PÁRRAFO II
ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO

En el capítulo sexto está contenido todo lo que es el hombre; y estudiado en los párrafos I, II y III, lo que son el espíritu, el alma y el cuerpo, sin cuyas tres entidades no puede ser el hombre.

En la ignorancia, la trinidad ha sido desconocida; cuando fue presentida por los hombres, dijeron: cuerpo, alma y espíritu, creyendo que el espíritu fuera efecto del alma y del cuerpo; y ya habéis visto que es al contrario, que el espíritu es causa del efecto cuerpo y alma, al unísono con la trinidad máxima y suprema Eloí, espíritu y vida.

Tenemos presente la procedencia del espíritu, que es el Creador; y aunque todas las otras cosas también proceden del Creador, ellas son sólo el pensamiento del Creador; ya os hice ver que, el pensamiento es sólo el deseo de ser; y no son cosa hasta que llega la voluntad y a los pensamientos los convierte en hechos por la acción de la voluntad; y la voluntad del Creador es el espíritu, por lo que éste, el espíritu, es el creador de las cosas en su forma tangible e intangible, porque sólo al espíritu le ha sido dada la inteligencia, por ser la voluntad creadora y demostrativa del creador único que, llenándolo todo nada ocupa, porque sólo es su pensamiento; pero por su voluntad demostrada en el espíritu, este, es el ordenador de la eterna metamorfosis de las formas, para que el espíritu siga siempre buscando el mayor grado de perfección por la sabiduría.

Así, el espíritu obra inteligentemente las infinitas metamorfosis y hasta él (podríamos decir, aunque impropiamente), se metamorfosea, porque se viste cada vez de mayor belleza; pero esto es impropio y no se puede tomar más que relativamente la metamorfosis del espíritu, porque lo que hace es vestirse más finamente por su trabajo, según va purificando su alma, que es la que en realidad sufre la metamorfosis más alta de la ley metafísica.

Así es la verdad, que el alma, antes de llegar como individualidad a servir de periespíritu, o cuerpo astral, o doble etéreo como se le llama, aunque gramaticalmente es vestido del espíritu con el cual toma forma, formas y sexos para la tangibilidad y demostración de la vida, ha salido (su materia quintiescencia) a fuerza de evoluciones metafísicas en todos los cuerpos del reino animal, desde donde asciende a la individualidad cuando la toma un espíritu como vestido para crear el cuerpo del hombre, que sufrió también las mismas metamorfosis, ascendiendo desde el germen telúrico que formó el mundo y pasando por los reinos mineral y vegetal, fundiéndose continuamente aquellos cuerpos, luego de cada período de vida demostrativa en otras especies hasta ascender a la más perfecta; desde la cual debían fundirse todos los cuerpos animales para contribuir al cuerpo del hombre; y todas las almas animales, para formar un alma suficientemente escencia para servir de vestido, o cuerpo astral al espíritu, que había de hacer de aquella alma, su archivo, su conciencia, con la que metafísicamente haría cuerpo y cuerpos y llegaría del estado inconsciente, a la luz de la razón y la inteligencia, siendo en ese momento tres y uno solo; el espíritu.

Antes también, cuando el espíritu tomó su primera alma en un mundo embrionario, eran tres en uno solo; pero al revés de ahora; entonces, el solo, era el cuerpo animal, recién salidas sus esencias de los animales; y el espíritu, en su ley de amor, no debía mostrarse, porque es imposible matar los instintos, ya que eso sería contra él mismo; pues con la metamorfosis continuada, todos aquellos inmensos montones de instintos animales, cada cual más feroz, serían en su día su rico archivo de sabiduría, su gran depósito de progreso y su gran espejo de conciencia.

He ahí la tremenda metamorfosis sufrida por los cuerpos para llegar a ser parte del alma humana; y es éste el primer grado metafísico del alma en el cual puede dar cabida al espíritu que la ha de llevar a ser conciencia, clara, sentimiento puro y luz de su misma luz a fuerza de metamorfosis, que son tantas, que resultan innumerables nada más que hasta donde se encuentran vuestras almas en éste séptimo día de la tierra, en el que dejó la tierra de ser mundo de expiación, para ser mundo regenerado.

