PÁRRAFO II
LAS RELIGIONES EN GENERAL

Las religiones, todas han nacido de la ignorancia de los hombres; pero esta ignorancia es indispensable, porque no se puede ser sabio hasta después de haber cursado todos los grados del saber y haber practicado todas las cosas, artes, oficios y ciencias y haber experimentado mucho y sufrido mucho y gozado de la vida material, empezando a gozar de la vida del espíritu; porque entonces, se hace discernimiento y se empiezan a ver las cosas en su verdadero color.

Mas también fué causa del nacimiento de las religiones la necesidad de amar y adorar algo que el alma presiente fuera de la materia, que es el espíritu que está encerrado dentro de esa misma alma, la que presiente algo que tiene necesidad de conocer por encima de sí misma: pero como no discierne, como no tiene conciencia de lo que sea eso que presiente, ama y adora en su ignorancia, lo tangible: aquello que le dió placer y consuelo en sus angustias, sea bueno o malo, pero que siempre responderá al estado de su progreso.

Así, vemos que todas las religiones tienen la misma base y fundamento, que es la necesidad de amar; la necesidad de adorar un presentimiento que en la ignorancia no sabemos medir su alcance y consecuencias; pero las religiones nacidas así, no pueden ser malas aunque sean irracionales; antes son un grado de progreso; un primer despertar del sentimiento: y el despertar del sentimiento moral, no puede ser malo, porque, más adelante, los escarmientos harán modificar la práctica y aun desecharla por completo cuando encuentra el sentimiento, causa mayor; y así hemos visto que es, en lo que hemos recorrido del hombre, hasta la formación de la tribu.

Aunque los primitivos adorasen un cadáver; aunque lo substituyeran por una burda imagen, la adoración era espontánea; no conocían más; era buena su adoración, porque era el despertar de su sentimiento. Era que el espíritu soplaba, pero que el alma rudimentaria no discernía; no sabía de dónde venía el viento de la inspiración; y en su necesidad de amar y rendir culto a su sentimiento, adoró lo que halagó a su materia y en esa adoración sencilla y espontánea, adoraba al autor de la creación; era, pues, buena, porque no conocía más y porque la adoración era individual; no había intermediario, ni más fórmula, ni rito, ni dogma, que su sentimiento, ni otro sacerdote que él mismo; y sobre todo, no había cálculo, ni premeditación; no era un modus vivendi y así estaba exenta aquella adoración de todo positivismo y de falacias atávicas y meditadas.

Mas crece la familia y se convierte en tribu; la evocación de un individuo es de toda la tribu y ya se hace por muchos por rutina y aun por imposición; y digo imposición, porque no todos tienen el mismo sentimiento y quizás y sin quizás, bulle en su cerebro la idea de otra clase de adoración; pero le obliga la comunidad a adorar aquella cosa que adoran los otros y ya aquí hay extorsión; ahora ya es religión; hasta ahora fué adoración interna aunque se exteriorizase en el cadáver o imagen de barro; y ese sentimiento, lo tenían todos, o lo tendrían en su día; pero que, como se les adelanta la imagen y la práctica del culto, se les substituye el sentimiento propio, por otro en el que se le educa. ¿Y si no está conforme? Si no está conforme, cuando a pesar de la adoración educada se imponga la adoración de sus sentimientos, levantará un cisma separándose y llevándose otros que tampoco sentían aquella adoración educada y aparecerá una nueva religión, en la que sucederá lo mismo que con aquella otra que le fué impuesta por la educación y, así aparecerán cientos y miles de religiones; cientos y miles de ídolos; cientos y miles de cultos externos diferentes, no habiendo en realidad en el fondo de todos más que un presentimiento del sentimiento.

¿Es buena o mala esta división? Dos faces tiene la contestación. Es buena la división cuando aun no hay un sentimiento común de amor; cuando aun la ignorancia reina; porque los descontentos; los en que nace el descontento y al emanciparse del yugo impositivo con el que no están conformes, van a desarrollar sus sentimientos, sus ideas, sus presentimientos y no puede ser de retroceso si es llevado por sus sentimientos; entonces, será un progreso porque, el sentimiento tiene la ley del más.

Es mala la división; si ella es provocada por antagonismo, por positivismo, porque entonces nace el sacerdocio, la supremacía y necesariamente los llevará al fanatismo por la causa del dogma que es una pesada losa no fácil de tirar de encima, sino con un supremo esfuerzo que no todos tienen el temple necesario para ese esfuerzo, porque el dogma, es un código muy estrecho al que no se puede conformar toda conciencia; pues para conformarse al dogma, es necesario matar la conciencia, matar la libertad, matar el sentimiento; por la que, toda religión positiva y dogmática, es un cadalso de las conciencias y por esto, todas las religiones positivas, son malas. Pero no son malas las iglesias, en cuanto son comunión de ideas; es el progreso siempre creciendo, de donde resulta que es bien diferente por cierto, la iglesia y la religión.

