CAPITULO VIII
CAUSAS Y EFECTOS

PÁRRAFO I
EL CRIMEN EN GENERAL

El crimen es, todo aquello que causa daño a otro y aun a sí mismo, ya sea intencionadamente, por imprevisión, indolencia o ignorancia.

Pero el mayor crimen es, el que no suele verse o palparse, es decir, el crimen moral, porque necesariamente hiere la dignidad del hombre y lo somete a un sufrimiento que no cura la cirugía ni la medicina, por que se hiere el sentimiento, el alma y el espíritu y se provocan hecatombes espantosas en el individuo, en toda una familia y aun en todo un pueblo.

Tomemos una tesis jurídica y general, para tener base en este trascendental estudio y sentemos que: todo arrebato de cólera es una falta; la calumnia y el asesinato, en cualquier orden, es un crimen que determinaría su cuantía, su calidad; la mentira, los juicios falsos, los juramentos falsos y las temeridades de conciencia, ya pasan de crimen; los denominaré pecado; desafíos y contrabandos, son delitos; el envenenamiento y los incendios donde no se deja lugar a salvación, es maldad refinada; pero el infanticidio y anexos, es abuso y cobardía vil.

De modo que el crimen en general, se divide en falta, fechoría, ruindad, vileza, delito, pecado y maldad: pero sólo se puede faltar, al hombre y al creador (1). Las faltas contra el hombre, son crímenes; mas las faltas contra el creador, son pecados. Esto es en síntesis, todo el código divino y humano.

Como en el "Código de amor" están desentrañados los puntos más interesantes a la humanidad y esto es una pauta de estudios que os facilita entrar en los efectos para llegar a las causas y atrás os quedan todos los conocimientos de sabiduría necesarios a este fin y desaparecen, en la comuna, las tres causas principales de todos los males, que son, odio, ignorancia y religión, sólo haré aquí puntos sintéticos; no porque habrán de necesitarse, sino porque todo hay que saberlo y tenerlo cada uno en su archivo, porque así lo exige la sabiduría y todo hombre tiene que saber lo que es causa y lo que es efecto.

Punto primero
LOS ARREBATOS

El arrebato, aparte de los males o daño que pueda causar a otro, es una falta de dominio propio; y aun en las cosas en que origine un bien, será una falta el arrebato, porque obra con precipitación y violencia y es imprudencia.

Cuando todas esas circunstancias son congénitas al arrebato, es seguro, que para una vez que del arrebato se reciba beneficio, noventa y nueve veces se recibirá daño colectivo; pero el arrebatado recibirá siempre daño moral y material y aún será responsable en aquella vez que haya podido ocasionar bien, porque habrá demostrado no tener capacidad de dominarse a sí mismo.

Mas si no es prudente ser arrebatado, tampoco lo es ser indolente y pasivo (que es el extremo opuesto) y en ambos casos, se demuestra ignorancia e inconsciencia; y ni el arrebatado ni el indolente, llevarán el bien a la colectividad.

Se confunde muchas veces también, la prudencia con la indolencia, lo mismo que el arrebato con el celo; pero todo ha de estudiarse por los efectos producidos y los que pudo producir y se determina entonces si fué prudencia o indolencia, o arrebato o celo.

Mas no se puede olvidar en ese estudio, lo moral y material en el bien o el mal producido y puede ser que, un mal material origine un bien moral; pero esto no será caso para justificar el arrebato ni la indolencia, a la que hay que oponer necesariamente la diligencia y la prudencia, que es lo que nos llevará al bien en alta sabiduría.

El premio al arrebato (aun cuando hubiera reportado un bien) será ponerle delante el mal que pudo ocasionar, si otra circunstancia de ley que opusieron a su fuerza e imprevisión, no hubieran mediado; y que seguramente, el arrebato y la precipitación les llevaría al desastre.