Pero no olvidéis que hemos pasado en la tierra ya, 45 millones de siglos, hasta llegar al juicio de mayoría y ascendíamos del mundo primitivo; a éste, del de prueba y a éste del embrionario, siempre metamorfoseándonos. ¿Cuántas evoluciones habremos hecho y es espíritu las rigió?

¡Qué grande resulta ahora el espíritu! ¿No es verdad que, aunque lo habéis visto infinitesimal ante el Padre, detrás de él, no hay otro ser, ni otra cosa más grande? ¿Quién no verá ahora la injusticia de los hombres dúos, que cuando se hicieron el primer destello de conciencia y encontraron su alma, le dieron a ésta toda la grandeza del hombre, siendo sólo del espíritu?

Pero, ¿creéis que es poco, que el hombre pueda llamarse dúo, aunque cometa la injusticia de creer al alma, causa de su ser?... No es poco; es mucho y cuando a eso llega, ya el espíritu puede iniciar el progreso, las artes y las ciencias, para con eso poner el orgullo (último instinto del ser racional) en un "brete" del que no puede escapar, porque retroceder no puede; y si ha de ir adelante, tiene que descubrir, quiera o no, a su jefe y primero, el espíritu, que aun no sabía el hombre que dentro de su capote iba el que lo hacía andar y se produce el encuentro supremo: uno que todo lo hizo en silencio y no puede ceder su ley; otro que creía ser el todo y director y se encuentra con que sólo es el capote, la herramienta; y gracias que los estima hasta el amor máximo, porque con sus hijos que le han costado largas luchas y metamorfosis innumerables y les dice el espíritu, lo que Jesús advirtió: "¿Quién será el primero?" ¡Qué lejos han estado los hombres de comprender esa palabra a pesar de que parabólicamente, él mismo diera la contestación; pues añadía "Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros!..." Y así es en verdad, pues se descubre el último el espíritu y es el primero; se había descubierto el alma y se le hacía progresar a expensas de la dirección del cuerpo; y éste, que se ha creído el único y el primero, se encuentra con que son tres y él el último; porque la trinidad del hombre por ley y por justicia, es así: Espíritu, Alma y Cuerpo.

Como esto está fundamentado en toda la obra, queda así juzgado el caso, dando a cada entidad el lugar que le corresponde y declarando así mismo que el hombre es la primera y única trinidad racional que sirve de pedestal único y digno del Creador, porque no son otros que su pensamiento y voluntad que han demostrado la vida en la creación de formas, en las que el hombre fue sentando en reglas y leyes las ciencias, resultado de la experiencia del espíritu en tantas evoluciones. Ciencias que hoy, al descubrirse la sabiduría del espíritu, creen algunos que "están en bancarrota", como lo demuestra el siguiente manifiesto de un "miope de larga vista", que recorto de la revista "Caras y Caretas" de 6 de diciembre de 1913. Dice:

LA BANCARROTA DE LA CIENCIA

Leí no ha mucho en un importante diario nuestro, la transcripción de algunos fragmentos de un brillante artículo sobre la bancarrota de la ciencia. "Verán nuestros lectores -decía el diario -cómo han sido recibidas las conclusiones del gran Brunetiére por uno de los primeros pensadores argentinos".

Bien, pues; yo que alguna vez tuve la satisfacción de ser embestido cordialmente por haber intentado probar en "Modos de Ver" que no había tal ciencia en quiebra y sí muchos espíritus quebrados, y que Mr. Brunetiére quizá podrá estar viendo al revés como cualquier enfermo de retrograditis crónica, recorrí con atención esas líneas e hice mis observaciones al momento.

En primer lugar, me dije, ese pensador argentino no puede ser el autor de éste artículo; lo conozco y sé cómo él piensa. Efectivamente, después supe que estaba en lo cierto.

No creo tampoco en la extraordinaria magnitud de Mr Brunetiére. Si no me equivoco, se trata de un hombre pequeño, como todo hombre importante, de talento reconocido y muy bien rentado por quienes necesitan de su pluma. Entonces, alguien dirá: Mr. Brunetiére no puede ver al revés. Así será; pero recuerdo el caso del ilustre profesor Klugel, autor de un notable tratado de óptica, quien, para examinar un cuerpo lejano en presencia de varios sabios, se obstinaba en mirar por el objetivo del anteojo, lo cual, como todos saben, implica alejar, ya que no invertir, aunque otra era la causa del error de Klugel.

