CAPÍTULO NOVENO
LA PARTICIPACIÓN DE LOS ESPÍRITUS EN LOS HECHOS DE LOS HOMBRES

La participación de los espíritus en los hechos de los hombres, se justifica por tres causas esenciales, entre muchas otras.

Primera por el amor; segunda por el odio; y tercera por el deber.

Las dos primeras no necesitan explicación aquí, ya que en todo el libro está tratado y en nuestros libros todos, se trata unas veces de intención para fundamentarlo y siempre por su fuerza propia, porque aparece en todo el amor y el odio de unos y de otros, hombres y espíritus. Pero la tercera parte, que es el más grande de los fenómenos quien la origina, ésta necesita en este libro este capítulo, aunque está bien atomizada y comprobada filosóficamente en todos nuestros libros impresos y en todos los que, ya escritos, esperan en nuestro archivo. Esa causa que ori­gina el deber es la reencarnación, y la reencarnación misma, es el primer deber.

Por todo lo argumentado en el capítulo « Paternidad de los Espíritus», se ve claro que la reencarnación es el primer deber y está mandado inexorablemente en las inflexibles sentencias y mandatos ( )que el espíritu recibe como destino eterno y constante: «Id, hijos míos, a acrecentar la creación; cuando seáis maestros de la creación, venid a mí: y siempre os espero»; que con « Si odias tendrás que amar», «Si matas con tus besos resucitaras al muerto», y como sólo siendo hombre y mujer se puede apren­der a ser maestro de la creación: como el odio y el amor ha de ser practicado y borrado siendo hombre y mujer, se explica claro que el primer deber es la reencarnación.

Cuando hemos estudiado la reencarnación en todos los libros interiores y hemos explicado la afinidad, lo hemos dejado bien comprensible esto, tan discutido, dudado y negado por los que precisamente beben la vida a grandes tragos y luego quieren morir por miedo de vivir, para pagar sus vidrios rotos. Son malver­sores.

Cuando hemos hecho juicio y demostrado que, ni la gracia ni el perdón ni el premio, ni el castigo son del Creador ni de su ley, hemos querido demostrar que, las vidas son para los valientes y el progreso para los que constantemente viven para cumplir las leyes de la creación y reencarnan siempre, sin que los obligue la ley de justicia del gobierno del espiritismo; porque conocen su deber de acrecentar la creación, de ser maestros de la creación para poder volver a su Padre: de apagar los odios, rencores o simples rencillas, y de amar y ser amado de todos los habitantes del mundo, encarnados y desencarnados. Esto, ya confirma que la reencarnación es el primer deber; y por buena voluntad, o por la imposición de la justicia, los espíritus reencarnan.

Entendiendo, pues, que la reencarnación es necesaria para el progreso universal y del espíritu y que es únicamente como hombres que nos ofendemos y nos pagamos las deudas, es necesi­dad también entender, que tenemos derecho cuando estamos en estado de espíritu, a intervenir, por nuestro propio bien, en los hechos de los hombres, puesto que es prepararnos una mejor vida cuando reencarnaremos.

El fenómeno de la reencarnación está muy divulgado; pero aun no lo han comprendido los hombres en toda su grandeza y esperamos que ahora lo comprenderán, por el juicio destino que hemos expuesto tantas veces: y se estudiará de un solo modo y entenderá de una misma y única manera y forma, lo que será la base de un estudio único en los métodos y la forma el espiritismo, a lo que aspiramos con este trabajo.

Comprendiendo, pues, el primer deber del espíritu su propia reencarnación se explica lógicamente el deber de participar como espíritu en los hechos de los hombres que nos preparan con su trabajo, luchas, estudios, leyes y progresos, la vida social y civil que tendremos que vivir cuando reencarnemos.

El castigo de Prometeo de comerse sus propios hijos, o la horrible pena de Tántalo, serían dulces pasatiempos comparados con lo horroroso de vivir una sola vez, sin poder tener compensa­ción. ¿Qué entendería yo de la belleza, si no disfruté de ella? ¿ Dónde podía nacer mi ternura, si esa sola vez viviera y fui hom­bre y la ternura, sólo puede enseñarla la maternidad? ¿ Cómo apreciaría el derecho de igualdad y libertad, si una sola vez viviera y en ella fui tirano o esclavo? ¿ Cómo serían posible las ideas, si de antes no tuviera remanentes en mi sentimiento? ¿ Cómo po­dría nacer en mí el sentimiento, si viví una sola vez y fui el dés­pota avasallador? ¿Acaso la civilización, la cultura, ni siquiera la urbanidad, podrían entrar en mi ser, con una sola existencia? ¿ Cómo podría ni siquiera imaginar un régimen común, si no hu­biera vivido bajo todos los regímenes de tiranía, de plutocracia y diferencia? ¿ Acaso por la historia podría sentirlo, aunque leyera todo lo hecho por los hombres? Y si no leí una sola historia biográfica de un solo hombre, ¿ cómo puedo sentir la virtud, ni el vicio, la ignorancia y la sabiduría, el dolor y la alegría, la opu­lencia y la miseria, etc., etc., de todos los hombres y mujeres y de todos los países? Porque con todos viví; porque de todo toqué; porque tantas veces existí, cuantos conocimientos tengo. Esta es la razón y la verdad.

Entonces, ¿ no es ése un fundamento eficiente para compren­der que como espíritus, tenemos el deber de inmiscuirnos y par­ticipar en todos los hechos de los hombres, puesto que el ser hom­bre es circunstancial, si comparamos lo corto de la vida de un cuerpo con la eternidad de la vida del espíritu, pero que tiene que vivir como hombre y mujer para cada cosa y puntos del sen­timiento, progreso y civilización, hasta la vida y régimen común como hermanos?

No quiero restar valor a la grandeza de ese interrogante que los hombres han de meditar y corto el capítulo con esta afirma­ción: Por deber, los espíritus toman parte activa en los hechos de los hombres.

Aquí dejo estudio perpetuo.