Suponed este caso: se ha caído un hombre al río y la corriente lo arrastra golpeándolo; otro lo vió y, precipitado, se tira vestido al río, sin medir las consecuencias del peligro; suponemos que lo hace por un impulso de amor; es laudable el acto; pero estudiemos.

El caído, no se puede valer a sí mismo por la fuerza de la corriente y sabe o no sabe nadar; pero un el caso de que sepa nadar, no puede valerse, porque la ropa le impide luchar, porque se hinchó de agua y sus pliegues y peso le oponen una gran resistencia.

El que se tiró a salvarlo sabe también nadar y lleva el celo de salvar también al caído; pero se ha precipitado, ha sufrido un arrebato y se tira vestido sin medir el peligro, aún teniéndolo a la vista en el caído que no puede valerse por causa de la ropa; va a salvarlo y no lleva ventaja ninguna sobre el caído, porque se expone al mismo peligro: ha sido imprudente; si lo salva, merecerá aplauso y admiración, pero no es justo; habrá habido una circunstancia que habrá salvado a los dos; un remanso que el agua forma y aminora la correntada; un vado en donde el agua tiene menos profundidad, u otra cualquiera y sino; perecerían los dos, por haberse arrebatado el que se tiró vestido para luchar con dificultades iguales a las del caído; se ha suicidado por su precipitación, pues debió tener capacidad para reflexionar el peligro de la ropa y desnudarse, para tener más seguridad en el éxito del salvamento.

Tenemos el deber del auxilio, hasta el sacrificio, por amor; pero con reflexión para no exponernos por impremeditación estulta, sin ser expertos en lo que vamos a luchar y exponernos nosotros solos; pero cuando vemos que hemos de comprometer otros bienes y otras vidas, entonces se reagrava la falta del arrebato: pero tampoco se ha de pasar todo el tiempo en la indolencia del tardo medir de las circunstancias, pues entonces puede originarse el daño, sin esperanza del bien.

Por esto hay que ser diligentes, y previsores, mirando siempre primero los intereses corporales; segundo, los intereses morales; y por último, los intereses materiales; y si cuando ha habido prudencia, diligencia y previsión se produce un mal, habrá causa de justicia fatal y nadie podrá ser acusado; pero entonces, estudiad con más ahínco para aprender aquellas leyes fatales que pudieron más que toda la previsión, diligencia y cordura del hombre, pues en toda obra hay mucho siempre que aprender y, por añadidura, tenemos obligación de sacar bien del mal: pero sepamos siempre dominarnos en nuestro arrebato, ímpetu o precipitación y sobre andar seguros sobre la vía del bien, nos mostraremos firmes y con marcada majestad en nuestro ser y no ofreceremos el triste espectáculo del soberbio rabioso del que todos huyen, por su aureola repulsiva.

Punto segundo
LA CALUMNIA Y EL ASESINATO

Bajo cualquier punto que se mire, la calumnia no será menor crimen que el asesinato; antes puede llegar a ser el crimen más horrendo que en la clase de asesinatos pueda cometerse, porque siempre será más vil el calumniador que el asesino, aun en la premeditación y alevosía; puede el crimen tener atenuantes y eximentes, pero jamás la calumnia puede invocar más que cobardía, hipocresía, abuso, astucia y quizá engaño y soborno de la justicia; la calumnia es lo más difícil de reparar, y sólo puede ser castigado el calumniador con las penas que el código señala para el crimen vil, con alevosía y premeditación, agregándose las penas del infanticidio cobarde; esto, tratándose de las leyes humanas que castigan la calumnia con penas corporales, que tampoco tienen valor bastante para castigar la calumnia, la que, en las leyes divinas no veo penas señaladas a la calumnia, como no las veo señaladas a la ofensa al Creador, por lo que llamo pecado. Esto indica muy claro, que es tal el tamaño de la falta en la calumnia, que la ley divina no ha señalado pena, como para demostrar, que la calumnia las merece todas y que, es tan horriblemente despreciable la calumnia que la divina ley no quiere ni tenerla codificada: de tenerla, tendría que castigarla y sería la única falta de dificilísimo perdón, pero no imposible, pues al fin, el tiempo es eterno y a todo se llega.

