PARTE CUARTA
CONOCIMIENTOS DE RÉGIMEN

CAPÍTULO IX
El hombre ante la ley

PÁRRAFO IV
LOS HOMBRES SON OBLIGADOS A RESPETAR LAS LEYES DE LA MAYORÍA.

En el párrafo III del capítulo tercero queda estudiado todo lo referente a este párrafo, por cuanto las leyes de la mayoría deben ser la reflexión de las leyes divinas.

Pero aquí ya suponemos que está el código de amor rigiendo al mundo todo y es bajo esta base que se le aconseja a la humanidad el respeto a la ley de mayoría, en tanto que llegan todos los hombres al sentimiento convictivo para amar la ley. Porque no se me oculta que en las primeras generaciones gravitará aún el prejuicio de los errados principios de sociedad y religión sobre las materias.

Pero hay muchas poderosas razones de orden económico, aun prescindiendo de lo espiritual, para que los hombres respeten el código desde el primer momento, porque a todos los dignifica elevándolos a la verdad de hombres libres, ya que ninguno lo fue bajo las leyes de opresión que el mundo tuvo.

Es verdad, que esas leyes se respetaron por la fuerza bruta; pero eso es temer las leyes y no respetarlas, lo cual no se quiere hoy que suceda; se quiere respeto y no temor, porque del temor nace el hastío, cuando no el odio; del respeto, nace la simpatía, el sentimiento y, al fin, el amor a la cosa respetada.

Mas si veis que esa ley excluye toda desigualdad; si observáis que ni aun el maestro tiene supremacía sobre ningún otro hermano en lo material, sino que es tan trabajador como todos los otros hombres; que sus derechos son los mismos y que aun se confía en el amor de sus consejeros y asesores para las necesidades de la vida material, (porque en verdad no le quedará tiempo para cuidar de sus menesteres); si os convencéis de que nada falta a vuestras necesidades materiales en la más estricta justicia; si comprobáis que en todos los actos de la vida sois tratados con todos los amores de verdadera fraternidad, siendo aconsejados con desinterés; que vuestra habitación es digna de hombres; vuestro alimento sano y abundante; vuestro traje decente al igual que el de vuestros maestros; que la educación vuestra y la de vuestros hijos es de verdadera sabiduría; que vuestros ancianos de nada tienen que cuidarse; que no os faltan el asueto y la diversión moral; y que aun se os manda que toméis parte obligatoria en los plebiscitos, ¿no es bastante todo esto para pedir el respeto a la ley orgánica que se os da, que, aunque hoy en materia seáis inconscientes de que sois coautores de la misma, en vuestros espíritus sabéis que fue aprobada en verdadero plebiscito en el que participasteis todos y cada uno?

Volved la vista atrás un momento; rememorad, en su primera parte del “Código”, en esta pauta, en el “Buscando a Dios”, en la “Filosofía” y en la “Enciclopédica”, el pasado de la humanidad; comparad lo que se os quita y lo que se os da y decidme si deberéis respetar la ley desde el principio, ya que no se os pide amarla, porque no todos podéis pasar, de un salto, del odio al amor, como no podéis en un día, de la ignorancia a la sabiduría; y este mismo consejo de respeto que se os da, os pone de manifiesto la sabiduría de la ley, pues no quiere hombres que la teman, sino hijos que la amen y ha de empezar por el respeto digno de hombres.

Hoy tenéis las verdades al descubierto y no podéis errar; y aun, por si no las comprendéis, tenéis a los maestros para que os saquen de dudas; sobre todo, no podéis menos de conoceros a vosotros mismos material y espiritualmente y esto os ha de llevar al mutuo amor que persigue la ley que a todos nos iguala, como hijos del mismo Padre Eloí.

Hay aún más, otro más grande motivo por el que estáis obligados a respetar desde el primer momento la ley y es que, fue ley de verdadera mayoría cuando se sancionó, y hoy es, no ya la ley de la mayoría, sino la ley de la universalidad y de la humanidad sin discrepancias. La minoría que se oponía, fue expulsada en virtud de la justicia; por lo que, hoy, es ley plebiscitaria y absoluta de la tierra y por la solidaridad que yo firmé por vuestros méritos y mandato con la cosmogonía es ley universal, como lo tenéis probado en el universal credo del espiritismo y en el universal nombre del Padre en la única forma en que lo pronuncia el Universo infinito: Eloí; que se nos legó después del juicio final, porque en él tuvimos mayoría y se nos concedió la luz del Electro Magno derivada directamente para la mínima tierra, del propio centro vibratorio, morada del Padre; todo esto fue, porque me disteis todos suficientes méritos hechos para poder presentarme al Espíritu de Verdad, a fin de requerir del Padre la justicia; y así estáis obligados a respetar la ley, porque ello implica vuestro mismo respeto y en ello os dignificáis para llegar seguros al amor de hermanos y luego al amor de Eloí.

