CAPÍTULO SEGUNDO
PATERNIDAD DE LOS ESPÍRITUS

Si sacara las citas de todos los hombres, que consagran al hombre « Hijo de Dios” sería un tiempo precioso perdido; pues habría que llenar inmensos catálogos y grandes volúmenes, para anotar los errores de concepción; por lo que renunciamos a esta tarea, aunque no sea en absoluto, pues nos reservamos la libertad de tomar las que más directamente lo confirman, corrigiéndoles el error común o circunstancial en su concepción o significado; por ejemplo, Jesús, el más significado de los misioneros moralistas y revolucionarios hasta sus días, en sus enseñanzas a sus discípulos les dijo: «Amaos los unos a los otros, como hermano que sois del mismo Padre, que está en los cielos». Aquí no hay un error de concepción, pero lo hay circunstancial y necesario en aquél momento, en que se creía en el cielo y el infierno, como mansiones de gloria o sufrimiento.

Si hubiera dicho solo: « Amaos los unos a los otros como hermanos que sois, hijos del mismo Padre» no habría ningún error; pero la ignorancia, necesitaba una promesa para cumplir cualquier mandato, como necesita el mozo de café, o el sirviente asalariado la propina que os muestre espléndido, cuya esplendidez hará mejor servicio que el pago estricto de vuestra consumación.

Es un egoísmo indudablemente; pero es una necesidad circunstancial por la costumbre mala adquirida sin mirar que la propina lo rebaja moralmente en la dignidad.

Así pues Jesús, que sabía esta baja costumbre, ese hábito arraigado de la dádiva, para imponer mayor autoridad a su mandato, tiene que cometer un error en el añadido « Que está en los cielos» que significa la propina aunque a largo plazo. ¡ Cuántos desengaños y cuántas reclamaciones habrá tenido Jesús por esa falsa promesa! Pero los hombres tenían la culpa y no podían quejarse. ¿Por qué querían que 1os engañaran?. En cambio, los que eran amenazados con el infierno por no amarse, se habrán reído a mandíbula batiente al no encontrar al terrible demonio que los metiera en la caldera de Pedro Botero; o también andarán escondiéndose en cualquier grieta de la tierra para no dejarse ver de tan desagradable engendro fantástico.

Pero si los examinamos racionalmente a los que se han amado como hermanos, como a los que odian a los demás, veremos que unos gozan de la gloria del cielo de su progreso; y los otros; sufren un infierno terrible de remordimientos sin igual. ¿Qué mayor cielo y qué más terrible infierno que éste, que nos explica racionalmente el Espiritismo? Y al descubrir tales cosas de error (aun en las enseñanzas del hijo único de Dios y Dios mismo según la Religión Católica y aun según los Espiritualistas). ¿Cómo no van a temblar la una y los otros, que son la misma cosa? ¿ Cómo no van a temblar digo, de la rabia de su impotencia, de la vergüenza de sus gratuitos y garrafales errores y mentiras, descubiertos por el Espiritismo Luz y Verdad que, como Isaías, quema y anula a todos los dioses de palo, piedra o metales y hasta de carne y huesos?...

Tembláis, sí, como delincuentes; pero no temáis por vosotros temed por vuestras causas. Vosotros, aunque no quisierais, seríais como los buenos, hijos del mismo Padre Creador, que no es Dios. Es Padre, y el padre no castiga, corrige. Pero no vayáis a caer en el otro extremo de la apatía y la inacción o en el odio, porque «Mi Padre tiene muchas moradas», dijo también Jesús; y esas moradas son mundos que empiezan, donde la ley es la fuerza bruta y el sentimiento no ha nacido aun en aquellos nuestros hermanos y allí es el lugar de la corrección para los que estorban en los mundos de progreso, en su día de justicia. Es voluntario ir o no a esas moradas; pero como la justicia es tan rigurosa, vuestro espíritu no verá otro camino que el que conduce allí, y la ley de gravedad obrará su indomable influencia empujando y el magnetismo atrayendo y la afinidad llamando, se hacen irresistibles y rodaréis como bola de hollín. No lo toméis como una amenaza, y sí cono buen consejo, pero tenedlo como un axioma del Espiritismo Luz y Verdad.