Pero el no haber una pena señalada a la calumnia en la ley divina, como la tiene por ejemplo el cortar la existencia a un ser, cuya pena es darle una nueva existencia, debe alarmar mucho más a los hombres, que si condenara a vivir cien existencias mudo y con fino oído y vivir entre enemigos envidiosos: ¿Suponéis lo horrible de ese sufrimiento moral? Pues debería darse por satisfecho el hombre con esa pena, que podría pasarla en diez mil años.

Mas no hay siquiera en la ley divina esa pena, dulce aunque terrible; pero el no haberla, es lo más terrible. Al calumniador “más le valdría no haber nacido”; porque mientras no apague en él el fuego de la calumnia, sufrirá miles y aun millones de siglos, los más horribles remordimientos en su conciencia, que no le darán paz ni descanso un solo segundo; y, sabed, que el Dante, en su descripción del infierno, (como llamó a los mundos primitivos) retrató a los calumniadores acometidos de bestias y serpientes que contínuamente les destrozaban las entrañas, sin arrancárselas nunca; es la manera más digna de retratar el sufrimiento de calumniador.

Es, a la verdad, horriblemente feo el vicio o pasión de la calumnia, porque tiene que envolverse el calumniador en muchos otros vicios y pasiones, como la mentira, la falsedad, la hipocresía, el abuso, la desfachatez, la ruindad y el soborno, que cada uno por sí es un crimen cobarde, eludiendo el encuentro del y de los hombres que inhabilita desde la sombra, coronando toda su obra con la delación, que en la ley divina es prohibida, aun existiendo el delito, si no es comunal. ¿Cuanto más, cuando la delación por calumnia es falsa?.

Además, el calumniador, envuelve otras personas en su delito, ya como testigos comprados o sobornados y también los deudos de su víctima, que sufren las consecuencias de la infamia privándoles de amistades, cerrándoles el camino de la subsistencia y sometiéndolos a miradas recelosas; y aun cuando al fin se probara su inocencia, ya tienen cortada su forma de vida; por lo que sabiamente dijo Voltaire, "de la calumnia algo queda". No es difícil ver caer grandes hombres de sus pináculos y reducirse a la miseria y muy frecuente tener que abandonar toda una familia su casa natal y siempre, de una calumnia, se ven grandes desgracias de hombres de valía perdidos y, sin acción, suicidios, hombres en la cárcel o en el manicomio y mujeres en la vida desesperada de un prostíbulo, después de haber arrastrado todas las miserias.

La calumnia, tiene generalmente su principio en la envidia; pero su raíz es el odio: y tener entendido que, nunca se calumnia a un delincuente, ignorante, o inepto: siempre la calumnia, es contra otro más honrado y digno que el calumniador y esto, tratándose de casos ordinarios; que si entramos en la vida política, aquí nos helaremos de espanto en lo rastrero de la calumnia; mas si entramos en el campo religioso, aquí será tal el asco que nos dará, que no nos libraremos de terribles náuseas, porque las religiones calumniaron bajo pretexto de derecho divino y su retrato son las excomuniones. (Ver el Sillabus en "El Buscando a Dios"). (2)

La crítica razonada, no es calumnia; y digo esto, porque hay ignorancia en los hombres; sino estaría de más escribirlo.

La crítica es conveniente sobre los hechos públicos para depurarlos de vicios que puedan adolecer, así de leyes, como de costumbres; de educación cívica y hechos del común, en cuanto no afecten personalidad determinada, ni entre en el sagrado interno de la conciencia del individuo; pues de ese recinto, sólo es juez cada uno mismo: si entráis en ese recinto aun cuando vuestra crítica fuese cierta, calumniáis a conciencia, porque descubrís secretos y encandalizáis a otros.

