PARTE CUARTA
CONOCIMIENTOS DE RÉGIMEN

CAPÍTULO IX
El hombre ante la ley

PÁRRAFO VIII
LAS LEYES LLEVAN IMPRESO EL SER ÉTNICO DEL QUE LAS HACE.

Fisiológicamente, esto está ya contenido y probado en el capítulo V, párrafos V, VI y VII, donde he estudiado el ser de los hombres, colores y razas, que son producto del clima y del suelo que los alimenta.

En el párrafo anterior vimos, que las leyes por la fuerza o sugeridas, no son leyes admitidas, ni representan tampoco a quienes fueron sugeridas o impuestas; pero sí llevarán el sello indeleble de los impositores.

Aquí nos referimos a las leyes de los libres, a las que, si las hay, representan en ellas su carácter, porque así serán en la comuna, en la que nada debe haber y no habrá ficticio, porque nadie tiene por qué engañar a otro, desde que el engañado sería él.

Como, además, se exige que todos den su parecer y expongan sus razones en el plebiscito, forzosamente, la ley resultante, será el retrato del alma universal reunida, para sancionar o enmendar el artículo, en bien común.

No podemos perder de vista que, cada hombre tiene un momento de turbación en su vida, que la fisiología ha llamado un “mal cuarto de hora”; pero no todos los hombres lo tienen en el mismo tiempo y esa turbación desaparece al contacto de los más que no están turbados.

Pues bien; si unos son turbados y en ese momento fueron los legisladores obligados, la ley será el resultado de su turbación; pero sacadlos de su turbación y reunidlos con mayor número no turbados y veréis que pronto piensan diferentemente que pensaron; sin embargo, tampoco esto tenemos que temerlo en la comuna, porque la turbación es hija del descontento, de los apuros de la vida y de las pasiones reinantes y, hoy existe todo esto, pero no existirá ni podrá existir cuando uno extienda la vista y sólo vea felicidad y todas las obligaciones y necesidades cubiertas, porque esto da paz al alma y el espíritu está satisfecho.

Mas tampoco ha de hacerse una ley inmediatamente de un hecho delictuoso, ni mientras dura el vértigo producido por el hecho, ni por los que sufrieron las consecuencias del hecho; porque si se hiciera, sería mal hecho y no se demostraría civilización.

Imaginaos que cuando nació la electricidad en la tierra pagaron tributo al progreso muchos hombres con sus vidas, y que si hubiera oído el clamor de los deudos de las víctimas la electricidad, que es vida, se hubiera condenado a muerte, no siendo ella culpable de la imprevisión e ignorancia de los hombres; esas víctimas, obligaron a los hombres a salvar esos obstáculos y la electricidad elevó el progreso material hasta donde podía ascender con aquella fuerza, tan raramente extraída del negativo tierra; pero ella se siguió mostrando en su ley, como es en su naturaleza.

Por esto hay que legislar con calma y libertad, mostrando los sentimientos naturales sin ambages ni humillaciones, con la mira del bien común; entonces, la ley, resultará del carácter étnico verdadero del pueblo que la hace.

Corred toda la tierra; examinad las costumbres de cada pueblo y veréis una tan gran diferencia de provincia a provincia y de región a región, que no parecen los mismos connacionales; sin embargo, todos son regidos en los derechos civiles por una ley o constitución; pero ésta no puede atacar el etnicismo de cada región; eso sería convertir la constitución en un monstruo, cuando toda aquella variedad de caracteres están sujetos a la armonía de la constitución, la hacen bella y sabia.

Las costumbres de los países, son según el ser étnico de sus habitantes nativos en su suelo y esas costumbres estarán latentes en sus leyes regionales; si no lo están, no tengáis duda en asegurar que son leyes sugeridas o impuestas; un sociólogo, se encontraría perplejo si hiciera filosofía por la ley y luego se trasladara a estudiar sobre el terreno; rompería sus libros lleno de coraje, porque lo engañó la ley y, creyendo retratar a los australianos, por ejemplo, retrató a los ingleses.

Por esto, en la comuna, dentro de la ley de justicia y amor del código, cada región se legislará libremente conforme a su ser étnico, pues el código, es sólo la ley fundamental; la constitución sabia y equitativa, que será tanto mas bella y armoniosa, cuanto más variedad cobije con su manto de amor, como es más grande y bella esta ley por la infinita variedad que rige el Universo y para ella no hay grandes ni pequeños: hay sólo mayores y menores; pero hace que los mayores eleven a los menores, formando la eterna cadena que, si empieza en el Padre, su fin se pierde hasta para el pensamiento humano.