Esto de defender la ciencia es tarea fácil y a la vez inútil. Fácil, porque para ello basta el sentido común libre de prejuicios y de vacunas preventivas; inútil, porque la ciencia misma se encarga de hacerlo. Ella vence a sus enemigos de una manera original; no con insultos ni diatribas; al contrario, colmándolos de beneficios, dándoles armas para luchar contra la brutalidad de la naturaleza, abriéndoles nuevos horizontes, nuevas perspectivas, poniéndolos en condiciones de desenvolver libremente todas sus facultades superiores. Podríamos decir que la ciencia trata a sus enemigos de acuerdo con aquel consejo árabe tan delicado y hermoso: "sé como el sándalo, que perfuma hasta el hacha que lo hiere".

¿Pero realmente la ciencia puede tener enemigos? La sola pregunta avergüenza. Quizá no son enemigos los que tiene, sino gente a quien no conviene la luz que irradia. Muchas veces hasta el resplandor de un fósforo resulta inoportuno. Paso por alto a los nulos, porque siendo incapaces de comprenderla no pueden amarla ni odiarla; cuando más, podrán rebuznarle al recibir su ración cotidiana. (1).

Creo que no puede haber ciencia atea, ni creyente, ni materialista, etc.; aunque haya sabios con todos esos rótulos. No se debe confundir el contenido con el continente. La ciencia moderna investiga fríamente, sin premeditación alguna, con sinceridad absoluta, sin una pizca de ideas preconcebidas: busca la verdad tan solo, salga lo que salga. ¿Descubre una ley? La formula, la generaliza si puede, y apoyándose en ella da un paso hacia la región de lo desconocido, trazando así su espiral de débil luz en la inmensa bóveda del misterio. Luz débil, es cierto, pero la única con que contamos.

Goethe, al ser interrogado acerca de sus creencias, contestó: "como poeta, soy politeísta; como naturalista, soy panteísta; como ser moral, deísta, y tengo necesidad de todas estas formas para expresar mis ideas". Si personificáramos a la ciencia, y la obligáramos a contestar esa misma pregunta, tal vez su respuesta fuera parecida a la de Goethe, aunque mil veces más amplia.

Los sabios, los estudiosos, podrán ser ateos, materialistas, creyentes, espiritualistas o cualquier otra cosa; pero la ciencia no; ella no se compromete con ninguno; enseña a investigar, dejando en completa libertad al espíritu.

Ahora tomemos algunos párrafos de la transcripción a que nos hemos referido: "Por definición, la ciencia es contradictoria. Sin cesar, se desmiente, se corrige, se niega. Cada día el universo misterioso ofrece un aspecto nuevo a su sorpresa constante. En ese siglo XIX, que fue la época de su imperio universal, ¿no ha sido por turno, materialista, espiritualista, positivista, idealista? Cada año trae un suceso inesperado que arrasa el edificio naciente de las hipótesis. Cada experiencia contradice las experiencias anteriores. Dios ha confundido las lenguas de estos reconstructores de Babel" (2).

Pues bien; en estas líneas se ha hecho, sin querer, el mayor elogio de la ciencia. Efectivamente, lo que no cambia, lo que no varía, lo que no marcha, lo que no se transforma, es lo antiprogresivo, lo petrificado, lo que no tiene órbita.

La ciencia no se desmiente; se corrige, eso sí, y constantemente; pero corregirse es perfeccionarse, es depurarse, elevarse, es ser mejor que ayer, mañana que hoy, siempre mejor. Allí está el secreto de la perfecta juventud y belleza de la ciencia (3). Esos sucesos inesperados de cada año, no "arrasan" el edificio de las hipótesis nacientes: modifican, cambian en parte su orientación; hay más bien permutación de nombres que de valores. Y si algunos caen realmente, otros menos imperfectos los substituyen. Después, desde el punto de vista utilitario, esos cambios no menoscaban en lo más mínimo los beneficios que la ciencia nos proporciona. Si mañana sufriera un derrumbamiento la teoría de la electricidad, no por eso se apagarían los focos ni se pararían los motores eléctricos. No volveríamos a la vela de cebo ni a la carreta; la variante se notaría en los nuevos textos de física; se modificarían las fisonomías de algunas fórmulas, sustituyendo, supongamos, una multiplicación por una elevación a potencia, una división por una extracción de raíz. Nadie sufriría, con esto, tanto, que si el mismo gran Brunetiére, a fuerza de aplaudir el derrumbamiento de la teoría de la electricidad, enfermara gravemente, y solicitara desde París la bendición pontificia, podría estar seguro de recibirla como un hondazo en menos tiempo que canta un gallo, porque el telégrafo seguirá funcionando no obstante el derrumbamiento (4).