Para esto, tenéis el título de hermanos y debéis, en secreto, advertirle con gran amor pero, sabiendo que no oyen las paredes y pasando antes tres veces vuestra lengua por la lima de vuestra conciencia, para saber, si aquello que vais a reprender no está en vosotros también, o está sólo en vosotros y creéis que está en vuestro hermano; porque “es fácil ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo”.

Si pasada la lengua por esa lima áspera, véis que no está en vosotros la falta y que no os heriría el ser corregidos, entonces, evocad todo el amor del Padre antes de hablar a vuestro hermano y consultarlo bien primero y ver si su estado psíquico es propicio para advertirle y hacedlo con mesura y sin términos tétricos, ni rebuscados, no eximiéndoos vosotros de la posibilidad de caer en aquel defecto y que le agradeceríais que él os advirtiera, si un día lo echase de ver en vosotros; pero sobre todo, la corrección es con el ejemplo mejor que con las palabras, ganándose la amistad del corrigendo.

Hermanos míos: No cometáis faltas de ninguna clase a sabiendas, ya que, por desgracia, muchas cometemos inadvertidamente por la imperfección de la materia. Pero mejor es que cometáis todas las faltas de hombres, antes que una sola calumnia, pues ésta, básteos saber que no esta codificada en la ley divina, por lo miserable que es en sí. Un sola palabra de calumnia, es un crimen más vil que un asesinato premeditado y hecho a traición. Por esto fué arma de las religiones. La calumnia es tan imposible de reparar, como recuperar el tiempo perdido; éste, no vuelve.

Punto tercero
EL PECADO

La mentira en los juramentos; los juramentos de falsedad y las temeridades de conciencia, son lo que llamo pecado, porque entrañan directamente a las cosas del Creador; no al Creador, porque a él, ni entre todos los seres del infinito llegamos a entrañarle en nada.

Pero si no entrañamos al Creador, entrañamos a sus leyes, con nuestra intención; y como éstas son las que nos rigen, cometemos pecado que no pueden las leyes perdonar, porque éstas ni el Creador, no perdonan: hay que cumplir las leyes y nada más; ésta es la sentencia y su incumplimiento por malicia u oposición, es lo que constituye pecado; mas no lo constituye la ignorancia y es por esta aclaración que hago este párrafo, muy necesario a la inteligencia de los hombres.

Al jurar con mentira en un juicio de hombres, donde según las leyes, el reo, habrá de sufrir una pena grave o la pena capital, las palabras dejan de ser juramento, para convertirse en calumnia, amparada por la inhabilitación del que sufre la justicia.

Jurar en falso un hecho que se ignora, es ponerse un testigo terrible de su falsedad y querer hacer cómplice, al ser que bajo el nombre de Dios se invoca para el juramento.

He ahí dos casos de pecado contra el ser divino, que sólo tienen pena semejante a la calumnia: y es terriblemente, un grado más que la calumnia, en la intención; pero es un grado infinito que no sabemos cuál es su valor: por esto lo llamo yo pecado.

Mas es de advertir, que para eso, es necesario que el que lo cometa sea sabio de las cosas que jura y es entonces que hace un hecho de conciencia temerario; éste pecó al tenor de la exclamación de David "Pequé, Padre, contra el cielo y contra tí" ; y este temerario, hasta que con conciencia pueda clamar en esa forma para ser oído, estará como extraño y forastero en todas partes y solo, aún en medio de las multitudes, (como hombre y como espíritu) porque sobre sí lleva el título de falaz, embustero e impostor, en aureolas roja, amarilla y negra.

Felizmente, hay muy pocos de estos pecadores; pero no tan pocos que no nos merezcan atención y son, todos aquellos que emplean la sabiduría para el mal, sus condecoraciones y facultades para pecar a sabiendas; es decir, que se burlan de su conciencia, para las cosas del padre y sus leyes. Cargo que hacemos a los que, sabiendo la grandeza del espiritismo luz y verdad, practican el espiritualismo, amalgama para los comodines y cobardes.

