CAPITULO V
EL CUERPO DEL HOMBRE Y DE LOS OTROS SERES

PÁRRAFO III
LA SALUD Y LAS ENFERMEDADES SON OBRA DEL ESPÍRITU, EN JUSTICIA

Varios puntos son los que hay que considerar en justicia en esta materia, y sólo como conocimientos, pues las enfermedades todas desaparecerán de la tierra en tiempo no lejano; pero el hombre tiene que saberlo todo en materia como lo sabe en espíritu.

Sí; el espíritu trae enfermedades en su materia, en cumplimiento de la justicia. Estas enfermedades (sean de la especie que sean ) no se curan hasta que se ha cumplido su tiempo y el mismo espíritu quita, los gérmenes de la enfermedad ¿Que qué gana el espíritu con eso? El purificar su alma por el sufrimiento, privándose de los goces de materia, o sufriendo los desprecios y muchas veces el abandono de la familia, si es que esa enfermedad no la trajo en castigo de la misma familia, porque antes lo hizo pasar a él por el mismo tamiz, porque la ley de compensación, como la de justicia, son inexorables.

Hay, sin embargo, de estas enfermedades, que se curan radical y súbitamente, pero es por medio de la evocación del espíritu, si se le convence de su curación, a cambio de un sufrimiento moral; pero para eso tiene que llevar su pedido al tribunal de justicia y si le es acordada la permuta, se cura por sí mismo.

Otras enfermedades, son ocasionadas por espíritus que son sus enemigos y casi no tienen otro origen las muertes repentinas y los accidentes y convulsiones que se han registrado, así como los equívocos de una medicina; pero donde más terribles e irreconciliables han sido los detractores es en emponzoñar los alimentos y cortar las digestiones. Esto lo hemos comprobado y visto muchas veces por los médium y también se han salvado a enfermos infeccionados mortalmente, por una oportuna inspiración.

Mas hoy, hay millones de dementes y locos por todo el mundo que no son tales enfermos en la materia, pero que llegan a enfermarla y son incurables, porque la medicina no puede curarlos y el dogma científico no admite el espiritismo, en el cual están los remedios de curación por el desarrollo de las facultades del espíritu que las trajo para el cumplimiento de una misión y no han podido desarrollarse por muchas causas, siendo las principales: un equívoco en la elección de la materia; una lesión que sufrió ocasionada por uno de los tantos que persiguen hasta hoy a los que han traído facultades, porque vienen a desmentir los absurdos de religión, de ciencia y sociedad; una mala o errada educación moral o de principios que llenó su alma y cuerpo de prejuicios o de vicios; y cuando el espíritu ve que ya no puede, en aquella lucha funesta triunfar, deja a su alma y cuerpo en su prejuicio y aún él mismo le infunde deseos caprichosos, irrealizables y otras tonterías y demencias.

Mas hay otros casos de luchas furibundas y es que, en ésos, o es su espíritu exaltado por la pasión o por la injusticia y quiere vengarse de la sociedad causante de su daño, o también, es ese espíritu forzado por sus enemigos a realizar las mas desastrosas obras. ¡Si viérais cómo lo celebran esos pobres espíritus ciegos en el mal! Da lástima y pena. Pero se les permite mientras la justicia no llega al cumplimiento ordenado en la ley de libertad, que ahora se cumple; pero es culpable el espíritu del enfermo, porque tiene el mandato de vencer.

Podrá tener muchas atenuantes, pero entre todas no serán una eximente, porque la justicia es cumplir a la justicia si en vez de embotarse acudiera a la universalidad, tendría ayuda y defensa y triunfaría; por esto, no es eximido de cumplir parte que deja de hacer y volverá y la cumplirá.

Por lo demás, las otras enfermedades son propias de la materia, porque toda ella es gérmenes de putrefacción y son necesarias para el desarrollo y estudio del hombre y para la mayor purificación de la materia y acrisolamiento del alma por el sufrimiento y el reconocimiento del creador y sus leyes, por el dolor. Porque el hombre, en tanto es dúo, necesita de esos dolores y sufrimientos, porque sin ellos, se embota en el goce de la materia y no se acuerda del autor su Padre, al que por el dolor, lo llama.