No se debe hablar mal de los muertos y menos de los muertos ilustres: el siglo XIX ha sido un gran siglo. Por lo pronto, resulta que vio y sintió como Goethe, lo cual es una recomendación muy honrosa.

Pero prosigamos. Refiriéndose al siglo XIX, dice el articulista: "Saludóse el principio de una era nueva, el comienzo del reino del hombre. Todas las ciencias parciales parecían integrarse para la revelación de la verdad suprema. La biología daba la clave del misterio vital. La astronomía manifestaba el ritmo de la mecánica celeste. La química abría el panorama del mundo inorgánico. La hipótesis del evolucionismo explicaba el enigma único del mundo; vulgarizaba el secreto formidable de la creación del cosmos, de la sucesión de las formas".

"...Las promesas de la serpiente edénica se cumplían. Éramos como dioses. ¿Qué ha quedado de todo ese delirio? Ni una sola de las incógnitas se ha transmutado en cifra cognoscible para el espíritu atónito ante las ecuaciones. Nuestros telescopios nos enseñan por la inducción de la luz espectral los elementos que se amalgamaron para condensar las estrellas. Pero no nos dicen en virtud de qué voluntad esos astros que creíamos fijos en el cielo cóncavo circulan... El microscopio nos muestra el país populoso de los invisibles, pero no sabe cómo el infusorio aparece..."

"¿Qué ha quedado de todo esto?"

¡Caramba! ¡La pregunta asombra, en verdad!

Felizmente, todo lector sano de espíritu habrá contestado con una sonrisa. La respuesta podríamos sintetizarla en éstas seis palabras: ha quedado dignificado el espíritu humano. Han quedado establecidos los grandes y fecundos métodos de investigación. Hánse abierto puertas hacia todos los rumbos del horizonte, por donde penetran luces nuevas, dilatadas perspectivas, realidades hermosas, ilusiones sublimes, y el soplo helado y tonificante del infinito. Cuanto a lo material, puede responder la física aplicada, la química, la fisiología experimental, la cirugía, la bacteriología, la mecánica... en fin, pueden responder los Helmholtz, los Claudio Bernard, los Pasteur, los Berthelot y sus discípulos ilustres, honor de la humanidad.

La ciencia más inútil, según los ciegos, la astronomía, ¿qué ha dejado? ¡Oh! eso sería irnos muy lejos, hasta más allá de las estrellas quizá, y no todos se animan a perder de vista nuestra común guarida.

Bajo la faz filosófica, la astronomía, al reducir a un punto matemático, no digo a la Tierra, sino a nuestro sistema entero, es decir, a una circunferencia trazada con un radio de cuatro millones de kilómetros, haciendo centro en el sol, y al fijar la dirección y la velocidad de su marcha misteriosa, con sólo esto, digo, ha magnificado el pensamiento humano. Pero todos sabemos cuánto más ha hecho. Ha legislado para el presente y futuro más remoto los movimientos y posiciones relativos de los planetas y satélites de nuestro sistema, poniendo en claro su complicado engranaje, gracias a los progresos del análisis matemático sobre el clásico problema de "los tres cuerpos", inabordable para Newton. Por el estudio de algunos sistemas binarios estelares -estrellas dobles -ha comprobado la universalidad absoluta de las leyes de Képler y de Newton, algo que conmueve hondamente el espíritu cuando se le medita con detenimiento.

El análisis espectral, evidenciando la identidad de la materia que compone los universos, proclama la fraternidad en los cielos. Quizá podríamos decir que es la idea de Cristo (5) generalizada y dilatada hasta las estrellas. Por último, las nuevas aplicaciones del espectroscopio para determinar la velocidad radial de ciertos astros, el sentido de rotación de algunos planetas y satélites, el desdoble de ciertos sistemas que el telescopio no podía resolver, y la aclaración casi total del enigma de las estrella variables, es algo maravilloso.