Mas la causa de esto es, una mala costumbre hecha ley en los tribunales civiles y religiosos, de exigir juramento; y si un pobre ignorante que jura lo que no comprende, sólo comete la falta de su ignorancia, no así los jueces civiles o religiosos que dicen conocer lo trascendental del acto. Estos, cometen una temeridad y mienten siempre, porque juran lo que no pueden cumplir. Por eso no se debe jurar por nada, como decía Jesús : "Ni aun por un cabello de tu cabeza jurarás" Es, pues, lo más cuerdo prometer, porque generalmente, el juramento no es cumplido y al fin, el juramento es un dogma terrible y mata la libertad.

El espíritu en luz puede jurar, porque tiene conocimiento de causa y le admitirá o no el juramento, según sea de justicia; pero siempre le será admitida la promesa hecha, según el monto de su conciencia; es decir, de su potencia; que se medirá en su sabiduría a la que se ajusta para prometer o jurar.

Huíd pues, del juramento y prometed el amor; pero olvidad la temeridad de conciencia, los falsos juicios y la mentira del juramento y, ni aun en bien de nadie mintáis, porque esto, puede encuadrar en la caridad, pero es contrario a la justicia, a la verdad y al amor y se castiga con la espantosa soledad, porque todos se retiran del falso: es pecado.

Punto cuarto
DESAFÍOS Y CONTRABANDOS, SON DELITOS

Aun en lo material son delitos los desafíos y contrabandos; y entended bien, que no digo delito, sino delitos; porque es muy difícil que no sean dos y aun más personas culpables en estos actos; y los pongo juntos también, porque el delito de desafío se hace burlando la ley que pena el asesinato y eso es un contrabando; pero resulta que los hombres han llamado "actos de caballeros" a lo que es un acto facineroso además del crimen de asesinato.

Ya dejé dicho en el Código lo referente al duelo y senté que, "es un suicidio y un crimen premeditado” y son responsables duelistas y padrinos; y esto nos confirma, que no sólo es delito, sino varios delitos a la vez, todos criminales; y es contrabando, porque se efectúan esos lances, burlando la ley humana y divina.

Lejos de ser un acto de honor, son varios delitos premeditados, incluso el contrabando que se considera facineroso.

Más se reagrava mucho más esa colección de crímenes que se cometen en el desafío, por el escándalo que se da sentando cátedra de criminales esos... caballeros de honor... y dejan sentados cimientos de odio entre las familias y aun entre los amigos de ambos contrabandistas.

Se tiene por fascinerosos a los que, burlando las leyes de opresión que fiscalizan la entrada de los medios de vida en las ciudades que encarecen la vida con las tarifas aduaneras y se ven precisados (muchos hombres y mujeres) a introducir algunos víveres que compran fuera más baratos que en la ciudad y eso no es ni puede ser falta; la que falta, es la ley que encarece por esas gabelas la vida en las ciudades. Pero en cambio, es contrabandista el comerciante que burla la ley, introduciendo fraudulentamente artículos que vende al precio de otros comerciantes que pagaron sus derechos, o bien rebaja un algo para hacer la competencia al que pagó los impuestos de ley y arruina a éstos, para quedarse dueño de la plaza. Aquí hay más de un culpable, porque tiene que estar entendido con el remitente y con los vistas y despachantes de la aduana y esto es soborno, el que generalmente lleva consigo el contrabando. Este contrabandista, perjudica a toda la ciudad porque no paga el canon establecido que se designa para levantar las cargas comunales; y además, hace pagar al vecindario los artículos a precio corriente, cual si hubiera satisfecho los derechos comunales.

Mas se comete otro delito, que muchas veces abarca terribles proporciones en la salud pública, porque el género así puesto en venta, no ha sido sometido al análisis sanitario; e incurren en el mismo delito, todos los que adulteran los géneros, después de la inspección sanitaria.

