Párrafo III
El espíritu del hombre.

Ascendemos. Ya estamos en la cúpula del edificio universal. Podemos sentarla inconmovible porque tiene seguimientos de diamante y columnas que el más fino acero, adornadas de los más finos y resistentes metales que las decoran y embellecen. El conjunto, formará el solo templo donde únicamente puede ( ) adorarse al creador en espíritu y verdad: el hombre.

Doy una mirada retrospectiva y veo los mundos y las cosas de los mundos, todo extremadamente grande, monstruosamente rico; pero todo es horriblemente triste, frío: todo vive, pero todo está muerto en la demostración palmaria de la vida; es un inmenso cementerio; falta el hombre.

Veo aparecer al hombre, y aún en su humildad, sin equilibrio entre su debibilidad y la terrible potencia de la monstruosa naturaleza, ya la lucha se inicia y todo se prepara ya a cambios repentinos; el murmullo se convierte en voces de mando; ¡Ya vive la vida que estaba viva, pero dormida! ¡El hombre se despierta!

Más veo al hombre en su forma; cae y se levanta y otra vez vuelve a caer y vuelve a levantarse y; desaparece y reaaparece y todo se agita y se transmuta y, crecen las voces y crece la vida; y, por fin, todo se embellece y aún veo en el hombre sólo dos; es poco más que animal en su apariencia. ¿Dónde está el tercero? ¿Dónde está ese revolucionario que todo lo agita, esa causa de que todo se transmute a porfía y cada vez más se embellezca toda aquella monstruosidad de riqueza? ¿Cuál es esa causa que mueve al hombre débil y lo hace triunfar de toda fuerza brutal y natural, que en bulto y peso no tiene compensación posible y triunfar siempre?... ¡Sal, espíritu!... ¡Sal... y haz al hombre!...

Ya, desde que el hombre aparece en los mundos, todo va cambiando en su aspecto y belleza armónica; pero está sujeto a leyes inexorables que el espíritu tiene que observar estrictamente, mas no puede hacerlo en tanto no domina todos los obstáculos que su alma le opone en su resistencia informe y que, al fin de luchas, de soldaduras en las diferentes existencias, lograr que su neutral sea equilibrado; pero esto, no puede ser sin estudio y sin trabajo. Como él que es inteligente y por su procedencia es amor, y es fuego, y es vida de la misma vida, y, por fin, es la voluntad del creador, no puede manejar en ley otra arma que la que le fue dada que el es amor y, éste vencerá por qué ese vivo eternamente. Para triunfar, se sacrifica envolviéndose en su alma, opaquizándose al igual que su envoltura, de la que no os saldrá ya hasta quedar triunfante.

Allí imprime a su alma su sello y su inteligencia y sólo entonces ésta, deja su carácter de alma animal para convertirse en alma humana y se distingue en el raciocinio que no tienen los otros seres de los que en esencia procede. Más allí están en su imperio los instintos de todos los otros seres y no renuncian a sus derechos del goce de su trabajo. Estos goces están y los busca en la materia, porque en ella trabajo; y hay que dárselos en justicia y es injusticia negárselos, como lo era para el cuerpo y, no puede matar esos instintos porque son inmortales y porque son la característica de los tres reinos de la naturaleza en toda su infinita variedad y lo que hay mandado es, dominarlos y elevarlos a sentimientos, porque la ley del progreso lo quiere. En esto es en lo que tiene su trabajo el espíritu; y en tanto no lo consigue, aquella alma no es elástica; no es un neutral equilibrado; no puede demostrar sus facultades; no puede lucir y no puede vivir la vida del espíritu; y éste por su ley de amor, vive en el alma solo, aprisionado, como oculto; está expatriado y sufre la tenaz resistencia del alma, por la que aún no puede demostrar su potencia en su luz y acción de plena conciencia.

Pero el espíritu es el facultativo; y cumplida una prueba de una existencia, corta los lazos de la materia cuerpo, (causa primera que su terrible lucha) y se lleva en el alma las esencias de aquel cuerpo; se retira al espacio y allí estudia (sin el estorbo del cuerpo) las causas de su derrota; y el alma al, viva por su vida esencial y por la vida superesencial del espíritu, allí sufre, porque se hace conciencia de que no fué buen neutral; ese sufrimiento, la acrisola poco a poco de uno y otro instinto y vuelve una y mil veces sometida por el espíritu en su mandato de triunfar y al fin logra establecer el equilibrio y entonces, ya no es el espíritu el que vive la vida del alma: es el alma que vive la vida del espíritu; el cuerpo vive la vida del alma y aparecen tres entonces sólo veíamos uno en la vida vegetativa natural; luego dos, en la vida vegetativa con el raciocinio y, ahora tres, en la vida vegetativa de discernimiento, de razón y de amor.

Ya ahora, el espíritu puede ascender a sus regiones; ya sabe que desde el lejano dínamo, correrán sin contratiempos las corrientes y las recibirá el cuerpo, produciendo las obras de luz, calor y trabajo y, todos tres de embellecen por su grado y uno a otros se complementan y aún se suplen, disfrutando los tres, en su grado, de la felicidad posible y relativa.

El espíritu sufrió; el alma sufrió; el cuerpo sufrió; pero es que, no hay progreso sin trabajo y el trabajo es sacrificio. Cómo el espíritu, en nada gozó porque él no puede gozar mientras no triunfa; y en cambio el alma y el cuerpo gozaron su parte en la materia, claro está que su goce será relativo a su grado de progreso, cuya diferencia está medida en la máxima Trinidad que queda de creador, hombre y mundo, de la que, en sus grados, derivamos esta segunda: espíritu, alma y cuerpo, para poder así establecer los trabajos relativos a las categorías de este Trinidad, lo mismo que los goces.

Es, pues, el espíritu el alma y el cuerpo (tratándose de hombre) la relación fiel de: creador, hombre y mundo, tratándose del universo; ya en esta forma el hombre, en la sabiduría del espíritu, abarca de una ojeada la creación infinita, que está comprendida en el hombre, incluso el Creador... Y ¡hasta dónde se eleva el hombre que tanto se ha empequeñecido por un poco de supremacía, por un poco de goce de la materia fuera de la ley, que no logró apagar su concupiscencia y no lo gozó, por la injusticia!... Y, sin embargo, tiene derecho el hombre en su cuerpo y su alma a todos los goces de la materia, porque para su galardón los crea el espíritu; pero le pasó al cuerpo con las pasiones, lo que al ignorante que piensa retener en la mano, apretándola, una mayor cantidad de agua, que sin apretar la mano retiene cierta cantidad y si la aprieta, se queda sin nada.

Lo mismo le pasa al hombre en la pasión; se ciega en ella y no goza, porque no se ve satisfecho; la toma en medida y justicia y se satisface; pero jamás les satisface si antes nos sufrió para encontrar su valor y apreciarlo y esto, no lo puede conseguir sólo ni espíritu ni hombre, porque todo en la vida universal es obra común por la ley suprema y, nada hay solo ni existir puede la soledad, porque, en todas las cosas, porque, en todas las cosas, además de cada una de las causas o efectos en que se reúnen para un hecho, en todo se verá una trinidad; hasta el animal es sólo tiene cuerpo y alma, pero con él está la ley; por lo que, el hombre se diferencia de todos los demás seres, por el espíritu. Pero, sólo puede llamarse hombre, cuando descubre su trinidad: que es, cuando el espíritu triunfó de su alma y cuerpo.