satisfacción por las obras buenas, por pequeñas que sean.

Debéis enseñarle, así mismo, que tiene sus guías, que tiene sus protectores, que sólo esperan su llamado, que estén siempre con él demostrándole su amor, pero que éste será más grande aún si el niño sabe pedirlo.

Así, su pensamiento llegará hasta el Padre y él irá progresando poco a poco y en la edad en que ya sea consciente, en su despertar de hombre, el niño estará educado, sabrá concentrarse y podrá entonces recibir las intuiciones del espacio. Ya podréis comprender cuán grande será así su obra y qué fácilmente desarrollara esa misión que traen todos los niños, todos los juramentados.

A eso se debe que los pueblos orientales sean superiores a los occidentales, porque, desde pequeños, los educan en la concentración de pensamiento.

Si creéis que sea de algún provecho para vosotros lo que os acabo de decir, ponedlo en práctica mis queridos hermanos, y hasta la próxima vez, que trataré otro punto de gran importancia para la educación espiritual de vuestros hijos.

José de Arimatea.