Pero de esos enfermedades corporales, son casi siempre causa los alimentos de sangre; es decir, las carnes y consumo de animales que es materia muy impura y tanto más, cuanto de mayor sangre es el animal, porque es materia más impura; y por la necesidad, por la mala organización social, el hombre hubo de consumir, no sólo los animales indicados para el consumo después de escrupulosa inspección y desinfección y aun esterilización, sino que consumió hasta los reptiles, el perro y los animales de trabajo, con sus sangres envenenadas.

Mas si nunca el hombre hubiera comido esas carnes, sería hace mucho un hecho la civilización y no hubiera conocido el crimen, ni cierto número de pasiones, sobre todo, la degeneración.

Debió el hombre haber tomado esos alimentos en esencias y extractos y no hubiera tenido tantas enfermedades; pero aun en esencias y extractos, no se hubiera. librado de todas, y os lo dirá la microbiología, que os asegurará que hay microbios que necesitan miles de grados de calor para aniquilarlos; lo que indica claro, que ni la cocción de la carne los mata (cuanto menos el calor del estómago) y por tanto, viven en el organismo del hombre y procrean y establecen su reino y matan el organismo del hombre.

Ha debido de saber la humanidad el principal fin que tiene el reino animal (sobre todo el terrestre) que es purificar materia, solidificar materia y crear esencias que se depositan en el alma universal para enriquecer cada vez más el alma humana, en la que el espíritu torna su parte en cada nueva existencia y la agrega a su alma y así la va agrandando, enriquecida cada vez con más valor de esencias, porque el alma humana es el depósito de la riqueza de los mundos, en todo su valor.

Los animales, fuera de sus productos: leche, lana y cuero, deberían haber vuelto a la tierra, sobre todo los cuadrúpedos, que por su abundancia de sangre, es dificilísimo que sean sanos, e imposible libres de impurezas para lo delicado del organismo humano; y no creáis por eso que no los habríamos comido, porque, sirviendo de abono a un arbusto frutal, ya sabéis que sus frutos son más hermosos y abundantes.

Son las plantas las que le ofrecen al hombre alimento sano y purificado, conforme a su organismo y son de más nutrición y salud y por lo tanto, de mayor fuerza vital y muscular y sobre todo de mayor belleza.

Lo que hay es, que todo ha sido objeto de comercio por el desgraciado deseo de acaparamiento del improductor. Además, el hombre no ha sabido resistir la influencia afín que existe entre el animal de sangre y el cuerpo del hombre; y lo extraño es, que conoce la máxima de que "la sangre llama a la sangre". Pero ignoró que al devorar los animales y alimentarse de ellos, se asimilaba todos sus gérmenes de instintos y no difería de los mismos animales, que todos son carnívoros.

Tenía el hombre los alados, que al fin son más inocentes y purificados; pero son menos comerciales y no se reproducen en cantidad suficiente, por lo que fueron artículo de lujo; el pescado también es mucho más purificado, porque las aguas de los océanos encierran las esencias más puras de los tres reinos de la naturaleza; pero ya es peligroso porque el mar se manchó de sangre y cuerpos humanos sirven de alimento a los peces; y desde que el mar es campo de batalla, debió prohibirse el consumo de sus peces.

De todo cuanto pudiéramos estudiar sobre las enfermedades llamadas naturales, llegaríamos a la conclusión de que provienen todas de la mala alimentación y falta de higiene en la habitación, en la pobreza y en la moralidad.

Suponed una familia compuesta de los padres y cuatro o seis hijos y que al cabeza de familia se le paga un mísero salario, teniendo que encerrarse todos en una miserable pieza, que siendo de las más grandes que se construyen por la explotación, será de 4 x 4 metros.