¿Cuántos delitos han cometido aquí? No han pagado al fisco comunal la contribución por aquello que agregan en la adulteración; además, si no pagaron el derecho aduanero, esto es sencillamente un robo a todo un pueblo y se le vuelve a robar al consumidor en el precio de venta: y por la adulteración, o no haber pasado el análisis sanitario, se juega peligrosamente con la salud pública. ¿Con qué pena puede castigarse esto? Todas las de los códigos son pocas.

Es cierto, que todo el régimen y sus leyes son erróneas hasta hoy; pero si no lo han mejorado los hombres, es porque no ha sido tiempo; es porque, los estados, nacieron de las religiones o de la supremacía; pero aun en este caso, la supremacía nació de las religiones y lo prueba, que todos los estados tienen religión y dependen en lo moral de ella, hasta los reyes y emperadores, que cuando no sean éstos, súbditos de un pontífice, son ellos el pontífice religioso, al par que el emperador civil y entonces, son todos los poderes, feudos de las religiones, que tienen una moral imperfecta y mala; y de esa insana moral, nacen las leyes y los códigos civiles que quieren regir el mundo, pero subyugado.

Esta es la causa de que el régimen, aún el democrático y republicano sea arcaico y contrario a la verdad pura de la ley divina de libertad, por la que únicamente, los pueblos pueden progresar ampliamente sin trabas ni tropiezos; y del único modo que se evitan los contrabandos y los desafíos es, llegando, por la fraternidad, al amor mutuo.

Se ha dicho (y es verdad) que: "los pueblos tienen los gobiernos que se merecen" ¿Son malos? No merecen más, y tiene todo ciudadano el deber de acatar la ley común. Pero también tiene el deber de luchar dentro de la ley y la razón para mejorar la ley y cambiar el régimen, gradualmente hasta llegar a la Comuna, con la que desaparecen aduanas y gabelas, contrabandos y desafíos, a que los incitan las leyes de hoy.

Mas mientras exista la religión y supremacía, existirá el contrabando porque de él, en él y por él viven las religiones que se han hecho superiores al estado civil y se eluden, con toda trampa y subterfugio del impuesto y no les empacha invocar el nombre de Dios, que no debe pagar aduana ni impuesto; pero tiene derecho a cobrarlo de todos. ¡Es tan singular la moral de las religiones!... Para ellas, todo es lícito y tributario, por lo que, además de estar cometiendo continuamente el robo a toda la humanidad y comerciar con cosas que en el hombre son sagradas (aunque algunas en la realidad sean basura nauseabunda como el sacramento de la eucaristía y sus seis compañeros que envenenaron y enferman a todo el que los toma) y aun los venden muy caros sin pagar ni patente ni aduana y esto es un constante desafío a los hombres y las ideas.

Todo esto, dejará de ser en estos días de la llegada del Padre con la luz que todo lo transforma y pasa a la historia y los contrabandos, ya no tendrán lugar.

¿Pero puede el hombre en la Comuna cometer contrabando y desafío? Puede y seguramente aún lo cometerá en los primeros tiempos, porque aun gravitará sobre él el recuerdo terrible del pasado de miseria y de opresión y habrá quien piense llenar su casa de los productos que libres estarán en los campos, sin marcas de propiedad: pero pronto se cerciorará de su estupidez, porque verá que cada día lo tienen todo fresco en el depósito común, donde con alegría cargan a diario todos los ciudadanos todos sus menesteres.

Por lo demás, no habrá lugar al desafío ni a ningún otro triste delito de los que hasta hoy nos han sido baldón; y para eso, sólo tenéis que observar el "Código de amor”, porque os conoceréis a vosotros mismos, en vosotros al universo y en el universo, a Eloí.

Punto quinto
EL ENVENENAMIENTO Y LOS INCENDIOS, SON LA MALDAD REFINADA

Según se eleva la cobardía y refinamiento de los hechos, se eleva el grado de culpabilidad; por eso hemos visto que hay falta, delito, crimen, pecado y, ahora nos encontramos con maldad refinada en el envenenamiento y el incendio, de donde sólo se puede exceder, en el cobarde infanticidio que veremos en párrafo aparte.

