CAPÍTULO TERCERO
MANDATO DEL PADRE CREADOR A SUS HIJOS

Cada vez que el Padre crea una familia de espíritus, individualizando tantas partículas de su propio ser como número haya de tener esa familia, que ha de ocupar un nuevo mundo embrionario, creado por el Gobierno del Espiritismo, se presentan los grandes Maestros y piden al Padre una nueva familia de hermanos: « Porque hemos agrandado tu casa con un hogar más”, le dicen.

El Padre entonces emite de sí mismo la familia pedida por sus hijos, Maestros de la Creación y les dice: «Id, hijos míos, y acrecentad la Creación; y cuando seáis Maestros de la Creación, venid a mí, y siempre os espero". Esta es su carta política.

Esos Alitos del propio Creador, ya individualizados, y antes de partir de la casa paterna o centro vibratorio, oyen el mandato inflexible que en cada instante y eternamente se oye en todo el Universo como sanción legal y moral: «Si, odias, tendrás que amar; y si matas con tu, besos resucitarás al muerto».

¿Entrañáis lo tremendo de ese mandato político-social y gubernativo-moral? ¡ Cuán pocos son los que han parado mientes a la inflexibilidad absoluta, acaso porque, quieran o no, lo cumplen obligados, aun por leyes no faltas de razón, pero sí muy pobres de espíritu porque aun son dictadas por los espíritus supremáticos generalmente y no por amor a sus hermanos sino tratando de engañarlos cada vez un momento más, esperanzados precisamente en el amor del trabajador, que siempre se sacrificó en aras del amor fraternal, consintiendo su sacrificio, antes que sacrificar a !su propio ofensor y hermano verdugo!

Terrible engaño que se hacen a sí propios los supremáticos, pues quieran que no quieran, han de pagar hasta el último gramo a la Creación; y han de amar a los que odian; han de dar vida a cuantos las quitaron y también han de ser Maestros de la Creación, Apóstoles de la Verdad, y han de volver a la presencia de su Padre; que «Y siempre os espero», dice.

Ya ahora podemos decir algo del principio de la vida individual del Espíritu.

Oída la sentencia de volver a la casa paterna y el mandato de Amor, esa familia creada, sabios todos y de 1a misma luz y potencia, pero sencillos a causa de su pureza, e inocentes, porque aun la materia no los envolvió, se lanzan al espacio para crearse su primera envoltura, su parte de alma universal, con la que puedan vencer la resistencia de la gravedad, y así van cruzando atmósferas y planos, tomando en cada una moléculas Etéreas que le darán su primer carácter y aficiones instintivas, y no puede ser que dos tengan las mismas moléculas y por consiguiente el mismo carácter y aficiones, porque tampoco pueden tomar la misma cantidad de moléculas de un mismo instinto, aunque tendrán de todas y todos los instintos.

Así van entrando en atmósferas, cada vez más densas, hasta cubrirse del todo en su luz, para formar así con ese «Periespíritu» ( parte del alma Universal) un vestido aislador, con el cual puede engolfarse en la materia sin hacer irrupción y cae en un letargo que durará millones de siglos, hasta que ascienda a los grados o planos de los que descendió, en virtud del mandato de hacerse Maestro de la Creación.

Omitamos aquí lo que ya está explicado en la «Filosofía Austera Racional», en la «Creación del Alma humana», «Aparición del Hombre en la Tierra» y del anunciado «Conócete a ti mismo», para decir: Aquella familia espiritual que hemos visto cruzar atmósfera y planos, cargándose de moléculas Etéreas cada una de un instinto, con esa envoltura de alma universal, ha entrado en la materia de un mundo embrionario a ser el hombre, casi sin forma, sin ningún instinto aparente de hombre como un magnetizado sonámbulo, que hace sólo lo que le imponen.

Allí no hay voluntad manifiesta, no hay instinto definido. Es, en una palabra, una masa pesada, un montón de carne. Pero allí está encerrada aquella chispa que vimos individualizarse del mismo ser y substancia del Creador su Padre y no está insensible, ni parado un solo instante: pero su cárcel es demasiado obscura, de muros muy rústicos, gruesos y sin ninguna abertura por donde pueda hacerse oír y, sin embargo, allí está obrando ya la gran metamorfosis, la mágica alquimia de depurar materia y dominar instintos, con cuyos productos ha de hacerse un alma brillante, grande y sentimental y una conciencia en la que sienta y perciba la grandeza de que forma parte en la infinita Creación y la excelsitud de su procedencia, que podrá olvidar, pero que no podrá borrar, y un día saldrá indeleble como esculpida en diamante.

Dejemos a un lado este mundo embrionario; no nos paremos en otro de prueba al que asciende, ni nos fijemos en el primitivo, al que arriba, cuando ha hecho conciencia de que es y de que no puede vencer a la ley, y parémonos en el mundo de la expiación, en el que sin remedio va a pagar los vidrios que rompió en los mundos anteriores, y ha de llegar, al terrible cuanto feliz momento de su liquidación, en un severo juicio de mayoría.