La iglesia es la congregación no de fieles ciegos, sino de fieles conscientes de un ideal nacido de sus sentimientos y de sus convicciones, lo mismo en lo moral, material y político; pero jamás puede haber iglesia, mientras no sean todos los sentimientos iguales; y esto, si ayuda un tanto la educación, no se consigue, hasta que se alcanza la civilización por la sabiduría; y como esto no se adquiere en las universidades (sino que se consigue por la vida y acción continuada del espíritu, vida y acción que no la tienen el cuerpo, ni aun el alma) resulta claro, que la religión no existe ni existir puede, más que individual; y no hallaremos en todo el infinito universo, dos individuos con el mismo grado de desarrollo en sus sentimientos de adoración y fe, que es lo que constituye lo que llamamos religión. Por esto, es imposible la religión, parcial ni universal; sólo es posible, Iglesia universal, porque ésta, puede tener una ley, mas no puede tener un dogma.

La diferencia que hay de la ley al dogma es que, la ley encamina y conduce; el dogma ata, oprime, invalida al individuo; la ley; es progresiva; el dogma, estacionario; la ley, da alas al progreso; el dogma, se las corta; la ley tiene grados y tantas atenuantes y agravantes, como individuos por sus grados de progreso; el dogma es absoluto y el absolutismo es irracional; la ley, es libertad; el dogma, es la amenaza que hace temer; la ley, es el halago que convida a amar; es una palabra: el dogma, es el mal; la ley, es el bien.

Por esto, las iglesias parciales son los mundos; son buenas porque nos conducen a la iglesia universal de todos los mundos, porque se basan siempre en la ley racional y de gentes y al fin, nos llevan esas leyes, a amarnos tollos los hombres y el amor es la ley del creador que nos encamina a la única iglesia universal que tiene esa ley de amor, en la que comulgan todos los seres con su creador. En cambio, la religión, siendo sólo individual, es el sentimiento de cada individuo solamente porque, no puede ser ni el de dos individuos, porque no tienen igual sentimiento en grado porque no es posible: por lo tanto, es nocivo y falso todo principio religioso y no existe aunque exista el dogma que ata y mata los sentimientos. Así, todas las religiones en comunidad, son la rémora del progreso por el dogma y convierte las facultades del hombre en pecado y los obliga a faltar a las leyes divinas y a las naturales, de lo que se originaron todos los desequilibrios, odios, venganzas y guerras que encharcaron la tierra de sangre, matándose hermanos con hermanos.

Esto son las religiones positivas en general; destrucción del sentimiento, rémora del progreso, antagonismo, pasión, concupiscencia y por fin, negación de la verdad eterna y del Creador.

Esto lo hemos sostenido en todos los tiempos los misioneros y ved en Isaías, que habla de iglesia y no de religión y por fin, ved en el Apocalipsis, que se le manda a Juan avisar a las iglesias y no a las religiones; porque; ni Adan, ni Noé, ni Abraham, ni Moisés, ni Jesús fundaron religiones, pero sí congregaciones, que son iglesias; ni aun los espíritus de luz nos han hablado nunca de religiones, sino algunos, han dicho retóricamente de la religión del alma; pero ésta es el sentimiento, la adoración al más, que el alma presiente.

Por último, las religiones necesitan templos; nosotros no hemos levantado ninguno; las iglesias o congregaciones tienen sus archivos; pero la plaza pública, el campo libre, fué y es su mejor templo, porque es el verdadero y único templo del creador del universo y en él, el sentimiento se expande y llega hasta donde el progreso de cada uno alcanza: en ese templo, cada individuo es su supremo sacerdote que oficia en el altar de su conciencia y es auxiliado por toda la congregación; por toda esa inmensa iglesia de espíritus, que cada uno obra en libertad y va más allá el que más alto puede volar y llama a los que le siguen y él no se para, porque él es llamado más arriba formándose así la infinita cadena de eslabones de todos los diferentes grados de progreso. Esta es la iglesia única y universal que le hemos dado el nombre terrible temido por las microscópicas religiones. El espiritismo. Son, pues, las religiones, vistas en general, el desequilibrio de los sentimientos; la traba de las conciencias: la muerte de las iglesias o congregaciones y la valla infranqueable al progreso. ¿Qué son las religiones en particular? Veámoslo en otro párrafo.