En esos diez y seis metros de superficie han de tener su cama los cónyuges y sus hijos, que supondremos son sólo cuatro; suponiendo el caso improbable de que todos sean varones o hembras y que puedan dormir juntos (como yo los he visto) dos en cada cabecera, habrá dos camas; luego las sillas o bancos para sentarse, si es que los tienen; el ropero o baúles donde guardan las ropas; la mesa donde han de comer; las pobres vituallas y enseres de la manutención ¿queréis pensar lo que parecerá esa habitación?

Pues agregad que no tiene más ventilación que la puerta y que no se les permite salir a los niños al patio, debiendo estar allí encerrados y no será posible moverse en libertad, dentro de ese calabozo.

Pensad que llega la noche y se encierran 6 individuos bajo aquella puerta, donde se van almacenando los alientos y otros alientos, y la necesidad fisiológica obliga a sus necesidades y que sí uno está enfermo, los miasmas de la fiebre invaden a todos.

¿Queréis pensar si esto no será un foco de infección para la salud, una traba para la expansión del amor de los cónyuges, que por recatados que sean serán vistos alguna vez y oírlos siempre, despertando en el niño o en la niña antes de tiempo, la ley de la materia, originando de ahí la degeneración de sus cuerpos antes de ser hombres? ¡Oh, hermanos míos! Este cuadro horroroso que os presento es el más corriente hoy y el más halagüeño de todos los que hay entre los miles y miles. de sacrificados obreros; pues encontramos en general familias más numerosas con varones y hembras, y ya en la edad adulta y en la pubertad los niños, y ¿cómo es posible que eviten que los hermanos vean a las niñas todos sus encantos y sus atractivos, y ellas, quieran o no, vean la muestra del varón y unos a otros se despierten en la ley de la carne?

¿Quién podría, en justicia, castigar el incesto, no ya del hermano con la hermana, pero ni aun del padre con su hermosa hija, por la incitación, o del hijo con la madre, quizás por librar a la hija de caer con su hermano en una irremediable desgracia de lo que hay millones de ejemplos?

¡Oh! Asusta, hermanos míos esta desgracia en que vive la humanidad por la falsedad de las instituciones y me hace pedir al padre en toda la intensidad de mi dolor y en todo mi autor por mis hermanos, que sea hecha la justicia en prontitud. Sí, padre mío; ven. ¡Ven pronto y renueva la faz de la tierra, que no es posible resistir más nuestros dolores, nuestras amarguras y nuestra extrema desgraciada condición de esclavos! ... ¡Llega, llega y que sepan los opresores que no has olvidado a tus hijos y demuéstrale al detractor, que nada prevalece contra ti y que llegas, ves y vences y salvas en tu juicio, sin dinero, porque fué esclavo sin precio el hombre. ¡Hijos de la comuna! Cuando leáis estos tristes cuadros que os pinto y que parten mi corazón aunque tomo las tintas más tenues porque no quiero profundizar, porque estoy demasiado dolorido; cuando leáis estos cuadros, digo, ya habrá pasado en principio esta negrura de enfermedad, de miseria y de inmoralidad porque al menos la denunciamos, y lloraréis aún en su recuerdo. Pero entonces ya no tendréis el peligro de que vuelvan sobre vosotros esas calamidades: levantad vuestros ojos y vuestros corazones y dad gracias al gran Eloí, que libertó a Jacob y en él vosotros fuisteis libertados y recibisteis la herencia de nuestro padre y sea el hosanna a Eloí vuestro eterno canto. Sed fieles intérpretes de las enseñanzas que se os dejan en esta pauta y que los maestros explicaran desde el niño al hombre, hasta que todos seáis sabios; debéis daros prisa y así pagaréis, por la satisfacción, mis sufrimientos, pongo a mis hermanos los misioneros, que por nuestro deber os exponemos las bellezas, armonía y bienestar que llegan en la Comuna de Amor y Ley que el padre tiene como régimen del universo.