PARRAFO IV
LEY DIVINA, LEY NATURAL Y LEY HUMANA.

Estas tres leyes, son todo el argumento de esta obra, porque en su todo son: la Fisiología, la Fisiognosia y la Etnología, en las que se descompone el ser hombre.

Pero todas esas leyes son toda la ley de amor, porque es la única ley del Creador y de ella nacen las otras leyes derivadas y fatales llamadas naturales, y de estas, por la imperfección de la materia y el progreso del espíritu, hacemos leyes o reglamentos humanos, con los cuales, sin querer, nos engolfamos en la ley única de amor, después de recorrer todos esos intrincados vericuetos de leyes, las más de las veces sin razón como hemos visto atrás, pero que responden al modo de ser de cada grupo o pueblo de los tantos en que se dividió la tierra.

Y es que el espíritu, en su sabiduría, deriva de una causa tantos efectos cuantos defectos hay en los hombres; y luego que éstos van sufriendo desengaños, van quitando defectos y comprenden los efectos y así llegan a conocer la causa, para, al fin, venir a converger al punto de partida: a la ley de amor.

Hace el espíritu en esto, como el océano, que manda por hilos finos en sus filtraciones por la tierra el líquido de vida, el cual sale a borbotones en las fuentes, sacando cada una las peculiaridades del terreno por donde se filtra; proveen a la humanidad en sus necesidades y luego corren en arroyos y torrentes, regando las tierras y formando los grandes ríos, que al fin, vuelven al océano en poderoso caudal, después de haber cumplido el fin de la ley natural, que en finos hilos filtrados las sacó del mar.

Vuelve a su centro a purificarse de las impurezas que recogió en su marcha; y lo mismo sucede en todas las leyes humanas, que son las fuentes que satisfacen la sed del hombre, o curan sus dolencias en particular; y las constituciones, que encierran todas las leyes parciales, son los riachos y torrentes que entre todos, forman el caudaloso río del progreso, que al fin entra en el la ley común por el derecho de gentes. Este es el océano donde se purifican las aguas en el oxígeno de la fraternidad, que ya es amor.

¿No véis cómo todo estudio nos llevará fatalmente al principio de donde procede el efecto, o sea a su causa? Pues así como surgió, sin buscarlo, el ejemplo anterior, hubiera surgido un árbol, un animal o un hombre, habríamos descubierto necesariamente su causa, porque los efectos indican claro como la luz, cuál es su causa.

Lo que hace falta al hombre es, tirar los prejuicios erróneos y no temblar al llegar al borde del efecto; porque en los efectos estudiamos lo físico y en el borde del efecto encontramos lo metafísico y de su conjunto, descubrimos la causa generadora de lo metafísico y lo físico.

Pero si temblamos en el borde, es seguro que lo perdemos todo, porque no nos sirve de nada lo que hemos visto en lo físico, ya que nos falta el valor para escudriñar lo metafísico, que es el neutral equilibrador que existe en todo entre el efecto y la causa.

Sabéis, pues, que toda esa trinidad de leyes, divina, natural y humana, al fin se refunde sólo en la ley de amor, que es la causa que las generó, atendiendo la ignorancia del hombre; y lo hace, por lo que la causa es en sí misma: amor.