Quizá, en vuestro prejuicio os asuste que no se os mande primero amar a Eloí, como siempre se os mandara amar a Dios y creáis que esto sea una blasfemia; pero ya antes dejé salvada esta observación, que repetiré, no obstante, aquí, porque esto es del más grande interés.

Hasta hoy, no se le había descubierto al hombre la verdad desnuda, porque aun no estaba en condiciones de recibirla por su ignorancia y porque las pasiones no dejaban a los hombres amarse, ni podían conocerse a sí mismos; por lo que, aunque se les diera la misma verdad, se les dio primero, bajo el temor de Dios, ya que el hombre no se temía a sí mismo; pero se le dijo: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”, lo que implica que los hombres se amen y ello se os aclaró por Jesús, cuando dijo: “Amaos los unos a los otros, como el Padre nos ama a todos”, y para fundamentarlo añadió: “No hagáis a otro lo que no quieras que hiciesen contigo”.

Pero hoy ya, el hombre se conoce a sí mismo y sabe que, la verdadera trinidad es el hombre y que el espíritu del hombre es consubstancial del Creador, al que no puede, como hombre, más que presentir y a lo sumo comprender sus leyes, mas no la esencia de su ser; por lo tanto, no comprendiendo al Creador en su esencia, ¿cómo habría de amarlo? Pero lo comprenderéis porque conocéis al hombre y sabéis que su espíritu es hijo directo sin metamorfosis, del Creador, del cual nuestro espíritu es la voluntad creadora, porque es consubstancial de Él; si amamos al hombre en su trinidad, amamos al Creador con conocimiento de causa y, por lo tanto, amando al hombre, se ama al Creador y se le ama sin temerlo, porque le amamos en su amor, que es su esencia, tanto mayor para cada uno, cuanto más grande sea su amor; porque jamás podemos llegar al grado de amor puro que Él tiene, por lo que, no igualándonos a su amor, no podemos amarlo como correspondería a su grandeza.

De modo que, amando al hombre como a nosotros mismos, medimos justamente la intensidad del grado de nuestro amor al hermano, hijo del Creador como nosotros.

Y como no todos tenéis aún ese amor desinteresado, la ley y la armonía y vuestro propio decoro y conveniencia, os mandan respetar la ley del Creador, en la que habéis tomado vuestra parte.

Ya veis si es lógico mandaros a respetar la ley y por ella a vuestros hermanos, que son todos los hombres sin distinción de sexos, ni de edades, ni de oficios, hasta que el hábito del respeto mutuo os despierte la simpatía y de ésta lleguéis, por sentimiento convictivo, al amor, con lo que al fin, no hacéis más que honraros a vosotros mismos, porque sois coautores de la ley que habéis aceptado y en plebiscito absoluto habéis sancionado; por cuya sanción y aceptación, quedasteis en la unidad de la comuna para usufructuar de vuestro propio trabajo en igualdad de justicia equitativa; por lo que, sin otro mandato, estáis obligados a respetar vuestros propios acuerdos.

Tened muy presentes estas advertencias, pues son advertencias más que mandatos; pero no olvidéis tampoco, que a los que se os advierte, se os dio un tiempo de transición, o de prueba; lo que quiere decir, que aún la justicia está en acción para vosotros durante esa transición que se cortó a los transgresores, porque no la quisieron aprovechar; pero pasada esa transición, ya no existirá ni siquiera el respeto, porque estará el amor en fruición.

No entendáis tampoco el respeto por la aceptación a ciegas de las leyes de la mayoría o plebiscitarias; aceptarlas porque sí sin tomarse el trabajo de examinarlas, sería más bien desprecio que aceptación, salvo la convicción de conformidad en vuestra conciencia; para esto tenéis el código, que os obliga a tomar decisiones y participación en la argumentación y a proponer artículos o enmiendas a las leyes o reglamentos que han de regir las industrias, los oficios, las mejoras en general, leyes que tiene que hacer cada rama de la vida, conforme al código, que es la carta orgánica o constitución de la comuna.

Cuando hayáis tomado parte o asentido con sentimiento convictivo, entonces habréis cumplido un deber sagrado; y aunque hubierais sido derrotados por la mayoría, tened por seguro que no estarías en la verdadera conveniencia; pero habréis dado luz y mereceréis bien de la ley; estáis obligados, primero: a respetar aquella ley y luego a amarla por convicción; eso será dar todo el respeto merecido; que aunque seáis derrotados, también merecéis lo mismo que si hubieseis triunfado, pues en las luchas del bien común no hay vencidos; todos son vencedores; y al final, el beneficio es para todos por igual, porque todo tiene por fin el amor común.