CAPÍTULO CUARTO
EL FANATISMO

El fanatismo, en cualquiera de las cosas que el hombre lo sea, es el más grande peligro de la cosa.

Fanatismo quiere decir: aberración, apasionamiento, testarudez y furor incluyen en el fanatismo también la tenacidad; pero nosotros, en justicia, la sustituimos por testarudez, porque la tenacidad en muchos casos ( en la mayoría) es una gran virtud, hija de la certeza, de la fortaleza y la razón que da una convicción.

Estos encabezamientos, a la par que necesarios para que nadie tergiverse las cosas a su capricho, tienen un segundo propósito confirmativo de que «El espiritismo entiende de todo, porque lo es todo» como hemos afirmado, menos religión, por el hecho mismo de que anula las religiones.

Y bien. ¿ Quién podrá fiarse de las prédicas de un fanático que no puede razonar? Pero si en todas las cosas es un peligro el fanatismo, en el espiritismo es la desgracia y la desarmonía; porque en general, son unas verdaderas nulidades en principios y filosofía espiritas; porque donde hablan, allí dejan un ambiente contrario al espiritismo y porque son siempre ( sin excepción posible) pasto de los espíritus detractores que les dominan y les fanatizan.

El fanático, es también sistemático, y no de un conjunto de reglas, sino de un embrollo de palabrería sin fundamento científico, ético, ni filosófico, que llevan la discordia y la confusión a los demás, donde quiera que abra su boca el fanático.

No es difícil ver al fanático meterse donde no hace falta, sin que lo llamen, y hablar sin provecho ni a tiempo de la doctrina, de la que no entiende ni la A, y deja un precedente desfavorable al espiritismo en todos los que lo oyen que, luego, con poca más conciencia que el fanático, califican a la causa por aquel que no es efecto del espiritismo, sino del fanatismo religioso y del sistematicismo, como lo son aquellos ligeros jueces, efecto de la causa que defienden con el mismo fanatismo, sistema y prejuicio del espiritismo; pero que ante lo inconsistente de los argumentos del fanático dicen: «He ahí un ejemplar de lo que son los espiritistas».

Ese juicio es una calumnia, puesto que no conocen el espiritismo: si lo conocieran, dirían en vez: He ahí un fanático de su ignorancia, que denigra aquello mismo que quiere defender.

Sí, esa es la hazaña y el bien que recibe el espiritismo, de los fanáticos.

El fanático es incorregible y hace perder el tiempo a quien quiera ponerlo en razón y obliga a tener que tratarlo con rigor en defensa de la causa, a la que denigra con su charlatanismo, siempre hiriente.

Cuando quiere mostrarse humilde, es cuando precisamente se comprende al pagado de sí mismo, al orgulloso entre los humildes, pero al esclavo ante los orgullosos.

El fanático no se da jamás por vencido, ni se confesará jamás convencido, aunque le muestren la luz más clara que la del sol: y cuando hayáis conseguido (cosa muy difícil) hacerlo siquiera callar, entonces hará su acto de humildad rabiosa, tratándoos de suprematico, porque eso comprenderá en vuestra tenacidad hija de la certeza.

El fanático no es un convencido, ni un convicto: es sencillamente un suprematico insaciable, un impositor a lo salvacionista, que con destemplados gritos y trombonazos rompedores de tímpanos auriculares, habéis de creer que «Con la Biblia estáis salvados», aunque la interpretéis mal; y es porque ellos, salvan su estómago con la Biblia y queriendo «El mundo para Cristo» (menos lo que ellos coman), no seréis capaces de convencerlos que «Cristo» ( entendiendo como entienden a Jesús) dijo: « Mi reino no es de este mundo»; si eso los pudiera convencer, ya no serían fanáticos, porque se acabaría el salvacionismo.

Si pudierais igualmente convencer a los fanáticos espiritualistas y espiriteros de que, Jesús no es divino, ni el más, ni el último, se acabaría su fanatismo, porque también se acabaría el espiritualismo.

De esto se deduce la gran sentencia filosófica de: «Si quieres acabar con las telarañas, mata la araña; sentencia que crea el principio científico: «Toda causa crea un efecto». Entonces llegamos a esta conclusión racional: No siendo posible corregir a los fanáticos, es forzoso eliminar las causas que los hacen.

He aquí el propósito que hemos hecho: eliminar, arrancar, matar el espiritualismo y ya no habrá fanáticos, porque el espiritismo no puede crearlos, desde que pide fe de obras, estudio continuado, estudio de todo hasta la sabiduría, y no reconoce desigualdades, aunque declare que cada hombre es un grado diferente del progreso.

El fanatismo del pretendido sabio, es más malo que la inconfidencia del ignorante.

El sabio jamás puede ser fanático, porque la convicción es una certeza; y ésta le da la tenacidad, que como garra de acero, no suelta la fija que tiene, hija del estudio en el curso de las ciencias, que lo condujeron al primer grado o dintel de la sabiduría, encontrando allí a su propio espíritu, como amable, pero inflexible rector de su propia aula, el que le hizo comprender que los otros espíritus conocían otros grados, y entre todos, componían la universidad.

El fanatismo religioso, lleva a la religión a su propia sepultura.

El fanatismo científico, destruye los frutos que pudiera dar el estudio razonado de la ciencia, lo que es anular la ciencia; si no la mata, es porque, como hija del espiritismo, es inmortal; pero el fanático, pone tísica a la ciencia. El fanático partidista, hace fracasar y mata políticamente al partido.

El fanático espiritualista ha matado al espiritualismo, pero es un detractor del espiritismo, porque no dice que es espiritualista, sino espiritista; lo cual es desviar de su curso al espiritismo; no a él, sino a los que seguirían su doctrina luminosa.

Y como en general, al llamarse espiritistas es porque, aunque amalgamados, conocen algunos principios de la filosofía espirita, no sólo son detractores, sí que también prevaricadores.

Los hay fanáticos de todos los tonos y calibres y dispuestos a la calumnia vil y cobarde, al cohecho, a la extorsión y hasta el crimen premeditado y jurado, a estilo de los «Caballeros de Colón» cuyo juramento lo encontraréis en «Los Cinco Amores», que os suplicamos leáis, y nos releva aquella página nefanda y vergonzosa, de discurrir más sobre el fanatismo.

Nosotros preferimos la ignorancia, al fanatismo. El ignorante puede ser enseñado y dejar de serlo; pero el fanático, es incorregible, porque se cree sabio y no conoce la razón, ni les avergüenzan las derrotas, que las cantan actos de martirio por su misión. Pero es la misión del detractor.

Un fanático es lo mismo que un zorro que asalta un gallinero: todo lo trastorna; y mientras el zorro no sale o lo sacan, el gallinero es un infierno desordenado.

Si queréis, pues, orden y tranquilidad, ahuyentad de vosotros a todo fanático, aunque os acuse de orgullosos, supremáticos y desamorados. Al fuego con ellos: al fuego del desdén y menosprecio, que es lo que más les hiere.