En todos nuestros libros, con citas y razonamientos, hemos sentado que, todos los espíritus, lo mismo que amen o que odien, los denominados ángeles, como los llamados demonios, son igualmente hijos del mismo Padre Creador y nuestra austeridad en los juicios, juntamente con vuestra sinceridad, es bastante al hombre de razón a comprender y creer esta verdad, aunque sea sólo por razón de orden y economía. Pero hay una prueba irrefutable y nos la muestra en todo instante la Naturaleza y las inmutables leyes universales y sempiternas.

Es efectivamente así y no podemos dudar de una sola paternidad, si considerarnos que los elementos no tienen distinción para nadie; y quema el fuego y moja el agua y azota el viento y alumbra el sol igualmente a todos, blancos o negros, pobres o ricos, sabios o ignorantes, y nacen del mimo modo y desencarnan de idéntica manera; y todos tienen el mismo organismo y ejecutan los mimos actos fisiológicos, sin los cuales la vida no puede ser.

La madre tierra, toda parte de un mismo epicentro; y nadie vió una marca de propiedad tendida en un predio por la Naturaleza, a favor de ningún individuo.

Que los hombres hayan hecho esas marcas de propiedad, no es culpa del Padre de todos: es culpa de sus hijos malversores de los que gustaron de la vagancia y del egoísmo desmedido, aprovechando la bondad y el amor de los que comprendieron que el amor de hermanos les prohíbe apropiarse de lo que es común, y es común, todo lo que la Naturaleza y la inteligencia crea y produce.

Las falacias del «Derecho Divino» son una primera usurpación de la igualdad fraternal; producida ésta y tolerada en el primer desgraciado momento, el primer prevaricador ha impuesto la lucha por la existencia; y nadie culpe a la Ley, ni al Padre de todos, sino a la bondad, en unos casos, de los desinteresados; a la ignorancia de que la bondad, para ser tal, debe acompañarse de la justicia en otros; con cuyo conocimiento el hombre no habría consentido en el prevaricato, ni en la improducción del parásito, que precisamente es el que más predica y recomienda el «Amaos los unos a los otros, etc. », a cambio de ser él el que no ama a los otros, que no sólo no los considera hermanos, sino viles esclavos, sin derechos, más que el de producirlo todo y carecer de todo, y al final, todavía los condena para después de la muerte, al infierno con muy raras excepciones.

Ese prevaricador es el causante de todos los males sufridos por la humanidad. Pero de los hombres que toleraron y aun toleran la supremacía del Derecho Divino y con él el parasitismo, es la responsabilidad; y no puede quejarse, pero sí puede volver por sus fueros desconocidos y recuperarlos; y a eso se encaminan esas mayorías de trabajadores que demuestran ser los que aman, porque aun para su lucha de reivindicación; proclaman la fraternidad.

De éstos, ha dicho Hellí, en el testamento secreto de Abrahán: «Y mis hijos de Luz, que Ángeles llamáis; me traerán a sus hermanos que son mis hijos, aunque los llamáis Demonios, porque obran el mal».

De modo que, la fraternidad única de todos los espíritus está proclamada por el mismo Padre y confirmada hasta por los prevaricadores, y sobre todo hoy está confesada por todos los hombres, precisamente en las luchas por imponer un mismo derecho y un régimen común que demostrará la «Política del Creador y el gobierno del Espiritismo» sin supremacías, porque no habrá Dioses; y fraternal, porque no habrá fronteras, ni propiedad individual.

Las `luchas entabladas hoy entre el acaparador y el productor, entre el capital y el trabajo y entre los del Derecho Divino y los sin derecho, son también la prueba eficiente de la única paternidad de todos los Espíritus; pues hasta los supremáticos (en su mayoría) se doblan ante el llamado del trabajador a la fraternidad.

Pero no olvidemos que hay un símbolo que no ha sido estudiado, ni comprendido y ese símbolo lo hizo para explicarlo hoy el ignorante Moisés. Ese símbolo es: «Caín y Abel», que será materia del párrafo siguiente.