Un eminente geómetra francés analista profundo, y por lo tanto filósofo, hablando de la armonía interna del universo, dice que su mejor expresión es la Ley. “La Ley -agrega -es una de las más recientes conquistas del espíritu humano; todavía hay pueblos que viven en un milagro perpetuo sin sorprenderse. Esta conquista de la Ley se la debemos a la astronomía (6) y esto es lo que hace la grandeza de esta ciencia, aún más todavía que el tamaño material de los objetos que ella considera”.

Vemos, pues, así a la ligera, que la astronomía moderna va dejando cualquier cosa, aunque no sea dinero ni alimento. Mas por esto mismo muchos proceden respecto a ella como aquel beduino que, al encontrar en el desierto una bolsa de perlas, lo arrojó muy lejos cuando se hubo cerciorado de que no eran arvejas. Los extremos se tocan. A mi ver, el error de los desilusionados, en general, consiste en arrojar la bolsa de perlas, las conquistas de la ciencia moderna, porque no contienen la verdad absoluta, la clave del misterio total. Por eso examinan: “la astronomía hace tal y cual cosa; pero no nos dicen en virtud de qué voluntad esos astros que creíamos fijos circulan...”, etc. (7)

Es cierto, no lo dice, y probablemente nadie lo dirá jamás, porque la verdad absoluta no es del resorte del cerebro humano, no cabe en él; la ciencia ha sido la primera en reconocerlo. Pero si no señala esa voluntad, nos aproxima a ella cada día. No deberíamos confundir la ciencia chata y mercantil norteamericana con la verdadera ciencia, cuya característica primordial es justamente el desinterés, el goce interior, espiritual; la ciencia por la ciencia misma.

Se ha dicho que el americanismo matará la ciencia y el arte. Puede ser; pero la matará dentro de su casa, no en el mundo (8). No veo la dificultad que habría de concebir un término medio entre esa ciencia ordinaria, pero útil, y la elevada y verdadera.

Aquellos espíritus demasiados sensibles, los que no pueden soportar mucho tiempo la mirada penetrante y fría del gran enigma, encontrarán lo que buscan fuera de la ciencia, en las páginas de los libros sagrados de las tres o cuatro grandes religiones con que cuenta la humanidad. Allí está explicado todo, detalladamente, con puntos y comas, y en una forma agradable (9). Por lo demás, no es necesario preparación alguna: al contrario, conviene ir desnudo de ideas. Allí se hallan “transmutadas en cifras cognoscibles las ecuaciones que dejan atónito al espíritu” (10). Desde esas alturas compadecerán sin duda a sus hermanos menos felices que se sacrifican aquí abajo investigando libremente en obsequio del espíritu humano (11).

No; no ataquemos a la ciencia: al contrario, defendámosla cada uno según nuestras fuerzas, porque en la verdad se encierra la justicia, la moral y la belleza (12).

Martín Gil

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(1) Muy bien. Pero cuídese de una coz, Frater Gil.

(2) Esto es lo que hace Dios; pero no lo hace el Padre Creador.

(3) Todo esto es porque las ciencias son antirreligiosas, como hijas del “Espiritismo, Luz y Verdad”.

(4) “La electricidad, Fuerza Omnipotente y Madre de todo lo creado”, hemos dicho nosotros.

(5) Alto ahí. Vemos que aún no vio “lo que es Cristo ni quién lo fundó”.

(6) Sí, pero la astronomía se la debemos al espiritismo, como todo el progreso.

(7) No lo ha dicho Dios, pero lo dice siempre el Creador; por su voluntad, encargada al espíritu su hijo, cuya unión es el espiritismo, su gobierno, que establece el flujo y el reflujo.

(8) Ni allí tampoco: la ciencia es inmortal.

(9) Pero no útil. La sabiduría prefiere lo útil a lo agradable.

(10) Atónito ante los errores consagrados en verdades por la religión.

(11) Por eso somos locos e ilusos ante los... aferrados al error.

(12) Preguntamos: ¿puede ser bello el Sol manchado?...

Aplaudimos, en general, el artículo y el valor del autor. Algo es algo.