El envenenamiento y el incendio, lo hemos de considerar material y espiritual y en ambos casos es un crimen y de refinada maldad; porque, no solo está en la acción el hombre bruto, sino el estudio, la premeditación y la ciencia; de aquí su grado de maldad refinada que lleva el máximum del odio y la traición.

El envenenamiento de una persona supone la mayor sangre fría para el crimen, sin dejar lugar a salvación y acrecienta su maldad, porque extrae de la ciencia los conocimientos que tanto han costado en trabajo, sudor y estudio, para extraer las esencias de la naturaleza.

Además, es el colmo de la hipocresía, porque con una mano adula a su víctima y con la otra le da la muerte irremisible, porque la intoxicación perdura en la sangre y el organismo, aun cuando se consiga evitar la muerte momentánea; pero que al fin, será víctima del veneno mas o menos pronto; pero en ese tiempo su enervamiento será bien marcado y al final, si se hace la autopsia cuidadosamente después de la muerte, aunque hayan pasado años, se encontrará el veneno, causa de la defunción.

Esta arma traidora ha sido usada (más que por todo el mundo) dentro del Vaticano, "inmenso buzón de crímenes del pontífice cristiano" y de allí se ha propagado por todos sus tendones y tentáculos, ya en el veneno puro, ya en el acero envenenado, para no errar la puñalada.

Los casos más tremendos de ese abuso fueron los de los Borgias, cuyo pontífice, Alejandro VI (Rodrigo Borgia), murió en las horribles convulsiones del veneno preparado para otro que le estorbaba y por una equivocación lo bebió él; y su famosa hija y concubina Lucrecia, que tantas vidas quitó con sus polvos blancos, hubo de tomarlos sobre el cadáver de su hijo, forzada por su marido último, el duque de Este.

En la antigüedad, se envenenaba con víboras y áspides la historia nos cuenta el caso de Cleopatra; en la Grecia, ya os he dicho que se daba la cicuta como muerte, cayendo por ella, Antulio y Sócrates.

De modo que, el veneno, fué siempre arma cobarde de las religiones; pero llegó (como es natural) al dominio del pueblo, que con sangre fría se quitaban un rival, con la mayor frescura y esto reasume todos los crímenes, en un solo hecho.

Los incendios, donde no se deja lugar a salvación, son más horribles aún que el veneno; y son también del dominio de las religiones y de los supremáticos y déspotas, y se nos ofrece en la historia una Roma incendiada por Nerón y miles de ciudades por las guerras continuadas.

Pero todo esto, por horroroso, terrible y cobarde que sea, podrá acabar con unos cuantos millones de cuerpos en los hechos de guerra y la inquisición y al fin, los autores, pagarán esas vidas dando vida a los caídos. Pero, ¿cómo pagarán el envenenamiento de las conciencias por el error dogmático? ¿Y los incendios de las pasiones, con sus pasiones, en el pueblo?

Esto ya pasa de crímenes y delitos y entra en la categoría de pecado; no hay pena señalada en la ley y esto es lo terrible; son acreedores a todas las penas y las sufrirán hasta tanto que sus víctimas no hayan sido revalidadas.

Pero pasarán miles y quizás millones de siglos, porque muchos de esos envenenadores e incendiarios de las conciencias han sido condenados a segunda muerte; y esos millones de siglos estarán encendidas esas llamas, consumiéndolos en su conciencia por remordimiento, pues “han de pagar hasta el último cornado”.


(1) Advertimos que decimos "faltar al Creador" por economía de palabras y más pronta inteligencia de los menos sabios. Por lo demás no podemos faltar ni ofender al Creador, sino a la creación en sus leyes. Por eso existe la ley de compensación.

(2) "Buscando a Dios”; un primer libro escrito, ya espera 20 años en el archivo y es hora de darlo a los hombres. Muchos lo desean; pero nuestros medios no alcanzan, ya que la extensión de la Escuela, cada día más, nos absorbe todo.