CAPÍTULO III

El descubrimiento de la eterna verdad

Está ya dicha la verdad eterna en lo contenido en los capítulos anteriores y hecha ley en el "código" que os llegará en breve; pero hay necesidad de concretar y ratificar aquí lo que es la eterna verdad.

Lo hombres cambian de posición en cada instante; y como sólo han tenido verdades relativas a su estudio, porque no se les podía dar toda la verdad de una vez, porque todas las cosas, por buena justicia y lógica, es necesario empezar por un principio, para poder llegar al fin. Así la verdad suprema, no se podía dar más que por grados. El Padre, no tiene más que una ley para todo el universo y rige con ella a todos, "ángeles y demonios", como dice Abraham, y a todos los llama el Padre hijos suyos sin distinción.

La verdad suprema eterna e indiscutible es la vida eterna y continuada. Mas tan sencillo axioma, envuelve toda la creación y todo el progreso del infinito, desde el Alfa a la Omega; y cambian los hombres de posición según ascienden en progreso; pero jamás la vida cambia en ningún mundo, ni en ningún ser, sea este labriego o potentado; mendigo o emperador; sabio aparente o sabio olvidado; célibe o libertino declarado; todo ello, es un grado aparente; una faceta más o menos tallada en el diamante de nuestra conciencia.

Véis el oro que os llena los sentidos en una moneda o una alhaja y la admiráis en su color, valor y sonido; pero ved ese mismo oro en el filón mineral y sólo tierra véis; no os llena; no hay belleza; no hay atractivo y es el mismo oro, del mismo valor, color y sonido, que después de separadas sus pepitas del terrón y acrisolado y trabajado por la inteligencia del hombre.

Véis sacar igualmente de la mina fangosa una piedra bruta, deforme y fea y si no sois peritos, la despreciáis; pero la toma el perito, la escama, la pule y os la presenta deslumbrante de luz y colores en sus facetas. Todo es lo mismo. El diamante, el oro y la sabiduría encubierta por el traje humilde o el conocimiento de sí mismo descubierto en su luz y belleza por el trabajo. No ha cambiado la sabiduría, el oro o el diamante, sino el hombre, que progresa en cada instante. Pero este punto lo trataré más extenso en el segundo libro.

Dice Tolomeo: "La tierra es el centro del universo y todo se mueve alrededor de ella; ella está firme presidiendo los cielos tachonados de estrellas para recreo del hombre". ¡Triste grandeza, aun entre tanta magnitud! porque la vida no era infinita.

Mas viene Galileo. Comprueba que la tierra se mueve y aun firmando una retractación obligada, su conciencia veía la verdad y, mientras firmaba, pega con el talón sobre la tierra y dice: "A pesar de esto se mueve". De allí llega el hombre a ver, que el centro de Tolomeo, apenas es un átomo del infinito y es en realidad un átomo: pero ese átomo es infinitamente más grande que la grandeza del centro de Tolomeo, porque en este la vida es limitada. En el de Galileo, la vida es infinita.

Y es lo mismo la vida y los movimientos cuando Tolomeo, que cuando Galileo; y lo fué antes y lo será eternamente. Pasan los mundos en su progreso, pero no pasa el espíritu autor de la vida demostrada, porque es la palabra eterna de Eloí que no pasa, vida, porque es para siempre.

Los hombres (en su materia o cuerpo) pasan y pasarán infinitas veces en todos los mundos que existen y se crean eternamente; (pero no pasa el espíritu que es la vida demostrativa) porque el espíritu es creador de los mundos y los cuerpos, para lo que es consubstancial con su Padre Eloí, autor del pensamiento perpetuo e infinito de la vida eterna y continuada, cuyo pensamiento es el Eter. ¡Potente y eterna vibración! del cual el espíritu voluntad y acción del omnipotente Eloí, toma todos los materiales para demostrar la creación en mundos y formas; por lo que, siendo el espíritu el demostrador de la vida y por ser consubstancial con su progenitor, la verdad eterna es la vida eterna y continuada, la que es solo el espíritu y en él, sólo Eloí su Padre, cuya verdad no cambia.

Lo que cambia es el hombre de ignorante en sabio cuando se conoce a sí mismo, con lo que llega a ser hombre perfecto relativamente en el mundo de expiación, lo que solo sucede, cuando descubre su trinidad; cuando ve a su primero el espíritu. Entonces, todo cambia en él como el diamante pulido, que de tosca piedra se convierte en luminar, que tantos más cambiantes de bella luz tendrá, cuantas más facetas se haya labrado en el progreso. Lo mismo es para el espíritu: llega a su plena luz, cuando de todos los efectos sube a las causas, con lo que, en sí mismo y en su hermano, no ve dos, sino uno y lo ama y de ahí, en sí mismo, ve todo el universo; la vida eterna, la acción eterna, la ley única y al único creador: Eloí.

Ha cambiado millones de veces de posición y vió que la verdad relativa de ayer, hoy era más relativa y vacía y por tanto error. Ve ahora, que todo lo que no es vida eterna y continuada, es siempre relativo, vacío, falto de valor y se rinde a la evidencia de que, la verdad que no cambia eternamente es la vida y que no sería tal, si no fuera continuada; porque, si un mil millonésimo de segundo se interrumpiera, cesaría la luz, cesaría el movimiento y, el universo desaparecería.

No: la vida no sufre interrupción; por esto es continuada. No; la vida no se acabará, porque es el espíritu la vida demostrada en su Padre Eloí, que tiene el pensamiento eterno de la vida que demostrará el espíritu su hijo consubstancial y por lo tanto coeterno con él y en él y tiene que demostrar la vida en todos los grados, desde el mundo embrionario hasta el centro vibratorio. Por esto, el espiritismo es la verdad suprema y eterna, porque, su alma, su progenitor, su substancia, su ley, su misma vida, es Eloí.

Espiritismo, lo dice todo: luz, fuerza, potencia, sabiduría y amor, que se encierra todo en la mágica y universal palabra Eloí que solo cuando el hombre es trino puede pronunciarlo en fruicción.